“FRANKENWEENIE” ( 2012): TIM BURTON Y EL MUNDO

                                                             Víctor & Sparky

Con las películas de Tim Burton a Atticus le sucede como con las películas de John Ford o las de Howard Hawks. Me explico, no es que tengan nada que ver temáticamente, pero con todos ellos sucede que la última película que has visto de ese director es tu película favorita de ese director. Con Hawks siempre le ocurre cuando ve primero “El Dorado” y luego “Río bravo”, y no sabe elegir, de veras. Y lo mismo le ocurriría con “La Diligencia”, “El último hurra” o “El hombre que mató a Liberty Valance”. Debe ser algo que  pasa solo con los genios.

Qué quieren que les diga, “Frankeenweenie” es una joya, perdonen que me repita con esta calificación, semana a semana ( Atticus es un sentimental), pero es que no se calificarla de otra manera. Desde ese arranque delicioso con película casera incluida, de soldaditos, pirotecnia e ilusión. Así, con una película casera, comenzaba la primera versión, el corto del mismo título que data de 1984, con personajes en carne y hueso.

Y porqué hablamos de la ilusión, porqué esta ilusión es la misma que se intuía en ese encuentro ficticio, pero maravilloso entre el vehemente Ed Wood y Orson Welles. La ilusión de ambos era la misma, porque como nos enseñan ambas películas, la que hoy comentamos y la obra maestra Ed Wood, lo importante es intentarlo.

Frankenweenie encierra la concepción que del arte y de la vida tiene este “poeta de lo diferente” ( calificativo que un gran amigo, que seguro nos permite la licencia, le otorgaba). La simiente de aquel Vincent primigenio está en este niño, Víctor, que juega con el destino por amor a su perro, Sparky, ese perrito simpático, verdadera estrella de la película. Sólo que aquí la estética y el discurso de Tim Burton es mucho menos tenebroso que en sus inicios y se dulcifica, claro.

El mito de Prometeo y el libro de Mary Shelley entroncan perfectamente con el derecho a ser diferente que parece reclamar la película, y lo hace gracias a una historia originalísima, que no para de tener hallazgos. Desde ese cementerio de mascotas, que no obstante, ya aparecía en el original, pasando por la galería de personajes geniales.

El primero en el que nos detenemos, como no en el profesor de ciencias, ese muñeco del adorado Vincent Price, cuyas teorías chocan con el mundo real. Un mundo real donde campa la ignorancia y el adocenamiento , el miedo a lo desconocido. Todo aquel que se aparta de esta absurda norma es un “misfit”, un inadaptado. Atticus es un inadaptado, y se ve incluido en ese estado de ánimo.

                                                                                                                    El “profesorr” Vincent Price

Frente a ello, Burton propone un escapismo terapéutico a través de la creatividad. Si en “La novia cadáver” el mundo de los muertos era un tiovivo chispeante, y el de los vivos, gris como el colmo de un cigarro, aquí el mundo de los llamados “normales” es el rematadamente gris. En el fondo del discurso late un pesimismo optimista y viceversa sobre la condición humana, que creo que está en gran parte de su obra, unas veces teñido de romanticismo ( “Eduardo manostijeras”),  otras de cinismo y de ironía ( pensemos en “Mars attacks”).

Siguiendo con los hallazgos, tenemos que citar a esa memorable colección de “freakies” que Víctor tiene de compañeros de cole. Desde el nervioso gordinflón sin personalidad, la niña de los ojos como platos vacíos de toda emoción ( ¡ Y qué me dicen del gato!), ese misterioso Frankenstein niño, hasta el odioso personaje que no suelta la cámara y veja constantemente al pobre gordinflón. También la niña triste sobrina del alcalde de Nueva Holanda, que nos recuerda a otra actriz fetiche de Burton, Winona Ryder. Bueno, no nos olvidemos de esa simiesca versión de Igor. Cuando miro esos ojos inmensos llenos de orfandad de Víctor, la chica triste o la niña siniestra del gato pienso en Munch, no sé porqué.

En el apartado de homenajes, Perséfone, la novia de Frankenweenie, con ese moño listado, el ya mencionado Vincent Price, y como no, la aparición del héroe de la Hammer, Christopher Lee, que aparece en una escena de una película del mítico sello británico.

Luego está la parte final, con ese vertiginoso homenaje a la serie B de todos los tiempos. El cine fantástico de los ochenta ( “Los gremlins”), o aquel Godzilla galápago dentro de esa feria tan decadente muy al estilo del género. Muy buenos los discursos solemnes a lo Boris Karloff o a lo Bela Lugosi del extraño niño Frankenstein del grupo.

En el debe de la película quizás se eche de menos un punto de romanticismo en general, y en particular, algún gesto entre Vincent y la niña triste. No tiene esa chispa romántica que ha acompañado a su cine siempre, casi como marca de fábrica (  las mencionadas “La novia cadáver”  y “ Eduardo manostijeras”, la emotiva “Big fish”).

En fin un placer volver a Burton cuántas veces haga falta, a su toque especial, su bendita diferencia, toque que nos hace retornar a la infancia, y que convierte a su cine en sagrado. Y atentos al eléctrico final.

 Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

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