CUENTOS DE OTOÑO (III): LA MUERTE ENAMORADA

 

 

Aunque pensara Floriris

que ninguno se lamentaría por tí.

Floriris, ciertamente,

reirá con tu muerte¨;

y, de seguro,

chistes contará

encima de tu ataúd

y brincará, vitoreará

y cantará sobre tu tumba.

Si alguien menciona tu nombre,

tras tu muerte.

como, cuando o donde sea,

ella se burlará sobre tu lápida,

ella misma sacudirá tus roídos huesos (…)”

LaB die Verstorbenen ruhen-

( Kaspar Stieler, 1632-1707)

                                                                                                                                                                                          

Para Marlene

Era la muerte, y estaba enamorada. Me visitaba cada noche, cuando el crepúsculo. Siempre aparecía después de ponerme el pijama, antes de irme a la cama. La primera vez me asusté, al verla tan de negro, con esa expresión adusta y seria, y, sobre todo la guadaña me aterraba. Vestía muy elegante, de negro, claro,  sobria y elegante a un tiempo. Su traje era largo, casi le llegaba a los tobillos. Su escote era profundo y seductor y un enorme e hipnótico broche de circonita remataba la perfecta juntura de sus senos.

Era lívida como el pecado y tenía el cuerpo lleno de lunares. Como ya os digo, en las primeras visitas me asusté, pero ella me declaró que no venía a por mí, que me tranquilizara. No obstante, yo recelaba en todo momento y permanecía expectante a su afilada guadaña, por si en un descuido decidía acabar conmigo. La escuchaba con resignación, pues pensaba que si dejaba de hacerlo, me uniría a su club. Era como si me sometiera a una especie de chantaje. Luego me contó que lo único que quería de mi era un humano que atendiera sus problemas. Yo era psicólogo y  conocía de mis habilidades profesionales. De hecho, me había encontrado con muchos pacientes que habían tenido serios problemas con ella, después de que hiciera una visita a alguno de sus seres queridos, o  porque pensaban constantemente en ella y esto les deprimía.

Su conversación era fúnebre y escatológica, os podréis imaginar. Un disco rayado, siempre pensando en lo mismo. Su tono trágico me saturaba. Entendía que su trabajo era estresante y desagradecido, pero lo suyo era obsesivo. Fumaba como un carretero por el estrés laboral. Yo no sabía que la muerte fumara, pero así era.

A mi me molestaba, pues me acostaba con el pijama ahumado y la habitación apestaba. En las noches de invierno era un serio problema, ya que me veía obligado a abrir la ventana de par en par antes de dormir, y ello acarreó serios resfriados.

Un día, entre cigarro y cigarro me sopló que estaba enamorada. Me lo confesó entre lágrimas, tampoco se me había pasado por la mente que la muerte pudiera llorar, pero así era. De hecho, sus lágrimas despedían un ligero olor a azufre y corroían el parquet del suelo, levantando un manto gaseoso. Igualmente me sorprendió que la muerte pudiera amar, pero también amaba.

Era un chico de no más de veinte años. En una noche de fiesta se pasó en la mezcla de alcohol y drogas y terminó siendo su cliente.

–         Era tan bello. Su cara era tan serena, su boca carnosa, sus miembros jóvenes y apetecibles. Su cuerpo aún no se había sometido a ese odioso e imparable proceso de corrupción que implica el dejar de existir-  Filosofaba amargamente la muerte, entre sollozos. Su boca perlada por un brillante hilillo de baba.

Yo intentaba consolarla, pero no había manera. Me decía que recordaba a todas horas el rostro de aquel chaval, y no podía comer ni dormir, pues todo lo vomitaba. Cómo adivinaréis también confieso mi desconocimiento de que la muerte pudiera comer o dormir. Pero el que me quedaba dormido era yo, estaba que me caía, el día en la consulta había sido duro y no aguantaba un segundo más.

Ella reconocía amargamente que debía seguir trabajando, “la muerte es así”, asumía con resignación. El amor había sido un incidente inesperado en su vida, la habían educado para ser indiferente a esos sentimientos. Además para ella el sexo era imposible, pero no el deseo. Aunque el deseo que sentía por ese chaval era irrealizable, con la dosis de frustración que ello suponía.

Además ese deseo consecuencia del amor que sentía estaba lógicamente sometido a un plazo de caducidad que era inexorable, el tiempo en el que el cuerpo del muerto amado quedaba abandonado a la putrefacción por el cese de sus funciones vitales.

Estaba desesperada, pues lo que sentía no era un capricho pasajero, era amor con letras mayúsculas. Ella había seguido con su duro trabajo, día tras día, haciendo nuevas “visitas”. Ninguno de sus nuevos clientes despertaba en ella ningún sentimiento, y lo más importante, no hacían olvidarle. Pensó con indolencia que abandonándose en la rutina de su trabajo conseguiría olvidarle, pero no fue así.

Me dejó, por fin, y desapareció entre las sombras de la habitación. Yo caí a plomo sobre la cama, pues estaba rendido. Mis sueños no fueron precisamente pacíficos, estaba agitado después de mi encuentro con la muerte. Seres monstruosos los poblaban, mezclados con extraños recuerdos. Desperté sobresaltado varias veces, presa de un ahogo interior.

La situación ya se fue haciendo insostenible, y ello afectó a mi vida diaria. Los compañeros lo notaban, y peor aún, mis pacientes. Andaba distraído y nervioso, y mi aspecto era desaliñado y ojeroso.

Así que le planteé  la situación, frontalmente, sin tapujos, no estaba dispuesto a hipotecar mi vida a la solución de sus problemas sentimentales. Ella era muy egoísta conmigo.

Al principio lo comprendió y espació sus visitas. Yo respiré aliviado, pues temía su reacción, ya que al fin y al cabo, era la muerte. Poco a poco, la fui entrando en razón. Le comenté el problema del tabaco, que para mi era realmente traumático, y trasladamos las conversaciones al clásico diván. Descubrí que era transigente, pues respetó ante mi sorpresa la prohibición de fumar que colgaba en el despacho.

También varió las horas de visita, a las ocho en punto se aparecía religiosamente, justo cuando terminaba mi consulta diaria.

Poco a poco se fue vaciando en la consulta, comentando sus problemas de la infancia y como le había costado asumir su rol. Me sorprendía su apertura. Incluso nos reíamos juntos, tenía un sorprendente humor negro. Yo cada vez empatizaba más con ella y ella conmigo.

Terminé por acostumbrarme a digamos los gajes de su oficio, lo veía natural, total me los contaba día a día. No lo veía tan trágico, al fin y al cabo,¿ no forma parte la muerte de la vida?.

Pues si, efectivamente, pasó lo que están pensando, ella superó su depresión, olvidando al desdichado joven y yo caí locamente enamorado de ella. La situación había dado un giro de trescientos sesenta grados, ahora era yo el enamorado.

Un día después de una sesión prolongada durante horas y horas, en la que le di permiso para fumar y trasegó un paquete entero de Marlboro, lo uno condujo a lo otro. Ella me miró fijamente a los ojos y yo quedé hipnotizado por sus encantos . Nos abrazamos y buscamos nuestras bocas, y ahí terminó todo, pues me dio el beso de la muerte.

Fue esa última mirada del diablo, la recordaré siempre, en sus ojos percibí su triunfo, como un brillo especial. Me había engañado vilmente, pero era demasiado tarde, ya no había marcha atrás.

Yo debí haber pensado hacia donde iban los acontecimientos antes de enamorarme, pero ese era el problema precisamente, que estaba enamorado. Nunca pensé que la muerte tuviera ese potente poder de seducción, pero es así, me engatusó con sus lágrimas de cocodrilo hasta llevarme a su terreno. Caí en su trampa como un chiquillo. No obstante, en mi yo profundo sigo pensando si no será la muerte la forma sublime de alcanzar el amor.

                                                                       Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

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4 pensamientos en “CUENTOS DE OTOÑO (III): LA MUERTE ENAMORADA

  1. ¡Vaya visitas nocturnas para el pobre psicólogo! y cuando consigue meterla en vereda se enamora de ella. Al menos el psicólogo tuvo un buen final, quien no quisiera tener una muerte enamorada., es una hermosa forma de morir. Abrazos Atticus.

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