“NUOVO CINEMA PARADISO (GIUSEPPE TORNATORE;1988): EL CINE COMO MEMORIA COLECTIVA”

TOTÓ II                                                                                                      “Totó y el cine”

“Con recuerdos de esperanza y esperanza de recuerdos”. Es un verso de Unamuno. Creo que al sabio vasco le hubiera gustado el humanismo que destila esta película, y la concepción del cine como una especie de religión ante la tragedia inevitable de la vida. Permítanme la licencia literaria, pero es que creo que somos sacos de recuerdos o animales de recuerdos, lo que prefieran, y a ellos, malos o buenos, nos debemos, porque ellos construyen nuestras existencias.
El tema de esta película es tan vasto como el tiempo, desde aquel precioso plano inicial con el mar de fondo y el plato de limones (limones que volverán a aparecer en las escenas finales en las que Salvatore vuelve a casa). Un ágil flash-back nos introduce pronto en una historia muy bien contada. “Totó” es Salvatore niño, y ama desesperadamente el cine. Alfredo (un magnífico Phillippe Noiret), el operador de la sala del pueblo, el “Cinema Paradiso”, que vive encerrado en la soledad de su cabina, como si se tratara de un faro en mitad del mar (de algún modo lo es). El párroco del pueblo, contempla crispado las escenas de besos y hace sonar la campanilla de la censura.
El ambiente rural de la Sicilia de mitad del siglo XX, de ovejas, gallinas, niños con piojos, madres recogiendo el agua diaria en la fuente pública, nos puede resultar familiar en nuestras latitudes, no en vano, con los italianos nos une el mediterráneo. También esa presencia constante mencionada del clero, que impone la moral católica y apostólica predominante. Las escenas costumbristas de la plaza pública, los rudos rostros de la gente del sur o las de sacrificios de animales, siguen la tradición del mejor cine “social” italiano (“Novecento”, “El árbol de los zuecos”,…).
El cinema Paradiso es el lugar donde se unen todos los estratos de la sociedad, cultos o incultos, ricos o pobres. Algo le debe a Fellini (“Roma”, “Amarcord”), esa sala de cine bulliciosa, donde todo el mundo se evade y es libre, los niños fuman sus primeros cigarrillos, algunos hacen la siesta, hay pajilleros, parejas de enamorados sedientos de sexo, pero todos ellos ríen con Chaplin o con el gordo y el flaco, lloran con la Garbo , se emocionan con John Wayne, o se les dilatan las pupilas cuando ven bailar el bayón a la bellísima Silvana Mangano, porque allí dentro hablan el mismo idioma. Y no es baladí la elección de las películas que nos muestra Tornatore. El cine, en esa época es el testimonio de la situación social de la Italia de posguerra. Impagable ese corte de mangas de mi querido Alberto Sordi (los ojos más melancólicos que ha dado el cine italiano) a los trabajadores, o las escenas de “La terra trema”, manifiesto fundacional del neorrealismo del entonces comprometido Luchino Visconti.
Y en algún momento de nuestras vidas, el amor, claro. No discuto la relación con la preciosa Elena, que tiene el tono iniciático e idealista de los primeros amores, eso sí, para mí la que deja una huella indeleble es la de Alfredo y Salvatore, “Totó”, llena de candor y de verdad. Una relación que tiene como vínculo indestructible las películas, claro.
Cinema paradiso habla de la lucha entre la vida y la nostalgia, y cómo, en palabras de Alfredo, no se debe uno dejar engañar por esta última; habla asimismo de paraísos perdidos, que han de perderse para progresar. Ésta es una película de sentimientos, de las que tocan el alma. Como cinéfilo militante me parece brillante ese paralelismo entre cine y vida, pero siempre desde el escepticismo de que la vida no es como las películas, y un fundido en negro a tiempo no nos salva de los problemas del día a día. Porque el cine no sustituye a la vida, ésta hay que vivirla, mientras el cine hay que contemplarlo.
Bueno, llega la hora de ponerme polémico. Seguro que algún seguidor oscuro de la “nouvelle vague” (con todos mis respetos a este movimiento, que en gran parte adoro), la tildará de sentimentalona, buenista y ñoña. Qué le vamos a hacer, todos tienen derecho a opinar, lo que no convierte a sus opiniones en respetables, per se. Sin ánimo de teorizar y aburrir en exceso, sólo apunto que a alguien a quien no le nace un no sé qué indescriptible en el pecho con las escenas de la vuelta al pueblo, es que no es humano. ¿Ésto es un guiño demasiado “tramposo”? (odiosa etiqueta de intelectualoides baratos), no lo sé, para mí esto es: CINE (lo pongo con mayúsculas, por si alguien no se ha enterado). Por supuesto que la película tiene sus peros, como todas las películas. El inicio y la edad infantil tienen un ritmo hipnótico y es una parte intachable. La segunda edad, la de la juventud es más bien flojita y en exceso sensiblera, con un actor que no me acaba de convencer. Pero cuando llegan las canas, Jacques Perrin está excepcional y la historia recupera fuerza, y, para entonces, una melancolía agridulce inunda irremediablemente nuestros ojos.
Además, la oportunidad de volver a verla me ha hecho admirarla como una cinta llena de matices, de belleza y de sinceridad. Exalto, sin rubor alguno, sino con total convencimiento sus muchas virtudes cinematográficas. Se trata de una película muy bien montada con momentos fascinantes. La escena de la llegada a casa con la madre tejiendo, y ese hilo de lana que la persigue, el hilo de la vida que nunca se rompe, y cómo la cámara desciende suavemente hacia la ventana, es sencillamente prodigiosa, y tiene algo de cine oriental. O, qué me dicen de la escena de la despedida en el tren, en la que Alfredo le ruega a su Salvatore que no vuelva a esa tierra maldita. Los insertos de la maleta, de los abrazos sin cara, tienen el perfume del cine de Bresson.
No puedo dejar de destacar la hermosa partitura de un genio, Ennio Morricone, preciosa y sutil desde que entramos en la vida de “Totó” y su familia a través de esa ventana con vistas al mar mediterráneo.
Llegamos al final, no desvelaré nada, simplemente diré que estaría entre los diez finales más emotivos de la historia de cine. Un canto a la vida, y la letra de ese canto es el cine, claro, como lenguaje universal que une las almas y los corazones de los hombres. En definitiva, una película inolvidable, que pasó la prueba del tiempo, porque sigue resplandeciendo.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

Una música que penetra en nuestras almas como el aroma del café al mediodía…

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5 pensamientos en ““NUOVO CINEMA PARADISO (GIUSEPPE TORNATORE;1988): EL CINE COMO MEMORIA COLECTIVA”

  1. Pingback: “NUOVO CINEMA PARADISO (GIUSEPPE TORNATORE;1988): EL CINE COMO MEMORIA COLECTIVA” | Espacio de Arpon Files

  2. Esperaba con ansias leerte, sin duda transmites una sensación deliciosa de vida en tus escritos.
    La forma en la que describes las películas es única, y es mi favorita. Se saborea entrañable y la música una preciosidad.
    Besos y abrazos!!

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