DICCIONARIO ETIMOILÓGICO DE INNISFREE: EDICIÓN OTOÑAL (XIII)

                              “Moradosky” (Cortesía de Julio Martín)

 

Ha pasado una estación, sí, una estación, hasta que los miembros de la irreal academia etimoilógica de Innisfree se han vuelto a reunir, queda ya lejos aquel mayo florido de primavera. El verano ha sido largo, duro, caluroso pero lleno de chapuzones y satisfacciones, de ronquidos y por supuesto de lecturas que han cultivado los cerebros de tan estimadas autoridades. El otoño, como siempre, promete, ya saben, es la estación predilecta de Atticus, la que más llena su delicada alma, una estación propicia para introducir los incesantes cambios de la sociedad y el idioma, así que hemos dado entrada a términos híbridos, a medio camino entre el español y el inglés, hermosos girasoules brillan hoy en Innisfree bajo un cielo color morado…

 

“Anillo”: Ano de pequeño tamaño.

“Cánceres”: Localidad ficticia, capital de la ficticia provincia con el mismo nombre, denominada así por la cantidad de cánceres que azota a su población ficticia.

“El busto es mío”: Contestación dada por señora generosamente dotada, ante la mirada persistente de señor ensimismado.

“Entristencialismo”: Corriente del pensamiento basada en la construcción del ser humano a partir de sus experiencias tristes, cuyo máximo exponente fue el Marqués de Sadness.

“Flagrancia”: Perfume u olor intenso que exhala el ladrón en el lugar del delito, generado al momento de ser sorprendido en flagrante delito.

“Girasoules”: Especie de girasoles dotados de alma musical.

“Reitarado”: Tarado por repetición.

“Relación presentimental”: Relación humana, animal o vegetal que nace del presentimiento de estar enamorado del otro.

“Setentenciar”: Acción de sentenciar reiteradamente sobre el mismo asunto.

“Sobrellevar”: Acción por la que ciertos políticos y directivos de altas corporaciones se llevan sobres con misteriosas comisiones derivadas de la concesión de contratos públicos o privados.

“Moradosky”: Cielo color morado.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

Y para ilustrar la entrada, un tema muy otoñal de un grupo argentino, “Él mató a un policía motorizado”, que amamos en Innisfree, y que se están saliendo desde hace rato, “La noche eterna”…

 

 

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LOS MUNDOS DE ANTOINE

 

Amanecía en las orillas de un mar cristalino. La arena brillaba, casi metálica, el aire azotaba las olas oscilantes, que mojaban el raído traje de Antoine. Los rayos de un sol inclemente se clavaron en sus ojos, dos bolitas verdes y redondas como dos pequeñas limas.

Por pelo tenía una mata anárquica de rizos rubios. Su atuendo era curioso, una casaca azul con detalles rojos, en la pechera un escudo pentagonal con los colores de la bandera francesa. Los pescadores miraban atónitos, con una mezcla de recelo y desprecio, pensaban que se trataba de algún ilustre borracho. En su cintura, un sable antiguo, quizás de la época de Napoleón. Tenía los rasgos finos y la piel tersa, de persona no muy trabajada por la vida. Remataba su atuendo desaliñado unos pantalones grises llenos de agujeros y obscenos lamparones, su ropa estaba tan arrugada como una persiana.

Caminó con decisión y dignidad, hasta que se adentró en una concurrida taberna. Allí el ambiente era patibulario, gritos, peleas, ruidos de dados, patas de palo. Se dirigió a la barra y la golpeó con su puño izquierdo, pues era zurdo, para llamar la atención del tabernero, que estaba enzarzado con un tipo siniestro de un solo ojo en una peregrina discusión sobre el método más rápido para hervir los mejillones. Los tres ojos fulminaron a Antoine, que sostenía pétrea su dulce expresión de profeta.

—¿Qué quieres, muchacho? —le apremió el tabernero.

—Mi nombre es Antoine Exupéry, y he de trasladaros un mensaje de mi patrón, el rey del mar, Poseidón. ¿Quién es vuestro jefe?

—¿Mensaje?, qué eres un profeta loco o algo así, de dónde has salido tú, de La guerra de los cien años. —El tabernero se mostraba ofensivo, aunque Antoine no se dio por aludido.

—No es momento de hablar de mí.

—Ya, ya, así que tu patrón es ese tal “Poselidón”, que es el jefe del mar y quiere decirle algo al jefe de los pescadores.

—Exacto, ¡qué hombre más receptivo!, creí que iba a ser más difícil.

El tabernero levantó los ojos, y lo siguiente fue Antoine caído de bruces contra la ardiente arena, por obra de un grupo de fornidos pescadores.

No desistió, qué pensaría Poseidón, él era su preferido, seguro que si cumplía su misión adquiriría una aleta, necesaria en su camino por integrarse de una vez por todas en el reino marino. Él quería convertirse en un delfín, por razones que conoceremos a su tiempo. Así que se dirigió resuelto hacia el Ayuntamiento de la villa. Allí preguntó al bedel:

—¿Podría hablar con el alcalde de la ciudad?

El bedel hojeaba una pringosa revista de aparejos de pesca y fumaba una ínfima colilla de tabaco negro. Después de repasar con sus nublados ojos a Antoine, le mecanografió un burocrático mensaje:

—De acuerdo con la Base Cuarta del párrafo Tercero del Bando Municipal 1.398/093 publicado en el Boletín Oficial del glorioso pueblo de Carpetonia, en caso de que cualquier vecino o ciudadano desee mantener una entrevista con el alcalde deberá expresarlo por escrito con una antelación de quince días, constando la fe pública prestada por notario…

Mientras continuaba con su discurso anodino, Antoine se adentró sin más en el edificio, en busca del alcalde. Individuos sin rostro y con enormes gafas hormigueaban en los inmensos pasillos, mirando al suelo y rezando palabras incomprensibles, «Conforme a la presente…», «En virtud del Decreto 228 del Excelentísimo…», «Adjunto remito…». Nadie reparaba en él. Algunos chocaron con él, pero como muñecos animados por una cuerda, reemprendían la marcha hacia no se sabe dónde.

Finalmente, tras superar varios pasillos, divisó a lo lejos una enorme puerta de bronce. En un lateral se podía leer la siguiente inscripción: “Excelentísimo Phineas Fen, Alcalde-Presidente del pueblo costero de Carpetonia, por la gracia de Dios”.

Custodiaba la puerta un funcionario con traje gris. Quiso sortearle con el cuento de que debía hacer entrega al alcalde de un noble acero francés, y desenvainó su espada, despeinando al triste personaje, que no pudo más que darle paso, no supo muy bien por qué. Desatrancó la puerta, al fondo de un extenso pasillo flanqueado por enormes pilas de papeles, el ocupado alcalde.

—¡Quién osa importunar el sagrado quehacer del alcalde de Carpetonia!

—Me llamo Antoine Exupéry, vengo de parte de Poseidón, el rey del mar, a entregarle en su nombre un valioso mensaje.

—Bien, muchacho, explícate.

—Sabrá que desde tiempos inmemoriales los destinos del mar son regidos por el dios Poseidón. Pues bien, allí, convivimos pacíficamente salmones, rayas, atunes, bacalaos y demás especies. Se sorprenderá de que tenga forma humana, y no le culpo, yo nací entre los hombres, pero hace ya casi doscientos años mi barco “Pequeño príncipe” de bandera francesa, naufragó, no quedaron supervivientes, el mundo del mar me dio su amparo, y me puso la condición de transformarme en una criatura marina, yo elegí el delfín, y ya respiro con mi propio espiráculo —Se agachó, y le mostró el orificio, en mitad de su cabeza— Para completar mi metamorfosis debo cumplir los encargos de mi señor, Poseidón.

El mar se desangra señor, ese es el mensaje que vengo a entregarle, y los hombres son culpables de esta escabechina. El expolio es muy grande, el mar no puede aguantarlo, las especies van desapareciendo, deben racionalizar la pesca con urgencia, si no las aguas se tornarán rojas, y su pueblo caerá en la más absoluta miseria. Es un ultimátum.

El alcalde adoptó una expresión grave y prometió adoptar medidas urgentes. El inocente Antoine lo creyó y volvió al lado de Poseidón para contárselo. Pasó el tiempo, y la agonía del mar continuó fruto de la inconsciente acción del hombre. Un caluroso día de primavera, el mar amaneció teñido de rojo sangre. A lo lejos, un hermoso delfín plateado lloraba impotente. La profecía de Antoine se había cumplido.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SOLEDAD

                                           “Fish woman” (Julio Martín)

Apareció en la orilla, arrastrada por la resaca y la espuma de una espiral de palabras, era una sirena de pelo azulado. El rudo farero la atisbó mientras leía con fruición Cien años soledad. Al verla se le encogió el corazón, estaba desmayada y lívida, la abrazó y unió su boca a la suya para darle aliento con todas sus fuerzas. La cara del farero era un mar de lágrimas.

Abrió los ojos justo cuando el silbido de la cafetera, entonces, sin mediar palabra lo besó, y su boca le supo a sal y a eternidad.

—Por Dios, Soledad, Soledad, mi Soledad, dónde te habías metido. Esto solo puede ser una alucinación.

—Yo siempre estuve en tus ojos, en tus manos, en tu corazón.

—Lo cierto es que nunca te has ido de mi mente, leía todos los días para olvidarte y recordarte a la vez, y muchas veces aparecías en mis sueños, siento como si alguien hubiera atendido a mis plegarias.

Rieron, se acariciaron, se amaron, como si sus vidas se resumieran en aquel instante. Después del tercer café el farero le dijo jovialmente:

—Por cierto, ese pelo azul te queda muy bonito.

—¿Te gusta?, muchas sirenas solemos utilizarlo, no sé, es como una marca de fábrica. —Los dos rieron como niños, felices de reencontrarse.

—Sabes, me dejaste muy solo aquí arriba, mi única compañía han sido los libros, hasta Truman murió.

—¿Murió Truman?, pobrecito, era viejo ya —hubo una pausa, luego Soledad continuó—. Saúl mío, me llevó la corriente, yo no lo decidí, es la maldita ley de la vida.

—Pero ahora estamos juntos, ¿verdad?

Permanecieron allí, ingrávidos, plenos, entre melancolías y recuerdos, lágrimas y caricias, venciendo la distancia que da el olvido.

Hoy se lo encontraron en el suelo, tendido y muerto, a su lado su esposa, ambos tenían una expresión serena, sus rostros brillaban sonrosados, felices en su redondez.

—Eh, mirad chicos, acaso no son los cadáveres más hermosos que hayan visto.

Los presentes miraron con extrañeza al juez, pero cuando contemplaron al farero y a la sirena comprendieron su entusiasmo.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

DONKEYOTE, O LA LEYENDA DEL CONTADOR DE HISTORIAS (CHICO PEREIRA; 2017)

 

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 Fotograma del trailer de la  película

 

Emprendemos la segunda aventura emocional a la que nos invita el cineasta manchego Chico Pereira, dentro de su particular construcción de una auténtica antropología del hombre rural, continuando la senda de su brillante debut en el largo “El invierno de Pablo”.

Esta vez, se sitúa detrás de las huellas de Manuel Molera, el héroe de esta historia. Manuel, como un moderno “Dersu Uzala” vive en el campo, junto al burro “Gorrión” y a la perra “Zafrana”, en contra de la opinión de su hija, ya que su padre ha sufrido varios infartos y ella teme por su bienestar. Manuel quiere vivir lejos del ruido de los hombres, pero su concepción de la vida no le aleja ni mucho menos de las tecnologías, camina por las veredas con su Smartphone, que le sirve para aprender inglés. Por qué quiere aprender inglés, aquí está la trama de la historia, pues pretende llevarse a “Gorrión” a los USA para cruzar “El sendero de las lágrimas”, travesía que atravesara el malogrado pueblo Cherokee en su particular destierro hacia el oeste americano.

Chico confirma su capacidad de llegar al alma de las cosas desde la sencillez de los actos y la cotidianeidad de las situaciones, desde la sobriedad de los objetos, sin necesidad de filosofar ni de juzgar, solo la de mostrar de forma pura y cristalina la vida de ciertos personajes, que se vuelven especiales a través de la mirada desprejuiciada del espectador. Personajes, como Manuel, más o menos estrafalarios, distintos, lo que los americanos calificarían de “Misfits”, como el  Clark Gable de la monumental película de John Huston. A mí me gustaría hablar más de personas, dotadas de una autenticidad y una libertad que derrumban. En el juego de palabras que da título a la película podemos encontrar al arquetipo del héroe romántico, un “outsider” o aventurero en busca de la perla que nos prometía Kerouac. Y en el camino le acompaña, invisible, la cámara, que gana en músculo y fisicidad, a medida que avanzamos, un camino que es aventura y retorno al mismo tiempo, y que se convierte en la recompensa misma de la vida.

Nos detenemos en la fotografía. Repite Julian Schwanitz, que consiguiera ese tono brumoso y crepuscular en “El invierno de Pablo”. En Donkeyote, la luz está dotada de un tacto naturalista que funde fondo y forma, el constante juego de luces y sombras, la mezcla de primeros y segundos planos desenfocados es deslumbrante. Me quedo con cualquier primer plano del ojo de “Gorrión”, ese ojo tan filosófico que contempla con calma el mundo. Otros, como el paralelo de nuestro Quijote montado en su burro y las vías del tren, que contiene la nostalgia de una realidad que ha cambiado irremediablemente. Y particularmente deliciosas aquellas escenas que unen cine y realidad, en las que Manuel intenta vender su proyecto a una multinacional, a fin de conseguir fondos. Su profesora de inglés debe “repetir la toma” varias veces, debido a los ladridos de los perros y los gritos de un vecino. Momento desternillante y tierno a la vez, que me trae a la memoria el soplo de aire fresco que constituyó el cine del director iraní Abbas Kiarostami, tristemente desaparecido el año pasado, y en concreto ciertas escenas de la primorosa “A través de los olivos”, en las que el director en la realidad y en la ficción ha de repetir un plano varias veces. Estamos ante un estilo y una forma de hacer películas abocadas a desaparecer en los tiempos actuales donde se prefieren los trucajes, las pirotecnias y las artificialidades, al candor y la naturalidad, que deben alentar las creaciones  humanas.

A destacar, la ausencia de banda sonora, lo que por omisión es en sí una banda sonora, la de los ladridos, las moscas, los guijarros, los balidos, el ruido azul de los ríos, y la pura poesía de la tierra. No he querido comenzar la crónica haciendo mención a que Manuel es  tío y padrino de Chico Pereira, y que detrás de la historia de Donkeyote se esconde otra de encuentros y desencuentros familiares; solo un guiño hacia el final de la cinta, que no desvelaré aquí,  destapa la presencia o el aliento testimonial de la cámara, haciendo que nos planteemos los escuálidos límites entre la ficción hiperrealista y el puro documental. El director, en la charla posterior a la proyección en primicia de la película en el teatro Echegaray, dentro del Festival de cine de Málaga, en el que recibió un merecido premio del público, nos hablaba del misterioso “tío coño”, que era como  llamaban a Manuel los primos cuando eran niños, y de la relación humanimal (en palabras del propio Chico), que éste mantenía con ellos, de sus extraños ejercicios matutinos dignos de un samurái (hay testimonio en la película), de cómo les llenaba los ojos de historias, y de juegos, en definitiva, de sueños. Por eso abríamos la crónica hablando de la leyenda del contador de historias, ese es Manuel, un cuentista, en el mejor sentido de la palabra,  amante de las historias, amante ansioso de la vida y de sus pequeñas recompensas, que ha sabido construir la suya, haciéndose a sí mismo,  como lo hiciera Thoureau en su Walden.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

Y, por supuesto, abrimos boca, con este sugerente trailer. “Donkeyote” sigue arrasando, y suma el premio Aracne al mejor director español de largometraje en el prestigioso “Documenta Madrid”, y el premio al mejor largometraje documental en el festival de cine de Edimburgo, cuna cinematográfica de nuestro querido Chico Pereira…

 

 

 

 

 

JULIA

 

Julio era un poeta adolescente que alquilaba hamacas en una de las playas más espectaculares de Río, la de Ipanema. Allí estaba él, recién amanecido, observándola, desde el anonimato que da la distancia. Ella aparecía de repente, alta, rubia y bronceada, iluminada por el primer sol. Le gustaba verla andar, disfrutaba especialmente ese momento en el que sus pechos saltaban juguetones, como dos gotas de rocío a punto de derramarse.

Julio tocaba la guitarra en los tiempos muertos, allí dentro escondía todos sus sentimientos. Aquel verano se propuso dos cosas, componerle la canción más bonita del mundo a su sueño andante, y acabar con una virginidad sonrojante que le perseguía como un fantasma incómodo. Acertó a escribir alguna estrofa tonta: “Mira que chica más linda, más llena de gracia…”, era un principio.

Antes de que terminase el verano, y todas las esperanzas de conocerla, sus ojos asistieron a lo que nunca hubieran querido asistir. En la salida de las duchas, dos chicas estaban besándose y tocándose con pasión, sí, una de las dos era ella. Lo cierto es que encajó frío la noticia, pero a la vez le excitó, era una sensación extraña. Corrió al baño y allí desfogó sus instintos.

El verano pasó, y al menos consiguió enterarse de que su amada vivía en Río de Janeiro, en una urbanización de las afueras. Empezó a maquinar, y cifró en el carnaval próximo su oportunidad. Con el dinero ahorrado compraría un disfraz de gata, ya que su idea era vestirse de mujer para así intentar seducirla. Incluso seleccionó cuidadosamente relleno para lucir unos senos turgentes, y consiguió el carmín más sexy.

Llegó el domingo de carnaval, Río se vistió de exuberancia y de oropel. Era el día soñado por todos, la alegría, la lujuria y el exceso campeaban a sus anchas. Julio tenía localizada la zona en la que vivía, y allí fue, vestido con su disfraz de gata. Dobló una esquina y una pareja de enamorados copulaban sin freno en un portal. Las carrozas, los colores, el confeti y la brillantina se adueñaban de las calles.

De repente la localizó entre un gentío, pero era inútil, se acercaba y se alejaba como las olas, y el tumulto le acabó devorando. Una chica vestida de leona le prestó su boca, y éste la besó con fruición, otro mulato bailarín le regaló unas caladas de marihuana. Luego sudor, roces, cerveza, y un tal Marcelo invitándole a su casa mientras le tocaba el culo. Allí vio saliva, piel, pelos, senos, bocas, labios, pezones, tetillas, culos, vaginas, lamió y fue lamido y, lo más importante, sintió un orgasmo como nunca lo hubiera sentido en soledad. Esa noche tuvo el sueño más hermoso, un sueño sinestésico y feliz, los colores olían a canela y sabían a fresa ácida.

Amaneció confundido, se quitó de encima la pierna de una chica que no le dejaba moverse,  apartó enérgicamente un brazo masculino, cuyo dueño casi se despierta, y miró a su alrededor con orgullo.

Sentada en la barra mientras jugaba con la sombrillita de su tercer margarita, la escultural Julia, labios carnosos, traje rosa de lentejuelas,  pestañas negras a juego con su pelucón, recordaba con nostalgia su primera vez.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

SUEÑOS SIAMESES

 

 Te acuerdas cuando salíamos del trabajo con la cabeza oliéndonos a pan, y las gotas de sol rebotándonos en las pestañas. Las hojas de otoño crujían bajo nuestros pies, comíamos pasta y bebíamos vino, y olíamos a cafetera, y dábamos de comer a las palabras en el banco del parque, allí escribiríamos a cuatro manos nuestros sueños en planillas de papel cebolla. Éramos dos temerarios, no contábamos con que el viento los haría rodar por todas partes. Fue una catástrofe, aparecieron escritos en las fachadas de los edificios oficiales, en las paradas de los autobuses, en las copas de los árboles milenarios, en la grava de las carreteras, en los lomos de los perros solitarios, en las oficinas de correos del extrarradio, o bailando dentro de las bolsas de plástico de los supermercados.

Nos desalentamos, porque pensamos que se habrían perdido para siempre. Pero un día, sí, el día en que sentimos nacer de nuevo, a un cartero despistado se le ocurrió la loca idea de reunirlos todos, meterlos en cartas, y repartirlos. Tardó mucho tiempo en recopilarlos, ya que necesitó la ayuda de los gatos y de los perros callejeros, incluso la de las ardillas, para cazar algún sueño esquivo que se había ido a vivir lejos del asfalto, en lo alto de un pino. Luego, sacó su oxidada bicicleta del desván, y cargó con un saco pesadísimo. Cuando salió de su casa, apenas podía pedalear por la carga que llevaba, sudaba la gota gorda. De repente, emergió del centro de la tierra una tremenda ráfaga de viento que lo encumbró a los cielos. Era el mismo viento que había provocado el desastre inicial. Al principio el cartero se asustó, pero luego comprobó con satisfacción que caminaba ligero como las nubes.

Bombardeó los barrios con las misivas. Desde allí arriba se percibía el color puro de los campos, y el humo de la ciudad con sus edificios acristalados, y las casas blancas, azules, naranjas, marrones de los pueblos. Los pájaros también ayudaron en la faena, desde los gorriones a las águilas, hasta los búhos, cuando la noche sorprendía el vuelo. Tomaban los sobres con el pico y los depositaban cuidadosamente en los buzones. De esta guisa, las cartas surcaron los aires en busca de sus legítimos propietarios.

Algunos azarosos destinatarios devolvieron las cartas y sus vidas siguieron su curso gris y vacío. Nos invadió un infinito sentimiento de tristeza, como un pozo sin fondo que se abriera en nuestros pechos, porque pensamos que el futuro se deshacía en copos de nieve blanca sin memoria. Hasta que supimos que otros destinatarios, los certeros, leyeron sus misivas, y acabaron llorando, y de sus bocas nació un idioma confuso, pero tierno de palabras-paloma. En la distancia geográfica, que no sentimental, nuestros corazones, que permanecían desahuciados por una pena negra, latieron como bombas de oxígeno hinchadas de utopías, al descubrir que hermanos siameses repartidos por todo el mundo compartían nuestros sueños de papel cebolla.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

ESPERANZA

Salimos al balcón después del café, desplegamos nuestras hamacas bajo un radiante sol de primavera, y vimos caerse a un niño con triciclo, también vimos a Jacinto, el jubilado del quinto paseando circularmente; contemplamos curvas y planicies, y gorriones desorientados, y rupturas sentimentales, y a los borrachos y sus micciones matutinas, y a los barrenderos bailando con sus escobas mientras adecentaban las aceras. Combatimos con los avisperos, dimos de comer a las palomas, y una cigüeña puso allí su nido. Vimos la aurora boreal, escuchamos el canto de los grillos y el llanto lejano de las estatuas, olimos la niebla y sentimos el rugido del viento bajo la bóveda del cielo. Descubrimos los colores secretos de las nubes, nos perdimos en abismos presentidos, conversamos con ángeles que tenían aspecto de vagabundos, plantamos nardos, amapolas y caléndulas, y fumamos todo lo que pudimos llevarnos a la boca.

Pasaron las estaciones, las tormentas, los ocasos, los eclipses, las lunas violetas, y vinieron los hijos, los biberones, los pañales, y el fin de las dictaduras, y el insomnio, y las carreras de caracoles, y las gotas de lluvia sobre las mejillas. Los chicos terminaron abandonando el hogar, y lloramos juntos porque nos quedábamos solos en el balcón, esperando no se sabe qué.

Nos visitaban en navidad, y comíamos langosta thermidor, mazapán y pan de jamón. También bebíamos cava, y plantábamos un lustroso arbolito con figuritas de Santa Claus, brotes de acebo, palitos y renos de color rojo. Luego vendría la nieve, y el granizo, y la magia del crepúsculo, hasta el día de hoy, en el que ha vuelto la primavera, lo sé porque tus pestañas parecen mariposas. Celebramos la fecha bebiendo champagne, y la plata de tus canas brilla pálida arrastrada por las estrellas. Nos miramos y callamos, aún seguimos juntos y cómplices, celebramos con nostalgia nuestra espera.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez