NIÑO PRODIGIO

Fotografía tomada de Wikipedia

Esta historia, localizada en una quimérica Argentina, es de fútbol-ficción, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia…

Nacieron gemelos. Él y un balón de fútbol reglamentario modelo azteca. En la primera ecografía, los padres de Dieguito no daban crédito: una pequeña bola del tamaño de una pelota de golf crecía junto a su hijo en la placenta, allí Diego Armando, dio sus primeros toques.

Pronto corrió la voz de la historia del niño y la pelota, el mundo del fútbol esperaba con ansiedad el momento del nacimiento. Todos los grandes clubes querían atar como fuera al bebé futbolista. “Este pibito lindo no debe salir del país, es una joya, un tesoro nacional que nos dará muchas glorias…”; “Veinte millones de cláusula de rescisión, diez millones netos por año, beneficios publicitarios aparte, residencia de lujo en La Moraleja con piscina de bolas, construiremos una guardería deportiva con preparador físico, cantajuegos, y servicio de pediatría veinticuatro horas,…”, “Residencia en Las Ramblas, carrito  último modelo privado para llegar a la Masía, psicólogo infantil, y condiciones económicas a negociar…” Las ofertas eran astronómicas, tanto que a sus atónitos padres les daban vueltas los ojos. El bebé, al amparo de la cálida placenta, saltaba tranquilamente a la comba con el cordón umbilical, ajeno a la popularidad que le esperaba en el mundo exterior.

El dispositivo era gigantesco. Medios de comunicación de todo el planeta esperaban a ser los primeros en anunciar el nacimiento del niño prodigio: Clarín, A Bola, Sport, Marca, As,… Todos tenían instalados sus satélites y sus furgonetas, el fenómeno era imparable. Y llegó el día…

Diego Armando y su gemelo Azteca nacieron en otoño, fue necesaria cesárea para sacarlos a los dos. Pesó cinco quilos, sin balón, y después de que cortaran el cordón umbilical fue capaz de dar ciento cinco toques a su sufrido hermano, ante la estupefacción del personal médico. Sus piernas eran robustas, musculosas, los entrenamientos llevados a cabo durante la gestación no habían sido en balde. Tenía un intenso pelo negro y caracoleado, y era rollizo. Al verlo por primera vez su madre con ojos enamorados, le bautizó como “el Pelusa”, y besó su inmensa pelambrera. Azteca miraba con celos la escena, pero luego su madre le dio un cariñoso achuchón.

Se filtró la noticia del nacimiento y el estruendo fue salvaje, periodistas, directivos y ojeadores se agolpaban en una torre de Babel, donde el idioma imperante era el fútbol. Cuando se abrieron las puertas del paritorio, se hizo un silencio extraño y pasajero. Dieguito miraba con ojos alucinados a la multitud sin entender nada, con el esférico bajo la zurda. De repente, todos se abalanzaron contra él, y “el Pelusa” respondió con fútbol. Comenzó tirando un cañito a un periodista de La Gazzetta dello sport, luego cayó en sus fintas el redactor jefe de L’Equipe . Esquivó y escupió a quienes se entrometieron en su camino, ya que en el pasillo del hospital fue adquiriendo el mal carácter que le acompañaría durante toda su carrera. Para deshacerse de un jeque árabe ataviado con una túnica que le llegaba hasta los tobillos, tuvo que hacer una vaselina con su hermano y recuperarlo después en brillante autopase. Solo un genio podía escapar de semejante encerrona. Siguió gambeteando y dejando atrás rivales, hasta que alcanzó las escaleras. Las bajó dando toques de cabeza, Azteca estaba mareado. En la distancia, su madre era un mar de lágrimas, sabía que escapar de aquella vorágine era la única forma de que sus hijos pudiesen llevar una vida feliz. En la distancia, los dos mocosos también lloraban, les agradecían a sus papás la vida, pero debían huir, ya que la turba seguía persiguiéndoles. Cuando pisaron la calle se perdieron en el horizonte azul regateando árboles y farolas

Cuentan las leyendas llegadas de aquí y allá miles de hazañas atribuidas a los dos hermanos, pero por encima de todas, la de construir juntos la jugada de todos los tiempos, aquel verano del mundial en el estadio Azteca de Méjico… «A “el Pelusa” le persiguen dos ingleses, pisa la pelota y arranca como un ciclón por la derecha superándolos en carrera, tira un regate, tira otro regate, le sale el portero, que no puede hacer nada ante el tercer regate, solo y escorado ante la meta, empuja el cuero a la red, y todos los argentinos y los que no lo son, gritan: ¡Goooooooooooool, Diegol, Diegol!» Unos días más tarde, en el mismo escenario Dieguito alzó la copa más grande, la copa del mundo, y más de uno quiso llorar, y darle las gracias a Dios por ese pibito mágico, por ese barrilete cósmico que convirtió el fútbol en poesía.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

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