LOS MUNDOS DE ANTOINE

 

Amanecía en las orillas de un mar cristalino. La arena brillaba, casi metálica, el aire azotaba las olas oscilantes, que mojaban el raído traje de Antoine. Los rayos de un sol inclemente se clavaron en sus ojos, dos bolitas verdes y redondas como dos pequeñas limas.

Por pelo tenía una mata anárquica de rizos rubios. Su atuendo era curioso, una casaca azul con detalles rojos, en la pechera un escudo pentagonal con los colores de la bandera francesa. Los pescadores miraban atónitos, con una mezcla de recelo y desprecio, pensaban que se trataba de algún ilustre borracho. En su cintura, un sable antiguo, quizás de la época de Napoleón. Tenía los rasgos finos y la piel tersa, de persona no muy trabajada por la vida. Remataba su atuendo desaliñado unos pantalones grises llenos de agujeros y obscenos lamparones, su ropa estaba tan arrugada como una persiana.

Caminó con decisión y dignidad, hasta que se adentró en una concurrida taberna. Allí el ambiente era patibulario, gritos, peleas, ruidos de dados, patas de palo. Se dirigió a la barra y la golpeó con su puño izquierdo, pues era zurdo, para llamar la atención del tabernero, que estaba enzarzado con un tipo siniestro de un solo ojo en una peregrina discusión sobre el método más rápido para hervir los mejillones. Los tres ojos fulminaron a Antoine, que sostenía pétrea su dulce expresión de profeta.

—¿Qué quieres, muchacho? —le apremió el tabernero.

—Mi nombre es Antoine Exupéry, y he de trasladaros un mensaje de mi patrón, el rey del mar, Poseidón. ¿Quién es vuestro jefe?

—¿Mensaje?, qué eres un profeta loco o algo así, de dónde has salido tú, de La guerra de los cien años. —El tabernero se mostraba ofensivo, aunque Antoine no se dio por aludido.

—No es momento de hablar de mí.

—Ya, ya, así que tu patrón es ese tal “Poselidón”, que es el jefe del mar y quiere decirle algo al jefe de los pescadores.

—Exacto, ¡qué hombre más receptivo!, creí que iba a ser más difícil.

El tabernero levantó los ojos, y lo siguiente fue Antoine caído de bruces contra la ardiente arena, por obra de un grupo de fornidos pescadores.

No desistió, qué pensaría Poseidón, él era su preferido, seguro que si cumplía su misión adquiriría una aleta, necesaria en su camino por integrarse de una vez por todas en el reino marino. Él quería convertirse en un delfín, por razones que conoceremos a su tiempo. Así que se dirigió resuelto hacia el Ayuntamiento de la villa. Allí preguntó al bedel:

—¿Podría hablar con el alcalde de la ciudad?

El bedel hojeaba una pringosa revista de aparejos de pesca y fumaba una ínfima colilla de tabaco negro. Después de repasar con sus nublados ojos a Antoine, le mecanografió un burocrático mensaje:

—De acuerdo con la Base Cuarta del párrafo Tercero del Bando Municipal 1.398/093 publicado en el Boletín Oficial del glorioso pueblo de Carpetonia, en caso de que cualquier vecino o ciudadano desee mantener una entrevista con el alcalde deberá expresarlo por escrito con una antelación de quince días, constando la fe pública prestada por notario…

Mientras continuaba con su discurso anodino, Antoine se adentró sin más en el edificio, en busca del alcalde. Individuos sin rostro y con enormes gafas hormigueaban en los inmensos pasillos, mirando al suelo y rezando palabras incomprensibles, «Conforme a la presente…», «En virtud del Decreto 228 del Excelentísimo…», «Adjunto remito…». Nadie reparaba en él. Algunos chocaron con él, pero como muñecos animados por una cuerda, reemprendían la marcha hacia no se sabe dónde.

Finalmente, tras superar varios pasillos, divisó a lo lejos una enorme puerta de bronce. En un lateral se podía leer la siguiente inscripción: “Excelentísimo Phineas Fen, Alcalde-Presidente del pueblo costero de Carpetonia, por la gracia de Dios”.

Custodiaba la puerta un funcionario con traje gris. Quiso sortearle con el cuento de que debía hacer entrega al alcalde de un noble acero francés, y desenvainó su espada, despeinando al triste personaje, que no pudo más que darle paso, no supo muy bien por qué. Desatrancó la puerta, al fondo de un extenso pasillo flanqueado por enormes pilas de papeles, el ocupado alcalde.

—¡Quién osa importunar el sagrado quehacer del alcalde de Carpetonia!

—Me llamo Antoine Exupéry, vengo de parte de Poseidón, el rey del mar, a entregarle en su nombre un valioso mensaje.

—Bien, muchacho, explícate.

—Sabrá que desde tiempos inmemoriales los destinos del mar son regidos por el dios Poseidón. Pues bien, allí, convivimos pacíficamente salmones, rayas, atunes, bacalaos y demás especies. Se sorprenderá de que tenga forma humana, y no le culpo, yo nací entre los hombres, pero hace ya casi doscientos años mi barco “Pequeño príncipe” de bandera francesa, naufragó, no quedaron supervivientes, el mundo del mar me dio su amparo, y me puso la condición de transformarme en una criatura marina, yo elegí el delfín, y ya respiro con mi propio espiráculo —Se agachó, y le mostró el orificio, en mitad de su cabeza— Para completar mi metamorfosis debo cumplir los encargos de mi señor, Poseidón.

El mar se desangra señor, ese es el mensaje que vengo a entregarle, y los hombres son culpables de esta escabechina. El expolio es muy grande, el mar no puede aguantarlo, las especies van desapareciendo, deben racionalizar la pesca con urgencia, si no las aguas se tornarán rojas, y su pueblo caerá en la más absoluta miseria. Es un ultimátum.

El alcalde adoptó una expresión grave y prometió adoptar medidas urgentes. El inocente Antoine lo creyó y volvió al lado de Poseidón para contárselo. Pasó el tiempo, y la agonía del mar continuó fruto de la inconsciente acción del hombre. Un caluroso día de primavera, el mar amaneció teñido de rojo sangre. A lo lejos, un hermoso delfín plateado lloraba impotente. La profecía de Antoine se había cumplido.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SOLEDAD

                                           “Fish woman” (Julio Martín)

Apareció en la orilla, arrastrada por la resaca y la espuma de una espiral de palabras, era una sirena de pelo azulado. El rudo farero la atisbó mientras leía con fruición Cien años soledad. Al verla se le encogió el corazón, estaba desmayada y lívida, la abrazó y unió su boca a la suya para darle aliento con todas sus fuerzas. La cara del farero era un mar de lágrimas.

Abrió los ojos justo cuando el silbido de la cafetera, entonces, sin mediar palabra lo besó, y su boca le supo a sal y a eternidad.

—Por Dios, Soledad, Soledad, mi Soledad, dónde te habías metido. Esto solo puede ser una alucinación.

—Yo siempre estuve en tus ojos, en tus manos, en tu corazón.

—Lo cierto es que nunca te has ido de mi mente, leía todos los días para olvidarte y recordarte a la vez, y muchas veces aparecías en mis sueños, siento como si alguien hubiera atendido a mis plegarias.

Rieron, se acariciaron, se amaron, como si sus vidas se resumieran en aquel instante. Después del tercer café el farero le dijo jovialmente:

—Por cierto, ese pelo azul te queda muy bonito.

—¿Te gusta?, muchas sirenas solemos utilizarlo, no sé, es como una marca de fábrica. —Los dos rieron como niños, felices de reencontrarse.

—Sabes, me dejaste muy solo aquí arriba, mi única compañía han sido los libros, hasta Truman murió.

—¿Murió Truman?, pobrecito, era viejo ya —hubo una pausa, luego Soledad continuó—. Saúl mío, me llevó la corriente, yo no lo decidí, es la maldita ley de la vida.

—Pero ahora estamos juntos, ¿verdad?

Permanecieron allí, ingrávidos, plenos, entre melancolías y recuerdos, lágrimas y caricias, venciendo la distancia que da el olvido.

Hoy se lo encontraron en el suelo, tendido y muerto, a su lado su esposa, ambos tenían una expresión serena, sus rostros brillaban sonrosados, felices en su redondez.

—Eh, mirad chicos, acaso no son los cadáveres más hermosos que hayan visto.

Los presentes miraron con extrañeza al juez, pero cuando contemplaron al farero y a la sirena comprendieron su entusiasmo.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez