JULIA

 

Julio era un poeta adolescente que alquilaba hamacas en una de las playas más espectaculares de Río, la de Ipanema. Allí estaba él, recién amanecido, observándola, desde el anonimato que da la distancia. Ella aparecía de repente, alta, rubia y bronceada, iluminada por el primer sol. Le gustaba verla andar, disfrutaba especialmente ese momento en el que sus pechos saltaban juguetones, como dos gotas de rocío a punto de derramarse.

Julio tocaba la guitarra en los tiempos muertos, allí dentro escondía todos sus sentimientos. Aquel verano se propuso dos cosas, componerle la canción más bonita del mundo a su sueño andante, y acabar con una virginidad sonrojante que le perseguía como un fantasma incómodo. Acertó a escribir alguna estrofa tonta: “Mira que chica más linda, más llena de gracia…”, era un principio.

Antes de que terminase el verano, y todas las esperanzas de conocerla, sus ojos asistieron a lo que nunca hubieran querido asistir. En la salida de las duchas, dos chicas estaban besándose y tocándose con pasión, sí, una de las dos era ella. Lo cierto es que encajó frío la noticia, pero a la vez le excitó, era una sensación extraña. Corrió al baño y allí desfogó sus instintos.

El verano pasó, y al menos consiguió enterarse de que su amada vivía en Río de Janeiro, en una urbanización de las afueras. Empezó a maquinar, y cifró en el carnaval próximo su oportunidad. Con el dinero ahorrado compraría un disfraz de gata, ya que su idea era vestirse de mujer para así intentar seducirla. Incluso seleccionó cuidadosamente relleno para lucir unos senos turgentes, y consiguió el carmín más sexy.

Llegó el domingo de carnaval, Río se vistió de exuberancia y de oropel. Era el día soñado por todos, la alegría, la lujuria y el exceso campeaban a sus anchas. Julio tenía localizada la zona en la que vivía, y allí fue, vestido con su disfraz de gata. Dobló una esquina y una pareja de enamorados copulaban sin freno en un portal. Las carrozas, los colores, el confeti y la brillantina se adueñaban de las calles.

De repente la localizó entre un gentío, pero era inútil, se acercaba y se alejaba como las olas, y el tumulto le acabó devorando. Una chica vestida de leona le prestó su boca, y éste la besó con fruición, otro mulato bailarín le regaló unas caladas de marihuana. Luego sudor, roces, cerveza, y un tal Marcelo invitándole a su casa mientras le tocaba el culo. Allí vio saliva, piel, pelos, senos, bocas, labios, pezones, tetillas, culos, vaginas, lamió y fue lamido y, lo más importante, sintió un orgasmo como nunca lo hubiera sentido en soledad. Esa noche tuvo el sueño más hermoso, un sueño sinestésico y feliz, los colores olían a canela y sabían a fresa ácida.

Amaneció confundido, se quitó de encima la pierna de una chica que no le dejaba moverse,  apartó enérgicamente un brazo masculino, cuyo dueño casi se despierta, y miró a su alrededor con orgullo.

Sentada en la barra mientras jugaba con la sombrillita de su tercer margarita, la escultural Julia, labios carnosos, traje rosa de lentejuelas,  pestañas negras a juego con su pelucón, recordaba con nostalgia su primera vez.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

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SUEÑOS SIAMESES

 

 Te acuerdas cuando salíamos del trabajo con la cabeza oliéndonos a pan, y las gotas de sol rebotándonos en las pestañas. Las hojas de otoño crujían bajo nuestros pies, comíamos pasta y bebíamos vino, y olíamos a cafetera, y dábamos de comer a las palabras en el banco del parque, allí escribiríamos a cuatro manos nuestros sueños en planillas de papel cebolla. Éramos dos temerarios, no contábamos con que el viento los haría rodar por todas partes. Fue una catástrofe, aparecieron escritos en las fachadas de los edificios oficiales, en las paradas de los autobuses, en las copas de los árboles milenarios, en la grava de las carreteras, en los lomos de los perros solitarios, en las oficinas de correos del extrarradio, o bailando dentro de las bolsas de plástico de los supermercados.

Nos desalentamos, porque pensamos que se habrían perdido para siempre. Pero un día, sí, el día en que sentimos nacer de nuevo, a un cartero despistado se le ocurrió la loca idea de reunirlos todos, meterlos en cartas, y repartirlos. Tardó mucho tiempo en recopilarlos, ya que necesitó la ayuda de los gatos y de los perros callejeros, incluso la de las ardillas, para cazar algún sueño esquivo que se había ido a vivir lejos del asfalto, en lo alto de un pino. Luego, sacó su oxidada bicicleta del desván, y cargó con un saco pesadísimo. Cuando salió de su casa, apenas podía pedalear por la carga que llevaba, sudaba la gota gorda. De repente, emergió del centro de la tierra una tremenda ráfaga de viento que lo encumbró a los cielos. Era el mismo viento que había provocado el desastre inicial. Al principio el cartero se asustó, pero luego comprobó con satisfacción que caminaba ligero como las nubes.

Bombardeó los barrios con las misivas. Desde allí arriba se percibía el color puro de los campos, y el humo de la ciudad con sus edificios acristalados, y las casas blancas, azules, naranjas, marrones de los pueblos. Los pájaros también ayudaron en la faena, desde los gorriones a las águilas, hasta los búhos, cuando la noche sorprendía el vuelo. Tomaban los sobres con el pico y los depositaban cuidadosamente en los buzones. De esta guisa, las cartas surcaron los aires en busca de sus legítimos propietarios.

Algunos azarosos destinatarios devolvieron las cartas y sus vidas siguieron su curso gris y vacío. Nos invadió un infinito sentimiento de tristeza, como un pozo sin fondo que se abriera en nuestros pechos, porque pensamos que el futuro se deshacía en copos de nieve blanca sin memoria. Hasta que supimos que otros destinatarios, los certeros, leyeron sus misivas, y acabaron llorando, y de sus bocas nació un idioma confuso, pero tierno de palabras-paloma. En la distancia geográfica, que no sentimental, nuestros corazones, que permanecían desahuciados por una pena negra, latieron como bombas de oxígeno hinchadas de utopías, al descubrir que hermanos siameses repartidos por todo el mundo compartían nuestros sueños de papel cebolla.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

ESPERANZA

Salimos al balcón después del café, desplegamos nuestras hamacas bajo un radiante sol de primavera, y vimos caerse a un niño con triciclo, también vimos a Jacinto, el jubilado del quinto paseando circularmente; contemplamos curvas y planicies, y gorriones desorientados, y rupturas sentimentales, y a los borrachos y sus micciones matutinas, y a los barrenderos bailando con sus escobas mientras adecentaban las aceras. Combatimos con los avisperos, dimos de comer a las palomas, y una cigüeña puso allí su nido. Vimos la aurora boreal, escuchamos el canto de los grillos y el llanto lejano de las estatuas, olimos la niebla y sentimos el rugido del viento bajo la bóveda del cielo. Descubrimos los colores secretos de las nubes, nos perdimos en abismos presentidos, conversamos con ángeles que tenían aspecto de vagabundos, plantamos nardos, amapolas y caléndulas, y fumamos todo lo que pudimos llevarnos a la boca.

Pasaron las estaciones, las tormentas, los ocasos, los eclipses, las lunas violetas, y vinieron los hijos, los biberones, los pañales, y el fin de las dictaduras, y el insomnio, y las carreras de caracoles, y las gotas de lluvia sobre las mejillas. Los chicos terminaron abandonando el hogar, y lloramos juntos porque nos quedábamos solos en el balcón, esperando no se sabe qué.

Nos visitaban en navidad, y comíamos langosta thermidor, mazapán y pan de jamón. También bebíamos cava, y plantábamos un lustroso arbolito con figuritas de Santa Claus, brotes de acebo, palitos y renos de color rojo. Luego vendría la nieve, y el granizo, y la magia del crepúsculo, hasta el día de hoy, en el que ha vuelto la primavera, lo sé porque tus pestañas parecen mariposas. Celebramos la fecha bebiendo champagne, y la plata de tus canas brilla pálida arrastrada por las estrellas. Nos miramos y callamos, aún seguimos juntos y cómplices, celebramos con nostalgia nuestra espera.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez