“MATADORA: LA VACA DE BAKUNIN”(VI).EL DESENLACE.

 

“MATADORA: LA VACA DE BAKUNIN”(VI). EL DESENLACE

 

 matadora

                                                                                                                    Julio Martín

Ya está, las “dos mil vacas de Matadora”, se plantaron en Rusia. Superaron Centro Europa , y cruzaron  el Dniéper en busca de la libertad. Habían pasado poco más de dos meses desde su partida de tierras asturianas. Sus carnes ya estaban azotadas por el clima, pero sin duda, éstas eran las fechas adecuadas para su aventura revolucionaria, antes de que el invierno ruso las dejara sin resuello.

Contemplaron en Rusia un país de contrastes, rural en su mayoría, y de frondosa vegetación. Hasta que llegaron a Moscú, donde los ojos de Matadora quedaron decepcionados al observar que nada quedaba ya de la Moscú de los libros de historia. Moscú se había convertido en la ciudad multimedia y mercantilista de moda en el mundo “civilizado”. Lewis, McDonalds, Nokia o Coca-cola, eran el nombre de los numerosos mensajes que derrotaban a la vieja Rusia. Aquella que convirtió en añicos a los Zares.

Cuando llegaron a la Plaza Roja, Matadora quedó deslumbrada por su imagen tan espectacular y austera, a la par. A Matadora le pareció que estaba en el epicentro del mundo. Sus más estrechas colaboradoras, Alberta, Claudia o Porfiria  la miraban con recelo, sabedoras de que algo fallaba. Sobre todo, cuando observaban la cara de preocupación de su líder.

La vaca libertaria les mugió a sus compañeras que acamparían en la Plaza Roja esa noche y que al día siguiente concertaría una cita con el primer ministro ruso para explicarle sus planes.

Pues así paso, Matadora, escoltada por Alberta y por Bailarina, se dirigió al Kremlin para entrevistarse con el primer ministro. Éste conocía los pormenores de la marcha y esperaba con los brazos abiertos a las vacas. Alberta y Bailarina se quedaron en la puerta.

Matadora se encontró ante si un extenso pasillo ajedrezado, y muy en el fondo, un monigote calvo con cara de astronauta y ojos como el hielo.

         Por favor, acérquese, querida “tovarishch” Matadora.- Dijo el monigote.

Matadora tomó asiento con cara desabrida. El primer ministro le ofreció un Montecristo, pero Matadora le contestó que no fumaba. El primer ministro intervino:

         He oído hablar de usted y de su justa causa, Matadora. Posee una gran fuerza dialéctica, la envidio, créame, ha arrastrado a las masas con su discurso, y ha emocionado a la opinión pública.

Un rayo de sol cruzó repentinamente sobre la cara de Matadora, que repuso:

         Muchas gracias, camarada, no hace falta que le explique mi postura, solo quiero que medie ante las Naciones Unidas, si no, se perpetuará una terrible injusticia contra mi raza, lo que el ser humano ha considerado históricamente como un genocidio.

         Si, he de reconocer que así es. Pero, sin embargo, querida tovarishch, el sistema productivo que hoy rige el mundo se conduce por esos hilos, por esas fuerzas invisibles que gobiernan a los gobernantes. Somos títeres sin cabeza al arbitrio de las leyes de mercado.

Matadora torció el gesto, temeroso del cariz de la conversación, y contestó algo airada:

         Si, pero las leyes de mercado se pueden cambiar, porque nosotras somos víctimas de estas leyes de mercado. Al igual que se pueden hallar fórmulas alternativas a la hegemonía del petróleo como fuente de energía, se puede beber en un futuro leche de soja. Ello supondría salvar miles de vidas vacunas.

         ¡Ja,ja,ja!, sustituir el petróleo, qué ilusa. El petróleo es el oro de los poderosos. Mientras Dios o acaso el diablo nos sigan nutriendo de este preciado oro negro la cosa seguirá igual.          En cuanto a la leche que sale de vuestras ubres, qué más os da, si finalmente acabaríais en el matadero.

Entonces Matadora comprendió todo, ella y las dos mil se habían metido en una ratonera y no había marcha atrás. Con los ojos llorosos se dirigió al siniestro monigote, cuyo rostro se desdibujada tras las brumas de su Montecristo.

         ¡Entonces, toda esta marcha no ha servido para nada! Qué ha sido de la Rusia de Lenin, qué fue del Marxismo, y, sobre todo, qué va a ser de mis dos mil camaradas que se han dejado la piel por cambiar el mundo.

         Matadora, reconozco tu coraje, y en tu caso tu destino será otro. Tengo pensado para ti un puesto en la Academia de historia de Rusia, ¿Qué te parece?

         Pero, ¡Qué será de mis camaradas! – inquirió Matadora.

         Tus compañeras serán deportadas a sus correspondientes países, donde volverán a sus granjas de origen. No seas tonta Matadora, no es mal final. Además tú no puedes cambiar el destino de las cosas, sálvate tú ya que no las puedes salvar a ellas.

         ¡Antes la muerte, maldito bastardo!, vendería a su madre.

         De estúpidos idealistas está lleno el mundo.- Tras lo cual, llamó a la guardia, que inmovilizó a Matadora, pese a su contumaz resistencia, a base de sedantes.

Fue un verano de represión y persecución contra las dos mil. El aparato represor soviético era eficaz y las desdichadas dos mil fueron devueltas a sus países de origen. Algunas murieron de pena, como la jovial Bailarina, que no pudo soportar la situación. Otras, como Marciana por la edad y el cansancio, aunque orgullosas por haber podido secundar tan gloriosos movimiento. Y se preguntarán qué fue de Matadora.

Matadora dio con sus huesos en la cárcel, donde pasó varias huelgas de hambre en solidaridad con sus camaradas. Escribió sus memorias y un manual del buen revolucionario con la poca luz que le quedaba en los ojos, y éstas son sus últimas líneas, murió en una fría cárcel de San Petersburgo mientras escribía un poema sobre la libertad de las aguas del río Neva: “Oh, Neva brillante y cristalino como los ojos de un espectro.”

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

THE END

Atticus piensa que este emocionante discurso sigue vigente, solo que el nazismo ahora adquiere otras formas mucho más sutiles, porfavor léanlo en voz alta, para si mismos y para sus hijos…

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