GINGER & FRED

 

Lo primero que hizo cuando se lo diagnosticaron fue comprar flores. Volvió a pintar las paredes de todas las habitaciones de su casa, eligió el verde pistacho, era su color favorito. Luego se echó un novio argentino, Armando, un hombre apuesto, viudo como ella, y como ella, de vuelta de todo desde hacía tiempo.

Mi madre era una mujer decidida, independiente, nunca se arrugó ante nada, y ahora tampoco lo haría. No le gustaba la palabra cáncer, e igual que Salvatore hablaba de “la rusca” en aquel libro de Sampedro, ella lo llamaba simplemente “Eso”.

Armando y Rosa, mi madre, se adoraban, sus miradas cómplices, las caricias, los besos, las risas, eran el lenguaje de quien vive en un mundo de dos y no necesita a nadie más. Cierto es que a veces parecían un par de adolescentes, un día mi madre se presentó con la marca de un chupetón en el cuello, y no crean que lo disimuló, más bien lo lució orgullosa, al verlo, mis hermanas y yo explotamos de la risa. Cuando dejamos de reír empezó a hablarnos sin tapujos del sexo con el argentino, y cuanto más escandalizadas estábamos, más subía el tono de sus  comentarios procaces, hasta conseguir ruborizarnos del todo. Algo parecido hubiera sido impensable cuando papá vivía, en cierto modo, mamá se había liberado de toda la represión de un matrimonio católico, apostólico y romano, siempre le gustó disfrutar de la vida, y ahora lo estaba haciendo, no tenía por qué autoflagelarse por ser feliz y por parecerlo. He de confesar que llegué a sentir envidia, no sé si sana, pensando en mi frío matrimonio.

“Eso” se llevó su precioso pelo negro, pero ninguno de los dos dramatizó al respecto, todo lo contrario. Sin previo aviso después de la ducha y el secador, se arrancó sin querer un mechón de pelo, al que siguió otro y otro más. Una vez acumulados en su regazo, exclamó entusiasmada: «¡Qué suerte tengo!, necesito un jersey, ahora tengo reservas de lana, alta calidad.» Su humor negro era proverbial, enganchaba a todo el que la conocía. Por la tarde, Armando buscó en internet un catálogo de pelucas, escogieron joviales entre risas.

Con peluca negro profundo, cara de media luna por el efecto de los medicamentos, disimulada hábilmente por el brillo del maquillaje, y unas cejas pintadas con sutileza, jugaba al bingo el día de su sesenta cumpleaños. Parecía Norma Desmond en Sunset Boulevard, con sus dos ojos verdes y rotundos abiertos de par en par. Invitó a champán a una pareja muy simpática, incluso se permitió un par de cigarrillos, ya en casa, hicieron el amor, me lo contó al día siguiente y me pareció muy tierno.

No todo fue una fiesta, Armando estuvo allí las noches de hospital, las de insomnio y vómitos, cuando la enfermedad atacó con más virulencia. Su brazo fue el que la sujetó en pleno Callao, el día que perdió el conocimiento y se desplomó. Con el paso del tiempo, ya casi no recordaba las largas estancias en Puerta de Hierro, donde llegó a leerse la saga Millennium al lado de la cama, o las noches en las que tenía que cambiarle la cuña, y avisar a la enfermera para sustituir el goteo, hasta que aprendió a hacerlo él solo.

Hoy tienen su primera clase de baile, Armando la convenció después de una cena romántica, y como buen porteño la engatusó con su plática elocuente e irresistible. Por supuesto estoy aquí, con ellos, no me podía perder a Ginger y Fred, agarrados, dan vueltas en la pista como un trompo, así se alejan de la tempestad, del violento juego de las olas, como dos náufragos enamorados en mitad de una noche fría.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

Si miran la sexta, ahí están Ginger y Fred, encantados de ser seleccionados en el concurso “historias de superación” convocado por ZENDA. Decir que la historia fue parida una noche de insomnio en un hotel de La Latina y rematada en el  bonito “Café central” de la Plaza del Ángel, Madrid, y al lado estaba mi Ginger morena, claro…

https://www.zendalibros.com/seleccion-del-concurso-historias-superacion/

 

 

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HAIKU OTOÑAL

Ya sé que no estamos en otoño, pero allí nos lleva este haiku seleccionado en el libro “La hoja cae” (Shinden ediciones; 2017), que reúne una selección de haikus con motivo del III concurso de haikus de La Librería Haiku, y lo comparto con todos los innisfritas de bien…

haiku2

 

Y para leerlo nada mejor que escuchar al maestro Pedro Iturralde tocando junto a un equipazo (Carlos Carli, Mariano Barroso y Miguel Ángel Chastang) esta preciosidad titulada “Les feuilles mortes”…

“LA FUSA EN EL PRICE” (19/07/2017)

María Creuza y Toquinho en el Price: “A felicidade” (Foto de Atticus)

El milagroso encuentro de “La Fusa” puso de manifiesto, que la improvisación, el desorden, la libertad da lugar al mejor arte. Toquinho, jovenzuelo de ventidós años por entonces, cuenta en el escenario del Price, con un desparpajo con el que seguro tendrá mucho que ver el llorado Vinicius, cómo, sin que los componentes de esta felicísima unión fueran muy conscientes, su actuación fue registrada (en concreto, el guitarrista citó la palabra “registración”, supongo que en el musical idioma brasileño será “registracao”), y surgió eso, un diamante en bruto, que no era necesario pulir.

Qué hubiera sido del mundo de la bossa (o simplemente, del mundo), si el joven Toquino, no le hubiera “robado” al maestro su “Tarde en Itapoa”, y la hubiera convertido en canción. Fue su primer disparo de los temas de ese disco legendario. El brasileño seduce en el escenario, contándonos la existencia de una santísima trinidad, formada por Antonio Carlos Jobim, Baden Powell y Carlos Lyra. En su día, el guitarrista solo se atrevió a poner el amén a ese mágico trío. Nos cuenta también que el poeta vividor y bebedor (con “V” de Vinicius), hablaba de que el whisky era el mejor amigo del hombre, como una especie de perro embotellado. El vaso de whisky fue una amistad fiel que le acompañaba en cada actuación, pero en el camino tuvo tiempo de enamorar a nueve mujeres con la dulzura de su palabra. Suena el “Berimbau”, el Price es más Brasil que nunca.

Entra en escena Doña María Creuza, comienza la “Saudade”. Ya conocemos en Innisfreee la definición que daba el gigante Cohen de la melancolía, que no era otra cosa que la alegría de estar triste, nos vale para el concepto aludido. La Fusa le canta al amor, claro, y a la tristeza inminente que sucede a la alegría, ese estado en el que no hay vencedores ni vencidos, solamente supervivientes. Creuza continúa con el repertorio, y se nos encoge el alma, “A Felicidade”, “Manha de carnaval“, “O amor en paz”, “Eu sei que vou te amar”, “La chica de Ipanema”, cómo no. Yo particularmente no quepo en mí mismo, cuando cierran con “Chega de Saudade”, creo que mi favorita del repertorio del gran Vinicius de Moraes.  Escuchando de nuevo estas canciones, nos damos cuenta de su eternidad, y asimilando las letras, observamos que tienen la sencillez de lo sublime, la poesía que solo puede brotar de la verdad (“Tristeza nao tem fin, felicidade sim…”, “Eu sé que vou sofrei la eterna despedida de vivei”,… ).

Camino del hotel, comentamos con la taxista, aficionada también a la bossa, cómo es posible que esta música no haya tenido más trascendencia. Transigimos en que quizás falló de alguna manera la cadena de transición, y que verdaderamente, no se conoce como debiera. Hablando en primera persona, puedo decir que la Fusa llegó a mi equipo de música a través del tío de un amigo querido, y a partir de ahí cambió mi manera de percibir la belleza. Con total conocimiento de causa y una gota de  osadía, pienso que este disco tiene tanta importancia para la historia de la música como el “Sargent Pepper”, el “London calling”, el “Pet sounds”, o el “Kind of blue”, otros “sancta sanctorum”,  con los que me emocioné y me sigo emocionando. María, Vinicius, Toquino, vivirán para siempre, porque el amor, el verdadero amor, sobrevive a la muerte.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

   Como habrán podido intuir, no nos podemos definir por una canción, quizás, “Irene”, o mejor “Catendé”, luego nos acordamos de “Eu sei que vou te amar” y desfiló por nuestros ojos una chica preciosa en la playa de Ipanema,…,gracias a esa cosa maravillosa llamada Youtube podemos disfrutar de todas, escúchenlas, y será como un flechazo, quedarán enamorados para siempre…

BORROSO

              Fotografía de Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

No cabe duda de que una navidad sin nuestros seres queridos no sería lo mismo, ya nos lo advirtió Don Vito Corleone, cuando dijo algo parecido a que un hombre sin familia no era nada. Lo que voy a relatar sucedió un 25 de diciembre, en el calor de nuestra casa de campo. Como todos los años, desempolvamos la caja de galletas Cuétara en la que dormían amontonadas las fotografías de nuestros antepasados. Pudimos comprobar con horror que estaban ajadas por los estragos del tiempo, cochambrosas, con manchas de grasa, e incluso roídas por los mordiscos de algún ratón hambriento. Con ayuda de los niños y de las tecnologías, decidimos restaurarlas, rescatándolas de la ciénaga donde yacían. Ahí empezó todo.

Escondidos bajo brumas intemporales aparecieron tíos, tías, abuelas, abuelos, tías abuelas, bisabuelos. Afloraron a nuestros ojos con un brillo y un lustre especial en sus caras, y recordamos lo guapos que eran y lo que los echábamos de menos. Súbitamente se nos revelaron las almas de aquellos parientes olvidados, y experimentamos un cálido déjà vu, un amor platónico hacia ellos, como un recuerdo perezoso que permanecía escondido en el fondo de nuestros corazones.

Sin darnos tiempo a digerirlo, un aroma que procedía de la cocina nos conquistó. Eran las magdalenas caseras de la abuela Paula, que nos recibió con pellizcos en los mofletes. También se animó la abuela Pepa con su vieja receta de mantecados, las titas Santi y Justi nos cantaron villancicos de la época de Maricastaña, y nos trajeron zurcidas unas preciosas bufandas de colores para todos, luego rezaron a dúo el rosario en latín, y nos preguntaron si seguía el programa de Carlos Herrera, que era su preferido en la radio. El tío Pepe se trajo el whisky y su gracia malagueña, y nuestro tío Súper nos contó sus mejores chistes surrealistas, al lado, su mujer, mi tía Pili, no paraba de reír con sus carcajadas contagiosas, mientras se atragantaba con los turrones, los mazapanes, los alfajores y los polvorones que habíamos colocado en la bandeja de plata de la bisabuela Emiliana, que no pudo venir debido al reúma que le seguía molestando en el más allá. Estaban todos, como en todas las navidades, como siempre, el tiempo dejó de existir o se detuvo aquel 25 de diciembre.

Así que no cambiamos las costumbres, brindamos con sidra El Gaitero y con Dom Pérignon, comimos pavo al horno y piñones, jugamos a las siete y media, y al parchís, y al bingo, incluso a la rayuela, hasta el amanecer. Nos quedó tiempo para sufrir junto a Pepe Isbert y la gran familia porque el pequeño Chencho se había perdido, y luego lloramos de alegría cuando volvió a aparecer; comimos las uvas con Ramón García sin atragantarnos, y seguimos cantando villancicos hasta quedar afónicos. De madrugada yo solté mi muleta y bailé un tango al calor de la chimenea agarrado de mi tía Julia, desaparecida hasta entonces en la Argentina.

Las siguientes navidades fueron aún más felices, y las siguientes, y las que siguieron a estas. Las de este año prometen, nuestra tía Toñi nos va a tocar con su guitarra las mejores canciones de los Beatles, yo ya me he pedido la primera fila. Estamos felices, muy felices, por saber, después de tantos años, que nuestra familia, rescatada de las sombras, era del tamaño de una saga bíblica, y al darnos cuenta de que no estábamos tan solos en este universo gaseoso de niebla y fantasmas, de vivos y de muertos.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

SIMBIOSIS

 

Hoy recuperamos un texto publicado en febrero de este año por la revista del Círculo de lectores, mi intención era haberlo hecho mucho antes, pero vaya usted a saber, un fantasma llamado olvido, o quizás otro bautizado pereza lo impidió. Para ilustrar el collage que propone el relato, nada mejor que la música sinestésica de los exquisitos Animal Collective, “FloriDada”…

AJUSTE DE CUENTOS / TEMERIDAD

Hoy estamos muy contentos en Innisfree, ¿Por qué?, pues porque publicamos dos microrrelatos ilustrados por dos amigos y artistas a los que ya conocéis, Mercedes Camacho (acordaos de esa preciosa pieza titulada “Todo sobre mi mamá), y otro asiduo, Julio Martín. Ambos textos fueron seleccionados como finalistas allá por finales de mayo (perdón por el retraso) en el I Concurso de microrrelato ilustrado convocado por el Vicerrectorado de proyección de la cultura, Deportes y Responsabilidad social de la Universidad de Jaén, y expuestos temporalmente junto al resto de finalistas. Muy agradecidos por el trato cordial dado por los organizadores, a los que enviamos un saludo sincero y cariñoso…

 

AJUSTE DE CUENTOS

Ilustración de Julio Martín

 

En la oscuridad del antro no se distinguían las facciones delicadas de su cara. Pidió dos tequilas. Entonces, un tipo fornido vestido de verde y aspecto de cazador, supo que debía acercarse a la barra. Allí se miraron y se reconocieron. La chica le pasó un sobre con unas fotografías que este abrió. Una distinguida señora mayor y dos jovencitas poco agraciadas sonreían con desgana. Brindaron en señal de entendimiento. Luego, le acercó otro sobre abultado y le espetó en un tono angelical: “Ha de ser esta noche, cuando caiga el sol”. El cazador apuró su copa y asintió. La bella doncella abandonó apresurada el local, tan nerviosa que no reparó en la desnudez de su pie izquierdo. Había perdido el zapato otra vez. Días más tarde, alguien dejó tras las rejas de un bonito palacio una caja negra que contenía la prueba de que el trabajo había llegado a buen fin, y luego tiró del llamador. En su habitación, Cenicienta se regocijaba contemplando el brillo purpúreo de los corazones de su malvada madrastra y los de sus estúpidas hermanastras.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

TEMERIDAD

 

Ilustración de Mercedes Camacho

 

Hace mucho, mucho tiempo existía un rey muy prepotente, que se propuso derogar leyes a diestro y siniestro, sin importarle las consecuencias.

Comenzó bien, pues abolió la “Ley del talión”, y ello acabó con los odios y rencores pendientes entre sus súbditos. La siguiente ley en eliminar fue la “Ley sálica”, y sus hijas se pusieron muy contentas sabedoras de que podrían suceder a su padre. Luego fulminó la “Ley del embudo” que había regido hasta entonces, desterrando así las injusticias en la elección de sus consejeros.  La ley que con mayor regocijo popular abrogó el monarca fue la “Ley seca”, durante meses y meses litros de cerveza y whisky regaron las calles de su reino.

Más tarde, acabó con la “Ley de la relatividad”, lo que provocaría la desaparición de las discusiones y de los escépticos. Finalmente, el impetuoso rey cometió el error de liquidar la “Ley de la gravedad”,…, su esqueleto arrepentido aún flota en mitad del universo.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

SOLO QUEDARON LOS HUESOS

 

*Fotografía de Christian Fausto Bernal, “Zopilotes en la niebla” (https://www.flickr.com/photos/cfrausto/21747853783)

El Zopilote rey es una especie poco común o rara en México, Chiapas es uno de los pocos estados donde este ave carroñera ha sido observada en varios sitios, uno de ellos es el Ejido Jerusalén, municipio Las Margaritas, donde se desarrolla esta historia…

La parranda había terminado mal, hinchados sus ojos por los puñetazos, e inflado el buche de tequila y peyote. Después del naufragio del día de muertos lo abandonaron allí, en mitad de ninguna parte, vestido con un ridículo traje de calavera hecho jirones, y  su castigado cuerpo cuajado de cicatrices y verdugones.

Cuando llegaron aún estaba vivo, no podía verlos, por la sangre seca de sus párpados, solamente pudo escuchar unos gruñidos agudos, y sentir confuso el tacto de unos ganchos que le picoteaban. De repente una nube negra de plumas se arremolinó y le cubrió por completo.

A la mañana siguiente, el sol alumbra la escena. Solo quedaron los huesos.

Jorge Fernández- Bermejo Rodríguez