CUENTO DE NAVIDAD: LA FÁBRICA

EL TRABAJO OS HARÁ LIBRES

Tenía los dedos congelados, mi boca expelía un denso vaho y mis piernas me martilleaban por los malditos calambres. Allí estábamos yo y otros cuantos padres más arrepintiéndonos de haber concebido a nuestros hijos.

La jornada era dura, a las siete de la mañana nos levantábamos, y así, hasta las ocho de la tarde, sólo había una pausa para engullir un mugriento puré, que parecía engrudo, y que tenía alguna extraña sustancia narcotizante que te mantenía como embotado durante todo el día, pero algo había que comer.

Y, desde primera hora, allí estaba él, ese gordo pestoso, con sus largas barbas blancas, para pasarnos revista. Yo había visto como ese seboso pateaba el estómago de alguno de nosotros, por no tener la camisa debidamente metida en el pantalón.

Ese maldito brebaje yanqui llamado Coca-cola le ha idealizado y hasta le ha hecho parecer un amigo bonachón. Todo pura fachada, sólo nosotros conocíamos su verdadero carácter.

Pero confiábamos, con cierta indolencia, en que tarde o temprano alguien contaría la verdad. Alguna vez, uno de nosotros escaparía de allí vivo para regalar al mundo eso, la verdad sobre la navidad.

La producción en cadena estaba asegurada. Todo muy eficiente. El sistema era fácil, ese odioso de Santa recibía las cartas,  y sus operarios, elfos, duendes y gnomos se encargaban de ir reflejando el stock que era necesario producir.

El trabajo se repartía en módulos, al frente de cada cual, estaba alguno de estos siniestros personajes. Cada día se marcaban una serie de objetivos. Los objetivos eran de necesario cumplimiento, pues si no decaía el derecho a comer.

Los elfos eran los peores, con esos dientes afilados cuando se los enojaba. Un día eran muñecas, otro día, bicicletas, y otro, balones de reglamento.

Santa Claus era un terrible patrón, injusto y autoritario, tanto si se cumplía como si no con el trabajo.

Contábamos con los mejores materiales, pues Santa tenía contacto con las mayores mafias del planeta, principalmente con las rusas. Trabajábamos con el mejor cuero italiano, celuloide de Chile, plástico de los Estados Unidos y tela China.

Siempre recordaré el día en el que me secuestraron. Corría el 5 de Diciembre, era el día favorito de Santa para las capturas, acababa de comprar el periódico en el quiosco de la esquina, cuando divisé a lo lejos una estela indecisa, rodeada como de una espuma blanca. Me quedé alelado.

De repente, me encontré allí, en una austera habitación vestido con un pijama de rayas y con un brazalete en el brazo izquierdo, con el dibujo de un reno. “El trabajo os hará libres”, rezaba el lema de la entrada. Luego, varios de mis colegas, me explicaron que estábamos en Laponia, en un punto septentrional, alejado del mundo, y quizás más próximo del infierno.

Allí estábamos padres de todas las latitudes, noruegos, alemanes, estadounidenses, finlandeses, españoles, e incluso chinos y árabes. El siniestro imperio del gordinflón se había extendido inexorablemente por todo el planeta.

Los que peor lo pasaban eran los finlandeses, pensando en lo cerca que de sus casas quedaba ese pequeño infierno. Era una macabra forma de hermanar a las civilizaciones.

La mezcla de idiomas era terrible, pero terminábamos por entendernos, el lenguaje de los gestos era nuestro esperanto particular. Siempre había casos excepcionales, como el de Otto, un alemán que entendía a la perfección el inglés, y sabía algo de español, francés e italiano. Lo difícil era comunicarse con los chinos y con los árabes, no obstante, yo hice muy buenas migas con Ali, un médico egipcio de exquisitos modales.

Finalmente, me contaron para qué estábamos allí. Como padres, habíamos sido seleccionados para fabricar los juguetes de todos los niños del planeta. La empresa era dura, pues sólo teníamos hasta última hora del 24 de Diciembre, los regalos debían ser entregados naturalmente en esta fecha. En cuanto a qué iba a pasar luego con nosotros, no quise preguntar, pero las miradas de miedo y resignación de mis compañeros me inspiraban todo menos confianza.

Las instalaciones eran grandiosas, casi faraónicas, y un retrato de nuestro “Gran Hermano”, presidía el patio de entrada. Todas las mañanas a primera hora entonábamos con un entusiasmo inexplicable el “Navidad, Navidad, dulce navidad…”, “25 de Diciembre, fun,fun,fun,…”, y otras canciones similares, y nuestros espíritus se ensanchaban, presos de una extraña excitación.

Pensaréis si proyectamos alguna fuga, estilo Alcatraz. Pues si, el desdichado Carl fue el cabecilla. Programó la escapada para la madrugada. Le siguió Pat, un chico indeciso de 24 años, que se moría por volver con los suyos y poder dar un beso apretado a sus dos criaturas.

A mí, el plan de Carl, no me convencía en exceso y terminé por bajarme del burro. Reconozco que fui un cobarde.

Los dos proyectos de prófugos tomaron el camino de salida a las cuatro de la mañana. Un elfo, Daniel, que vigilaba la entrada, dormía plácidamente, ajeno a los pasos de éstos.

Una vez fuera, era como un auténtico campo de minas, ya que había instalados sensores que detectaban la presencia humana. La forma de esquivarlos era pasar muy lentamente.

El pobre Pat estaba sudando, se había meado en los pantalones, hasta que no pudo más:

–         Carl, no aguanto más, si nos pillan las consecuencias serían terribles. Además, no sobreviviremos a las temperaturas de la zona, reculemos.

–         No seas estúpido, Pat, qué quieres, morir aquí, porqué, que te crees que hará ese tirano contigo al acabar la navidad, ¿Dárte un placa al empleado del mes?, acabará contigo, idiota, y conmigo, y con el resto de presos.

–         Lo siento, Carl, pero el corazón me estalla, con este estado de nervios no llegaré a ninguna parte.

Finalmente, Pat reculó lanzando una terrible mirada de despedida a su amigo.

Nunca más supimos de Carl, existen muchas leyendas sobre su destino. Lo que si sabemos es que no llegó a ninguna parte, porque la alarma sonó implacable en mitad de la madrugada. Siempre recordaré su sonido, fue como un puñal en mi sufrido corazón. Desperté de repente, y abrí mis ojos de par en par, una desagradable culebra serpenteaba por mi espinazo.

Algunos cuentan que terminó rodeado de Elfos, que lo devoraron sin piedad con sus dientes afilados, y que los gritos de dolor del pobre Carl, aún resuenan en las extensas laderas de Laponia.

Otros compañeros, como Lázaro, se engañaban a sí mismos, relatándonos como huyó hasta Helsinki, dónde contó a las autoridades lo que estaba pasando allí, y que era cuestión de días el que les rescataran de aquel infierno.

–         Carl, ¡ese figura!, qué envidia, ahora mismo estará rodeado de dos mulatas con un mojito en la mano, bebiéndoselo en nuestro honor. Ese cabrón barbudo obtendrá su merecido, ya veréis.

La cosa se recrudeció, y cualquier referencia a Carl, era castigada con agudos latigazos o con visitas a la temida celda de castigo. Los controles se duplicaron, no en vano, el 25 de Diciembre, “Día del Gran Hermano”, estaba cerca.

Las jornadas eran extenuantes, se había recortado la media hora destinada a la comida, y terminábamos todos los días sobre las diez. Teníamos que tener todos los juguetes a punto para el gran día.

Finalmente llegó la ansiada y temida cita, ya que no conocíamos, pero temíamos cual podría ser nuestro inmediato destino, una vez concluyéramos la misión para la cual estábamos allí. Yo pensaba en mi mujer y en mis dos hijos, todos los días, eran mi esperanza, el aire que llenaba mis pulmones. Guardaba una foto arrugada bajo el jergón, era como un tesoro para mí, y, gracias a Dios, esos elfos energúmenos no habían dado con ella.

De repente, divisé el pelo rizado de un niño de unos tres años.

–         David, ¿ Qué haces aquí tan pronto, ya te has despertado?.

El pequeño se abalanzó hacia mí y me abrazó tan fuerte que me parecía mentira estar allí. Era todo como irreal.

–         Papá , has visto los regalos, Papá Noel me ha traído un tren precioso y mira todas esas golosinas, nos las comeremos después de comer,  ¿Verdad, papá?

–         Claro, que sí, hijo, papá se ha quedado traspuesto en el sillón, y ha tenido un sueño horrible.- Nuestro protagonista, se aferró al cuerpecillo de su hijo como si fuera el último abrazo que daba en su vida.

–         Papá, me haces daño, suéltame.- Le apremiaba su hijo, incómodo por la fuerza del abrazo.

–         Perdona, hijo, es que te quiero tanto.- Afirmaba, entre lágrimas, el sufrido padre.

En ese momento, Clara, su mujer, rodeo con sus manos la espalda de su marido, besándole en el cuello.

–         Oh, Clara, ¡ Te quiero tanto!, os he echado tanto de menos.- Le dijo entre abrazos y besos. Una corriente eléctrica llamada amor recorría todo su cuerpo.

–         Qué te pasa, cariño, estás temblando. Pareciera que hace años que no me hubieras visto.

–         Cariño, he tenido un sueño terrible, te lo contaré más tarde, ahora mismo no tengo fuerzas para contarte nada. Y justo en el momento clave, aparecisteis vosotros, ¡Oh, Dios mío!, que suerte que estéis a mi lado.

Finalmente, se unió al grupo su segundo hijo, Alex, y después de abrir éste sus regalos, permanecieron unidos alrededor de la chimenea, ensimismados por la cadenciosa magia de las llamas.

“Ring, ring,ring,…”, una desagradable alarma retumbó en mi cabeza, devolviéndome a la realidad. Ahora lo comprendía, había llegado el día.

Un frío ártico gobernaba mi cuerpo. Estaba demacrado y ojeroso, como el resto de mis compañeros.

Los odiosos elfos nos esperaban en la puerta con sonrisas como de hienas dibujadas en sus pequeños rostros. Y allí estaba él, al fondo, orondo y satisfecho, dirigiendo todas las operaciones.

Una luz cegadora marcaba el incierto camino hacia unos negruzcos vagones.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

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6 pensamientos en “CUENTO DE NAVIDAD: LA FÁBRICA

    • ¡Ja,ja,ja!, qué bueno, ¡negra navidad!, a Atticus no se le había ocurrido tan brillante reverso.La navidad también puede ser perversa y tétrica. Desde aquí mandamos un saludo a Carl, que vive en una habitación acolchada y aséptica hechizado por el leve murmullo de las moscas y con oscuros sueños de elfos con los dientes afilados dentro de su cabeza.

  1. Joder……vaya manera de cortarme el rollo….Está muy bien escrito, pero espero que eso no sea lo que le cuentes a los pequeños sobre la Navidad…
    Aunque sea en esta época sólo, vamos a poner una sonrisa a la crisis y disfrutar de lo poco o mucho que tengamos…anda venga…una sonrisa…:)

    • Querida amiga que somos adultos,…, tranquila, Atticus les leerá a Jem y a Scout el cuento de Dickens y asistirán a la misa del gallo como todos los años. El objetivo es vencer tópicos, ¿no?, hoy toca la historia oscura, pero cerraremos el año con una historia más cómica. Sonrisa, por supuesto, todo el año, pero un poquito de imaginación, nada más.

  2. Vamos a ver, Atticus no está de acuerdo contigo y no le cortará las alas a su imaginación por el hecho de tender a los ocuro ( en Innisfree no es la primera vez,recuerden el dolor de muelas). No es ni más bueno ni más malo, simplemente distinto. A ver si vamos a tener que vestir todos un sweter rojo por Real Decreto, o raparnos al cero, porque la melena resulta desagradable a la vista. Lo dicho, las narraciones pueden ser de muchos colores, rosa,negro, gris, gris marengo, todo es aceptable siempre que no se vulneren las normas del buen gusto. Amiga, hay que ser más tolerante y menos mojigato en este tema. La creacción es libertad y basta, no voy a hacer ningún discurso. Y la ficción es ficción y ya está. Que lo dicho , feliz Navidad!, poblemos las tabernas del planeta!

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