2084

 

Antonio Saura Moi, Planche 5 Kuntz Gallery (www.kuntz)

 

Vinieron a por mí justo cuando había conciliado el sueño, después solo recuerdo una luz cegadora…

 

BERKELEY, 22 DE ENERO DE LA ERA TRUMP, 2084, CAMPO DE TRABAJO 037-DEPARTAMENTO 21-COMEDOR, HORA: 14:30.

774-037-WIN., rasco con desgana mi antebrazo, pero no se borra. En mi mano derecha una cuchara de aluminio, y delante de mis narices un engrudo naranja, una especie de polenta radioactiva que sabe a rayos. Me acaban de dar un cucharazo en plena frente, mis gafas se cayeron al suelo, están hechas un desastre, no veo con claridad, lo que me faltaba. Suenan las alarmas, algún gracioso ha debido empezar, ahora vendrán los guardas con sus porras eléctricas, la última vez me vapulearon las costillas, tengo aún un hematoma malva que puede probarlo, aunque aquí da igual, somos culpables de antemano, nadie se acuerda ya de aquello de la presunción de inocencia.

Es la hora de la siesta programada, me tomo la capsula de bromazepam y mi mente se va a otro lado, no sé, quizás a mi infancia, veo una barca, fresnos, pinos, puedo olerlos, mi padre me ayuda con el anzuelo, soy un chico rubio con bucles y cara sonrosada, y mi madre ha preparado tostadas francesas, saludo a Klaus, mi perro querido… Ya estoy en la sala de juegos, es viernes,  nos toca bingo comunitario, este mejunje gaseoso está agrio, pero no puedo dejar de tomarlo. «¡Línea!», soy un hombre afortunado, el premio es un bono temporal, para emplearlo en cualquier actividad recreativa ofrecida por el centro.

No recuerdo a mis hijos, ¿tengo hijos?, y esposa, ¿acaso tengo una esposa?

Por las mañanas nos afanamos en la construcción de una muralla que no acaba nunca, los guardias nos dicen que nos protegerá de cualquier invasión de los parias, los desheredados, los del «tercer mundo», me acuerdo de ese odioso eufemismo. Nosotros somos el «primer mundo», y debemos proteger los valores que han vertebrado nuestra civilización. En realidad, la historia está plagada de campos de minas, de alambradas, de campos de concentración como este. Historia, sí, espera, historia, yo era profesor de historia en una universidad, recuerdo hablar de Weimar y de la ofensiva aliada, y hasta del Apartheid, ahora me acuerdo, también me acuerdo de esa estudiante pelirroja tan guapa, parecía la novia de Spiderman. Aggggg, este pitido en el oído me mata, he perdido la idea, me siento fatal, con ganas de descansar, pero aún nos queda hormigón y ladrillos, esto no acaba nunca, y empieza cada día, la vida de hormiga obrera me mata.

Con la tiza tacho un palito, y no sé qué narices significa, ya he completado varias hileras, quizás mañana me acordaré de qué se trataba, hoy no estoy precisamente lúcido. Busco evasión, me empapo la cara con agua fresca y hojeo los boletines de la institución, describen al milímetro nuestros progresos en la construcción del muro, y el buen ambiente aquí, en la comunidad; intento concentrarme en los pasatiempos, crucigramas, sopas de letras, sudokus, me proporcionan el alivio del olvido. Necesito sexo, me siento una presa a punto de ser ejecutada, pero he de esperar al sábado, como todos. Intento masturbarme, no lo consigo.

Anoche perdí la consciencia de repente, y la noche transcurrió como un fogonazo, un fundido en negro, igual que en las películas de Huston, Bogart fumando y bebiendo bourbon mejor que nadie. Sí, el cine, eso sí lo recuerdo, era un cinéfilo empedernido y pedante. Todo esto, los uniformes, la asepsia, la rutina, esta cadena de montaje sin alma me recuerda a alguna película, ¿pero a cuál?, Dios mío, ¿a cuál? —nuestro personaje se pierde en sollozos—. Nunca creí en ti, pero ahora me da igual, necesito creer en alguien o algo, hablar, sonreír, emborracharme, sentir que estoy vivo, que respiro, que pienso, que puedo ser una criatura alegre y feliz, sentirme entre los otros, formar parte de algo, oír un chiste obsceno, tener un sueño mojado…

«ZZZZZZ…». Otra vez ese pitido inmundo que me está volviendo loco, ¡no puedo más!, ¡no puedo más!, ¡no soy un animal, no soy un animal!, no puedo vivir así, esto no es vida, ¡no puedo más! Tres guardias vestidos de negro, como tres cucarachas, equipados con sus dispositivos de disuasión se abalanzan contra él, tras varios forcejeos aplican sus porras eléctricas, los alaridos traspasan los muros del aguerrido campo de trabajo…

 

JUEZ DE VIGILANCIA PENITENCIARIA / PROCESO 1244-WINSTON SMITH-REVISIÓN DE CONDENA.

Berkeley, 28 de diciembre de la era Trump, 2084.

«El objeto de la presente diligencia es revisar la condena de trabajos forzados por tiempo indefinido en el Campo de trabajo 037 impuesta a D. Winston Smith, actualmente identificado como John Doe, profesor de historia de la Universidad de Berkeley, que incurrió en actividades subversivas contra el Estado, mala praxis e incitación al librepensamiento.»

El reo, con los ojos amoratados y la mirada perdida hace como que asiente al parlamento.

«Siguiendo con el formulario habitual: ¿Renuncia usted a la propagación de teorías subversivas contrarias a la epifánica y verdadera interpretación de la historia del manual de la era Trump?»

Winston o John Doe cabecea levemente, parece un asentimiento.

«¿Asume como propia la doctrina, así como el sagrado decálogo de posverdades contenido en el manual de la era Trump?»

Un hilo de saliva brilla en la oscuridad, otro cabeceo convence al Alto Tribunal de su sumisión.

«En consecuencia: ¿Cree usted en la verdadera América, blanca, libre, armada, cristiana, portadora de la divina misión de salvar al mundo de su destrucción?»

«¡Sí, sí, sí!», el profesor de historia solloza, doblegado, desorientado, la cabeza le da vueltas, su cara, la de un enfermo lobotomizado.

El juez supremo carraspea y mira con afecto al reo: «Fallamos que debemos absolver y absolvemos al ciudadano libre Winston Smith, quede en libertad…»

 

Se abre la verja, una luz cegadora —¡esa luz, otra vez!— daña los ojos de Winston, nadie le espera, dos lágrimas saladas le proporcionan sin embargo una dulce sensación de libertad.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

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¡QUÉ GLORIA!

sobreelpueblo reproarte

“Sobre el pueblo”, Marc Chagall  (Repro-Arte)

 

                                                        Para Marlene, Siempre

 

  ¡Qué gloria!, cuando todo está dicho,

cuando no hay que decir nada,

y no hay más guerra que la de las Galaxias,

cuando volamos alto, como pájaros aislados,

y nos hablamos con los ojos, sin palabras.

¡Qué gloria!, tus silencios cómodos,

me gusta que seas baja y taciturna,

como una diosa griega,

¡qué gloria tengo cuando estoy contigo!,

cuando los viernes noche cenamos chino,

cuando me quedo alelado mirando tu ombligo.

Me gusta que te alegres y entristezcas

como un limón helado,

amar sin comprenderte y aprenderte,

 pasar las noches tristes del invierno

arropado con la manta de tu cuerpo.

                                 Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

CICATRICES

 

“EL CORAZÓN” (FRIDA KAHLO, imagen de lulla.com)

 

En lo oscuro de tu corazón, fresa profunda,

es donde te alumbra

la luz de mi linterna,

y escarbando en lo hondo, yo descubro,

que la herida que sufriste aún está tierna,

¡tiene un brillo afilado que deslumbra!

Me dices que aún te duele,

que no te valen vendas,

que ha cogido color con el dolor,

que tu corazón sigue en reposo,

y por más que rebota el condenado

no puede olvidarse de la pena.

Pero yo velaré porque se cure,

porque se seque esa herida luminosa,

y de sus restos nazca pudorosa

la cicatriz que un día quiso ser rosa.

                                    Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

GINGER & FRED

GIF: Pin de Inna Ivanova

 

Lo primero que hizo cuando se lo diagnosticaron fue comprar flores. Volvió a pintar las paredes de todas las habitaciones de su casa, eligió el verde pistacho, era su color favorito. Luego se echó un novio argentino, Armando, un hombre apuesto, viudo como ella, y como ella, de vuelta de todo desde hacía tiempo.

Mi madre era una mujer decidida, independiente, nunca se arrugó ante nada, y ahora tampoco lo haría. No le gustaba la palabra cáncer, e igual que Salvatore hablaba de “la rusca” en aquel libro de Sampedro, ella lo llamaba simplemente “Eso”.

Armando y Rosa, mi madre, se adoraban, sus miradas cómplices, las caricias, los besos, las risas, eran el lenguaje de quien vive en un mundo de dos y no necesita a nadie más. Cierto es que a veces parecían un par de adolescentes, un día mi madre se presentó con la marca de un chupetón en el cuello, y no crean que lo disimuló, más bien lo lució orgullosa, al verlo, mis hermanas y yo explotamos de la risa. Cuando dejamos de reír empezó a hablarnos sin tapujos del sexo con el argentino, y cuanto más escandalizadas estábamos, más subía el tono de sus  comentarios procaces, hasta conseguir ruborizarnos del todo. Algo parecido hubiera sido impensable cuando papá vivía, en cierto modo, mamá se había liberado de toda la represión de un matrimonio católico, apostólico y romano, siempre le gustó disfrutar de la vida, y ahora lo estaba haciendo, no tenía por qué autoflagelarse por ser feliz y por parecerlo. He de confesar que llegué a sentir envidia, no sé si sana, pensando en mi frío matrimonio.

“Eso” se llevó su precioso pelo negro, pero ninguno de los dos dramatizó al respecto, todo lo contrario. Sin previo aviso después de la ducha y el secador, se arrancó sin querer un mechón de pelo, al que siguió otro y otro más. Una vez acumulados en su regazo, exclamó entusiasmada: «¡Qué suerte tengo!, necesito un jersey, ahora tengo reservas de lana, alta calidad.» Su humor negro era proverbial, enganchaba a todo el que la conocía. Por la tarde, Armando buscó en internet un catálogo de pelucas, escogieron joviales entre risas.

Con peluca negro profundo, cara de media luna por el efecto de los medicamentos, disimulada hábilmente por el brillo del maquillaje, y unas cejas pintadas con sutileza, jugaba al bingo el día de su sesenta cumpleaños. Parecía Norma Desmond en Sunset Boulevard, con sus dos ojos verdes y rotundos abiertos de par en par. Invitó a champán a una pareja muy simpática, incluso se permitió un par de cigarrillos, ya en casa, hicieron el amor, me lo contó al día siguiente y me pareció muy tierno.

No todo fue una fiesta, Armando estuvo allí las noches de hospital, las de insomnio y vómitos, cuando la enfermedad atacó con más virulencia. Su brazo fue el que la sujetó en pleno Callao, el día que perdió el conocimiento y se desplomó. Con el paso del tiempo, ya casi no recordaba las largas estancias en Puerta de Hierro, donde llegó a leerse la saga Millennium al lado de la cama, o las noches en las que tenía que cambiarle la cuña, y avisar a la enfermera para sustituir el goteo, hasta que aprendió a hacerlo él solo.

Hoy tienen su primera clase de baile, Armando la convenció después de una cena romántica, y como buen porteño la engatusó con su plática elocuente e irresistible. Por supuesto estoy aquí, con ellos, no me podía perder a Ginger y Fred, agarrados, dan vueltas en la pista como un trompo, así se alejan de la tempestad, del violento juego de las olas, como dos náufragos enamorados en mitad de una noche fría.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

Si miran la sexta, ahí están Ginger y Fred, encantados de ser seleccionados en el concurso “historias de superación” convocado por ZENDA. Decir que la historia fue parida una noche de insomnio en un hotel de La Latina y rematada en el  bonito “Café central” de la Plaza del Ángel, Madrid, y al lado estaba mi Ginger morena, claro…

https://www.zendalibros.com/seleccion-del-concurso-historias-superacion/

 

 

HAIKU OTOÑAL

Ya sé que no estamos en otoño, pero allí nos lleva este haiku seleccionado en el libro “La hoja cae” (Shinden ediciones; 2017), que reúne una selección de haikus con motivo del III concurso de haikus de La Librería Haiku, y lo comparto con todos los innisfritas de bien…

haiku2

 

Y para leerlo nada mejor que escuchar al maestro Pedro Iturralde tocando junto a un equipazo (Carlos Carli, Mariano Barroso y Miguel Ángel Chastang) esta preciosidad titulada “Les feuilles mortes”…

“LA FUSA EN EL PRICE” (19/07/2017)

María Creuza y Toquinho en el Price: “A felicidade” (Foto de Atticus)

El milagroso encuentro de “La Fusa” puso de manifiesto, que la improvisación, el desorden, la libertad da lugar al mejor arte. Toquinho, jovenzuelo de ventidós años por entonces, cuenta en el escenario del Price, con un desparpajo con el que seguro tendrá mucho que ver el llorado Vinicius, cómo, sin que los componentes de esta felicísima unión fueran muy conscientes, su actuación fue registrada (en concreto, el guitarrista citó la palabra “registración”, supongo que en el musical idioma brasileño será “registracao”), y surgió eso, un diamante en bruto, que no era necesario pulir.

Qué hubiera sido del mundo de la bossa (o simplemente, del mundo), si el joven Toquino, no le hubiera “robado” al maestro su “Tarde en Itapoa”, y la hubiera convertido en canción. Fue su primer disparo de los temas de ese disco legendario. El brasileño seduce en el escenario, contándonos la existencia de una santísima trinidad, formada por Antonio Carlos Jobim, Baden Powell y Carlos Lyra. En su día, el guitarrista solo se atrevió a poner el amén a ese mágico trío. Nos cuenta también que el poeta vividor y bebedor (con “V” de Vinicius), hablaba de que el whisky era el mejor amigo del hombre, como una especie de perro embotellado. El vaso de whisky fue una amistad fiel que le acompañaba en cada actuación, pero en el camino tuvo tiempo de enamorar a nueve mujeres con la dulzura de su palabra. Suena el “Berimbau”, el Price es más Brasil que nunca.

Entra en escena Doña María Creuza, comienza la “Saudade”. Ya conocemos en Innisfreee la definición que daba el gigante Cohen de la melancolía, que no era otra cosa que la alegría de estar triste, nos vale para el concepto aludido. La Fusa le canta al amor, claro, y a la tristeza inminente que sucede a la alegría, ese estado en el que no hay vencedores ni vencidos, solamente supervivientes. Creuza continúa con el repertorio, y se nos encoge el alma, “A Felicidade”, “Manha de carnaval“, “O amor en paz”, “Eu sei que vou te amar”, “La chica de Ipanema”, cómo no. Yo particularmente no quepo en mí mismo, cuando cierran con “Chega de Saudade”, creo que mi favorita del repertorio del gran Vinicius de Moraes.  Escuchando de nuevo estas canciones, nos damos cuenta de su eternidad, y asimilando las letras, observamos que tienen la sencillez de lo sublime, la poesía que solo puede brotar de la verdad (“Tristeza nao tem fin, felicidade sim…”, “Eu sé que vou sofrei la eterna despedida de vivei”,… ).

Camino del hotel, comentamos con la taxista, aficionada también a la bossa, cómo es posible que esta música no haya tenido más trascendencia. Transigimos en que quizás falló de alguna manera la cadena de transición, y que verdaderamente, no se conoce como debiera. Hablando en primera persona, puedo decir que la Fusa llegó a mi equipo de música a través del tío de un amigo querido, y a partir de ahí cambió mi manera de percibir la belleza. Con total conocimiento de causa y una gota de  osadía, pienso que este disco tiene tanta importancia para la historia de la música como el “Sargent Pepper”, el “London calling”, el “Pet sounds”, o el “Kind of blue”, otros “sancta sanctorum”,  con los que me emocioné y me sigo emocionando. María, Vinicius, Toquino, vivirán para siempre, porque el amor, el verdadero amor, sobrevive a la muerte.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

   Como habrán podido intuir, no nos podemos definir por una canción, quizás, “Irene”, o mejor “Catendé”, luego nos acordamos de “Eu sei que vou te amar” y desfiló por nuestros ojos una chica preciosa en la playa de Ipanema,…,gracias a esa cosa maravillosa llamada Youtube podemos disfrutar de todas, escúchenlas, y será como un flechazo, quedarán enamorados para siempre…

BORROSO

              Fotografía de Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

No cabe duda de que una navidad sin nuestros seres queridos no sería lo mismo, ya nos lo advirtió Don Vito Corleone, cuando dijo algo parecido a que un hombre sin familia no era nada. Lo que voy a relatar sucedió un 25 de diciembre, en el calor de nuestra casa de campo. Como todos los años, desempolvamos la caja de galletas Cuétara en la que dormían amontonadas las fotografías de nuestros antepasados. Pudimos comprobar con horror que estaban ajadas por los estragos del tiempo, cochambrosas, con manchas de grasa, e incluso roídas por los mordiscos de algún ratón hambriento. Con ayuda de los niños y de las tecnologías, decidimos restaurarlas, rescatándolas de la ciénaga donde yacían. Ahí empezó todo.

Escondidos bajo brumas intemporales aparecieron tíos, tías, abuelas, abuelos, tías abuelas, bisabuelos. Afloraron a nuestros ojos con un brillo y un lustre especial en sus caras, y recordamos lo guapos que eran y lo que los echábamos de menos. Súbitamente se nos revelaron las almas de aquellos parientes olvidados, y experimentamos un cálido déjà vu, un amor platónico hacia ellos, como un recuerdo perezoso que permanecía escondido en el fondo de nuestros corazones.

Sin darnos tiempo a digerirlo, un aroma que procedía de la cocina nos conquistó. Eran las magdalenas caseras de la abuela Paula, que nos recibió con pellizcos en los mofletes. También se animó la abuela Pepa con su vieja receta de mantecados, las titas Santi y Justi nos cantaron villancicos de la época de Maricastaña, y nos trajeron zurcidas unas preciosas bufandas de colores para todos, luego rezaron a dúo el rosario en latín, y nos preguntaron si seguía el programa de Carlos Herrera, que era su preferido en la radio. El tío Pepe se trajo el whisky y su gracia malagueña, y nuestro tío Súper nos contó sus mejores chistes surrealistas, al lado, su mujer, mi tía Pili, no paraba de reír con sus carcajadas contagiosas, mientras se atragantaba con los turrones, los mazapanes, los alfajores y los polvorones que habíamos colocado en la bandeja de plata de la bisabuela Emiliana, que no pudo venir debido al reúma que le seguía molestando en el más allá. Estaban todos, como en todas las navidades, como siempre, el tiempo dejó de existir o se detuvo aquel 25 de diciembre.

Así que no cambiamos las costumbres, brindamos con sidra El Gaitero y con Dom Pérignon, comimos pavo al horno y piñones, jugamos a las siete y media, y al parchís, y al bingo, incluso a la rayuela, hasta el amanecer. Nos quedó tiempo para sufrir junto a Pepe Isbert y la gran familia porque el pequeño Chencho se había perdido, y luego lloramos de alegría cuando volvió a aparecer; comimos las uvas con Ramón García sin atragantarnos, y seguimos cantando villancicos hasta quedar afónicos. De madrugada yo solté mi muleta y bailé un tango al calor de la chimenea agarrado de mi tía Julia, desaparecida hasta entonces en la Argentina.

Las siguientes navidades fueron aún más felices, y las siguientes, y las que siguieron a estas. Las de este año prometen, nuestra tía Toñi nos va a tocar con su guitarra las mejores canciones de los Beatles, yo ya me he pedido la primera fila. Estamos felices, muy felices, por saber, después de tantos años, que nuestra familia, rescatada de las sombras, era del tamaño de una saga bíblica, y al darnos cuenta de que no estábamos tan solos en este universo gaseoso de niebla y fantasmas, de vivos y de muertos.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez