BORROSO

              Fotografía de Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

No cabe duda de que una navidad sin nuestros seres queridos no sería lo mismo, ya nos lo advirtió Don Vito Corleone, cuando dijo algo parecido a que un hombre sin familia no era nada. Lo que voy a relatar sucedió un 25 de diciembre, en el calor de nuestra casa de campo. Como todos los años, desempolvamos la caja de galletas Cuétara en la que dormían amontonadas las fotografías de nuestros antepasados. Pudimos comprobar con horror que estaban ajadas por los estragos del tiempo, cochambrosas, con manchas de grasa, e incluso roídas por los mordiscos de algún ratón hambriento. Con ayuda de los niños y de las tecnologías, decidimos restaurarlas, rescatándolas de la ciénaga donde yacían. Ahí empezó todo.

Escondidos bajo brumas intemporales aparecieron tíos, tías, abuelas, abuelos, tías abuelas, bisabuelos. Afloraron a nuestros ojos con un brillo y un lustre especial en sus caras, y recordamos lo guapos que eran y lo que los echábamos de menos. Súbitamente se nos revelaron las almas de aquellos parientes olvidados, y experimentamos un cálido déjà vu, un amor platónico hacia ellos, como un recuerdo perezoso que permanecía escondido en el fondo de nuestros corazones.

Sin darnos tiempo a digerirlo, un aroma que procedía de la cocina nos conquistó. Eran las magdalenas caseras de la abuela Paula, que nos recibió con pellizcos en los mofletes. También se animó la abuela Pepa con su vieja receta de mantecados, las titas Santi y Justi nos cantaron villancicos de la época de Maricastaña, y nos trajeron zurcidas unas preciosas bufandas de colores para todos, luego rezaron a dúo el rosario en latín, y nos preguntaron si seguía el programa de Carlos Herrera, que era su preferido en la radio. El tío Pepe se trajo el whisky y su gracia malagueña, y nuestro tío Súper nos contó sus mejores chistes surrealistas, al lado, su mujer, mi tía Pili, no paraba de reír con sus carcajadas contagiosas, mientras se atragantaba con los turrones, los mazapanes, los alfajores y los polvorones que habíamos colocado en la bandeja de plata de la bisabuela Emiliana, que no pudo venir debido al reúma que le seguía molestando en el más allá. Estaban todos, como en todas las navidades, como siempre, el tiempo dejó de existir o se detuvo aquel 25 de diciembre.

Así que no cambiamos las costumbres, brindamos con sidra El Gaitero y con Dom Pérignon, comimos pavo al horno y piñones, jugamos a las siete y media, y al parchís, y al bingo, incluso a la rayuela, hasta el amanecer. Nos quedó tiempo para sufrir junto a Pepe Isbert y la gran familia porque el pequeño Chencho se había perdido, y luego lloramos de alegría cuando volvió a aparecer; comimos las uvas con Ramón García sin atragantarnos, y seguimos cantando villancicos hasta quedar afónicos. De madrugada yo solté mi muleta y bailé un tango al calor de la chimenea agarrado de mi tía Julia, desaparecida hasta entonces en la Argentina.

Las siguientes navidades fueron aún más felices, y las siguientes, y las que siguieron a estas. Las de este año prometen, nuestra tía Toñi nos va a tocar con su guitarra las mejores canciones de los Beatles, yo ya me he pedido la primera fila. Estamos felices, muy felices, por saber, después de tantos años, que nuestra familia, rescatada de las sombras, era del tamaño de una saga bíblica, y al darnos cuenta de que no estábamos tan solos en este universo gaseoso de niebla y fantasmas, de vivos y de muertos.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

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