ENCUENTRO EN LA NOCHE

Fotografía de ABC.es

 

30 de Noviembre de 1786, Palacio arzobispal de Tacubaya, Méjico

 

La vela se consumía, iluminando la estancia con un amarillo viejo, terroso, como el de los desiertos mejicanos, un amarillo tan desgastado como la cara del gringo que balbuceaba en el camastro palabras olvidadas de hazañas que habría de llevarse al más allá. Una mosca se le posaba de vez en cuando, en la frente, en los ojos, no tenía ni fuerzas para ahuyentarla, la disentería había avanzado tanto como ese grupo de valientes que tomaron la Mobila o Panzacola, el fragor de sus mosquetes retumbaba aún en su cabeza desorientada.

En Tacubaya, como Virrey de la Nueva España, había terminado su extensa carrera militar, pero allí mismo, intentando escapar de las garras de la disentería se había dado cuenta de lo pasajero de las gestas y las glorias humanas, y de lo acertado que era aquella sentencia bíblica: «Vanitas vanitatum omnia vanitas». De poco le servía ahora haber sido capitán general de las Floridas y de la Luisiana o haber conquistado la isla de Providencia, pues le esperaba el mismo fin que a cualquier alma descarriada. No se arrepentía de nada, allí, en el palacio, estaba en paz con Dios y con sus semejantes, sabía que había prestado su vida y su aliento a España y como creyente confiaba en la vida eterna. Los últimos años fueron duros, las hambrunas, las desconfianzas de los cortesanos, pero ahora ya esos problemas prácticos no le inquietaban, hizo lo que pudo en conciencia mientras vivió, y con esa divisa dejaba este mundo.

Sus sueños fueron intensos aquella noche, rememoró el brillo del cielo azul de Filadelfia aquel 4 de julio, contempló el hermoso río Misisipi esmaltado en la noche, incluso pudo escuchar el cricrí de los grillos. Como una visión futurista se le apareció la imagen de varias estatuas de los libertadores de Washington, una de ellas era la suya. Finalmente, cuando ya no le quedaba apenas vida, notó cálido el tacto de una mano. Abrió los ojos súbitamente, y en la penumbra de la estancia, entre tinieblas, pudo reconocer el rostro lloroso y amable de George Washington. Bernardo de Gálvez murió esbozando una sonrisa.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

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“ÉL MATÓ A UN POLICÍA MOTORIZADO” EN LA SALA MOON (19/05/2018)

 

 

“Él mató a un policía motorizado” en acción (foto de Atticus)

 

La noche de Valencia se abre con “Apartamentos Acapulco”, Granada en el corazón, la cantera continúa, una cantera que nace del hechizo de los sonidos psicodélicos de J y compañía. Me acordé con nostalgia al escuchar sus temas de un grupo desaparecido que me gustaba mucho, Nadadora, por esa alternancia de voces masculina y femenina y la acumulación de capas de sonido. Sobresalientes. Precisamente me los perdí allá por Granada, el 25 de mayo del año pasado, teloneaban a los planetas, claro.

Seguimos con las conexiones. Gracias a J y a un programa de radio tres en el que pinchaba a “sus favoritos”, supe de la existencia de “Él mató a un policía motorizado”. Creo recordar que la canción flechazo fue “Mujeres bellas y fuertes” (su primer gran hit, al menos aquí en España, en algún rincón de este blog está escrito). Pues sí, en una glamurosa cinta de cromo, no paraba de pasarla para que llegará la voz de Santiago. Pasó el tiempo, y llegó a mis oídos “La Dinastía Escorpio” (tiene su merecido Luneando, búsquenlo), desde el minuto uno pasó a clásico e imperecedero. Luego mi primer contacto en directo, en el SOS Murcia de 2014, fui allí para verlos a ellos, lo confieso, y me quedé con ganas de más (hay constancia en Innisfree, recuerdo al pobre Santiago con su pierna lastimada, y aún así dándolo todo). Por supuesto, luego escuché “La noche los muertos”, los demás temas sueltos, y su reciente “Síntesis O’Konor”, que aunque no llega a la frescura de la dinastía, mantiene un nivel más que aceptable.

Volvamos al presente. Tenía que ser la sala Moon, es decir arropados bajo una luna gigante, donde cumpliéramos el sueño de verlos a ellos solos, en modo monográfico. Desde el inicio imponen su magnetismo (“Ey, ¿quién te va a cuidad? en este mundo peligroso), y nos llevan de la mano a otro lado, a otro estado, o quizás a otro estadio (¿La bombonera?). Sus guitarras suenan intensas, psicodélicas, su rock, unas veces musculoso y otras melancólico. De la voz de Santiago motorizado qué decir, luz y bruma, lirismo y autenticidad. Continuamos con “Nuevos discos” ese monumento al rock progresivo, y seguimos bailando en la colina hasta alcanzar la casa de las luces que estallan, en el camino, el amigo piedra nos echa una mano con nuestro auto. Los ojos luciendo como faros, la sala se une en hermandad, los corazones flotan libres y alegres. Todo lo que digas no me influye, no me importa si está bien o está mal, pibe, sé que vamos más o menos bien.

Luego aparecen como por ensalmo, Jenny, Johny B (¡qué temazo!), mujeres bellas y fuertes, y nuestra chica rutera. Un bis y el público enardecido, queremos más. La bendita explosión acaba arriba de la casa con un rifle, prodigioso próximo (y último) movimiento (¡tremendo broche!). Se cierra el telón, ¡maldito telón!, anhelamos nuevos discos, nuevas drogas, nuestros oídos vuelan  como luciérnagas drogadas, cuánta belleza, gracias por darnos tanto y hasta la próxima, amigos, que les vaya bonito.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

Hoy tenemos vídeo casero, grabado “in situ” por otra fanática a la que Atticus quiere mucho, y que también podéis disfrutar en youtube, “Nuevos discos” hoy en directo en Innisfree…

 

 

 

Nos despedimos con las fotos que pudimos tomarnos con ellos, coincidimos antes del concierto en las puertas de la sala moon, una suerte, el anticipo de una noche mágico, grandes tipos todos ellos…

QUERÍAMOS TANTO A BRENDA

Loop End GIF (Giphy.com)

Queríamos tanto a Brenda, que nos hemos empapado durante todos estos años de La casa de la colina, de Un marido de ida y vuelta, de La reina Margot, de El valle encantado, y por supuesto, de su deliciosa trilogía del amor. Nuestra diosa dormía en la alcoba del celuloide.

El núcleo duro surgió en los descansos de los programas dobles, en los pasillos, entre caladas hicimos piña, y nos pegó tan duro como el juramento de sangre de un adolescente enamorado, iluso pero intenso. Formamos un club, reunidos repasábamos una a una nuestras escenas favoritas, entre mate y mate, cebábamos los desencantos, las euforias, los entusiasmos. Decepción y triunfo, fruto y escarcha, el camino de las estrellas rutilantes.

Nuestra pasión no conocía límites, en cada rincón de nuestra vida, cuando comprábamos el pan, al cocer el asado, allí estaba ella, persiguiéndonos como un ciervo plateado, nos acompañaba hasta cuando tomábamos el tranvía. Sabíamos y sabemos que la misión de nosotros en este mundo es mantener viva su antorcha. Queríamos tanto a Brenda, que memorizábamos sus textos, los diálogos, sus expresiones (nos enfadábamos, incluso peleábamos, luego llorábamos y terminábamos a carcajadas), hasta los silencios y sus salidas de plano, en aquellos elegantes fundidos en negro. Transferimos esa pasión devoradora a nuestros hijos, y confiábamos que estos hicieran lo mismo con nuestros nietos.

Queríamos tanto a Brenda, que cada gala de los Oscar nos concentrábamos con barriles y barriles de Oporto (era la bebida preferida de Brenda), y nos cagábamos en la academia cuando le negaba otra vez la supuesta gloria. Cuatro veces la nominaron esos botarates, ningún premio, ni siquiera cuando con lágrimas entre las llamas, rozó la pasión de la Falconetti, encarnando a Juana de Arco. A nosotros nos daba igual, alguien dijo alguna vez que los premios atontan. Nunca faltaron nuestros ramos de flores en los momentos duros, ni el trabajo extenuante en las redes desenmascarando a cualquier fantoche que creyéndose portador de las llaves del séptimo arte ofendiese a Brenda. Alguna vez pasamos a los hechos, y dándoles coba, escondidos en alguna falsa identidad, más de uno se llevó un ojo morado, algún mordisco, o una buena sarta de patadas.

Queríamos tanto a Brenda, que la queríamos inmortal, por eso, cuando nos llegó la noticia de su cáncer, se nos quedó la cara de mármol. Las lágrimas corrieron libres en nuestro departamento privado, un cacho del alma se nos desprendía. Hicimos colectas, contactamos con su familia, sin fanatismos, respetando su privacidad. Ella luchaba, con la fortaleza que daba la inmortalidad conseguida en vida, pero el puñetero cáncer iba avanzando irremisible. Hicimos fuertes donaciones para que la trataran en Houston, allí se encontraban los mejores especialistas. Aun así, siguió apagándose lentamente.

Entonces surgió la idea, donde la vida se escapaba debía actuar la ciencia. La solución era la criogenización, congelar a Brenda con la esperanza de que en el futuro los avances científicos consiguieran revivirla. Investigamos seriamente el tema, contactamos con el Instituto de criogenización de Michigan, supimos del bulo de que Walt Disney andaba congelado, y también supimos que la vitrificación, técnica empleada para conservar óvulos, era la más puntera. Teníamos científicos, físicos, químicos, médicos reputados en nuestro club, que había crecido durante todos estos años, nada nos podía detener.  Pero sí, algo nos detuvo, las convicciones religiosas de su familia. Ella estaba sedada, la jodida metástasis la carcomía, nunca supimos su verdadera opinión. Moral, ética y otras pavadas. Pura hipocresía, su escasa familia olisqueaba la plata alrededor de su cama. Ella tuvo miles de amantes, pero nunca hijos, así que reclamamos nuestra condición de hijos predilectos para hacer lo que hicimos.

Decidimos actuar con calma, disimuladamente. Seguimos moviendo la causa de la criogenización, y nos hicimos con espías para conocer día a día el estado de Brenda, que reposaba ya en su mansión de Palm Spring. Cuando supimos que el final era inminente, tomamos la decisión, secuestraríamos el cuerpo.

El día que murió el cielo era violeta, nos pareció una señal. Pese al dolor, nos movimos rápida y eficazmente, un poco de cloroformo por allí, otro poco de confusión por allá, no hubo que lamentar heridos. Su cadáver lucía hermoso y lívido, la piel tersa, cuajada de lunares. Rápidamente se le inyectaron sustancias químicas para conservarla, y sin más demora, un aeroplano la transportó en un vuelo ultrarrápido a un lugar perdido de la Patagonia. Allí lo teníamos todo acondicionado, un sofisticado laboratorio y una gran pila, donde sumergimos su cuerpo a 196 °C bajo cero. La tenemos rodeada de coronas y ramos de flores, de recortes de prensa de sus premières, de boletos de los cines donde la admiramos, hemos convertido aquello en un santuario para venerarla. Allí peregrinan año tras año todos nuestros socios, con las precauciones debidas, y con la condición de guardar el secreto.

El escándalo de la desaparición fue grande, se pensaba en algo diabólico, un acto de magia negra. Adoptamos una postura inteligente, nos indignamos y removimos el mundo para la recuperación de su cuerpo, era como si el lobo cuidara de las ovejitas. Para nuestra sorpresa, no levantamos sospechas.

La criogenización de Brenda fue un mensaje en una botella, un canto hacia el futuro para las generaciones venideras. Hoy seguimos perpetuando su memoria, la hinchada ha crecido, hemos cruzado océanos de distancia y tenemos hermanos hasta en la Siberia, ahora somos una fundación. Todos nosotros guardamos el secreto de su sueño congelado, un secreto tan lúcido y tan secreto como el de la masonería. Nuestros ojos brillan al saber que un día de enero, o quizás una primavera de 2098, cuando los almendros hayan brotado, Brenda Fanswhare, despertará de su letargo mágico, y podrá descubrir todo lo que hemos hecho por ella, y todo lo que la hemos querido.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

ABDUCIDO

Groucho Marx Gif by Maudit (Giphy.com)

 

Vinieron a por mí a punto de que empezara mi programa favorito. Me puse furioso, era mi momento del día, cuando me calzaba las pantuflas y vaciaba mi mente delante del televisor. Se lo tomaron con calma y se acomodaron en el sofá. Había pasado la hora de comer, pero les vi tales caras de hambre que tuve que prepararles en un periquete un plato de jamón serrano acompañado de unos riojas. Lo engulleron con entusiasmo, incluso terminaron eructando. Entretanto, vimos el concurso, me quedé de piedra, contestaron correctamente todas las preguntas.

Luego vino la comedia, me abdujeron plácidamente, nada del otro mundo, más o menos como en las películas de ciencia ficción americanas, una luz roja algo dañina que me deslumbró, y de repente todos en la nave espacial. Antes, me interrogaron acerca del jamón y el vino, así que tuvimos que bajar al sótano, donde guardaba una pata de jamón cinco jotas que reservaba para navidad, y dos botellas de Rioja gran reserva. Nos las llevamos de viaje hacia Traseronia, el planeta de mis repentinos visitantes.

Los inicios fueron un poco tensos allí, imaginaos estar rodeado de individuos extraños de color verde en un lugar también extraño y a millones de kilómetros de tu casa. Que conste que no soy racista, aparte, el verde siempre fue mi color favorito. Ellos son muy correctos y educados en el trato diario, quizás algo serios y cuadriculados, pero en general hemos hecho muy buenas migas. Tienen mucha curiosidad por nuestra cultura, diría que la conocen más que yo, triste terrícola. Un día, conseguimos piratear la señal de televisión terrestre, se han vuelto fanáticos de Jordi Hurtado, todas las sobremesas las pasamos en Sant Cugat del Vallés. También han descubierto el canal TCM, las pelis de vaqueros y a los Hermanos Marx, su título favorito es Sopa de Ganso.

No todo es una fiesta en Traseronia, sabía que me habían traído hasta aquí para someterme a duros análisis. La verdad, no fueron tan complicados, se comportaron de forma muy considerada conmigo.  Estoy encantado, el clima de tranquilidad que se respira, la música, el gusto por las artes de los traseronianos, convierten a este planeta en algo fascinante, cada día descubro algo nuevo. Pasa el tiempo, y me doy cuenta de que tarde o temprano he de volver a la tierra, y sinceramente, no quiero soportar el carmín y las lágrimas de mis tías solteronas, las teorías de la conspiración de mi padre: «Aquí hay gato encerrado, esto debe ser obra de los comunistas», o la falsa condescendencia de cualquier anónimo. Ni siquiera siento curiosidad por saber que pensara la gente en mi ausencia, me imagino a Telecinco o a Antena 3 rifándose la exclusiva de mi periplo espacial, es algo que me estomaga.

Cierto día, K, el traseroniano con el que había estrechado mayores lazos me dijo que el jefe supremo quería hablar conmigo, había quedado prendado por el sabor del jamón cinco jotas y el del tinto rioja Gran Reserva, y quería más, pero tampoco era cuestión de invadir la tierra, así de repente. Con franqueza, yo también echaba de menos el sabor del jamón y la alegría de un buen vino, pero algo se tenía que perder en el camino, me acostumbré a los hábitos culinarios traseronianos, eran cómodos y eficientes, para ellos la comida es un acto rutinario, insustancial, se absorbe el alimento por telepatía, y no se experimenta ningún placer, así que podéis haceros a la idea cuando probaron el jamón serrano.

En definitiva, previeron una solución práctica y rápida, al más puro estilo traseroniano. Yo me convertiría en agente comercial negociando con alguna Dehesa la venta de jamones, y con una bodega de postín la adquisición de vino. En la tierra estaba en paro, así que matamos dos pájaros de un tiro. Imaginaos lo que supuso para mí la noticia, era sumar a mi triste dieta traseroniana el jamón serrano y el vino.

Ahora hago visitas periódicas a la tierra, cargo provisiones, pruebo jamones y hago catas de los mejores caldos. Aprovecho mis estancias para darle un beso a mamá, que se consume en lágrimas, insistiéndome en si me dan bien de comer, que estoy en los huesos, o en si voy al baño con regularidad; luego discuto con papá por cualquier cosa, vamos, lo de siempre. Desde que soy gerente de «Jamones y tintos terrícolas, S.A.», no echo mucho de menos mi casa. Nuestro siguiente paso es crear dehesas y bodegas propias, con lo cual hasta me ahorraré las visitas a la tierra.

Lo tengo claro, mi futuro está escrito aquí arriba, ya le he echado el ojo a Thelma, una bella traseroniana de piel verde y tersa, con una trasero hermoso y bien formado, lo habitual. Como habrán podido imaginar el nombre del planeta no es casual y responde a la calidad de sus traseros. Yo me fijo en los femeninos, claro está, una suerte más para mí vivir aquí, desde pequeño esa porción de la anatomía femenina era mi perdición. A veces, Thelma se enfada conmigo cuando mis ojos se extravían en dirección a traseros ajenos. En cuanto al sexo aquí, he de confesarles que es una actividad placentera y agradable, aunque se practica también por telepatía, y no requiere apenas esfuerzo, lo que para mí, un perezoso de primera, es un aspecto muy importante.

Quién me iba a decir a mí, tan descreído y escéptico, que encontraría la felicidad a años luz del planeta tierra, le doy gracias al cielo por esa visita intempestiva a mi piso de soltero a mediados de febrero, han pasado ya dos maravillosos años. Thelma y yo estamos decididos a fundar una familia, pero ya habrá tiempo para eso, de momento, permanecemos ajenos a cualquier preocupación delante del televisor, están pasando Sopa de ganso, y ambos entonamos junto a Groucho y los demás súbditos de Freedonia aquello de: «¡Hail, hail, Freedonia…!».

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

NOSTALGIA

                                               www.imdb.com

 

 A un tal Rick Deckard

 

Despertó de un sueño pesado, se había excedido con el inhibidor talámico, a sabiendas de sus potentes efectos. Ese día eliminó a otro Nexus 6, ya solo quedaban cuatro, escondidos entre la gente o entre la lluvia, o quizás ocultos en la herrumbre de la ciudad oxidada. Odiaba su trabajo y más cuando acababa con uno de ellos, así que decidió mojar su consciencia en un whisky doble. Lo único que le movía era el dinero que le procuraba su papel de mercenario, con él podría alcanzar su verdadero sueño, comprar un perfecto clon de oveja doméstica. Quién sabe, algún día tendría una granja, como aquellos pistoleros jubilados de las películas del Oeste.

Miraba distraído la televisión virtual, Tyrel y sus peligrosos experimentos con replicantes era el tema estrella del día. Deckard pensó por un momento que aquel tipo había jugado con fuego, y que a él le tocaba bailar con la más fea en todo este asunto. Se enfadó consigo mismo, pero pronto lo olvidó, su estómago retumbaba. Miró la nevera, y divisó una bandeja de comida liofilizada. Antes de cocinarla en el ultra – microondas, decidió subir al ático, quería admirar su última adquisición, un ramito de margaritas silvestres, que incorporaría a su pequeño vivero, junto a las matas de tomates, alguna flor perdida y otros rastrojos inútiles. Era su exótica joya, no es que los huertos estuvieran prohibidos, pero su mantenimiento era carísimo, y cualquier ciudadano común no podía permitírselo.  Todo, la tierra, las semillas, el sofisticado sistema de riego, lo había comprado online, así que era casi secreto, solo el servicio de mensajería podía sospechar de su existencia.

Anduvo sobre el césped, y casi chocó con Connie, un siniestro robot con dientes eléctricos y mirada alucinada. Era su única compañía, después de que Rachael hubiera desaparecido de la ciudad sin dejar rastro. La oveja de metal, cables y circuitos electrónicos, que estaba comiendo tímidamente hierba del suelo, interrumpió su almuerzo para mirar a su amo con una expresión bobalicona; entonces, Rick acercó su mano y sintió la frialdad metálica que revestía al desnortado robot. Aunque no supo muy bien por qué, siguió acariciándolo, hacía rato que su mente estaba perdida en verdes praderas, dentro de su cabeza se podía escuchar el rumor del agua, un hermoso río descendía desde lo alto de una ladera, lucía el sol en un perfecto día de primavera.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

2084

 

Antonio Saura Moi, Planche 5 Kuntz Gallery (www.kuntz)

 

Vinieron a por mí justo cuando había conciliado el sueño, después solo recuerdo una luz cegadora…

 

BERKELEY, 22 DE ENERO DE LA ERA TRUMP, 2084, CAMPO DE TRABAJO 037-DEPARTAMENTO 21-COMEDOR, HORA: 14:30.

774-037-WIN., rasco con desgana mi antebrazo, pero no se borra. En mi mano derecha una cuchara de aluminio, y delante de mis narices un engrudo naranja, una especie de polenta radioactiva que sabe a rayos. Me acaban de dar un cucharazo en plena frente, mis gafas se cayeron al suelo, están hechas un desastre, no veo con claridad, lo que me faltaba. Suenan las alarmas, algún gracioso ha debido empezar, ahora vendrán los guardas con sus porras eléctricas, la última vez me vapulearon las costillas, tengo aún un hematoma malva que puede probarlo, aunque aquí da igual, somos culpables de antemano, nadie se acuerda ya de aquello de la presunción de inocencia.

Es la hora de la siesta programada, me tomo la capsula de bromazepam y mi mente se va a otro lado, no sé, quizás a mi infancia, veo una barca, fresnos, pinos, puedo olerlos, mi padre me ayuda con el anzuelo, soy un chico rubio con bucles y cara sonrosada, y mi madre ha preparado tostadas francesas, saludo a Klaus, mi perro querido… Ya estoy en la sala de juegos, es viernes,  nos toca bingo comunitario, este mejunje gaseoso está agrio, pero no puedo dejar de tomarlo. «¡Línea!», soy un hombre afortunado, el premio es un bono temporal, para emplearlo en cualquier actividad recreativa ofrecida por el centro.

No recuerdo a mis hijos, ¿tengo hijos?, y esposa, ¿acaso tengo una esposa?

Por las mañanas nos afanamos en la construcción de una muralla que no acaba nunca, los guardias nos dicen que nos protegerá de cualquier invasión de los parias, los desheredados, los del «tercer mundo», me acuerdo de ese odioso eufemismo. Nosotros somos el «primer mundo», y debemos proteger los valores que han vertebrado nuestra civilización. En realidad, la historia está plagada de campos de minas, de alambradas, de campos de concentración como este. Historia, sí, espera, historia, yo era profesor de historia en una universidad, recuerdo hablar de Weimar y de la ofensiva aliada, y hasta del Apartheid, ahora me acuerdo, también me acuerdo de esa estudiante pelirroja tan guapa, parecía la novia de Spiderman. Aggggg, este pitido en el oído me mata, he perdido la idea, me siento fatal, con ganas de descansar, pero aún nos queda hormigón y ladrillos, esto no acaba nunca, y empieza cada día, la vida de hormiga obrera me mata.

Con la tiza tacho un palito, y no sé qué narices significa, ya he completado varias hileras, quizás mañana me acordaré de qué se trataba, hoy no estoy precisamente lúcido. Busco evasión, me empapo la cara con agua fresca y hojeo los boletines de la institución, describen al milímetro nuestros progresos en la construcción del muro, y el buen ambiente aquí, en la comunidad; intento concentrarme en los pasatiempos, crucigramas, sopas de letras, sudokus, me proporcionan el alivio del olvido. Necesito sexo, me siento una presa a punto de ser ejecutada, pero he de esperar al sábado, como todos. Intento masturbarme, no lo consigo.

Anoche perdí la consciencia de repente, y la noche transcurrió como un fogonazo, un fundido en negro, igual que en las películas de Huston, Bogart fumando y bebiendo bourbon mejor que nadie. Sí, el cine, eso sí lo recuerdo, era un cinéfilo empedernido y pedante. Todo esto, los uniformes, la asepsia, la rutina, esta cadena de montaje sin alma me recuerda a alguna película, ¿pero a cuál?, Dios mío, ¿a cuál? —nuestro personaje se pierde en sollozos—. Nunca creí en ti, pero ahora me da igual, necesito creer en alguien o algo, hablar, sonreír, emborracharme, sentir que estoy vivo, que respiro, que pienso, que puedo ser una criatura alegre y feliz, sentirme entre los otros, formar parte de algo, oír un chiste obsceno, tener un sueño mojado…

«ZZZZZZ…». Otra vez ese pitido inmundo que me está volviendo loco, ¡no puedo más!, ¡no puedo más!, ¡no soy un animal, no soy un animal!, no puedo vivir así, esto no es vida, ¡no puedo más! Tres guardias vestidos de negro, como tres cucarachas, equipados con sus dispositivos de disuasión se abalanzan contra él, tras varios forcejeos aplican sus porras eléctricas, los alaridos traspasan los muros del aguerrido campo de trabajo…

 

JUEZ DE VIGILANCIA PENITENCIARIA / PROCESO 1244-WINSTON SMITH-REVISIÓN DE CONDENA.

Berkeley, 28 de diciembre de la era Trump, 2084.

«El objeto de la presente diligencia es revisar la condena de trabajos forzados por tiempo indefinido en el Campo de trabajo 037 impuesta a D. Winston Smith, actualmente identificado como John Doe, profesor de historia de la Universidad de Berkeley, que incurrió en actividades subversivas contra el Estado, mala praxis e incitación al librepensamiento.»

El reo, con los ojos amoratados y la mirada perdida hace como que asiente al parlamento.

«Siguiendo con el formulario habitual: ¿Renuncia usted a la propagación de teorías subversivas contrarias a la epifánica y verdadera interpretación de la historia del manual de la era Trump?»

Winston o John Doe cabecea levemente, parece un asentimiento.

«¿Asume como propia la doctrina, así como el sagrado decálogo de posverdades contenido en el manual de la era Trump?»

Un hilo de saliva brilla en la oscuridad, otro cabeceo convence al Alto Tribunal de su sumisión.

«En consecuencia: ¿Cree usted en la verdadera América, blanca, libre, armada, cristiana, portadora de la divina misión de salvar al mundo de su destrucción?»

«¡Sí, sí, sí!», el profesor de historia solloza, doblegado, desorientado, la cabeza le da vueltas, su cara, la de un enfermo lobotomizado.

El juez supremo carraspea y mira con afecto al reo: «Fallamos que debemos absolver y absolvemos al ciudadano libre Winston Smith, quede en libertad…»

 

Se abre la verja, una luz cegadora —¡esa luz, otra vez!— daña los ojos de Winston, nadie le espera, dos lágrimas saladas le proporcionan sin embargo una dulce sensación de libertad.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

¡QUÉ GLORIA!

sobreelpueblo reproarte

“Sobre el pueblo”, Marc Chagall  (Repro-Arte)

 

                                                        Para Marlene, Siempre

 

  ¡Qué gloria!, cuando todo está dicho,

cuando no hay que decir nada,

y no hay más guerra que la de las Galaxias,

cuando volamos alto, como pájaros aislados,

y nos hablamos con los ojos, sin palabras.

¡Qué gloria!, tus silencios cómodos,

me gusta que seas baja y taciturna,

como una diosa griega,

¡qué gloria tengo cuando estoy contigo!,

cuando los viernes noche cenamos chino,

cuando me quedo alelado mirando tu ombligo.

Me gusta que te alegres y entristezcas

como un limón helado,

amar sin comprenderte y aprenderte,

 pasar las noches tristes del invierno

arropado con la manta de tu cuerpo.

                                 Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez