CALIFORNIA PROJECT

 

Jorge es mejicano, tiene trece años y una bicicleta. Vive en la Garita de Otay, dentro de la municipalidad de Tijuana, en el estado de la baja California, junto a tres de sus cinco hermanos, sus dos padres y un sobrino. Duerme en la misma cama que su hermano Alejandro. No para mucho por allí, está harto del llanto del bebé, de las pendejadas de sus hermanos, de los gritos y los golpes de su padre. Es verano y le gusta madrugar. Se levanta muy temprano, a las siete de la mañana, anticipándose al sol y al canto de los gallos. Se calza las deportivas, se pone los vaqueros y la franela y monta en su bici, desde hace tiempo descubrió el sentido de la libertad gracias a ella. La bautizó con el nombre de su luchador favorito, Octagón. Está acostumbrado a la calle, todos los días transita sus aceras, los contenedores de basura, los callejones sin salida, y cualquier recoveco, recogiendo chatarra, cartones y algún vidrio, los acumula y luego los vende. No le da para mucho, un paquete de Lucky o algún cigarro suelto, cromos de luchadores de lucha mejicana, una revista porno o un taco en la tasca de “El Gordo”. Con lo que saca de eso y los pequeños robos se mantiene. Aún recuerda la mañana en la que se encontró con un cadáver dado la vuelta, le olisqueaba un grupo de moscas. El muerto iba vestido elegante, y parecía que le faltaban las manos. No quiso saber mucho más, pedaleo y salió del paso.

A Jorge no le interesan los chicos de su edad, piensa que son pendejos. Su mejor amigo es Arturo, dueño de “El gallo flaco”, una taberna cercana al muro de Otay Mesa, que separa los Estados Unidos de México. Es solterón, y vive con varios gatos, Jorge es lo más parecido a un hijo que puede imaginarse.  Le pregunta por qué no va al colegio, como todos los niños de su edad, y éste le replica que prefiere venir cada día a su antro, aquí conoce mucho más el mundo. Toda clase de personajes desfilan por allí, currantes en busca de un trago, rameras, chicas fáciles, buscavidas, y algún que otro solitario. Echan humo, beben cerveza, juegan cartas, y en ciertas ocasiones se pelean. Una noche el filo de las navajas brilló en “El gallo flaco”. Desde aquel día, Quintín, mecánico y pobre diablo, tiene un ojo menos. Un llamativo letrero en la puerta prohíbe las armas de fuego en el local. En ciertas veladas Arturo se ha visto obligado a registrar y luego echar a patadas a algún cliente incómodo. “Vive y deja vivir” es su coletilla preferida.

En los tiempos muertos, Jorge y Arturo juegan cartas, e intercambian conversación, chicles y cigarrillos. Hablan sobre las olas de las playas de California, sobre sus palmeras, sobre el dulce sabor de las naranjas y el amargor de las nueces. El viejo tabernero piensa en voz alta, no sabe qué narices va a hacer cuando tenga que jubilarse. Su amigo bromea con él, le dice que puede emborrachar a las ratas que se esconden debajo de la barra con miguitas de pan mojadas en tequila, y ambos se ríen. Hoy fuman y juegan NBA en una PlayStation que Arturo compró en el mercado negro para los dos. Están sentados fuera, en la terraza, corre cierto aire, y apenas hay clientes, si acaso algún borracho perdido y soñoliento. A Jorge le encanta ser LeBron James y ganar con los Lakers. Está convencido de que algún día se codeará con Jack Nicholson en el Staples Center, aunque sabe que para ello necesita cruzar el muro acompañado de varios fajos de billetes de dólar.

Es la noche de San Lorenzo, una de las noches más hermosas del año. El cielo está cuajado de estrellas. Ésas son libres, piensa Jorge, pero están tan lejos que no se las puede tocar, concluye con amargura. Con un poco de suerte podrán ver las lágrimas de San Lorenzo alumbrar la madrugada resacosa. Lejos, los alambres del muro brillan, y el chico bromea con su amigo, le pregunta cuántos paquetes de Lucky necesitaría para sobornar a algún agente fronterizo, y que le dejara pasar al otro lado. El otro día vio una antigua película americana sobre un marciano que llega a la tierra.  En una escena un chico con sudadera roja vuela con su bici cerca de la luna, el marciano está metido en la cesta. Es consciente de que eso solo puede pasar en Estados unidos, razona, con el gesto arrogante del que, pese a su corta edad, ya ha vivido mucho. Pero no le cabe duda de que (y lo reafirma con gesto orgulloso), tarde o temprano, él y Octagón volarán por encima del muro y alcanzarán California. Arturo está tosiendo, no puede aguantar las carcajadas, luego tira el cigarro, y acaricia el pelo negro de Jorge, que monta rápido en su bicicleta camino de casa.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

 

 

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