QUERÍAMOS TANTO A BRENDA

Loop End GIF (Giphy.com)

Queríamos tanto a Brenda, que nos hemos empapado durante todos estos años de La casa de la colina, de Un marido de ida y vuelta, de La reina Margot, de El valle encantado, y por supuesto, de su deliciosa trilogía del amor. Nuestra diosa dormía en la alcoba del celuloide.

El núcleo duro surgió en los descansos de los programas dobles, en los pasillos, entre caladas hicimos piña, y nos pegó tan duro como el juramento de sangre de un adolescente enamorado, iluso pero intenso. Formamos un club, reunidos repasábamos una a una nuestras escenas favoritas, entre mate y mate, cebábamos los desencantos, las euforias, los entusiasmos. Decepción y triunfo, fruto y escarcha, el camino de las estrellas rutilantes.

Nuestra pasión no conocía límites, en cada rincón de nuestra vida, cuando comprábamos el pan, al cocer el asado, allí estaba ella, persiguiéndonos como un ciervo plateado, nos acompañaba hasta cuando tomábamos el tranvía. Sabíamos y sabemos que la misión de nosotros en este mundo es mantener viva su antorcha. Queríamos tanto a Brenda, que memorizábamos sus textos, los diálogos, sus expresiones (nos enfadábamos, incluso peleábamos, luego llorábamos y terminábamos a carcajadas), hasta los silencios y sus salidas de plano, en aquellos elegantes fundidos en negro. Transferimos esa pasión devoradora a nuestros hijos, y confiábamos que estos hicieran lo mismo con nuestros nietos.

Queríamos tanto a Brenda, que cada gala de los Oscar nos concentrábamos con barriles y barriles de Oporto (era la bebida preferida de Brenda), y nos cagábamos en la academia cuando le negaba otra vez la supuesta gloria. Cuatro veces la nominaron esos botarates, ningún premio, ni siquiera cuando con lágrimas entre las llamas, rozó la pasión de la Falconetti, encarnando a Juana de Arco. A nosotros nos daba igual, alguien dijo alguna vez que los premios atontan. Nunca faltaron nuestros ramos de flores en los momentos duros, ni el trabajo extenuante en las redes desenmascarando a cualquier fantoche que creyéndose portador de las llaves del séptimo arte ofendiese a Brenda. Alguna vez pasamos a los hechos, y dándoles coba, escondidos en alguna falsa identidad, más de uno se llevó un ojo morado, algún mordisco, o una buena sarta de patadas.

Queríamos tanto a Brenda, que la queríamos inmortal, por eso, cuando nos llegó la noticia de su cáncer, se nos quedó la cara de mármol. Las lágrimas corrieron libres en nuestro departamento privado, un cacho del alma se nos desprendía. Hicimos colectas, contactamos con su familia, sin fanatismos, respetando su privacidad. Ella luchaba, con la fortaleza que daba la inmortalidad conseguida en vida, pero el puñetero cáncer iba avanzando irremisible. Hicimos fuertes donaciones para que la trataran en Houston, allí se encontraban los mejores especialistas. Aun así, siguió apagándose lentamente.

Entonces surgió la idea, donde la vida se escapaba debía actuar la ciencia. La solución era la criogenización, congelar a Brenda con la esperanza de que en el futuro los avances científicos consiguieran revivirla. Investigamos seriamente el tema, contactamos con el Instituto de criogenización de Michigan, supimos del bulo de que Walt Disney andaba congelado, y también supimos que la vitrificación, técnica empleada para conservar óvulos, era la más puntera. Teníamos científicos, físicos, químicos, médicos reputados en nuestro club, que había crecido durante todos estos años, nada nos podía detener.  Pero sí, algo nos detuvo, las convicciones religiosas de su familia. Ella estaba sedada, la jodida metástasis la carcomía, nunca supimos su verdadera opinión. Moral, ética y otras pavadas. Pura hipocresía, su escasa familia olisqueaba la plata alrededor de su cama. Ella tuvo miles de amantes, pero nunca hijos, así que reclamamos nuestra condición de hijos predilectos para hacer lo que hicimos.

Decidimos actuar con calma, disimuladamente. Seguimos moviendo la causa de la criogenización, y nos hicimos con espías para conocer día a día el estado de Brenda, que reposaba ya en su mansión de Palm Spring. Cuando supimos que el final era inminente, tomamos la decisión, secuestraríamos el cuerpo.

El día que murió el cielo era violeta, nos pareció una señal. Pese al dolor, nos movimos rápida y eficazmente, un poco de cloroformo por allí, otro poco de confusión por allá, no hubo que lamentar heridos. Su cadáver lucía hermoso y lívido, la piel tersa, cuajada de lunares. Rápidamente se le inyectaron sustancias químicas para conservarla, y sin más demora, un aeroplano la transportó en un vuelo ultrarrápido a un lugar perdido de la Patagonia. Allí lo teníamos todo acondicionado, un sofisticado laboratorio y una gran pila, donde sumergimos su cuerpo a 196 °C bajo cero. La tenemos rodeada de coronas y ramos de flores, de recortes de prensa de sus premières, de boletos de los cines donde la admiramos, hemos convertido aquello en un santuario para venerarla. Allí peregrinan año tras año todos nuestros socios, con las precauciones debidas, y con la condición de guardar el secreto.

El escándalo de la desaparición fue grande, se pensaba en algo diabólico, un acto de magia negra. Adoptamos una postura inteligente, nos indignamos y removimos el mundo para la recuperación de su cuerpo, era como si el lobo cuidara de las ovejitas. Para nuestra sorpresa, no levantamos sospechas.

La criogenización de Brenda fue un mensaje en una botella, un canto hacia el futuro para las generaciones venideras. Hoy seguimos perpetuando su memoria, la hinchada ha crecido, hemos cruzado océanos de distancia y tenemos hermanos hasta en la Siberia, ahora somos una fundación. Todos nosotros guardamos el secreto de su sueño congelado, un secreto tan lúcido y tan secreto como el de la masonería. Nuestros ojos brillan al saber que un día de enero, o quizás una primavera de 2098, cuando los almendros hayan brotado, Brenda Fanswhare, despertará de su letargo mágico, y podrá descubrir todo lo que hemos hecho por ella, y todo lo que la hemos querido.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

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