OJOS TRISTES

#historiasrurales

Fue en otoño. Apareció de sopetón ante los ojos de Ángel, entre las setas y mojado de rocío. Él y su padre habían salido de excursión campestre en busca de los primeros boletus de la temporada. Y a fe que lucían carnosos, con ese color de penumbra entre el marrón y el amarillo. El niño no se asustó al encontrarlo tendido en el suelo bajo una manta. Tampoco alertó a su padre ante las súplicas del misterioso personaje para que no llamara la atención sobre su presencia. En su brazo izquierdo lucía un trapo blanco teñido en parte de rojo, como si hubiera sufrido una herida reciente. Sus ojos chocaron y entendieron, no necesitaron explicaciones. Ángel le acercó un pañuelo y vertió dentro unos frutos secos que guardaba en sus bolsillos. El tipo agradeció el gesto asintiendo. «Ángel, hijo, ¿por dónde andas» . Agarró instintivamente el fusil que guardaba bajo la manta y ordenó de nuevo silencio al chico, que se alejó precipitadamente con expresión entre atónita y asustada, perdiendo la cesta de setas.

—Estás tonto o qué, ¿dónde dejaste la cesta? —Le explicó sin mucha convicción que había huido despavorido al ver brotar de una piedra a una serpiente.

Esa noche no durmió. A la mañana siguiente observó emboscado detrás de una puerta entreabierta cómo un par de Guardias civiles inquirían a su padre. No pudo entender lo que decían, ya que éste le apremió a que arreara presto a dar el pienso a las vacas y a recoger los huevos que hubieran puesto las gallinas. El chico estaba seguro de que la conversación con los Guardias civiles tenía que ver con su descubrimiento en el bosque. Aquella tarde, justo después de comer, y antes de que se desvaneciera la luz del día, decidió salir acompañado de un zurrón de esparto cargado con pan, queso y algo de vino. Estaba excitado, relamiéndose en la pura sensación de lo prohibido. Su corazón estaba a punto de estallar cuando oyó un silbido discontinuo. No podía ser un búho, no eran horas. Luego, alguien le tiró unas piedrecitas. Era él. Estaba acostado bajo una gran encina. En el suelo, restos de una lumbre y cáscaras de bellotas. Cuando descubrió las viandas, sacó la navaja y devoró con fruición el pan y el queso, regando luego su garganta con el tinto peleón. Luego, extrajo de su bolsillo un sobre abultado y le pidió al chico que se acercara. Estrechó aquel sobre en sus manos, y con los ojos anegados de lágrimas le rogó que se fuera. Ángel no entendió muy bien, aturdido y algo asustado solo pensó en correr hacia su casa antes de que sus padres le regañaran.

Cuando llegó la noche una luna rota brillaba a lo lejos por encima de los álamos. Ángel buscó la intimidad de su cuarto para abrir el sobre. Contenía una carta manuscrita, tres mil pesetas y un broche. Primero curioseó el broche. De una parte, el retrato de una mujer con ojos tristes y profundos, como arrancados del fondo del mar. En la otra cara, un espejito roto, dividido en dos por lo que parecía una cicatriz. Luego leyó la carta, era una carta de amor, triste y candorosa a un tiempo, evocadora a la vez que fatalista, ya que contenía una despedida. En el anverso, una dirección.

La mañana siguiente amaneció con niebla. El olor a madera mojada anunciaba en la cabeza del niño alguna mala noticia. Con el tazón de leche entre las manos se enteró. «Sí, lo encontraron esta mañana, un maquis perdido en mitad de la sierra, parece que había huido de la cárcel del pueblo…al ver a los Guardias civiles intento escapar, y éstos lo tirotearon como a un conejo, pobre diablo». Se quedó frío por un instante, fuera del mundo. «Pero qué haces, niño, ¡has vertido toda la leche!». Su padre desvió hacia él una mirada abierta a la duda, de sorda sospecha. Nunca mencionó nada sobre el tema, como si no hubiera ocurrido, pero el chico sabía que su padre siempre se había olido algo raro.

El tiempo pasó, como pasan las cigüeñas por el cielo. Ángel andaba haciendo la mili en la capital. Por muchos años que hubieran pasado, no se había olvidado de la carta, la tenía prendida en su fogoso corazón de adolescente. Sabía que debía cumplir una misión, entregándola a la chica de ojos tristes. Aprovechó su primer permiso, y sin decirle nada a sus padres, decidió buscar la dirección del sobre y entregar la carta a Pilar, pues ése era su nombre. En el andén de la estación preguntó por la calle. Tuvo suerte, estaba cerca de allí yendo a pie. Finalmente encontró la casa, era un tercer piso. Subió las escaleras sin dudrlo y tocó la puerta. Una mujer rubia le abrió. Era ella.

— Buenas tardes, ¿qué desea?

— Busco a Pilar, ¿es usted?

— Sí, soy yo…

— Seré breve, este sobre es parar usted, no se alarme ni se extrañe, cuando vea su contenido lo entenderá.

Al fondo se escuchaban gritos de niños, y la voz de un hombre preguntando por la persona que llamaba a la puerta. Le dio un beso en la mejilla, no supo por qué y huyó ruborizado. Tampoco supo por qué se quedó con el broche. Por la noche, en la pensión, no podía dormir, tenía clavados los ojos tristes y profundos de Pilar, y al mirar el espejito, pensaba en las cicatrices que duran toda la vida.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

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