“EL GRAN HOTEL BUDAPEST”(WES ANDERSON;2014)

GHBUDAPEST

 

Si una gran película es aquella que comienza cuando se abre un libro y concluye cuando éste se cierra, “ El gran hotel  Budapest”, la nueva joya de Wes Anderson, es una gran película. Los primeros planos en un cementerio judío nevado nos dicen que estamos ante algo especial. El romanticismo que tiñe primorosamente toda la obra ya se aspira en esa bonita idea visual de las llaves colgadas en el busto de la gloria local, el autor de ese libro, de esa historia, la del hotel Gran Budapest.
Wes Anderson es un esteta pudoroso, un regalo del tiempo entre tanto creador adocenado, que estudia con mimo y meticulosidad cada plano, sin que su trabajo parezca estudiado, sino espontáneo y candoroso. Quizás no cupiera en una palabra el elogio a “Hotel Gran Budapest”, pero si cupiese, ésta sería elegancia. Elegancia ética y estética. Muy cortos de vista son aquellos críticos que ven a Anderson como un cineasta que se queda en la forma, ya que             “Gran hotel Gran Budapest” nos cuenta una gran historia, de forma divertida, rítmica, ágil, que nos hace despertar la mueca sonriente de forma constante.
Sería aburrido ahondar en la nómina de actores que aparecen en la cinta (desde Jeff Goldblum a Harvey Keitel, pasando por el malvado Willem Dafoe o la anciana aristócrata amante de Gustav, Tilda Swinton, cuyo magnífico maquillaje la convierte casi en un personaje de cómic). No quiero destacar a ninguno, todos están fabulosos, pero por encima de todos se eleva, por finura y sofisticación, el gran Ralph Fiennes, en el papel de Gustav, que puede tener un precedente felino en otro seductor, el Mister Fox de “Fantástico Mr. Fox”. Su temperamento poético y su mirada melancólica nos hablan del pasado, de civilizaciones perdidas, de la vieja Europa. Excelentes también F. Murray Abraham y Tony Revolory, en los papeles de “Cero”, el “lobby boy” o mozo de portería, en sus edades anciana y adolescente respectivamente. Especialmente, Tony Revolory compone un papel muy tierno.
Es normal que todo actor que se precie quiera participar en las películas de Wes Anderson, y los aficionados nos regocijamos. Ellos mismos, en entrevistas, reconocen que es un goce, un ejercicio de libertad, y en la pantalla demuestran su felicidad. En lo formal, por supuesto que el mimo del que hablamos aplicado para cada plano, los convierten en ocasiones en cuadros vivaces y coloristas. Esos rojos, los rosados, la nieve. Los dibujos del funicular y del propio hotel, le dan al conjunto ese toque “naif” que ya apreciábamos en su día en la deliciosa “Moonrise Kingdom”. Luego están esos planos frontales, los planos grúa, con cámaras que caminan en círculo a veces, o abusan del irremediable zoom otras veces. Intuimos en estos ampulosos pero a la vez suaves movimientos de cámara a otro romántico, Max Ophuls, excelente adaptador de Stefan Zweig (“Carta de una desconocida”), en cuyos escritos dice inspirar Anderson su película. Plano memorable es aquel plano cenital con la inmensa bóveda acristalada en la escena del tiroteo absurdo. Escena ésta que a nuestro juicio es muy del cine de los hermanos Marx, de la que podría haber sacado mucha más vis cómica Anderson, y que subraya, huelga decirlo, el sinsentido del belicismo. La película está plagada de sutiles y no tan sutiles mensajes antibelicistas.
Nos gustan también esos planos fotográficos, neutros, asépticos, donde los personajes miran de frente, impertérritos, vacíos de toda teatralidad (todo lo contrario a cuando toman la palabra, si no pensemos en el apasionado Gustav), como las viñetas de algún cómic conspicuo. Podrían remitirnos al cine de Jarmusch o al de Kaurismaki.
Otra huella de un clásico, es la de Hitchcock. Intuimos un paralelismo entre la escena de la persecución del maléfico Willem Dafoe (que parece más vampiro aquí que cuando interpretó a Nosferatu en “La sombra del vampiro”), a Jeff Goldblum, el albacea testamentario (nos cuidamos de desvelar nada), escena que parte de un bonito tranvía (otro signo de un pasado que ya casi no existe), con otra de “Cortina rasgada” que se desarrolla en un museo y sin necesidad de diálogos. El homenaje creemos que es claro.
La película nos habla de tiempos perdidos, de perfumes perdidos, como el de Gustav. También nos habla de decadencias, como la del Gran Budapest, condenado a convertirse en museo distinguido de una aristocracia ya olvidada. De ahí que Anderson se cobije en la sombra de un romántico centroeuropeo como Stefan Zweig. En fin, podemos afirmar, sin empacho de los deliciosos pasteles de Mendl’s, que “el Gran hotel  Budapest” es un goce absoluto e irrepetible, único como su director, una virguería más en su haber, que aúna humor, amor, aventura, melancolía, y sobre todo, seamos conscientemente repetitivos, elegancia.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

Una pequeña píldora, no se la pierdan…

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