CUENTOS DE OTOÑO (II): LA CAJA

 

Al maestro universal del relato Edgar Alan Poe         

 “ Sentía náuseas, náuseas de muerte después de tan larga agonía; y , cuando por fin me desataron y me permitieron sentarme, comprendí que mis sentidos me abandonaban.”

( El pozo y el péndulo”, Edgar Alan Poe)

El muerto se retorció en su tumba. Parecíale que le hubiesen crecido las uñas. Tenía las manos y los pies fríos. La tumba era  tan estrecha, pero era lo que le esperaba para el resto de sus días. Movía los brazos hasta donde alcanzaba, intentando comprobar que todos sus miembros estaban intactos. Pero sus intentos eran infructuosos dada la estrechez de la estancia. Torturado por esta circunstancia se revolvía violentamente contra sí mismo, sacudiendo sus extremidades de izquierda a derecha, y alzando la cabeza compulsivamente. Al menos sabía donde estaba, pensó con indolencia.

Estaba materialmente encajado entre ocho tablones sin opción a moverse. Entonces, pensó en pedir ayuda, se mordió la lengua para registrar su presencia, y gritó hasta no poder más. Pero se dio cuenta de que no podía hablar. Algo le impedía articular palabra. Nadie le escuchaba, todos los esfuerzos por hacerse oír eran futiles.

Su capacidad de raciocinio no se vio alterada, las ideas paseaban por su mente sin dificultad, pero a la hora de hablar no se transformaban en palabras.

Y luego, la oscuridad. Quiso tocar sus ojos con las manos, pero estaba tan encajado que no podía alcanzarlos. Parpadeó obsesivamente, una y otra vez, manteniendo abiertos sus dulces ojos marrones, que sólo hallaron obscuridad. Entonces pensó en el aire, lo cual le hizo respirar jadeante durante un rato y le aceleró el corazón. “ ¿Cuánto aire me quedará para respirar?- pensó-, el hecho es que respiro, pero, ¿Hasta cuando?”. Esto le sumió en un estado de agitación, que le hizo sudar. Sentía las gotas de sudor resbalándole por la frente, produciéndole una incomodidad, que junto al olor agrio que despedía su castigado cuerpo le hacía sentir repugnancia. Este repentino sentimiento le produjo arcadas y le impulsó a olfatear a su alrededor, como si fuera un perro rastreador. Olió a tierra mojada y a humedad, a lirios corruptos, pero pensó que estos olores procedían más de su caprichosa imaginación que de la realidad que le circundaba. No confiaba ya en sus sentidos.

Por último se concentró en el gusto. Tragó abundante saliva, inopinadamente, sin ningún fin concreto, y luego se le quedó la boca seca.

De repente, se le hizo un nudo en la garganta, no sabía qué le había llevado hasta allí, pero el caso es que estaba allí. Él y la oscuridad. En ese momento comprendió. Ya no se interrogaba sobre su situación, esto era lo de menos. Lo importante era que estaba allí, el vértigo, el abismo, el vacío, la nada. Sentía una excitación terrible al conocer su destino. Las manos le sudaban, el corazón le golpeaba las sienes, la cabeza le explotaba, pero todo esto no lo extraviaba de su camino. Tenía que librar un duelo cara a cara con la muerte, y allí estaban los dos frente a frente, aunque no se podían ver, pues él estaba dentro de la caja.

Jorge Fernández- Bermejo Rodríguez

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8 pensamientos en “CUENTOS DE OTOÑO (II): LA CAJA

    • Yo te miro, y después te admiro, soy un ferviente admirador tuyo, porque como decía Neruda en ese verso de fuego “Es en tí la ilusión de cada día”, un beso ,lindísima!!

  1. Aunque ya lo había leído (tuviste la gentileza de mostrame el relato hace tiempo) me sigue inquietando y poniendo la carne de gallina. Este relato es algo que hasta nuestro admirado Poe releería una y otra vez. Aplausos por el relato, el blog, los seis meses y lo que ha de venir (que seguro lo merece también).

    Abrazos desde la distancia.

    • Hoy es un día alegre en Innisfree, tu visita era muy esperada, muchas gracias por todas sus felicitaciones, mi corazón vuela cual mariposa, pese a la distancia nuestras almas dialogan, un abrazo!!

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