“DUBLINESES” ( “THE DEAD”, LOS MUERTOS, JOHN HUSTON;1987)

 

 joyce                                                                                                                john huston

 

 

                                    John Huston

James Joyce

El otro día celebrábamos San Patricio, día de Innisfree, hoy celebramos San Jorge, el santo de un fiel colaborador de Atticus, el que transcribe sus sueños. Por supuesto, en un paraje donde nos gustan tanto los libros celebramos con ardor el “día del libro”, y lo utilizamos como pretexto para recordar una película y un libro, o más bien, un relato corto y una película.

Nos referimos a “Los muertos”, cuento contenido en la obra “Dublineses” de James Joyce, y escogido por John Huston para despedirse del mundo.

Gracias a la 2 de televisión española Atticus ha tenido el placer de revisar esta película. Y realmente ha sido muy agradable, porque quizás supone el encuentro más gozoso de literatura y cine dentro de la historia. Nunca ambas artes estuvieron tan aunadas, tan anudadas. Desde el comienzo, un tono crepuscular envuelve a la obra. Asistimos a la cena de Epifanía de las hermanas Morkan, y una espuma de camaradería irlandesa, de humanidad universal nos embarga, y nos hace sentir como un invitado más a la cena.

El tiempo es como de algodón, son sedosos los travellings que recorren las caras, las expresiones  de los comensales. También aquel que se detiene en las habitaciones de las hermanas Morkan, y ausculta distintos objetos. Es un plano lleno de emotividad que comentaremos más adelante.

Sin duda, la película nos ofrece una interesante confrontación entre dos gigantes: El detallismo histérico de un esteta como James Joyce frente al nervio narrativo que caracterizó siempre a Huston. Pero ese nervio narrativo queda aquietado en las postrimerías por un temblor lírico, casi místico, que podría trasladarnos a creadores del cine oriental como Ozu o el Kurosawa de “Ikiru”, e incluso resucita ( nunca mejor dicho) la forma de hacer de Dreyer.

Es la última  película, el último suspiro de ese hombre recio, terco y amante de la vida y de la aventura llamado John Huston. Ese boxeador metido a cineasta ( creo que “Fat City” es la película más auténtica y cariñosa sobre el mundo del boxeo que jamás se haya hecho), ese eterno vividor con cara de canalla que antes de dejar de respirar nos legó este hermoso testimonio y testamento.

Hablábamos del tono crepuscular, también de la melancolía. Una melancolía que encierra un aire fantasmal y telúrico. La nieve, como la memoria, cae parsimoniosamente fuera de la casa. El calor del hogar, el gusto por el arte, la sensación de pérdida, de tiempo perdido (muy a lo “Tío Vania”), la extraña sensualidad de los objetos, de las presencias y de las ausencias, y de cómo los objetos nos evocan a los sujetos.

Joyce, y su trasunto cinematográfico aquí, Huston, provocan nuestra reflexión sobre el pasado y el presente, sobre nuestra presencia, o más bien, sobre nuestra trascendencia. Quizás lo que más sorprende es que no hay ni un gramo de religión en esta obra, pese a los temas que plantea. Solamente en el aspecto institucional eclesiástico, claro, estamos en Irlanda.

Retomamos la escena en la que la hermana mayor de las hermanas Morkan canta “Ataviada para la boda”, mientras la cámara recorre en travelling la alcoba, las costuras, las antiguas fotografías familiares, es decir, la memoria perpetuada y capturada, las sombras del pasado, todo lo que fluye en el aire.

Ésta es una escena que nos recuerda poderosamente a aquella otra de “El sabor del sake” de nuestro adorado Ozu ( curiosamente también fue su última película), en la que después de casarse la hija, varios planos contemplan las distintas estancias de la casa con un emotivo acompañamiento musical.

Volvemos a Irlanda. Las miradas lacrimosas y extraviadas de las hermanas evidencia la nostalgia por un pasado perdido e interrogan sobre el hecho de si han (hemos) sido trascendentes en su (nuestra) vida, si ha servido para algo nuestro paso por la misma.

Y, por supuesto, está el tema del amor como lazo común de los seres humanos ante la soledad de la muerte que se revela en el doloroso recuerdo de la Señora Conroy, interpretada de forma delicada por la carismática Angelica Huston. Ese recuerdo nos dice que el amor es una sombra fugaz, que sin embargo permanece en nuestra memoria.

No quiero terminar la crónica sin mencionar dos películas de las que siempre me acuerdo cuando veo “Dublineses”, por ese aspecto telúrico, espectral que hemos aludido ( como verán esto ya deriva de la enfermedad de ver cine que Atticus padece desde su nacimiento). Éstas películas son la injustamente olvidada “Sinfonía de la vida” adaptación del clásico americano “Nuestra ciudad” a cargo de Sam Wood, y sobre todo,  “Ordet”, del maestro Dreyer. En todas ellas los personajes parece que pasean como fantasmas, como títeres o muñecos de trapo, en el santo teatro de guiñol que es la vida, y todo acaba pareciendo una cortina de humo. Al final uno acaba con la extraña sensación de dudar si realmente se ha producido la cena o solo está en la mente de los ocupantes del hotel, los Conroy. ¿Acaso fue un sueño? En definitiva, una película de una profundidad lacerante, que cala nuestras almas silenciosamente, como los copos que caen parsimoniosos tras las ventanas de la casa de las hermanas Morkan.

 

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

Solo podíamos traer aquí la escena final del monólogo interior del señor Conroy detrás de la ventana tras la que caen los copos de nieve. Perfecta ecuación visual del “tempus fugit”, de lo pasajero de nuestra existencia. Finalmente quiero dedicarle esta crónica y esta escena a todos mis muertos, porque siempre estarán ahí , en los círculos del aire…

 

“Uno tras otro todos seremos sombras…la nieve cae. Cae en ese silencioso cementerio en el que yace Michael Furey. Cae débilmente sobre el universo, y cae débilmente, como el descenso de su último final, sobre todos los vivos y los muertos.”

 

 

 

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