SUEÑOS SIAMESES

 

 Te acuerdas cuando salíamos del trabajo con la cabeza oliéndonos a pan, y las gotas de sol rebotándonos en las pestañas. Las hojas de otoño crujían bajo nuestros pies, comíamos pasta y bebíamos vino, y olíamos a cafetera, y dábamos de comer a las palabras en el banco del parque, allí escribiríamos a cuatro manos nuestros sueños en planillas de papel cebolla. Éramos dos temerarios, no contábamos con que el viento los haría rodar por todas partes. Fue una catástrofe, aparecieron escritos en las fachadas de los edificios oficiales, en las paradas de los autobuses, en las copas de los árboles milenarios, en la grava de las carreteras, en los lomos de los perros solitarios, en las oficinas de correos del extrarradio, o bailando dentro de las bolsas de plástico de los supermercados.

Nos desalentamos, porque pensamos que se habrían perdido para siempre. Pero un día, sí, el día en que sentimos nacer de nuevo, a un cartero despistado se le ocurrió la loca idea de reunirlos todos, meterlos en cartas, y repartirlos. Tardó mucho tiempo en recopilarlos, ya que necesitó la ayuda de los gatos y de los perros callejeros, incluso la de las ardillas, para cazar algún sueño esquivo que se había ido a vivir lejos del asfalto, en lo alto de un pino. Luego, sacó su oxidada bicicleta del desván, y cargó con un saco pesadísimo. Cuando salió de su casa, apenas podía pedalear por la carga que llevaba, sudaba la gota gorda. De repente, emergió del centro de la tierra una tremenda ráfaga de viento que lo encumbró a los cielos. Era el mismo viento que había provocado el desastre inicial. Al principio el cartero se asustó, pero luego comprobó con satisfacción que caminaba ligero como las nubes.

Bombardeó los barrios con las misivas. Desde allí arriba se percibía el color puro de los campos, y el humo de la ciudad con sus edificios acristalados, y las casas blancas, azules, naranjas, marrones de los pueblos. Los pájaros también ayudaron en la faena, desde los gorriones a las águilas, hasta los búhos, cuando la noche sorprendía el vuelo. Tomaban los sobres con el pico y los depositaban cuidadosamente en los buzones. De esta guisa, las cartas surcaron los aires en busca de sus legítimos propietarios.

Algunos azarosos destinatarios devolvieron las cartas y sus vidas siguieron su curso gris y vacío. Nos invadió un infinito sentimiento de tristeza, como un pozo sin fondo que se abriera en nuestros pechos, porque pensamos que el futuro se deshacía en copos de nieve blanca sin memoria. Hasta que supimos que otros destinatarios, los certeros, leyeron sus misivas, y acabaron llorando, y de sus bocas nació un idioma confuso, pero tierno de palabras-paloma. En la distancia geográfica, que no sentimental, nuestros corazones, que permanecían desahuciados por una pena negra, latieron como bombas de oxígeno hinchadas de utopías, al descubrir que hermanos siameses repartidos por todo el mundo compartían nuestros sueños de papel cebolla.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

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