ENCUENTRO EN LA NOCHE

Fotografía de ABC.es

 

30 de Noviembre de 1786, Palacio arzobispal de Tacubaya, Méjico

 

La vela se consumía, iluminando la estancia con un amarillo viejo, terroso, como el de los desiertos mejicanos, un amarillo tan desgastado como la cara del gringo que balbuceaba en el camastro palabras olvidadas de hazañas que habría de llevarse al más allá. Una mosca se le posaba de vez en cuando, en la frente, en los ojos, no tenía ni fuerzas para ahuyentarla, la disentería había avanzado tanto como ese grupo de valientes que tomaron la Mobila o Panzacola, el fragor de sus mosquetes retumbaba aún en su cabeza desorientada.

En Tacubaya, como Virrey de la Nueva España, había terminado su extensa carrera militar, pero allí mismo, intentando escapar de las garras de la disentería se había dado cuenta de lo pasajero de las gestas y las glorias humanas, y de lo acertado que era aquella sentencia bíblica: «Vanitas vanitatum omnia vanitas». De poco le servía ahora haber sido capitán general de las Floridas y de la Luisiana o haber conquistado la isla de Providencia, pues le esperaba el mismo fin que a cualquier alma descarriada. No se arrepentía de nada, allí, en el palacio, estaba en paz con Dios y con sus semejantes, sabía que había prestado su vida y su aliento a España y como creyente confiaba en la vida eterna. Los últimos años fueron duros, las hambrunas, las desconfianzas de los cortesanos, pero ahora ya esos problemas prácticos no le inquietaban, hizo lo que pudo en conciencia mientras vivió, y con esa divisa dejaba este mundo.

Sus sueños fueron intensos aquella noche, rememoró el brillo del cielo azul de Filadelfia aquel 4 de julio, contempló el hermoso río Misisipi esmaltado en la noche, incluso pudo escuchar el cricrí de los grillos. Como una visión futurista se le apareció la imagen de varias estatuas de los libertadores de Washington, una de ellas era la suya. Finalmente, cuando ya no le quedaba apenas vida, notó cálido el tacto de una mano. Abrió los ojos súbitamente, y en la penumbra de la estancia, entre tinieblas, pudo reconocer el rostro lloroso y amable de George Washington. Bernardo de Gálvez murió esbozando una sonrisa.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

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