NIÑO PRODIGIO

Fotografía tomada de Wikipedia

Esta historia, localizada en una quimérica Argentina, es de fútbol-ficción, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia…

Nacieron gemelos. Él y un balón de fútbol reglamentario modelo azteca. En la primera ecografía, los padres de Dieguito no daban crédito: una pequeña bola del tamaño de una pelota de golf crecía junto a su hijo en la placenta, allí Diego Armando, dio sus primeros toques.

Pronto corrió la voz de la historia del niño y la pelota, el mundo del fútbol esperaba con ansiedad el momento del nacimiento. Todos los grandes clubes querían atar como fuera al bebé futbolista. “Este pibito lindo no debe salir del país, es una joya, un tesoro nacional que nos dará muchas glorias…”; “Veinte millones de cláusula de rescisión, diez millones netos por año, beneficios publicitarios aparte, residencia de lujo en La Moraleja con piscina de bolas, construiremos una guardería deportiva con preparador físico, cantajuegos, y servicio de pediatría veinticuatro horas,…”, “Residencia en Las Ramblas, carrito  último modelo privado para llegar a la Masía, psicólogo infantil, y condiciones económicas a negociar…” Las ofertas eran astronómicas, tanto que a sus atónitos padres les daban vueltas los ojos. El bebé, al amparo de la cálida placenta, saltaba tranquilamente a la comba con el cordón umbilical, ajeno a la popularidad que le esperaba en el mundo exterior.

El dispositivo era gigantesco. Medios de comunicación de todo el planeta esperaban a ser los primeros en anunciar el nacimiento del niño prodigio: Clarín, A Bola, Sport, Marca, As,… Todos tenían instalados sus satélites y sus furgonetas, el fenómeno era imparable. Y llegó el día…

Diego Armando y su gemelo Azteca nacieron en otoño, fue necesaria cesárea para sacarlos a los dos. Pesó cinco quilos, sin balón, y después de que cortaran el cordón umbilical fue capaz de dar ciento cinco toques a su sufrido hermano, ante la estupefacción del personal médico. Sus piernas eran robustas, musculosas, los entrenamientos llevados a cabo durante la gestación no habían sido en balde. Tenía un intenso pelo negro y caracoleado, y era rollizo. Al verlo por primera vez su madre con ojos enamorados, le bautizó como “el Pelusa”, y besó su inmensa pelambrera. Azteca miraba con celos la escena, pero luego su madre le dio un cariñoso achuchón.

Se filtró la noticia del nacimiento y el estruendo fue salvaje, periodistas, directivos y ojeadores se agolpaban en una torre de Babel, donde el idioma imperante era el fútbol. Cuando se abrieron las puertas del paritorio, se hizo un silencio extraño y pasajero. Dieguito miraba con ojos alucinados a la multitud sin entender nada, con el esférico bajo la zurda. De repente, todos se abalanzaron contra él, y “el Pelusa” respondió con fútbol. Comenzó tirando un cañito a un periodista de La Gazzetta dello sport, luego cayó en sus fintas el redactor jefe de L’Equipe . Esquivó y escupió a quienes se entrometieron en su camino, ya que en el pasillo del hospital fue adquiriendo el mal carácter que le acompañaría durante toda su carrera. Para deshacerse de un jeque árabe ataviado con una túnica que le llegaba hasta los tobillos, tuvo que hacer una vaselina con su hermano y recuperarlo después en brillante autopase. Solo un genio podía escapar de semejante encerrona. Siguió gambeteando y dejando atrás rivales, hasta que alcanzó las escaleras. Las bajó dando toques de cabeza, Azteca estaba mareado. En la distancia, su madre era un mar de lágrimas, sabía que escapar de aquella vorágine era la única forma de que sus hijos pudiesen llevar una vida feliz. En la distancia, los dos mocosos también lloraban, les agradecían a sus papás la vida, pero debían huir, ya que la turba seguía persiguiéndoles. Cuando pisaron la calle se perdieron en el horizonte azul regateando árboles y farolas

Cuentan las leyendas llegadas de aquí y allá miles de hazañas atribuidas a los dos hermanos, pero por encima de todas, la de construir juntos la jugada de todos los tiempos, aquel verano del mundial en el estadio Azteca de Méjico… «A “el Pelusa” le persiguen dos ingleses, pisa la pelota y arranca como un ciclón por la derecha superándolos en carrera, tira un regate, tira otro regate, le sale el portero, que no puede hacer nada ante el tercer regate, solo y escorado ante la meta, empuja el cuero a la red, y todos los argentinos y los que no lo son, gritan: ¡Goooooooooooool, Diegol, Diegol!» Unos días más tarde, en el mismo escenario Dieguito alzó la copa más grande, la copa del mundo, y más de uno quiso llorar, y darle las gracias a Dios por ese pibito mágico, por ese barrilete cósmico que convirtió el fútbol en poesía.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

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MARIANA

Selección de Colombia en Italia 90 (fotografía de Wikipedia)

Mariana es colombiana. Viene a casa dos veces por semana, solo coincidimos los martes, es mi día de descanso, no me importa, es habladora, pero no chismosa. Ese día cocina, y cómo cocina, desde hace tiempo adapté mi paladar a sus ajíes, sus arepas de maíz triturado rellenas de huevo frito y demás divinidades.

Allí, en la cocina, cuando despierto, mientras pica cebolla me habla de su ojito derecho, Julio, y de sus tatuajes. Es su hijo pequeño. Me enseña una foto de whatssap con un tigre de bengala en tonos naranja cruzados por rayas negras adornando su brazo musculado. Él sigue en Colombia, sin oficio ni beneficio, metido en mil fregaos de los que Mariana no quiere enterarse. Elena es la siguiente, la madre de sus dos nietos, Marcos y Pedro, llegó embarazada a España, y su pareja se largó cuando estaba preñada del segundo, ahora todos viven con Mariana, bajo el mismo techo, y ella tira del carro como hizo siempre, porque así fue siempre en el mundo de Mariana, y ella no lo discute. Me cuenta sus visitas a la cárcel, Freddy, su hijo mayor está allí desde hace dos años, un asunto de trapicheos del que tampoco quiere enterarse, le lleva comida, intentan hablar de los buenos tiempos, y acaban llorando. Freddy le consigue la mejor marihuana que se puedan imaginar (yo la celebro todos los martes, después del café nos reímos del mundo entre caladas). Su vida ha sido dura desde siempre, y ella no lo discute, da gracias a Dios por todo lo que le ha sucedido. Ya no se acuerda casi de Fernando, su marido, ni de las zurras que le atizaba cuando llegaba borracho a casa, eso quedó atrás. Es muy religiosa, reza el rosario en voz alta y ruega por mí, y por mi familia, por sus hijos, por sus nietos, les paga misas a sus abuelos, a sus tíos, y a un hijo suyo que nació muerto, es al que más quiere. También reza por los futbolistas de la selección de Colombia, en especial reza por el pobre Escobar, incluso por los miserables que le mataron a balazos después de meter aquel aciago gol en propia puerta. No suele guardar estampas de vírgenes o de santos, pero hay una, la de “Nuestra señora del rosario de Chinquinquirá” que besa cada vez que juega la selección colombiana. El fútbol y la marihuana son sus dos válvulas de escape, hoy ha venido ataviada con una bufanda amarilla, azul y roja, pese a los treinta grados.

No me gusta el fútbol, pero ya soy experto en René Higuita, ese excéntrico portero con pinta de pirata que blocaba como un escorpión, he visto cien veces en internet el gol de Freddy Rincón contra Alemania, mientras el locutor grita aquello de «Dios es colombiano», era el favorito de Mariana, porque se llamaba como su hijo mayor, ahora ya no juega, está retirado, como Valderrama y el Tren Valencia, Asprilla o Leonel Álvarez. También me habla del negrito con cara de bueno que revolucionó el fútbol colombiano desde el banquillo, «Pacho» Maturana, con ese pelo cardado, ahora cano, que en su juventud podría haber sido el hermano mayor de «The Jackson five». Ellos nunca le han pedido nada, es más, son las únicas personas que le han dado alguna satisfacción en su vida. Mariana  se lamenta de que siempre se queden a las puertas de algo grande cuando llega la hora de la verdad. Ahora sus ídolos son James y el Tigre Falcao, espera que en este mundial suban un escalón más, si en Italia no pasaron de octavos por la cantada de Higuita, y en Brasil rozaron las semifinales, toca soñar con el cielo de Moscú y coronarse por fin, sería bonito para su país querido y para ella, tanto como que fuera Cenicienta y le encajaran el zapato de cristal en su pie torturado por los juanetes.

Sentados ante el televisor, todo está preparado, debutamos ante Japón, es espectacular el colorido,  un hermoso mosaico amarillo en las gradas, yo bebo Desperados, ella Coca-Cola,  me siento bien a su lado, como si fuera la madre que nunca tuve, hoy soy ese hijo suyo que nació muerto y al que tanto quiere, y le pido al cielo que todo le vaya bien, que su hijo Julio no muera de un navajazo en una pelea de bandas y Freddy salga de la cárcel, que sus nietos crezcan sanos y su hija se enamore de un buen tipo que cuide de ellos, y sobre todo, pese a que ya sabemos que Colombia ha perdido su primer partido ante Japón y curamos nuestras penas con un porrito de marihuana, que pueda volver algún día a su casa con la copa del mundo reluciente entre sus manos callosas.

 

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

Encantado de que este texto figure entre las diez historias de fútbol seleccionadas dentro del concurso promocionado por ZENDA, para optar a los premios…

https://www.zendalibros.com/seleccion-del-concurso-historias-futbol/

ENCUENTRO EN LA NOCHE

Fotografía de ABC.es

 

30 de Noviembre de 1786, Palacio arzobispal de Tacubaya, Méjico

 

La vela se consumía, iluminando la estancia con un amarillo viejo, terroso, como el de los desiertos mejicanos, un amarillo tan desgastado como la cara del gringo que balbuceaba en el camastro palabras olvidadas de hazañas que habría de llevarse al más allá. Una mosca se le posaba de vez en cuando, en la frente, en los ojos, no tenía ni fuerzas para ahuyentarla, la disentería había avanzado tanto como ese grupo de valientes que tomaron la Mobila o Panzacola, el fragor de sus mosquetes retumbaba aún en su cabeza desorientada.

En Tacubaya, como Virrey de la Nueva España, había terminado su extensa carrera militar, pero allí mismo, intentando escapar de las garras de la disentería se había dado cuenta de lo pasajero de las gestas y las glorias humanas, y de lo acertado que era aquella sentencia bíblica: «Vanitas vanitatum omnia vanitas». De poco le servía ahora haber sido capitán general de las Floridas y de la Luisiana o haber conquistado la isla de Providencia, pues le esperaba el mismo fin que a cualquier alma descarriada. No se arrepentía de nada, allí, en el palacio, estaba en paz con Dios y con sus semejantes, sabía que había prestado su vida y su aliento a España y como creyente confiaba en la vida eterna. Los últimos años fueron duros, las hambrunas, las desconfianzas de los cortesanos, pero ahora ya esos problemas prácticos no le inquietaban, hizo lo que pudo en conciencia mientras vivió, y con esa divisa dejaba este mundo.

Sus sueños fueron intensos aquella noche, rememoró el brillo del cielo azul de Filadelfia aquel 4 de julio, contempló el hermoso río Misisipi esmaltado en la noche, incluso pudo escuchar el cricrí de los grillos. Como una visión futurista se le apareció la imagen de varias estatuas de los libertadores de Washington, una de ellas era la suya. Finalmente, cuando ya no le quedaba apenas vida, notó cálido el tacto de una mano. Abrió los ojos súbitamente, y en la penumbra de la estancia, entre tinieblas, pudo reconocer el rostro lloroso y amable de George Washington. Bernardo de Gálvez murió esbozando una sonrisa.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

QUERÍAMOS TANTO A BRENDA

Loop End GIF (Giphy.com)

Queríamos tanto a Brenda, que nos hemos empapado durante todos estos años de La casa de la colina, de Un marido de ida y vuelta, de La reina Margot, de El valle encantado, y por supuesto, de su deliciosa trilogía del amor. Nuestra diosa dormía en la alcoba del celuloide.

El núcleo duro surgió en los descansos de los programas dobles, en los pasillos, entre caladas hicimos piña, y nos pegó tan duro como el juramento de sangre de un adolescente enamorado, iluso pero intenso. Formamos un club, reunidos repasábamos una a una nuestras escenas favoritas, entre mate y mate, cebábamos los desencantos, las euforias, los entusiasmos. Decepción y triunfo, fruto y escarcha, el camino de las estrellas rutilantes.

Nuestra pasión no conocía límites, en cada rincón de nuestra vida, cuando comprábamos el pan, al cocer el asado, allí estaba ella, persiguiéndonos como un ciervo plateado, nos acompañaba hasta cuando tomábamos el tranvía. Sabíamos y sabemos que la misión de nosotros en este mundo es mantener viva su antorcha. Queríamos tanto a Brenda, que memorizábamos sus textos, los diálogos, sus expresiones (nos enfadábamos, incluso peleábamos, luego llorábamos y terminábamos a carcajadas), hasta los silencios y sus salidas de plano, en aquellos elegantes fundidos en negro. Transferimos esa pasión devoradora a nuestros hijos, y confiábamos que estos hicieran lo mismo con nuestros nietos.

Queríamos tanto a Brenda, que cada gala de los Oscar nos concentrábamos con barriles y barriles de Oporto (era la bebida preferida de Brenda), y nos cagábamos en la academia cuando le negaba otra vez la supuesta gloria. Cuatro veces la nominaron esos botarates, ningún premio, ni siquiera cuando con lágrimas entre las llamas, rozó la pasión de la Falconetti, encarnando a Juana de Arco. A nosotros nos daba igual, alguien dijo alguna vez que los premios atontan. Nunca faltaron nuestros ramos de flores en los momentos duros, ni el trabajo extenuante en las redes desenmascarando a cualquier fantoche que creyéndose portador de las llaves del séptimo arte ofendiese a Brenda. Alguna vez pasamos a los hechos, y dándoles coba, escondidos en alguna falsa identidad, más de uno se llevó un ojo morado, algún mordisco, o una buena sarta de patadas.

Queríamos tanto a Brenda, que la queríamos inmortal, por eso, cuando nos llegó la noticia de su cáncer, se nos quedó la cara de mármol. Las lágrimas corrieron libres en nuestro departamento privado, un cacho del alma se nos desprendía. Hicimos colectas, contactamos con su familia, sin fanatismos, respetando su privacidad. Ella luchaba, con la fortaleza que daba la inmortalidad conseguida en vida, pero el puñetero cáncer iba avanzando irremisible. Hicimos fuertes donaciones para que la trataran en Houston, allí se encontraban los mejores especialistas. Aun así, siguió apagándose lentamente.

Entonces surgió la idea, donde la vida se escapaba debía actuar la ciencia. La solución era la criogenización, congelar a Brenda con la esperanza de que en el futuro los avances científicos consiguieran revivirla. Investigamos seriamente el tema, contactamos con el Instituto de criogenización de Michigan, supimos del bulo de que Walt Disney andaba congelado, y también supimos que la vitrificación, técnica empleada para conservar óvulos, era la más puntera. Teníamos científicos, físicos, químicos, médicos reputados en nuestro club, que había crecido durante todos estos años, nada nos podía detener.  Pero sí, algo nos detuvo, las convicciones religiosas de su familia. Ella estaba sedada, la jodida metástasis la carcomía, nunca supimos su verdadera opinión. Moral, ética y otras pavadas. Pura hipocresía, su escasa familia olisqueaba la plata alrededor de su cama. Ella tuvo miles de amantes, pero nunca hijos, así que reclamamos nuestra condición de hijos predilectos para hacer lo que hicimos.

Decidimos actuar con calma, disimuladamente. Seguimos moviendo la causa de la criogenización, y nos hicimos con espías para conocer día a día el estado de Brenda, que reposaba ya en su mansión de Palm Spring. Cuando supimos que el final era inminente, tomamos la decisión, secuestraríamos el cuerpo.

El día que murió el cielo era violeta, nos pareció una señal. Pese al dolor, nos movimos rápida y eficazmente, un poco de cloroformo por allí, otro poco de confusión por allá, no hubo que lamentar heridos. Su cadáver lucía hermoso y lívido, la piel tersa, cuajada de lunares. Rápidamente se le inyectaron sustancias químicas para conservarla, y sin más demora, un aeroplano la transportó en un vuelo ultrarrápido a un lugar perdido de la Patagonia. Allí lo teníamos todo acondicionado, un sofisticado laboratorio y una gran pila, donde sumergimos su cuerpo a 196 °C bajo cero. La tenemos rodeada de coronas y ramos de flores, de recortes de prensa de sus premières, de boletos de los cines donde la admiramos, hemos convertido aquello en un santuario para venerarla. Allí peregrinan año tras año todos nuestros socios, con las precauciones debidas, y con la condición de guardar el secreto.

El escándalo de la desaparición fue grande, se pensaba en algo diabólico, un acto de magia negra. Adoptamos una postura inteligente, nos indignamos y removimos el mundo para la recuperación de su cuerpo, era como si el lobo cuidara de las ovejitas. Para nuestra sorpresa, no levantamos sospechas.

La criogenización de Brenda fue un mensaje en una botella, un canto hacia el futuro para las generaciones venideras. Hoy seguimos perpetuando su memoria, la hinchada ha crecido, hemos cruzado océanos de distancia y tenemos hermanos hasta en la Siberia, ahora somos una fundación. Todos nosotros guardamos el secreto de su sueño congelado, un secreto tan lúcido y tan secreto como el de la masonería. Nuestros ojos brillan al saber que un día de enero, o quizás una primavera de 2098, cuando los almendros hayan brotado, Brenda Fanswhare, despertará de su letargo mágico, y podrá descubrir todo lo que hemos hecho por ella, y todo lo que la hemos querido.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

ABDUCIDO

Groucho Marx Gif by Maudit (Giphy.com)

 

Vinieron a por mí a punto de que empezara mi programa favorito. Me puse furioso, era mi momento del día, cuando me calzaba las pantuflas y vaciaba mi mente delante del televisor. Se lo tomaron con calma y se acomodaron en el sofá. Había pasado la hora de comer, pero les vi tales caras de hambre que tuve que prepararles en un periquete un plato de jamón serrano acompañado de unos riojas. Lo engulleron con entusiasmo, incluso terminaron eructando. Entretanto, vimos el concurso, me quedé de piedra, contestaron correctamente todas las preguntas.

Luego vino la comedia, me abdujeron plácidamente, nada del otro mundo, más o menos como en las películas de ciencia ficción americanas, una luz roja algo dañina que me deslumbró, y de repente todos en la nave espacial. Antes, me interrogaron acerca del jamón y el vino, así que tuvimos que bajar al sótano, donde guardaba una pata de jamón cinco jotas que reservaba para navidad, y dos botellas de Rioja gran reserva. Nos las llevamos de viaje hacia Traseronia, el planeta de mis repentinos visitantes.

Los inicios fueron un poco tensos allí, imaginaos estar rodeado de individuos extraños de color verde en un lugar también extraño y a millones de kilómetros de tu casa. Que conste que no soy racista, aparte, el verde siempre fue mi color favorito. Ellos son muy correctos y educados en el trato diario, quizás algo serios y cuadriculados, pero en general hemos hecho muy buenas migas. Tienen mucha curiosidad por nuestra cultura, diría que la conocen más que yo, triste terrícola. Un día, conseguimos piratear la señal de televisión terrestre, se han vuelto fanáticos de Jordi Hurtado, todas las sobremesas las pasamos en Sant Cugat del Vallés. También han descubierto el canal TCM, las pelis de vaqueros y a los Hermanos Marx, su título favorito es Sopa de Ganso.

No todo es una fiesta en Traseronia, sabía que me habían traído hasta aquí para someterme a duros análisis. La verdad, no fueron tan complicados, se comportaron de forma muy considerada conmigo.  Estoy encantado, el clima de tranquilidad que se respira, la música, el gusto por las artes de los traseronianos, convierten a este planeta en algo fascinante, cada día descubro algo nuevo. Pasa el tiempo, y me doy cuenta de que tarde o temprano he de volver a la tierra, y sinceramente, no quiero soportar el carmín y las lágrimas de mis tías solteronas, las teorías de la conspiración de mi padre: «Aquí hay gato encerrado, esto debe ser obra de los comunistas», o la falsa condescendencia de cualquier anónimo. Ni siquiera siento curiosidad por saber que pensara la gente en mi ausencia, me imagino a Telecinco o a Antena 3 rifándose la exclusiva de mi periplo espacial, es algo que me estomaga.

Cierto día, K, el traseroniano con el que había estrechado mayores lazos me dijo que el jefe supremo quería hablar conmigo, había quedado prendado por el sabor del jamón cinco jotas y el del tinto rioja Gran Reserva, y quería más, pero tampoco era cuestión de invadir la tierra, así de repente. Con franqueza, yo también echaba de menos el sabor del jamón y la alegría de un buen vino, pero algo se tenía que perder en el camino, me acostumbré a los hábitos culinarios traseronianos, eran cómodos y eficientes, para ellos la comida es un acto rutinario, insustancial, se absorbe el alimento por telepatía, y no se experimenta ningún placer, así que podéis haceros a la idea cuando probaron el jamón serrano.

En definitiva, previeron una solución práctica y rápida, al más puro estilo traseroniano. Yo me convertiría en agente comercial negociando con alguna Dehesa la venta de jamones, y con una bodega de postín la adquisición de vino. En la tierra estaba en paro, así que matamos dos pájaros de un tiro. Imaginaos lo que supuso para mí la noticia, era sumar a mi triste dieta traseroniana el jamón serrano y el vino.

Ahora hago visitas periódicas a la tierra, cargo provisiones, pruebo jamones y hago catas de los mejores caldos. Aprovecho mis estancias para darle un beso a mamá, que se consume en lágrimas, insistiéndome en si me dan bien de comer, que estoy en los huesos, o en si voy al baño con regularidad; luego discuto con papá por cualquier cosa, vamos, lo de siempre. Desde que soy gerente de «Jamones y tintos terrícolas, S.A.», no echo mucho de menos mi casa. Nuestro siguiente paso es crear dehesas y bodegas propias, con lo cual hasta me ahorraré las visitas a la tierra.

Lo tengo claro, mi futuro está escrito aquí arriba, ya le he echado el ojo a Thelma, una bella traseroniana de piel verde y tersa, con una trasero hermoso y bien formado, lo habitual. Como habrán podido imaginar el nombre del planeta no es casual y responde a la calidad de sus traseros. Yo me fijo en los femeninos, claro está, una suerte más para mí vivir aquí, desde pequeño esa porción de la anatomía femenina era mi perdición. A veces, Thelma se enfada conmigo cuando mis ojos se extravían en dirección a traseros ajenos. En cuanto al sexo aquí, he de confesarles que es una actividad placentera y agradable, aunque se practica también por telepatía, y no requiere apenas esfuerzo, lo que para mí, un perezoso de primera, es un aspecto muy importante.

Quién me iba a decir a mí, tan descreído y escéptico, que encontraría la felicidad a años luz del planeta tierra, le doy gracias al cielo por esa visita intempestiva a mi piso de soltero a mediados de febrero, han pasado ya dos maravillosos años. Thelma y yo estamos decididos a fundar una familia, pero ya habrá tiempo para eso, de momento, permanecemos ajenos a cualquier preocupación delante del televisor, están pasando Sopa de ganso, y ambos entonamos junto a Groucho y los demás súbditos de Freedonia aquello de: «¡Hail, hail, Freedonia…!».

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

NOSTALGIA

                                               www.imdb.com

 

 A un tal Rick Deckard

 

Despertó de un sueño pesado, se había excedido con el inhibidor talámico, a sabiendas de sus potentes efectos. Ese día eliminó a otro Nexus 6, ya solo quedaban cuatro, escondidos entre la gente o entre la lluvia, o quizás ocultos en la herrumbre de la ciudad oxidada. Odiaba su trabajo y más cuando acababa con uno de ellos, así que decidió mojar su consciencia en un whisky doble. Lo único que le movía era el dinero que le procuraba su papel de mercenario, con él podría alcanzar su verdadero sueño, comprar un perfecto clon de oveja doméstica. Quién sabe, algún día tendría una granja, como aquellos pistoleros jubilados de las películas del Oeste.

Miraba distraído la televisión virtual, Tyrel y sus peligrosos experimentos con replicantes era el tema estrella del día. Deckard pensó por un momento que aquel tipo había jugado con fuego, y que a él le tocaba bailar con la más fea en todo este asunto. Se enfadó consigo mismo, pero pronto lo olvidó, su estómago retumbaba. Miró la nevera, y divisó una bandeja de comida liofilizada. Antes de cocinarla en el ultra – microondas, decidió subir al ático, quería admirar su última adquisición, un ramito de margaritas silvestres, que incorporaría a su pequeño vivero, junto a las matas de tomates, alguna flor perdida y otros rastrojos inútiles. Era su exótica joya, no es que los huertos estuvieran prohibidos, pero su mantenimiento era carísimo, y cualquier ciudadano común no podía permitírselo.  Todo, la tierra, las semillas, el sofisticado sistema de riego, lo había comprado online, así que era casi secreto, solo el servicio de mensajería podía sospechar de su existencia.

Anduvo sobre el césped, y casi chocó con Connie, un siniestro robot con dientes eléctricos y mirada alucinada. Era su única compañía, después de que Rachael hubiera desaparecido de la ciudad sin dejar rastro. La oveja de metal, cables y circuitos electrónicos, que estaba comiendo tímidamente hierba del suelo, interrumpió su almuerzo para mirar a su amo con una expresión bobalicona; entonces, Rick acercó su mano y sintió la frialdad metálica que revestía al desnortado robot. Aunque no supo muy bien por qué, siguió acariciándolo, hacía rato que su mente estaba perdida en verdes praderas, dentro de su cabeza se podía escuchar el rumor del agua, un hermoso río descendía desde lo alto de una ladera, lucía el sol en un perfecto día de primavera.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

2084

 

Antonio Saura Moi, Planche 5 Kuntz Gallery (www.kuntz)

 

Vinieron a por mí justo cuando había conciliado el sueño, después solo recuerdo una luz cegadora…

 

BERKELEY, 22 DE ENERO DE LA ERA TRUMP, 2084, CAMPO DE TRABAJO 037-DEPARTAMENTO 21-COMEDOR, HORA: 14:30.

774-037-WIN., rasco con desgana mi antebrazo, pero no se borra. En mi mano derecha una cuchara de aluminio, y delante de mis narices un engrudo naranja, una especie de polenta radioactiva que sabe a rayos. Me acaban de dar un cucharazo en plena frente, mis gafas se cayeron al suelo, están hechas un desastre, no veo con claridad, lo que me faltaba. Suenan las alarmas, algún gracioso ha debido empezar, ahora vendrán los guardas con sus porras eléctricas, la última vez me vapulearon las costillas, tengo aún un hematoma malva que puede probarlo, aunque aquí da igual, somos culpables de antemano, nadie se acuerda ya de aquello de la presunción de inocencia.

Es la hora de la siesta programada, me tomo la capsula de bromazepam y mi mente se va a otro lado, no sé, quizás a mi infancia, veo una barca, fresnos, pinos, puedo olerlos, mi padre me ayuda con el anzuelo, soy un chico rubio con bucles y cara sonrosada, y mi madre ha preparado tostadas francesas, saludo a Klaus, mi perro querido… Ya estoy en la sala de juegos, es viernes,  nos toca bingo comunitario, este mejunje gaseoso está agrio, pero no puedo dejar de tomarlo. «¡Línea!», soy un hombre afortunado, el premio es un bono temporal, para emplearlo en cualquier actividad recreativa ofrecida por el centro.

No recuerdo a mis hijos, ¿tengo hijos?, y esposa, ¿acaso tengo una esposa?

Por las mañanas nos afanamos en la construcción de una muralla que no acaba nunca, los guardias nos dicen que nos protegerá de cualquier invasión de los parias, los desheredados, los del «tercer mundo», me acuerdo de ese odioso eufemismo. Nosotros somos el «primer mundo», y debemos proteger los valores que han vertebrado nuestra civilización. En realidad, la historia está plagada de campos de minas, de alambradas, de campos de concentración como este. Historia, sí, espera, historia, yo era profesor de historia en una universidad, recuerdo hablar de Weimar y de la ofensiva aliada, y hasta del Apartheid, ahora me acuerdo, también me acuerdo de esa estudiante pelirroja tan guapa, parecía la novia de Spiderman. Aggggg, este pitido en el oído me mata, he perdido la idea, me siento fatal, con ganas de descansar, pero aún nos queda hormigón y ladrillos, esto no acaba nunca, y empieza cada día, la vida de hormiga obrera me mata.

Con la tiza tacho un palito, y no sé qué narices significa, ya he completado varias hileras, quizás mañana me acordaré de qué se trataba, hoy no estoy precisamente lúcido. Busco evasión, me empapo la cara con agua fresca y hojeo los boletines de la institución, describen al milímetro nuestros progresos en la construcción del muro, y el buen ambiente aquí, en la comunidad; intento concentrarme en los pasatiempos, crucigramas, sopas de letras, sudokus, me proporcionan el alivio del olvido. Necesito sexo, me siento una presa a punto de ser ejecutada, pero he de esperar al sábado, como todos. Intento masturbarme, no lo consigo.

Anoche perdí la consciencia de repente, y la noche transcurrió como un fogonazo, un fundido en negro, igual que en las películas de Huston, Bogart fumando y bebiendo bourbon mejor que nadie. Sí, el cine, eso sí lo recuerdo, era un cinéfilo empedernido y pedante. Todo esto, los uniformes, la asepsia, la rutina, esta cadena de montaje sin alma me recuerda a alguna película, ¿pero a cuál?, Dios mío, ¿a cuál? —nuestro personaje se pierde en sollozos—. Nunca creí en ti, pero ahora me da igual, necesito creer en alguien o algo, hablar, sonreír, emborracharme, sentir que estoy vivo, que respiro, que pienso, que puedo ser una criatura alegre y feliz, sentirme entre los otros, formar parte de algo, oír un chiste obsceno, tener un sueño mojado…

«ZZZZZZ…». Otra vez ese pitido inmundo que me está volviendo loco, ¡no puedo más!, ¡no puedo más!, ¡no soy un animal, no soy un animal!, no puedo vivir así, esto no es vida, ¡no puedo más! Tres guardias vestidos de negro, como tres cucarachas, equipados con sus dispositivos de disuasión se abalanzan contra él, tras varios forcejeos aplican sus porras eléctricas, los alaridos traspasan los muros del aguerrido campo de trabajo…

 

JUEZ DE VIGILANCIA PENITENCIARIA / PROCESO 1244-WINSTON SMITH-REVISIÓN DE CONDENA.

Berkeley, 28 de diciembre de la era Trump, 2084.

«El objeto de la presente diligencia es revisar la condena de trabajos forzados por tiempo indefinido en el Campo de trabajo 037 impuesta a D. Winston Smith, actualmente identificado como John Doe, profesor de historia de la Universidad de Berkeley, que incurrió en actividades subversivas contra el Estado, mala praxis e incitación al librepensamiento.»

El reo, con los ojos amoratados y la mirada perdida hace como que asiente al parlamento.

«Siguiendo con el formulario habitual: ¿Renuncia usted a la propagación de teorías subversivas contrarias a la epifánica y verdadera interpretación de la historia del manual de la era Trump?»

Winston o John Doe cabecea levemente, parece un asentimiento.

«¿Asume como propia la doctrina, así como el sagrado decálogo de posverdades contenido en el manual de la era Trump?»

Un hilo de saliva brilla en la oscuridad, otro cabeceo convence al Alto Tribunal de su sumisión.

«En consecuencia: ¿Cree usted en la verdadera América, blanca, libre, armada, cristiana, portadora de la divina misión de salvar al mundo de su destrucción?»

«¡Sí, sí, sí!», el profesor de historia solloza, doblegado, desorientado, la cabeza le da vueltas, su cara, la de un enfermo lobotomizado.

El juez supremo carraspea y mira con afecto al reo: «Fallamos que debemos absolver y absolvemos al ciudadano libre Winston Smith, quede en libertad…»

 

Se abre la verja, una luz cegadora —¡esa luz, otra vez!— daña los ojos de Winston, nadie le espera, dos lágrimas saladas le proporcionan sin embargo una dulce sensación de libertad.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez