CALOR ( “I Got Rhythm”)

Fotograma de “Umberto D” (Vittorio De Sica; 1952), tomado de internet (Mi Cine)

A veces, cuando caminamos por la calle miro hacia alguna casa iluminada y recuerdo lo que era sentir calor, la comodidad de un cojín mullido, el hastío de una tarde de domingo, el ruido en la cocina, los gritos ininteligibles y la buena comida.

Me acuerdo también de ella, de los días dorados, en los que podía escuchar horas y horas la música que salía de tu bonito piano de cola. Allí brillabas, rodeado de papeles, con tu taza de café con leche y tu lápiz en la oreja corrigiéndolos. Me encantaba aquella melodía que bailaba ese señor tan sonriente y simpático, poníais la película todos los fines de semana. Era tiempo de risas y de besos, de caricias en el lomo para mí, de cuencos llenos de comida.

El tiempo pasó. Yo percibía el frío, las distancias. Os cansasteis el uno del otro, nada más, y ella se fue. Tu aspecto era preocupante, estabas ojeroso, sin afeitar, y casi no te relacionabas con nadie, mi presencia parecía un estorbo para ti. De repente la casa se volvió oscura, maloliente, fumabas y fumabas, y en cada rincón me tropezaba con botellas vacías. Ya no te preocupabas por mí, y yo, hambriento, más de una vez lamí aquel líquido repugnante que salía de esas botellas y lo acabé vomitando. Se llevaron el piano y la casa quedó como un gran silencio. Al menos el saxo se salvó, pero no lo tocabas. Terminamos por salir de allí, era inevitable, y acabamos durmiendo cerca de lo que fue nuestra casa, en un edificio grande con camas, allí cada uno tenía su manta, si no te la robaban. Yo dormía en el suelo.

Un día cogiste el saxo y te pusiste a tocar en mitad de la calle. Nos gastamos las monedas en el metro. Volviste a tocar en el metro y recogimos más monedas, alguna vez nos permitimos un autobús.

Las hojas volaron, y la vida pasó como un otoño rápido.

Aquel día fumabas sin parar. Tus ojeras tenían el tamaño de dos ciruelas y tu saxo sonaba triste. Entramos a un café y te quedaste un largo rato mirando una grieta que cruzaba la pared blanca. Luego fuimos a la estación de tren, pensé que íbamos a viajar a alguna parte, pero no fue así. Nos colamos en un andén, estábamos en el límite de la vía, y esperabas indeciso su llegada. Me mirabas con una mezcla de amargura y desprecio, tus ojos me suplicaban que me largara. No entendía nada, aún así sabía que debía mantenerme allí, los perros tenemos muy buena intuición. Ladré y ladré, saltaba, y tú me reprendías, querías que me alejara. El tren avanzaba, se acercaba a nuestra altura. Tú caminabas hacia la vía. Lo vi claro, por eso me abalancé hacía ti y te mordí el brazo derecho. Me apartaste de un manotazo y me gritaste algo, enfadado (“¡Qué haces, perro de mierda!”). Caí al suelo, dolorido. Luego el tren pasó, y contemplé tu cara descompuesta. Me olvidé de mi dolor y corrí hacia ti para lamerte la cara. Te incorporaste y avanzaste cabizbajo. Me soltaste otro manotazo. Yo no sabía qué hacer, así que te seguí. Acabamos durmiendo otra vez en aquel lugar feo y desangelado.

Hemos vuelto a la rutina, y de vez en cuando nos sentamos en los parques. Una mañana un grupo de desgraciados nos pegó y se burló de nosotros, tirándonos las pocas monedas que teníamos al suelo. Las recuperamos como pudimos. Encorvado, recogiste tu saxo y comenzaste a tocar otra vez esa canción tan bonita, la de la película del tipo sonriente. Era primavera, lo recuerdo por el sol.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

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