CALIFORNIA PROJECT

 

Jorge es mejicano, tiene trece años y una bicicleta. Vive en la Garita de Otay, dentro de la municipalidad de Tijuana, en el estado de la baja California, junto a tres de sus cinco hermanos, sus dos padres y un sobrino. Duerme en la misma cama que su hermano Alejandro. No para mucho por allí, está harto del llanto del bebé, de las pendejadas de sus hermanos, de los gritos y los golpes de su padre. Es verano y le gusta madrugar. Se levanta muy temprano, a las siete de la mañana, anticipándose al sol y al canto de los gallos. Se calza las deportivas, se pone los vaqueros y la franela y monta en su bici, desde hace tiempo descubrió el sentido de la libertad gracias a ella. La bautizó con el nombre de su luchador favorito, Octagón. Está acostumbrado a la calle, todos los días transita sus aceras, los contenedores de basura, los callejones sin salida, y cualquier recoveco, recogiendo chatarra, cartones y algún vidrio, los acumula y luego los vende. No le da para mucho, un paquete de Lucky o algún cigarro suelto, cromos de luchadores de lucha mejicana, una revista porno o un taco en la tasca de “El Gordo”. Con lo que saca de eso y los pequeños robos se mantiene. Aún recuerda la mañana en la que se encontró con un cadáver dado la vuelta, le olisqueaba un grupo de moscas. El muerto iba vestido elegante, y parecía que le faltaban las manos. No quiso saber mucho más, pedaleo y salió del paso.

A Jorge no le interesan los chicos de su edad, piensa que son pendejos. Su mejor amigo es Arturo, dueño de “El gallo flaco”, una taberna cercana al muro de Otay Mesa, que separa los Estados Unidos de México. Es solterón, y vive con varios gatos, Jorge es lo más parecido a un hijo que puede imaginarse.  Le pregunta por qué no va al colegio, como todos los niños de su edad, y éste le replica que prefiere venir cada día a su antro, aquí conoce mucho más el mundo. Toda clase de personajes desfilan por allí, currantes en busca de un trago, rameras, chicas fáciles, buscavidas, y algún que otro solitario. Echan humo, beben cerveza, juegan cartas, y en ciertas ocasiones se pelean. Una noche el filo de las navajas brilló en “El gallo flaco”. Desde aquel día, Quintín, mecánico y pobre diablo, tiene un ojo menos. Un llamativo letrero en la puerta prohíbe las armas de fuego en el local. En ciertas veladas Arturo se ha visto obligado a registrar y luego echar a patadas a algún cliente incómodo. “Vive y deja vivir” es su coletilla preferida.

En los tiempos muertos, Jorge y Arturo juegan cartas, e intercambian conversación, chicles y cigarrillos. Hablan sobre las olas de las playas de California, sobre sus palmeras, sobre el dulce sabor de las naranjas y el amargor de las nueces. El viejo tabernero piensa en voz alta, no sabe qué narices va a hacer cuando tenga que jubilarse. Su amigo bromea con él, le dice que puede emborrachar a las ratas que se esconden debajo de la barra con miguitas de pan mojadas en tequila, y ambos se ríen. Hoy fuman y juegan NBA en una PlayStation que Arturo compró en el mercado negro para los dos. Están sentados fuera, en la terraza, corre cierto aire, y apenas hay clientes, si acaso algún borracho perdido y soñoliento. A Jorge le encanta ser LeBron James y ganar con los Lakers. Está convencido de que algún día se codeará con Jack Nicholson en el Staples Center, aunque sabe que para ello necesita cruzar el muro acompañado de varios fajos de billetes de dólar.

Es la noche de San Lorenzo, una de las noches más hermosas del año. El cielo está cuajado de estrellas. Ésas son libres, piensa Jorge, pero están tan lejos que no se las puede tocar, concluye con amargura. Con un poco de suerte podrán ver las lágrimas de San Lorenzo alumbrar la madrugada resacosa. Lejos, los alambres del muro brillan, y el chico bromea con su amigo, le pregunta cuántos paquetes de Lucky necesitaría para sobornar a algún agente fronterizo, y que le dejara pasar al otro lado. El otro día vio una antigua película americana sobre un marciano que llega a la tierra.  En una escena un chico con sudadera roja vuela con su bici cerca de la luna, el marciano está metido en la cesta. Es consciente de que eso solo puede pasar en Estados unidos, razona, con el gesto arrogante del que, pese a su corta edad, ya ha vivido mucho. Pero no le cabe duda de que (y lo reafirma con gesto orgulloso), tarde o temprano, él y Octagón volarán por encima del muro y alcanzarán California. Arturo está tosiendo, no puede aguantar las carcajadas, luego tira el cigarro, y acaricia el pelo negro de Jorge, que monta rápido en su bicicleta camino de casa.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

 

 

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CORRESPONDENCIA

 (Fuente: CookingIdeas.es)

 

La primera carta llegó en verano, tenía un gordito subido en una bicicleta herrumbrosa, tenía un aspecto de granjero, pese a su uniforme de correos …

« Amor, ya estoy aquí. El clima es un horror, los mosquitos como los niños, los mejores amigos, las conversaciones con los amigos, los nombres de béisbol, de rugby, de los Dodgers, de los Yankees, y claro, de nuestras novias, creo que todos somos unos fanfarrones. Si no supiéramos para qué estamos aquí, esto parecería una aventura. Yo confío en nuestro presidente, sé que antes de que acabe el verano te estrecheé entre mis brazos, y podremos montar esa librería por la que tanto suspiramos. Tu foto me hace compañía, la miro a cada rato. Ahora, mientras escribo, la estoy mirando …

Un beso para “los dos”, siempre tuyo, Ron

Tay Minh, 6 de julio de 1970 »

A mediados de julio, el chico gordito de la bicicleta trajo la segunda carta …

« Aquí se come fatal, de vez en cuando, hamburguesa que parece de carne de gato, cargado de kétchup todo funciona. Echo de menos tu tarta de cerezas, creo que sueño con ella, y con tu naricita chata, pajarito. Cuando vuelva, me comeré un cubo lleno de pollo caliente y beberé cerveza, mucha cerveza helada en el porche, luego follaré como nunca lo haya hecho, ese polvo contendrá todos los que ahora no podemos echar … El tiempo pesa como una losa, pero no creo que menos allá, lo malo es la incertidumbre, y el estrés que provocó El otro día, un David, un chico enclenque de Brooklyn, le dio una diarrea, y perdió como seis quilos, todos nos reímos mucho.Por las noches jugamos póquer, bebemos cerveza y ya whisky, y escuchamos música, hay que patriota que flipa con los chicos de la playa, yo alucino con las puertas, esa canción ” El final “es toda una experiencia, ¿no crees?, Me gustaría escucharla contigo, y que me hable de poemas turbios, todos esos que inspiran a Jim en su locura. Sam, un chico negro del Bronx no deja de escuchar a Hendrix en un caso doble pletina, estoy harto del “Hola Joe”. Bueno, cariño, él de dejarte, la vela se extingue y debo descansar, un beso que llene todo tu cuerpo de flores, te quiero mucho.

PD: Nos trasladamos, más cerca de Saigón, espero que nos nos vaya mejor. »

 

Cuando llegaron las siguientes cartas …

 

« Los días pasan, y mis fuerzas se agotan, no quiero preocuparse, nunca te contaré las mejores cosas que estoy viviendo aquí, el ser humano es una pesadilla, no entiendo nada. Sobre todo para volver a la realidad, necesito algo para recuperar la realidad, pero todo lo demás fuera de este mundo, de este infierno en tierra. Lo mejor y lo peor son los compañeros, Bill, es mi mejor amigo, nada presuntuoso, y muy tranquilo, las letras como a mí, y Ginsberg, y los hippies, leemos a escondidas “Aullido”. Estos cafés creen que somos mariquitas o algo así, “He visto las mejores mentes de mi generación destruida por la locura”, guau, eso ya merecería el Pulitzer.Esta noche lo siento con tus muslos blancos, te veo como un caballo hermoso, y luego me adentrabas en algo negro, despertaste mojado … No puedo seguir, Susan, muero de ansiedad, y recrearme en el sexo que me hace mal Abraza mi parte a tus viejos, ya tu hermano Tom, espera que ya haya sentada la cabeza. También espero que te encuentres cuidando como quieras tu estado, cuando hayaas vuelto a hacer para que nazca nuestro hijo, muero de deseo. »

 

« No puedo más, amor, esto es mucho más rápido de lo que anuncian los noticieros, estoy con la fiebre todo el día, no sé si lo que es real, o gaseoso, los árboles me parecen muñones, los insectos devoran mi carne, y todos parecen estar locos, quizás el que lo tiene, hoy despierte al lado de Sam, los días buenos, y esté lívido, más blanco que yo, el toque y no responda, él dormido al lado de un muerto toda la noche. .. »

 

« Te acuerdas cuando hablábamos de la vida, siempre me gustó filosofar contigo, eres tan inteligente y sensible, tan pura y sensual,” La vida es un sueño triste del que no podía salir victoriosos … o era ilesos “, ya no me acuerdo, siempre tuviste dotes para la escritura, no debes dejarla nunca. No creo que salga ileso de esto, mi cuerpo esté derrotado, mi alma podrida, soy el espantapájaros sin cerebro de “El Mago de Oz”, las acuerdas, tú serías mi Dorothy, solo en ti confío, yo el encantado encontrarte y que camináramos juntos estos años … Sé que suena a despedida, pero no me queda fuerzas, he perdido la esperanza …

 

PD: Olvídalo todo, Santa Teresa, esa santa española que dice te gusta: “Nada te turbe, nada te espante, todo lo que pasa …” Un día nos reiremos de esto, y tiraremos a la basura los malos recuerdos. »

 

La última carta llegó a finales de agosto de 1970, un día de sol insoportable. Esta vez no la transportaba una bicicleta, me la entregó en mano un soldado. Tenía el sello oficial del presidente de los Estados Unidos. Le concedían la maldita medalla al honor, y el mismísimo Richard Nixon mostraba sus condolencias. Hoy, 13 de octubre de 1987 es el cumpleaños de Allen, el año que viene quiere estudiar letras en Columbia, también quiere saber más sobre su padre.Le he hablado de él y de su amor por los libros y por la música, y ha llorado y reído juntos, también ha comido tarta y soplado velas, sus ojos han brillado como estrellas cuando ha abierto su regalo … En una carpeta, todos los manuscritos sobre literatura que escribió su padre, junto con un ejemplar raído de “Aullido”.

 

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

 

 

 

GEOGRAFÍA LUNAR

sueltizo solsticio listo

                                                          Ilustración de Julio Martín

 

Noche de San Juan,

noche de luna grande,

te observo, estás dormida,

 distingo la distancia entre dos islas,

y un rayo que no cesa

debajo de tus párpados,

bajo una nube cargada de pestañas.

 

Tu pecho vibra porque ama,

mis veinte dedos quietos, en espera,

el corazón bombeando partituras,

tus dos ojos cerrados, aguardando…

 

La luz llega a tu rostro,

despierta la promesa de tu cuerpo,

así cerramos la lección de geografía,

desnudos, frente a frente,

entonces, me doy cuenta,

de repente,

tus senos son espejos de la luna.

                                        

                                                 Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

DOS ARDIENDO

 

 

 

“Dos mujeres”, Lucian Freud (tomada de la revista digital #PACO) 

 

Y TÚ, delante de mí,

ansiosa por morderme,

apoteósica, desnuda,

YO, ansiosa por tocarte,

por fecundar tu cuerpo con mis dedos.

Entre las dos, segundos silenciosos,

momentos de ternura, instantes de locura,

catástrofes dormidas en pieles que revientan de deseo,

dos almas que se vierten siendo una,

en un goteo constante, un vuelo sordo,

una ruina encendida, un templo de oro,

en su altar, brillantes…

ARDIENDO descansan DOS amantes.

                              Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

“LUCKY” (JOHN CARROLL LYNCH; 2018)

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 Harry&David: dos colegas ( fotografía de “La Voz de Galicia”, tomada de Google)

 

“Ungatz”, esa es la palabra clave. Si vagabundean un poco por internet, verán que pertenece a la jerga italoamericana, en concreto, dentro del argot mafioso su significado es ni más ni menos que “nada”. Como cuando jugamos póker y lo único que nos queda es agarrarnos al farol. Podría ser algo así como la niebla de Unamuno o los fantasmas de Hamlet, pero no nos pongamos demasiado profundos.

Lucky, o Harry Dean Stanton, ese rostro amigo de la cinematografía estadounidense, que escoltó a Pentangeli en “El Padrino II”, acompañó al indomable Newman, o a la teniente Ripley en Nostromo, pero sobre todo fue aquel Travis errabundo en mitad del desierto, en la monumental y metafísica “Paris, Texas”, es el protagonista total, de una película que es ficción, pero tiene mucho de real. Bueno él es el sol y alrededor están los satélites, amigos (incluido ese impetuoso cactus que riega en ropa interior) y vecinos, que le acompañan en los últimos días de su vida. Entre los amigos, genial David Lynch, desolado por la huida de su galápago Howard, o los camareros de la cafetería donde desayuna, “No eres nada” como saludo mañanero, no está nada mal.

Lucky vive solo en mitad del desierto, en un pueblo más de los USA,  se despierta cada día, y en camisa y calzoncillos hace sus ejercicios de yoga, bebe leche y café, y por supuesto, se fuma un cigarrillo (podríamos definir el cine como sentarse y ver andando a Henry Fonda o ver fumando a Harry Dean Stanton), luego visita la cafetería, e intenta resolver el crucigrama del día. Es flaco, gruñón, parco en palabras y no es un ejemplo de afabilidad, su socarronería y su fina ironía requiere un nivel, un poquito de “joie de vivre” por parte del interlocutor, porque es un tipo con mucho mundo, y eso se nota. Luego vienen los concursos, y en los tiempos muertos surgen las preguntas trascendentales  sobre el “realismo”, o acerca de lo único que es aquel ser que está solo, cuidado, porque la soledad es una cosa bien distinta a estar solo.

Podríamos ir por la vía rápida y decir que esta película no tiene trama, no es verdad, la trama es la vida, y el drama, viene después, cuando te aproximas a lo que vendrá, y claro, tienes miedo. En el camino, un debut deslumbrante como director del estupendo actor John Carroll Lynch (¿recuerdan a aquel marido bonachón de Frances McDormand en la magistral “Fargo”?). Toda la película, plano por plano está rodada al servicio y en función de la descomunal y al mismo tiempo humilde presencia de Harry Dean Stanton en pantalla, pero no empacha, al contrario, agrada, por la honestidad de la propuesta. Dentro de la historia, pese a lo escatológico del tema, no hay ni un gramo de piedad o condescendencia, sí un canto a la sencillez, a la asunción más o menos silenciosa y pacífica de nuestro irremediable final.  La única religión aquí es la de la amistad, la de la belleza y el día a día. También hay espacio para ese breve sueño Lynchiano en luces rojas, y para unos diálogos brillantísimos, que podrían recordar al mejor cine minimalista de Jarmusch. No nos podemos dejar los momentos musicales, Johnny Cash y el bueno de Wild Oldham, espeluznante (en el buen sentido), “I see your darkness”, y esa hermosísima escena en la que el protagonista canta aquello de “y volver, volver, volver…”, los guiños a la cultura mejicana son numerosos, cariñosos e intencionados. Justa mención merece también la escena de la consulta con el siempre correcto Ed Begley Jr., su médico de cabecera pero también su amigo, nada de tecnicismos, la franqueza y la camaradería como monedas de cambio entre caballeros.

Me quiero dejar para el final el encuentro que mantiene Lucky, que ha sido cocinero en el frente (de ahí viene su sobrenombre, otro apunte autobiográfico de la vida de Harry Dean Stanton) con otro ilustre “veterano” (de la marina y del cine estadounidense), el gran Tom Skerrit. Me recuerda a aquella otra escena conmovedora de “Straight story”, en la que Alvin y otro veterano de guerra abren sus corazones acodados en la barra de un bar, y comparten las pesadillas que aún les atormentan. Aquí, después de un preámbulo relajado, el marine acaba hablando de la cara sonriente de una niña de ocho años, que quedó grabada imborrable en su cabeza, como el ruiseñor que mató Lucky en su adolescencia, esa niña sabe que va a morir, y sin embargo se despide con una sonrisa de agradecimiento de la vida terrena. Luego nos explica que la niña era budista, y ese gesto es una costumbre budista. Quizás es el único rastro religioso presente en la película, y engarza muy bien con los últimos planos. Podría llevarnos a una conclusión de alta filosofía doméstica, o quizás de mera supervivencia, no nos queda otra que despedirnos sonriendo hacia el mayor misterio de nuestra existencia, llámese muerte, eternidad, nada o “Ungatz”.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

Para acompañar esta crónica y decir adiós a este gran tipo, hemos escogido su interpretación del “everybody’s talkin” de Fred Neil, que apareció en una película anterior sobre su figura “Partly fiction”, y que a mí me pone los pelos de punta (les aconsejo investigar en su faceta de crooner)…

 

NIÑO PRODIGIO

Fotografía tomada de Wikipedia

Esta historia, localizada en una quimérica Argentina, es de fútbol-ficción, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia…

Nacieron gemelos. Él y un balón de fútbol reglamentario modelo azteca. En la primera ecografía, los padres de Dieguito no daban crédito: una pequeña bola del tamaño de una pelota de golf crecía junto a su hijo en la placenta, allí Diego Armando, dio sus primeros toques.

Pronto corrió la voz de la historia del niño y la pelota, el mundo del fútbol esperaba con ansiedad el momento del nacimiento. Todos los grandes clubes querían atar como fuera al bebé futbolista. “Este pibito lindo no debe salir del país, es una joya, un tesoro nacional que nos dará muchas glorias…”; “Veinte millones de cláusula de rescisión, diez millones netos por año, beneficios publicitarios aparte, residencia de lujo en La Moraleja con piscina de bolas, construiremos una guardería deportiva con preparador físico, cantajuegos, y servicio de pediatría veinticuatro horas,…”, “Residencia en Las Ramblas, carrito  último modelo privado para llegar a la Masía, psicólogo infantil, y condiciones económicas a negociar…” Las ofertas eran astronómicas, tanto que a sus atónitos padres les daban vueltas los ojos. El bebé, al amparo de la cálida placenta, saltaba tranquilamente a la comba con el cordón umbilical, ajeno a la popularidad que le esperaba en el mundo exterior.

El dispositivo era gigantesco. Medios de comunicación de todo el planeta esperaban a ser los primeros en anunciar el nacimiento del niño prodigio: Clarín, A Bola, Sport, Marca, As,… Todos tenían instalados sus satélites y sus furgonetas, el fenómeno era imparable. Y llegó el día…

Diego Armando y su gemelo Azteca nacieron en otoño, fue necesaria cesárea para sacarlos a los dos. Pesó cinco quilos, sin balón, y después de que cortaran el cordón umbilical fue capaz de dar ciento cinco toques a su sufrido hermano, ante la estupefacción del personal médico. Sus piernas eran robustas, musculosas, los entrenamientos llevados a cabo durante la gestación no habían sido en balde. Tenía un intenso pelo negro y caracoleado, y era rollizo. Al verlo por primera vez su madre con ojos enamorados, le bautizó como “el Pelusa”, y besó su inmensa pelambrera. Azteca miraba con celos la escena, pero luego su madre le dio un cariñoso achuchón.

Se filtró la noticia del nacimiento y el estruendo fue salvaje, periodistas, directivos y ojeadores se agolpaban en una torre de Babel, donde el idioma imperante era el fútbol. Cuando se abrieron las puertas del paritorio, se hizo un silencio extraño y pasajero. Dieguito miraba con ojos alucinados a la multitud sin entender nada, con el esférico bajo la zurda. De repente, todos se abalanzaron contra él, y “el Pelusa” respondió con fútbol. Comenzó tirando un cañito a un periodista de La Gazzetta dello sport, luego cayó en sus fintas el redactor jefe de L’Equipe . Esquivó y escupió a quienes se entrometieron en su camino, ya que en el pasillo del hospital fue adquiriendo el mal carácter que le acompañaría durante toda su carrera. Para deshacerse de un jeque árabe ataviado con una túnica que le llegaba hasta los tobillos, tuvo que hacer una vaselina con su hermano y recuperarlo después en brillante autopase. Solo un genio podía escapar de semejante encerrona. Siguió gambeteando y dejando atrás rivales, hasta que alcanzó las escaleras. Las bajó dando toques de cabeza, Azteca estaba mareado. En la distancia, su madre era un mar de lágrimas, sabía que escapar de aquella vorágine era la única forma de que sus hijos pudiesen llevar una vida feliz. En la distancia, los dos mocosos también lloraban, les agradecían a sus papás la vida, pero debían huir, ya que la turba seguía persiguiéndoles. Cuando pisaron la calle se perdieron en el horizonte azul regateando árboles y farolas

Cuentan las leyendas llegadas de aquí y allá miles de hazañas atribuidas a los dos hermanos, pero por encima de todas, la de construir juntos la jugada de todos los tiempos, aquel verano del mundial en el estadio Azteca de Méjico… «A “el Pelusa” le persiguen dos ingleses, pisa la pelota y arranca como un ciclón por la derecha superándolos en carrera, tira un regate, tira otro regate, le sale el portero, que no puede hacer nada ante el tercer regate, solo y escorado ante la meta, empuja el cuero a la red, y todos los argentinos y los que no lo son, gritan: ¡Goooooooooooool, Diegol, Diegol!» Unos días más tarde, en el mismo escenario Dieguito alzó la copa más grande, la copa del mundo, y más de uno quiso llorar, y darle las gracias a Dios por ese pibito mágico, por ese barrilete cósmico que convirtió el fútbol en poesía.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

MARIANA

Selección de Colombia en Italia 90 (fotografía de Wikipedia)

Mariana es colombiana. Viene a casa dos veces por semana, solo coincidimos los martes, es mi día de descanso, no me importa, es habladora, pero no chismosa. Ese día cocina, y cómo cocina, desde hace tiempo adapté mi paladar a sus ajíes, sus arepas de maíz triturado rellenas de huevo frito y demás divinidades.

Allí, en la cocina, cuando despierto, mientras pica cebolla me habla de su ojito derecho, Julio, y de sus tatuajes. Es su hijo pequeño. Me enseña una foto de whatssap con un tigre de bengala en tonos naranja cruzados por rayas negras adornando su brazo musculado. Él sigue en Colombia, sin oficio ni beneficio, metido en mil fregaos de los que Mariana no quiere enterarse. Elena es la siguiente, la madre de sus dos nietos, Marcos y Pedro, llegó embarazada a España, y su pareja se largó cuando estaba preñada del segundo, ahora todos viven con Mariana, bajo el mismo techo, y ella tira del carro como hizo siempre, porque así fue siempre en el mundo de Mariana, y ella no lo discute. Me cuenta sus visitas a la cárcel, Freddy, su hijo mayor está allí desde hace dos años, un asunto de trapicheos del que tampoco quiere enterarse, le lleva comida, intentan hablar de los buenos tiempos, y acaban llorando. Freddy le consigue la mejor marihuana que se puedan imaginar (yo la celebro todos los martes, después del café nos reímos del mundo entre caladas). Su vida ha sido dura desde siempre, y ella no lo discute, da gracias a Dios por todo lo que le ha sucedido. Ya no se acuerda casi de Fernando, su marido, ni de las zurras que le atizaba cuando llegaba borracho a casa, eso quedó atrás. Es muy religiosa, reza el rosario en voz alta y ruega por mí, y por mi familia, por sus hijos, por sus nietos, les paga misas a sus abuelos, a sus tíos, y a un hijo suyo que nació muerto, es al que más quiere. También reza por los futbolistas de la selección de Colombia, en especial reza por el pobre Escobar, incluso por los miserables que le mataron a balazos después de meter aquel aciago gol en propia puerta. No suele guardar estampas de vírgenes o de santos, pero hay una, la de “Nuestra señora del rosario de Chinquinquirá” que besa cada vez que juega la selección colombiana. El fútbol y la marihuana son sus dos válvulas de escape, hoy ha venido ataviada con una bufanda amarilla, azul y roja, pese a los treinta grados.

No me gusta el fútbol, pero ya soy experto en René Higuita, ese excéntrico portero con pinta de pirata que blocaba como un escorpión, he visto cien veces en internet el gol de Freddy Rincón contra Alemania, mientras el locutor grita aquello de «Dios es colombiano», era el favorito de Mariana, porque se llamaba como su hijo mayor, ahora ya no juega, está retirado, como Valderrama y el Tren Valencia, Asprilla o Leonel Álvarez. También me habla del negrito con cara de bueno que revolucionó el fútbol colombiano desde el banquillo, «Pacho» Maturana, con ese pelo cardado, ahora cano, que en su juventud podría haber sido el hermano mayor de «The Jackson five». Ellos nunca le han pedido nada, es más, son las únicas personas que le han dado alguna satisfacción en su vida. Mariana  se lamenta de que siempre se queden a las puertas de algo grande cuando llega la hora de la verdad. Ahora sus ídolos son James y el Tigre Falcao, espera que en este mundial suban un escalón más, si en Italia no pasaron de octavos por la cantada de Higuita, y en Brasil rozaron las semifinales, toca soñar con el cielo de Moscú y coronarse por fin, sería bonito para su país querido y para ella, tanto como que fuera Cenicienta y le encajaran el zapato de cristal en su pie torturado por los juanetes.

Sentados ante el televisor, todo está preparado, debutamos ante Japón, es espectacular el colorido,  un hermoso mosaico amarillo en las gradas, yo bebo Desperados, ella Coca-Cola,  me siento bien a su lado, como si fuera la madre que nunca tuve, hoy soy ese hijo suyo que nació muerto y al que tanto quiere, y le pido al cielo que todo le vaya bien, que su hijo Julio no muera de un navajazo en una pelea de bandas y Freddy salga de la cárcel, que sus nietos crezcan sanos y su hija se enamore de un buen tipo que cuide de ellos, y sobre todo, pese a que ya sabemos que Colombia ha perdido su primer partido ante Japón y curamos nuestras penas con un porrito de marihuana, que pueda volver algún día a su casa con la copa del mundo reluciente entre sus manos callosas.

 

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

Encantado de que este texto figure entre las diez historias de fútbol seleccionadas dentro del concurso promocionado por ZENDA, para optar a los premios…

https://www.zendalibros.com/seleccion-del-concurso-historias-futbol/