“TOMATES”(José Luis Matas-Negrete & Miguel Ángel Maroto Negrete; 2014)

CASA DE CAMPO

Toda gran historia negra debe empezar con un buen“flash back”. Me viene a la cabeza el bueno de Joe Gillis flotando boca abajo en una piscina de L.A. “Tomates”, lo es, por su fino humor negro, aunque (pongámonos aquí las gafas de pasta), siendo precisos, es un brillante “flash forward” el que inicia la acción. Da igual, ambas figuras implican un juego con el tiempo, algo muy característico del género. Antes de todo esto, unos títulos de crédito coloristas, sugerentemente potenciados por los golpes musicales de una banda sonora muy a lo Bernard Hermann. La música, a cargo de Gloria Ariza & Music add vídeo, se convierte en un elemento narrativo más, que nos anuncia el desarrollo de la trama, hasta la sorpresa final.

Quién no ha soñado con el compañero de piso perfecto. Es lo que buscan Fran y Hugo, compañeros de piso y amigos, genialmente interpretados por Juan Antonio Ortiz y Francisco Expósito, con un punto medio entre la espontaneidad y la frescura. Como tercera pata de la silla, Beatriz Molinero, la novia de Hugo. Tras una exhaustiva selección, creen conseguirlo, el resto deberán descubrirlo con sus propios ojos.

José Luis Matas Negrete, acompañado en este viaje por Miguel Ángel Maroto Negrete, cambia radicalmente de registro, tras su emotivo y didáctico alegato antibelicista, “Aquel no era yo” (que se quedó al borde del ataque de nervios…, digo del Oscar). El cambio es hilarante, refrescante, gracias a una historia escrita por el propio Miguel Ángel Maroto Negrete,  trufada de constantes toques de humor, negro y blanco, de situaciones llevadas al extremo, y de diálogos chispeantes que no invitan a una carcajada escandalosa y adocenada, sino a una mueca de sonrisa irresistible. Entretanto, la intriga crece inexorable en el pulso del espectador.

Siguiendo con el ejercicio de género negro, no falta el paseo en coche bajo la luz de la luna (excelente escena de exteriores, ya lo entenderán), o ciertos guiños cómicos cargados de crueldad y mala leche. Tranquilos, no hay moraleja, pero yo que ustedes me pensaría muy bien con quien compartir el cuarto de baño.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

Para que se les abra el apetito, aquí tienen el trailer de este cortometraje, que se alzó con el premio a la mejor obra local, en el 18º festival corto de Ciudad Real…

“ESCRIBIR UN BESO”

beso difuminado

“Beso difuminado” (Foto de Marlene M. Osorio Izquierdo)

Hoy, 13 de abril de 2015 (el año es circunstancial) es el “Día internacional del beso”…

“ESCRIBIR UN BESO”

 

Me afané en la difícil tarea de escribir un beso. No solo era la aventura de escoger la tinta adecuada, no, también era necesario seleccionar el momento preciso y precioso, así como la música perfecta que hiciera bailar al beso en el papel. Un beso bien dado requiere un olor transparente, pero ¿la escritura huele?,…, si acaso, duele. El trazo ha de ser cariñoso y el color, sí el color, nunca recargado, pero tampoco agonizante. Yo siento los besos como el azul de Rubén, ese azul flotante que los hace etéreos cuando juntas las bocas, o quizás como el rojo de los cielos rojos de Chagall, onírico y dulce, dulce y onírico.

Un tema muy serio es la humedad del beso, los hay lluviosos, ésos que se dan tras las ventanas, cargados de gotitas, y que explotan justo cuando la cafetera silba porque ya no puede más. Otros son secos como un sol de agosto, y saben a campo tierno de trigo. Esos suelen ser amarillos, por cierto. Bueno, creo que queda todo dicho, antes de escribir este beso universal, que no cambia ni se borra, por más que pasan los años y los daños, y por más que cambia el hombre. ¡Ah, por Dios!, me faltaba hablar del sabor. Los besos saben a fruta prodigiosa, claro, aquélla que crece solo en los labios del amado.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

Para ilustrar este día tan amable, traemos los besos (porque son muchos) más elegantes, susurrantes, morosos, diferidos e imantados que jamás se hayan dado en una pantalla dos actores de cine. Son, la amantísima Ingrid Bergman y el “gentleman” Cary Grant en esa delicia llamada “Notorius” (“Encadenados”) del gran Alfred Hitchcock…

“BIRDMAN O ( LA INESPERADA VIRTUD DE LA IGNORANCIA)” (2014; ALEJANDRO GONZÁLEZ IÑARRITU)

BIRDMAN(WWW.CBCINE.ORG)

 *foto tomada en http://www.cbcine.org

 

“La mente es una cámara de espejos; invisible en el cuadro”, son los versos del mejor poeta mejicano de todos los tiempos, Octavio Paz. Alejandro González Iñárritu también es mejicano y parece que partiera de estos versos para construir la que será la obra maestra de su carrera: Birdman, un gigantesco plano-secuencia (falseado pero extraordinario), frenético, loco, e intenso a ritmo de free-jazz. En ese frenesí, en ese ritmo sincopado y envolvente nos puede traer a la memoria el “All that jazz” de Bob Fosse, en ambas hay mucha neurosis.

Esos espejos de los que hablaba Octavio Paz y ahora Iñarritu, se deforman y a veces se convierten en monstruos con alas, si la mente es la de un actor, Riggan Thompson, impecablemente interpretado por un grande, Michael Keaton (se nota la comodidad en la que navega Keaton, es un regalo de papel), que ha alcanzado la celebridad desde la más absoluta banalidad, gracias a meterse en la piel de Birdman, un superhéroe del gusto de las masas más adocenadas. La única obsesión de Riggan es trascender con una interpretación “seria” en una obra de Carver que él mismo dirige en Broadway. El objetivo, conseguir la inmortalidad. Entre la ironía y la introspección, entre el sarcasmo más ácido y la reflexión más amarga, Birdman es un viaje, que a veces raya la fantasía, a las entrañas de la industria de la creación y del entretenimiento. En el trasfondo resuena el eco de una sutil y cínica carcajada cargada de humor negro, pero también de ansiedad, de frustración, de tragedia.

Birdman no tiene precisamente la virtud de la ignorancia, si no la de no aburrir en ningún momento ni volverse pretenciosa pese a lo ambicioso de su argumento. Es más, la tensión crece y crece a ritmo de batería sincopada, como si estuviéramos deslizándonos en una difícil pero fresca partitura de Coltrane o de Mingus, ¡puro talento! Este ritmo jazzístico que tanto le habría gustado a Cortázar, contribuye a la ensoñación, a la bipolaridad de una historia genialmente hilvanada, una historia que oscila entre la mente por momentos alucinada de Riggan Thompson y la realidad. Mención aparte merecen las actuaciones de Edward Norton y Enma Stone, de nota.  Por fin Iñarritu se ha quitado el traje de megalómano (recordemos el  “universalismo pedantón” de su “Babel”), y se ha colgado para regocijo de muchos y para gloria del cine, el traje de Birdman. El mejicano ha sacado toda su mala leche hacia el mundo de plástico de las celebridades, que más que por su arte, son celebridades por ser “trending topic”, o por las visitas a un vídeo colgado en las redes en el que salen haciendo el ridículo. Los críticos, ese colectivo tan pagado de sí mismo, tampoco se salva de la quema. La película habla sin tapujos de un mundo, el del cine seducido por lo que denomina textualmente “pornografías apocalípticas”, y sienta cátedra al  plantear el debate sobre la ramplonería y la falta de ideas que actualmente asola a la industria cinematográfica americana.

Les aconsejo que se adentren en esta claustrofóbica cámara de espejos, se llevarán una grata sorpresa, yo me la he llevado. Sin duda alguna, la película del año (del 2014, claro, aunque competirá por los premios Oscar en 2015), cine con mayúsculas.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

 

*vídeo tomado de youtube.

DICCIONARIO ETIMOILÓGICO DE INNISFREE (II)

Como en Innisfree nos gusta continuar por el principio, hoy le toca a la “A”, en nuestro diccionario etimilógico, pasen y vean…

-“¡Alacena!”: Exclamación común en los hogares de Innisfree cuando se hace una llamada colectiva a cenar. -“Anamorarse”: Prendarse de amor de Ana. • Este término ya lo conocíamos en Innisfree, recuerdan “El anacoreta”: https://thewaytoinnisfree.wordpress.com/2013/06/26/el-anacoreta-version-magnifique/

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

Como la letra de hoy es la “A”, un trocito de la maravillosa “Amarcord” de Federico Fellini. No es una cena, sino una escena la que recuperamos aquí, típica estampa de la familia italiana, paz y amor,…, y se la dedicamos con cariño a Marlene, una innisfrita muy querida (sólo la encontramos en italiano sin doblaje, lo sentimos)…

“NUOVO CINEMA PARADISO (GIUSEPPE TORNATORE;1988): EL CINE COMO MEMORIA COLECTIVA”

TOTÓ II                                                                                                      “Totó y el cine”

“Con recuerdos de esperanza y esperanza de recuerdos”. Es un verso de Unamuno. Creo que al sabio vasco le hubiera gustado el humanismo que destila esta película, y la concepción del cine como una especie de religión ante la tragedia inevitable de la vida. Permítanme la licencia literaria, pero es que creo que somos sacos de recuerdos o animales de recuerdos, lo que prefieran, y a ellos, malos o buenos, nos debemos, porque ellos construyen nuestras existencias.
El tema de esta película es tan vasto como el tiempo, desde aquel precioso plano inicial con el mar de fondo y el plato de limones (limones que volverán a aparecer en las escenas finales en las que Salvatore vuelve a casa). Un ágil flash-back nos introduce pronto en una historia muy bien contada. “Totó” es Salvatore niño, y ama desesperadamente el cine. Alfredo (un magnífico Phillippe Noiret), el operador de la sala del pueblo, el “Cinema Paradiso”, que vive encerrado en la soledad de su cabina, como si se tratara de un faro en mitad del mar (de algún modo lo es). El párroco del pueblo, contempla crispado las escenas de besos y hace sonar la campanilla de la censura.
El ambiente rural de la Sicilia de mitad del siglo XX, de ovejas, gallinas, niños con piojos, madres recogiendo el agua diaria en la fuente pública, nos puede resultar familiar en nuestras latitudes, no en vano, con los italianos nos une el mediterráneo. También esa presencia constante mencionada del clero, que impone la moral católica y apostólica predominante. Las escenas costumbristas de la plaza pública, los rudos rostros de la gente del sur o las de sacrificios de animales, siguen la tradición del mejor cine “social” italiano (“Novecento”, “El árbol de los zuecos”,…).
El cinema Paradiso es el lugar donde se unen todos los estratos de la sociedad, cultos o incultos, ricos o pobres. Algo le debe a Fellini (“Roma”, “Amarcord”), esa sala de cine bulliciosa, donde todo el mundo se evade y es libre, los niños fuman sus primeros cigarrillos, algunos hacen la siesta, hay pajilleros, parejas de enamorados sedientos de sexo, pero todos ellos ríen con Chaplin o con el gordo y el flaco, lloran con la Garbo , se emocionan con John Wayne, o se les dilatan las pupilas cuando ven bailar el bayón a la bellísima Silvana Mangano, porque allí dentro hablan el mismo idioma. Y no es baladí la elección de las películas que nos muestra Tornatore. El cine, en esa época es el testimonio de la situación social de la Italia de posguerra. Impagable ese corte de mangas de mi querido Alberto Sordi (los ojos más melancólicos que ha dado el cine italiano) a los trabajadores, o las escenas de “La terra trema”, manifiesto fundacional del neorrealismo del entonces comprometido Luchino Visconti.
Y en algún momento de nuestras vidas, el amor, claro. No discuto la relación con la preciosa Elena, que tiene el tono iniciático e idealista de los primeros amores, eso sí, para mí la que deja una huella indeleble es la de Alfredo y Salvatore, “Totó”, llena de candor y de verdad. Una relación que tiene como vínculo indestructible las películas, claro.
Cinema paradiso habla de la lucha entre la vida y la nostalgia, y cómo, en palabras de Alfredo, no se debe uno dejar engañar por esta última; habla asimismo de paraísos perdidos, que han de perderse para progresar. Ésta es una película de sentimientos, de las que tocan el alma. Como cinéfilo militante me parece brillante ese paralelismo entre cine y vida, pero siempre desde el escepticismo de que la vida no es como las películas, y un fundido en negro a tiempo no nos salva de los problemas del día a día. Porque el cine no sustituye a la vida, ésta hay que vivirla, mientras el cine hay que contemplarlo.
Bueno, llega la hora de ponerme polémico. Seguro que algún seguidor oscuro de la “nouvelle vague” (con todos mis respetos a este movimiento, que en gran parte adoro), la tildará de sentimentalona, buenista y ñoña. Qué le vamos a hacer, todos tienen derecho a opinar, lo que no convierte a sus opiniones en respetables, per se. Sin ánimo de teorizar y aburrir en exceso, sólo apunto que a alguien a quien no le nace un no sé qué indescriptible en el pecho con las escenas de la vuelta al pueblo, es que no es humano. ¿Ésto es un guiño demasiado “tramposo”? (odiosa etiqueta de intelectualoides baratos), no lo sé, para mí esto es: CINE (lo pongo con mayúsculas, por si alguien no se ha enterado). Por supuesto que la película tiene sus peros, como todas las películas. El inicio y la edad infantil tienen un ritmo hipnótico y es una parte intachable. La segunda edad, la de la juventud es más bien flojita y en exceso sensiblera, con un actor que no me acaba de convencer. Pero cuando llegan las canas, Jacques Perrin está excepcional y la historia recupera fuerza, y, para entonces, una melancolía agridulce inunda irremediablemente nuestros ojos.
Además, la oportunidad de volver a verla me ha hecho admirarla como una cinta llena de matices, de belleza y de sinceridad. Exalto, sin rubor alguno, sino con total convencimiento sus muchas virtudes cinematográficas. Se trata de una película muy bien montada con momentos fascinantes. La escena de la llegada a casa con la madre tejiendo, y ese hilo de lana que la persigue, el hilo de la vida que nunca se rompe, y cómo la cámara desciende suavemente hacia la ventana, es sencillamente prodigiosa, y tiene algo de cine oriental. O, qué me dicen de la escena de la despedida en el tren, en la que Alfredo le ruega a su Salvatore que no vuelva a esa tierra maldita. Los insertos de la maleta, de los abrazos sin cara, tienen el perfume del cine de Bresson.
No puedo dejar de destacar la hermosa partitura de un genio, Ennio Morricone, preciosa y sutil desde que entramos en la vida de “Totó” y su familia a través de esa ventana con vistas al mar mediterráneo.
Llegamos al final, no desvelaré nada, simplemente diré que estaría entre los diez finales más emotivos de la historia de cine. Un canto a la vida, y la letra de ese canto es el cine, claro, como lenguaje universal que une las almas y los corazones de los hombres. En definitiva, una película inolvidable, que pasó la prueba del tiempo, porque sigue resplandeciendo.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

Una música que penetra en nuestras almas como el aroma del café al mediodía…

¡FELICIDADES, HARVEY!

HARVEY                                                                                        Harvey Keitel, 75 años

No voy a hacer una hagiografía de Harvey Keitel, para eso está Google y una inmensidad de estudios especializados, en Innisfree hablamos con las vísceras siempre (incluido el corazón, claro). Aquí ya apareció como el señor “Blanco”, él era uno de los reservoir dogs de Tarantino, y cómo no, interpretando a ese granuja llamado Auggie Wren, con  monólogo final incluido, a pelo frente a la cámara. Pero Harvey nos gusta en muchos más papeles, en las “Malas calles” de Scorsese, o como Judas en la magnífica “La última tentación de Cristo”, también bajo las órdenes de Scorsese, tan humano y lleno de piedad, dándonos otra dimensión de tan polémico personaje bíblico. En fin, nos encanta su divertido papelito en el melancólico “Hotel gran Budapest” de Wes Anderson de convicto trillado y lleno de tatuajes. Este tipo de rostro impenetrable sigue en forma, nos alegramos.

Queremos homenajear los lustrosos 75 años que cumplía ayer este actor como la copa de un pino, con una escena que no llega a dos minutos, pero que en tan corto espacio explica en qué consiste ser eso, un actor, sin necesidad de adquirir a plazos ningún libraco infumable ni de formarse en el método Stanislavski. Escena de “Teniente corrupto”, quizás la película más desolada que haya protagonizado. Ahora dirige Abel Ferrara (“El funeral”), ese director tan excesivo como genial. Una historia terroríficamente hiperrrealista para la que el adjetivo de sombría se queda corto. Lo dicho, ¡Felicidades, Harvey!.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

Intensidad…

“EL GRAN HOTEL BUDAPEST”(WES ANDERSON;2014)

GHBUDAPEST

 

Si una gran película es aquella que comienza cuando se abre un libro y concluye cuando éste se cierra, “ El gran hotel  Budapest”, la nueva joya de Wes Anderson, es una gran película. Los primeros planos en un cementerio judío nevado nos dicen que estamos ante algo especial. El romanticismo que tiñe primorosamente toda la obra ya se aspira en esa bonita idea visual de las llaves colgadas en el busto de la gloria local, el autor de ese libro, de esa historia, la del hotel Gran Budapest.
Wes Anderson es un esteta pudoroso, un regalo del tiempo entre tanto creador adocenado, que estudia con mimo y meticulosidad cada plano, sin que su trabajo parezca estudiado, sino espontáneo y candoroso. Quizás no cupiera en una palabra el elogio a “Hotel Gran Budapest”, pero si cupiese, ésta sería elegancia. Elegancia ética y estética. Muy cortos de vista son aquellos críticos que ven a Anderson como un cineasta que se queda en la forma, ya que             “Gran hotel Gran Budapest” nos cuenta una gran historia, de forma divertida, rítmica, ágil, que nos hace despertar la mueca sonriente de forma constante.
Sería aburrido ahondar en la nómina de actores que aparecen en la cinta (desde Jeff Goldblum a Harvey Keitel, pasando por el malvado Willem Dafoe o la anciana aristócrata amante de Gustav, Tilda Swinton, cuyo magnífico maquillaje la convierte casi en un personaje de cómic). No quiero destacar a ninguno, todos están fabulosos, pero por encima de todos se eleva, por finura y sofisticación, el gran Ralph Fiennes, en el papel de Gustav, que puede tener un precedente felino en otro seductor, el Mister Fox de “Fantástico Mr. Fox”. Su temperamento poético y su mirada melancólica nos hablan del pasado, de civilizaciones perdidas, de la vieja Europa. Excelentes también F. Murray Abraham y Tony Revolory, en los papeles de “Cero”, el “lobby boy” o mozo de portería, en sus edades anciana y adolescente respectivamente. Especialmente, Tony Revolory compone un papel muy tierno.
Es normal que todo actor que se precie quiera participar en las películas de Wes Anderson, y los aficionados nos regocijamos. Ellos mismos, en entrevistas, reconocen que es un goce, un ejercicio de libertad, y en la pantalla demuestran su felicidad. En lo formal, por supuesto que el mimo del que hablamos aplicado para cada plano, los convierten en ocasiones en cuadros vivaces y coloristas. Esos rojos, los rosados, la nieve. Los dibujos del funicular y del propio hotel, le dan al conjunto ese toque “naif” que ya apreciábamos en su día en la deliciosa “Moonrise Kingdom”. Luego están esos planos frontales, los planos grúa, con cámaras que caminan en círculo a veces, o abusan del irremediable zoom otras veces. Intuimos en estos ampulosos pero a la vez suaves movimientos de cámara a otro romántico, Max Ophuls, excelente adaptador de Stefan Zweig (“Carta de una desconocida”), en cuyos escritos dice inspirar Anderson su película. Plano memorable es aquel plano cenital con la inmensa bóveda acristalada en la escena del tiroteo absurdo. Escena ésta que a nuestro juicio es muy del cine de los hermanos Marx, de la que podría haber sacado mucha más vis cómica Anderson, y que subraya, huelga decirlo, el sinsentido del belicismo. La película está plagada de sutiles y no tan sutiles mensajes antibelicistas.
Nos gustan también esos planos fotográficos, neutros, asépticos, donde los personajes miran de frente, impertérritos, vacíos de toda teatralidad (todo lo contrario a cuando toman la palabra, si no pensemos en el apasionado Gustav), como las viñetas de algún cómic conspicuo. Podrían remitirnos al cine de Jarmusch o al de Kaurismaki.
Otra huella de un clásico, es la de Hitchcock. Intuimos un paralelismo entre la escena de la persecución del maléfico Willem Dafoe (que parece más vampiro aquí que cuando interpretó a Nosferatu en “La sombra del vampiro”), a Jeff Goldblum, el albacea testamentario (nos cuidamos de desvelar nada), escena que parte de un bonito tranvía (otro signo de un pasado que ya casi no existe), con otra de “Cortina rasgada” que se desarrolla en un museo y sin necesidad de diálogos. El homenaje creemos que es claro.
La película nos habla de tiempos perdidos, de perfumes perdidos, como el de Gustav. También nos habla de decadencias, como la del Gran Budapest, condenado a convertirse en museo distinguido de una aristocracia ya olvidada. De ahí que Anderson se cobije en la sombra de un romántico centroeuropeo como Stefan Zweig. En fin, podemos afirmar, sin empacho de los deliciosos pasteles de Mendl’s, que “el Gran hotel  Budapest” es un goce absoluto e irrepetible, único como su director, una virguería más en su haber, que aúna humor, amor, aventura, melancolía, y sobre todo, seamos conscientemente repetitivos, elegancia.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

Una pequeña píldora, no se la pierdan…