DONKEYOTE, O LA LEYENDA DEL CONTADOR DE HISTORIAS (CHICO PEREIRA; 2017)

 

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 Fotograma del trailer de la  película

 

Emprendemos la segunda aventura emocional a la que nos invita el cineasta manchego Chico Pereira, dentro de su particular construcción de una auténtica antropología del hombre rural, continuando la senda de su brillante debut en el largo “El invierno de Pablo”.

Esta vez, se sitúa detrás de las huellas de Manuel Molera, el héroe de esta historia. Manuel, como un moderno “Dersu Uzala” vive en el campo, junto al burro “Gorrión” y a la perra “Zafrana”, en contra de la opinión de su hija, ya que su padre ha sufrido varios infartos y ella teme por su bienestar. Manuel quiere vivir lejos del ruido de los hombres, pero su concepción de la vida no le aleja ni mucho menos de las tecnologías, camina por las veredas con su Smartphone, que le sirve para aprender inglés. Por qué quiere aprender inglés, aquí está la trama de la historia, pues pretende llevarse a “Gorrión” a los USA para cruzar “El sendero de las lágrimas”, travesía que atravesara el malogrado pueblo Cherokee en su particular destierro hacia el oeste americano.

Chico confirma su capacidad de llegar al alma de las cosas desde la sencillez de los actos y la cotidianeidad de las situaciones, desde la sobriedad de los objetos, sin necesidad de filosofar ni de juzgar, solo la de mostrar de forma pura y cristalina la vida de ciertos personajes, que se vuelven especiales a través de la mirada desprejuiciada del espectador. Personajes, como Manuel, más o menos estrafalarios, distintos, lo que los americanos calificarían de “Misfits”, como el  Clark Gable de la monumental película de John Huston. A mí me gustaría hablar más de personas, dotadas de una autenticidad y una libertad que derrumban. En el juego de palabras que da título a la película podemos encontrar al arquetipo del héroe romántico, un “outsider” o aventurero en busca de la perla que nos prometía Kerouac. Y en el camino le acompaña, invisible, la cámara, que gana en músculo y fisicidad, a medida que avanzamos, un camino que es aventura y retorno al mismo tiempo, y que se convierte en la recompensa misma de la vida.

Nos detenemos en la fotografía. Repite Julian Schwanitz, que consiguiera ese tono brumoso y crepuscular en “El invierno de Pablo”. En Donkeyote, la luz está dotada de un tacto naturalista que funde fondo y forma, el constante juego de luces y sombras, la mezcla de primeros y segundos planos desenfocados es deslumbrante. Me quedo con cualquier primer plano del ojo de “Gorrión”, ese ojo tan filosófico que contempla con calma el mundo. Otros, como el paralelo de nuestro Quijote montado en su burro y las vías del tren, que contiene la nostalgia de una realidad que ha cambiado irremediablemente. Y particularmente deliciosas aquellas escenas que unen cine y realidad, en las que Manuel intenta vender su proyecto a una multinacional, a fin de conseguir fondos. Su profesora de inglés debe “repetir la toma” varias veces, debido a los ladridos de los perros y los gritos de un vecino. Momento desternillante y tierno a la vez, que me trae a la memoria el soplo de aire fresco que constituyó el cine del director iraní Abbas Kiarostami, tristemente desaparecido el año pasado, y en concreto ciertas escenas de la primorosa “A través de los olivos”, en las que el director en la realidad y en la ficción ha de repetir un plano varias veces. Estamos ante un estilo y una forma de hacer películas abocadas a desaparecer en los tiempos actuales donde se prefieren los trucajes, las pirotecnias y las artificialidades, al candor y la naturalidad, que deben alentar las creaciones  humanas.

A destacar, la ausencia de banda sonora, lo que por omisión es en sí una banda sonora, la de los ladridos, las moscas, los guijarros, los balidos, el ruido azul de los ríos, y la pura poesía de la tierra. No he querido comenzar la crónica haciendo mención a que Manuel es  tío y padrino de Chico Pereira, y que detrás de la historia de Donkeyote se esconde otra de encuentros y desencuentros familiares; solo un guiño hacia el final de la cinta, que no desvelaré aquí,  destapa la presencia o el aliento testimonial de la cámara, haciendo que nos planteemos los escuálidos límites entre la ficción hiperrealista y el puro documental. El director, en la charla posterior a la proyección en primicia de la película en el teatro Echegaray, dentro del Festival de cine de Málaga, en el que recibió un merecido premio del público, nos hablaba del misterioso “tío coño”, que era como  llamaban a Manuel los primos cuando eran niños, y de la relación humanimal (en palabras del propio Chico), que éste mantenía con ellos, de sus extraños ejercicios matutinos dignos de un samurái (hay testimonio en la película), de cómo les llenaba los ojos de historias, y de juegos, en definitiva, de sueños. Por eso abríamos la crónica hablando de la leyenda del contador de historias, ese es Manuel, un cuentista, en el mejor sentido de la palabra,  amante de las historias, amante ansioso de la vida y de sus pequeñas recompensas, que ha sabido construir la suya, haciéndose a sí mismo,  como lo hiciera Thoureau en su Walden.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

Y, por supuesto, abrimos boca, con este sugerente trailer. “Donkeyote” sigue arrasando, y suma el premio Aracne al mejor director español de largometraje en el prestigioso “Documenta Madrid”, y el premio al mejor largometraje documental en el festival de cine de Edimburgo, cuna cinematográfica de nuestro querido Chico Pereira…

 

 

 

 

 

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“TOMATES”(José Luis Matas-Negrete & Miguel Ángel Maroto Negrete; 2014)

CASA DE CAMPO

Toda gran historia negra debe empezar con un buen“flash back”. Me viene a la cabeza el bueno de Joe Gillis flotando boca abajo en una piscina de L.A. “Tomates”, lo es, por su fino humor negro, aunque (pongámonos aquí las gafas de pasta), siendo precisos, es un brillante “flash forward” el que inicia la acción. Da igual, ambas figuras implican un juego con el tiempo, algo muy característico del género. Antes de todo esto, unos títulos de crédito coloristas, sugerentemente potenciados por los golpes musicales de una banda sonora muy a lo Bernard Hermann. La música, a cargo de Gloria Ariza & Music add vídeo, se convierte en un elemento narrativo más, que nos anuncia el desarrollo de la trama, hasta la sorpresa final.

Quién no ha soñado con el compañero de piso perfecto. Es lo que buscan Fran y Hugo, compañeros de piso y amigos, genialmente interpretados por Juan Antonio Ortiz y Francisco Expósito, con un punto medio entre la espontaneidad y la frescura. Como tercera pata de la silla, Beatriz Molinero, la novia de Hugo. Tras una exhaustiva selección, creen conseguirlo, el resto deberán descubrirlo con sus propios ojos.

José Luis Matas Negrete, acompañado en este viaje por Miguel Ángel Maroto Negrete, cambia radicalmente de registro, tras su emotivo y didáctico alegato antibelicista, “Aquel no era yo” (que se quedó al borde del ataque de nervios…, digo del Oscar). El cambio es hilarante, refrescante, gracias a una historia escrita por el propio Miguel Ángel Maroto Negrete,  trufada de constantes toques de humor, negro y blanco, de situaciones llevadas al extremo, y de diálogos chispeantes que no invitan a una carcajada escandalosa y adocenada, sino a una mueca de sonrisa irresistible. Entretanto, la intriga crece inexorable en el pulso del espectador.

Siguiendo con el ejercicio de género negro, no falta el paseo en coche bajo la luz de la luna (excelente escena de exteriores, ya lo entenderán), o ciertos guiños cómicos cargados de crueldad y mala leche. Tranquilos, no hay moraleja, pero yo que ustedes me pensaría muy bien con quien compartir el cuarto de baño.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

Para que se les abra el apetito, aquí tienen el trailer de este cortometraje, que se alzó con el premio a la mejor obra local, en el 18º festival corto de Ciudad Real…

“ESCRIBIR UN BESO”

beso difuminado

“Beso difuminado” (Foto de Marlene M. Osorio Izquierdo)

Hoy, 13 de abril de 2015 (el año es circunstancial) es el “Día internacional del beso”…

“ESCRIBIR UN BESO”

 

Me afané en la difícil tarea de escribir un beso. No solo era la aventura de escoger la tinta adecuada, no, también era necesario seleccionar el momento preciso y precioso, así como la música perfecta que hiciera bailar al beso en el papel. Un beso bien dado requiere un olor transparente, pero ¿la escritura huele?,…, si acaso, duele. El trazo ha de ser cariñoso y el color, sí el color, nunca recargado, pero tampoco agonizante. Yo siento los besos como el azul de Rubén, ese azul flotante que los hace etéreos cuando juntas las bocas, o quizás como el rojo de los cielos rojos de Chagall, onírico y dulce, dulce y onírico.

Un tema muy serio es la humedad del beso, los hay lluviosos, ésos que se dan tras las ventanas, cargados de gotitas, y que explotan justo cuando la cafetera silba porque ya no puede más. Otros son secos como un sol de agosto, y saben a campo tierno de trigo. Esos suelen ser amarillos, por cierto. Bueno, creo que queda todo dicho, antes de escribir este beso universal, que no cambia ni se borra, por más que pasan los años y los daños, y por más que cambia el hombre. ¡Ah, por Dios!, me faltaba hablar del sabor. Los besos saben a fruta prodigiosa, claro, aquélla que crece solo en los labios del amado.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

Para ilustrar este día tan amable, traemos los besos (porque son muchos) más elegantes, susurrantes, morosos, diferidos e imantados que jamás se hayan dado en una pantalla dos actores de cine. Son, la amantísima Ingrid Bergman y el “gentleman” Cary Grant en esa delicia llamada “Notorius” (“Encadenados”) del gran Alfred Hitchcock…

“BIRDMAN O ( LA INESPERADA VIRTUD DE LA IGNORANCIA)” (2014; ALEJANDRO GONZÁLEZ IÑARRITU)

BIRDMAN(WWW.CBCINE.ORG)

 *foto tomada en http://www.cbcine.org

 

“La mente es una cámara de espejos; invisible en el cuadro”, son los versos del mejor poeta mejicano de todos los tiempos, Octavio Paz. Alejandro González Iñárritu también es mejicano y parece que partiera de estos versos para construir la que será la obra maestra de su carrera: Birdman, un gigantesco plano-secuencia (falseado pero extraordinario), frenético, loco, e intenso a ritmo de free-jazz. En ese frenesí, en ese ritmo sincopado y envolvente nos puede traer a la memoria el “All that jazz” de Bob Fosse, en ambas hay mucha neurosis.

Esos espejos de los que hablaba Octavio Paz y ahora Iñarritu, se deforman y a veces se convierten en monstruos con alas, si la mente es la de un actor, Riggan Thompson, impecablemente interpretado por un grande, Michael Keaton (se nota la comodidad en la que navega Keaton, es un regalo de papel), que ha alcanzado la celebridad desde la más absoluta banalidad, gracias a meterse en la piel de Birdman, un superhéroe del gusto de las masas más adocenadas. La única obsesión de Riggan es trascender con una interpretación “seria” en una obra de Carver que él mismo dirige en Broadway. El objetivo, conseguir la inmortalidad. Entre la ironía y la introspección, entre el sarcasmo más ácido y la reflexión más amarga, Birdman es un viaje, que a veces raya la fantasía, a las entrañas de la industria de la creación y del entretenimiento. En el trasfondo resuena el eco de una sutil y cínica carcajada cargada de humor negro, pero también de ansiedad, de frustración, de tragedia.

Birdman no tiene precisamente la virtud de la ignorancia, si no la de no aburrir en ningún momento ni volverse pretenciosa pese a lo ambicioso de su argumento. Es más, la tensión crece y crece a ritmo de batería sincopada, como si estuviéramos deslizándonos en una difícil pero fresca partitura de Coltrane o de Mingus, ¡puro talento! Este ritmo jazzístico que tanto le habría gustado a Cortázar, contribuye a la ensoñación, a la bipolaridad de una historia genialmente hilvanada, una historia que oscila entre la mente por momentos alucinada de Riggan Thompson y la realidad. Mención aparte merecen las actuaciones de Edward Norton y Enma Stone, de nota.  Por fin Iñarritu se ha quitado el traje de megalómano (recordemos el  “universalismo pedantón” de su “Babel”), y se ha colgado para regocijo de muchos y para gloria del cine, el traje de Birdman. El mejicano ha sacado toda su mala leche hacia el mundo de plástico de las celebridades, que más que por su arte, son celebridades por ser “trending topic”, o por las visitas a un vídeo colgado en las redes en el que salen haciendo el ridículo. Los críticos, ese colectivo tan pagado de sí mismo, tampoco se salva de la quema. La película habla sin tapujos de un mundo, el del cine seducido por lo que denomina textualmente “pornografías apocalípticas”, y sienta cátedra al  plantear el debate sobre la ramplonería y la falta de ideas que actualmente asola a la industria cinematográfica americana.

Les aconsejo que se adentren en esta claustrofóbica cámara de espejos, se llevarán una grata sorpresa, yo me la he llevado. Sin duda alguna, la película del año (del 2014, claro, aunque competirá por los premios Oscar en 2015), cine con mayúsculas.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

 

*vídeo tomado de youtube.

DICCIONARIO ETIMOILÓGICO DE INNISFREE (II)

Como en Innisfree nos gusta continuar por el principio, hoy le toca a la “A”, en nuestro diccionario etimilógico, pasen y vean…

-“¡Alacena!”: Exclamación común en los hogares de Innisfree cuando se hace una llamada colectiva a cenar. -“Anamorarse”: Prendarse de amor de Ana. • Este término ya lo conocíamos en Innisfree, recuerdan “El anacoreta”: https://thewaytoinnisfree.wordpress.com/2013/06/26/el-anacoreta-version-magnifique/

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

Como la letra de hoy es la “A”, un trocito de la maravillosa “Amarcord” de Federico Fellini. No es una cena, sino una escena la que recuperamos aquí, típica estampa de la familia italiana, paz y amor,…, y se la dedicamos con cariño a Marlene, una innisfrita muy querida (sólo la encontramos en italiano sin doblaje, lo sentimos)…

“NUOVO CINEMA PARADISO (GIUSEPPE TORNATORE;1988): EL CINE COMO MEMORIA COLECTIVA”

TOTÓ II                                                                                                      “Totó y el cine”

“Con recuerdos de esperanza y esperanza de recuerdos”. Es un verso de Unamuno. Creo que al sabio vasco le hubiera gustado el humanismo que destila esta película, y la concepción del cine como una especie de religión ante la tragedia inevitable de la vida. Permítanme la licencia literaria, pero es que creo que somos sacos de recuerdos o animales de recuerdos, lo que prefieran, y a ellos, malos o buenos, nos debemos, porque ellos construyen nuestras existencias.
El tema de esta película es tan vasto como el tiempo, desde aquel precioso plano inicial con el mar de fondo y el plato de limones (limones que volverán a aparecer en las escenas finales en las que Salvatore vuelve a casa). Un ágil flash-back nos introduce pronto en una historia muy bien contada. “Totó” es Salvatore niño, y ama desesperadamente el cine. Alfredo (un magnífico Phillippe Noiret), el operador de la sala del pueblo, el “Cinema Paradiso”, que vive encerrado en la soledad de su cabina, como si se tratara de un faro en mitad del mar (de algún modo lo es). El párroco del pueblo, contempla crispado las escenas de besos y hace sonar la campanilla de la censura.
El ambiente rural de la Sicilia de mitad del siglo XX, de ovejas, gallinas, niños con piojos, madres recogiendo el agua diaria en la fuente pública, nos puede resultar familiar en nuestras latitudes, no en vano, con los italianos nos une el mediterráneo. También esa presencia constante mencionada del clero, que impone la moral católica y apostólica predominante. Las escenas costumbristas de la plaza pública, los rudos rostros de la gente del sur o las de sacrificios de animales, siguen la tradición del mejor cine “social” italiano (“Novecento”, “El árbol de los zuecos”,…).
El cinema Paradiso es el lugar donde se unen todos los estratos de la sociedad, cultos o incultos, ricos o pobres. Algo le debe a Fellini (“Roma”, “Amarcord”), esa sala de cine bulliciosa, donde todo el mundo se evade y es libre, los niños fuman sus primeros cigarrillos, algunos hacen la siesta, hay pajilleros, parejas de enamorados sedientos de sexo, pero todos ellos ríen con Chaplin o con el gordo y el flaco, lloran con la Garbo , se emocionan con John Wayne, o se les dilatan las pupilas cuando ven bailar el bayón a la bellísima Silvana Mangano, porque allí dentro hablan el mismo idioma. Y no es baladí la elección de las películas que nos muestra Tornatore. El cine, en esa época es el testimonio de la situación social de la Italia de posguerra. Impagable ese corte de mangas de mi querido Alberto Sordi (los ojos más melancólicos que ha dado el cine italiano) a los trabajadores, o las escenas de “La terra trema”, manifiesto fundacional del neorrealismo del entonces comprometido Luchino Visconti.
Y en algún momento de nuestras vidas, el amor, claro. No discuto la relación con la preciosa Elena, que tiene el tono iniciático e idealista de los primeros amores, eso sí, para mí la que deja una huella indeleble es la de Alfredo y Salvatore, “Totó”, llena de candor y de verdad. Una relación que tiene como vínculo indestructible las películas, claro.
Cinema paradiso habla de la lucha entre la vida y la nostalgia, y cómo, en palabras de Alfredo, no se debe uno dejar engañar por esta última; habla asimismo de paraísos perdidos, que han de perderse para progresar. Ésta es una película de sentimientos, de las que tocan el alma. Como cinéfilo militante me parece brillante ese paralelismo entre cine y vida, pero siempre desde el escepticismo de que la vida no es como las películas, y un fundido en negro a tiempo no nos salva de los problemas del día a día. Porque el cine no sustituye a la vida, ésta hay que vivirla, mientras el cine hay que contemplarlo.
Bueno, llega la hora de ponerme polémico. Seguro que algún seguidor oscuro de la “nouvelle vague” (con todos mis respetos a este movimiento, que en gran parte adoro), la tildará de sentimentalona, buenista y ñoña. Qué le vamos a hacer, todos tienen derecho a opinar, lo que no convierte a sus opiniones en respetables, per se. Sin ánimo de teorizar y aburrir en exceso, sólo apunto que a alguien a quien no le nace un no sé qué indescriptible en el pecho con las escenas de la vuelta al pueblo, es que no es humano. ¿Ésto es un guiño demasiado “tramposo”? (odiosa etiqueta de intelectualoides baratos), no lo sé, para mí esto es: CINE (lo pongo con mayúsculas, por si alguien no se ha enterado). Por supuesto que la película tiene sus peros, como todas las películas. El inicio y la edad infantil tienen un ritmo hipnótico y es una parte intachable. La segunda edad, la de la juventud es más bien flojita y en exceso sensiblera, con un actor que no me acaba de convencer. Pero cuando llegan las canas, Jacques Perrin está excepcional y la historia recupera fuerza, y, para entonces, una melancolía agridulce inunda irremediablemente nuestros ojos.
Además, la oportunidad de volver a verla me ha hecho admirarla como una cinta llena de matices, de belleza y de sinceridad. Exalto, sin rubor alguno, sino con total convencimiento sus muchas virtudes cinematográficas. Se trata de una película muy bien montada con momentos fascinantes. La escena de la llegada a casa con la madre tejiendo, y ese hilo de lana que la persigue, el hilo de la vida que nunca se rompe, y cómo la cámara desciende suavemente hacia la ventana, es sencillamente prodigiosa, y tiene algo de cine oriental. O, qué me dicen de la escena de la despedida en el tren, en la que Alfredo le ruega a su Salvatore que no vuelva a esa tierra maldita. Los insertos de la maleta, de los abrazos sin cara, tienen el perfume del cine de Bresson.
No puedo dejar de destacar la hermosa partitura de un genio, Ennio Morricone, preciosa y sutil desde que entramos en la vida de “Totó” y su familia a través de esa ventana con vistas al mar mediterráneo.
Llegamos al final, no desvelaré nada, simplemente diré que estaría entre los diez finales más emotivos de la historia de cine. Un canto a la vida, y la letra de ese canto es el cine, claro, como lenguaje universal que une las almas y los corazones de los hombres. En definitiva, una película inolvidable, que pasó la prueba del tiempo, porque sigue resplandeciendo.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

Una música que penetra en nuestras almas como el aroma del café al mediodía…

¡FELICIDADES, HARVEY!

HARVEY                                                                                        Harvey Keitel, 75 años

No voy a hacer una hagiografía de Harvey Keitel, para eso está Google y una inmensidad de estudios especializados, en Innisfree hablamos con las vísceras siempre (incluido el corazón, claro). Aquí ya apareció como el señor “Blanco”, él era uno de los reservoir dogs de Tarantino, y cómo no, interpretando a ese granuja llamado Auggie Wren, con  monólogo final incluido, a pelo frente a la cámara. Pero Harvey nos gusta en muchos más papeles, en las “Malas calles” de Scorsese, o como Judas en la magnífica “La última tentación de Cristo”, también bajo las órdenes de Scorsese, tan humano y lleno de piedad, dándonos otra dimensión de tan polémico personaje bíblico. En fin, nos encanta su divertido papelito en el melancólico “Hotel gran Budapest” de Wes Anderson de convicto trillado y lleno de tatuajes. Este tipo de rostro impenetrable sigue en forma, nos alegramos.

Queremos homenajear los lustrosos 75 años que cumplía ayer este actor como la copa de un pino, con una escena que no llega a dos minutos, pero que en tan corto espacio explica en qué consiste ser eso, un actor, sin necesidad de adquirir a plazos ningún libraco infumable ni de formarse en el método Stanislavski. Escena de “Teniente corrupto”, quizás la película más desolada que haya protagonizado. Ahora dirige Abel Ferrara (“El funeral”), ese director tan excesivo como genial. Una historia terroríficamente hiperrrealista para la que el adjetivo de sombría se queda corto. Lo dicho, ¡Felicidades, Harvey!.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

Intensidad…