SOLEDAD

                                           “Fish woman” (Julio Martín)

Apareció en la orilla, arrastrada por la resaca y la espuma de una espiral de palabras, era una sirena de pelo azulado. El rudo farero la atisbó mientras leía con fruición Cien años soledad. Al verla se le encogió el corazón, estaba desmayada y lívida, la abrazó y unió su boca a la suya para darle aliento con todas sus fuerzas. La cara del farero era un mar de lágrimas.

Abrió los ojos justo cuando el silbido de la cafetera, entonces, sin mediar palabra lo besó, y su boca le supo a sal y a eternidad.

—Por Dios, Soledad, Soledad, mi Soledad, dónde te habías metido. Esto solo puede ser una alucinación.

—Yo siempre estuve en tus ojos, en tus manos, en tu corazón.

—Lo cierto es que nunca te has ido de mi mente, leía todos los días para olvidarte y recordarte a la vez, y muchas veces aparecías en mis sueños, siento como si alguien hubiera atendido a mis plegarias.

Rieron, se acariciaron, se amaron, como si sus vidas se resumieran en aquel instante. Después del tercer café el farero le dijo jovialmente:

—Por cierto, ese pelo azul te queda muy bonito.

—¿Te gusta?, muchas sirenas solemos utilizarlo, no sé, es como una marca de fábrica. —Los dos rieron como niños, felices de reencontrarse.

—Sabes, me dejaste muy solo aquí arriba, mi única compañía han sido los libros, hasta Truman murió.

—¿Murió Truman?, pobrecito, era viejo ya —hubo una pausa, luego Soledad continuó—. Saúl mío, me llevó la corriente, yo no lo decidí, es la maldita ley de la vida.

—Pero ahora estamos juntos, ¿verdad?

Permanecieron allí, ingrávidos, plenos, entre melancolías y recuerdos, lágrimas y caricias, venciendo la distancia que da el olvido.

Hoy se lo encontraron en el suelo, tendido y muerto, a su lado su esposa, ambos tenían una expresión serena, sus rostros brillaban sonrosados, felices en su redondez.

—Eh, mirad chicos, acaso no son los cadáveres más hermosos que hayan visto.

Los presentes miraron con extrañeza al juez, pero cuando contemplaron al farero y a la sirena comprendieron su entusiasmo.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

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DONKEYOTE, O LA LEYENDA DEL CONTADOR DE HISTORIAS (CHICO PEREIRA; 2017)

 

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 Fotograma del trailer de la  película

 

Emprendemos la segunda aventura emocional a la que nos invita el cineasta manchego Chico Pereira, dentro de su particular construcción de una auténtica antropología del hombre rural, continuando la senda de su brillante debut en el largo “El invierno de Pablo”.

Esta vez, se sitúa detrás de las huellas de Manuel Molera, el héroe de esta historia. Manuel, como un moderno “Dersu Uzala” vive en el campo, junto al burro “Gorrión” y a la perra “Zafrana”, en contra de la opinión de su hija, ya que su padre ha sufrido varios infartos y ella teme por su bienestar. Manuel quiere vivir lejos del ruido de los hombres, pero su concepción de la vida no le aleja ni mucho menos de las tecnologías, camina por las veredas con su Smartphone, que le sirve para aprender inglés. Por qué quiere aprender inglés, aquí está la trama de la historia, pues pretende llevarse a “Gorrión” a los USA para cruzar “El sendero de las lágrimas”, travesía que atravesara el malogrado pueblo Cherokee en su particular destierro hacia el oeste americano.

Chico confirma su capacidad de llegar al alma de las cosas desde la sencillez de los actos y la cotidianeidad de las situaciones, desde la sobriedad de los objetos, sin necesidad de filosofar ni de juzgar, solo la de mostrar de forma pura y cristalina la vida de ciertos personajes, que se vuelven especiales a través de la mirada desprejuiciada del espectador. Personajes, como Manuel, más o menos estrafalarios, distintos, lo que los americanos calificarían de “Misfits”, como el  Clark Gable de la monumental película de John Huston. A mí me gustaría hablar más de personas, dotadas de una autenticidad y una libertad que derrumban. En el juego de palabras que da título a la película podemos encontrar al arquetipo del héroe romántico, un “outsider” o aventurero en busca de la perla que nos prometía Kerouac. Y en el camino le acompaña, invisible, la cámara, que gana en músculo y fisicidad, a medida que avanzamos, un camino que es aventura y retorno al mismo tiempo, y que se convierte en la recompensa misma de la vida.

Nos detenemos en la fotografía. Repite Julian Schwanitz, que consiguiera ese tono brumoso y crepuscular en “El invierno de Pablo”. En Donkeyote, la luz está dotada de un tacto naturalista que funde fondo y forma, el constante juego de luces y sombras, la mezcla de primeros y segundos planos desenfocados es deslumbrante. Me quedo con cualquier primer plano del ojo de “Gorrión”, ese ojo tan filosófico que contempla con calma el mundo. Otros, como el paralelo de nuestro Quijote montado en su burro y las vías del tren, que contiene la nostalgia de una realidad que ha cambiado irremediablemente. Y particularmente deliciosas aquellas escenas que unen cine y realidad, en las que Manuel intenta vender su proyecto a una multinacional, a fin de conseguir fondos. Su profesora de inglés debe “repetir la toma” varias veces, debido a los ladridos de los perros y los gritos de un vecino. Momento desternillante y tierno a la vez, que me trae a la memoria el soplo de aire fresco que constituyó el cine del director iraní Abbas Kiarostami, tristemente desaparecido el año pasado, y en concreto ciertas escenas de la primorosa “A través de los olivos”, en las que el director en la realidad y en la ficción ha de repetir un plano varias veces. Estamos ante un estilo y una forma de hacer películas abocadas a desaparecer en los tiempos actuales donde se prefieren los trucajes, las pirotecnias y las artificialidades, al candor y la naturalidad, que deben alentar las creaciones  humanas.

A destacar, la ausencia de banda sonora, lo que por omisión es en sí una banda sonora, la de los ladridos, las moscas, los guijarros, los balidos, el ruido azul de los ríos, y la pura poesía de la tierra. No he querido comenzar la crónica haciendo mención a que Manuel es  tío y padrino de Chico Pereira, y que detrás de la historia de Donkeyote se esconde otra de encuentros y desencuentros familiares; solo un guiño hacia el final de la cinta, que no desvelaré aquí,  destapa la presencia o el aliento testimonial de la cámara, haciendo que nos planteemos los escuálidos límites entre la ficción hiperrealista y el puro documental. El director, en la charla posterior a la proyección en primicia de la película en el teatro Echegaray, dentro del Festival de cine de Málaga, en el que recibió un merecido premio del público, nos hablaba del misterioso “tío coño”, que era como  llamaban a Manuel los primos cuando eran niños, y de la relación humanimal (en palabras del propio Chico), que éste mantenía con ellos, de sus extraños ejercicios matutinos dignos de un samurái (hay testimonio en la película), de cómo les llenaba los ojos de historias, y de juegos, en definitiva, de sueños. Por eso abríamos la crónica hablando de la leyenda del contador de historias, ese es Manuel, un cuentista, en el mejor sentido de la palabra,  amante de las historias, amante ansioso de la vida y de sus pequeñas recompensas, que ha sabido construir la suya, haciéndose a sí mismo,  como lo hiciera Thoureau en su Walden.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

Y, por supuesto, abrimos boca, con este sugerente trailer. “Donkeyote” sigue arrasando, y suma el premio Aracne al mejor director español de largometraje en el prestigioso “Documenta Madrid”, y el premio al mejor largometraje documental en el festival de cine de Edimburgo, cuna cinematográfica de nuestro querido Chico Pereira…