FELLINI OCHO Y MEDIO

 Atticus despide el azaroso mes de Octubre con Fellini, que repite en Innisfree, ¡pasen y vean!…

 

Nosotros , los intelectuales, y digo nosotros porque le tengo por tal, tenemos el deber de permanecer lúcidos hasta el fin, ya hay bastantes cosas superfluas en el mundo, no es cosa de añadir desorden al desorden (Pausa.). En el fondo, perder dinero es parte del oficio de productor (Pausa.), mis felicitaciones, no había otra cosa que hacer y usted acaba como se merece, no puede uno embarcarse con tanta ligereza en una aventura tan comprometida (Pausa.), pero créame, no siento nostalgia ni remordimiento, destruir es mejor que crear cuando alguien no sabe lo que está creando. Además, hay alguna cosa tan codiciada en el mundo que merezca el derecho a vivir. Una película fallida para él no es más que un factor económico, pero para usted en el punto a que ha llegado podría resultar el fin.

Más vale destruirlo todo y cubrir el suelo con sal, como hacían los antiguos para purificar el campo de batalla. En el fondo a todos nosotros nos hace falta un poco de higiene, de limpieza, de desinfección. Estamos sumergidos en palabras, en imágenes, en sonidos que no tienen razón de vida, que viven del vacío y van hacia el vacío. Sólo a un artista verdaderamente digno de este nombre se le puede exigir este acto de lealtad, traducirse al silencio. Recuerda “El Elogio de Mallarmé” en “La pagina blanca” o a Rimbaud, ese era un poeta no un director, la verdadera poesía de Rimbaud empieza con su renuncia a seguir escribiendo, su partida a África, si no se puede tener todo la nada es la verdadera perfección.

Perdóneme esta abundancia de citas, pero nosotros los críticos hacemos lo que podemos. Nuestra verdadera misión es barrer los millones de fetos que todos los días obscenamente intentan venir al mundo, y usted ha querido dejar tras sí una imagen personal, como el cojo deja tras sí una huella deforme. ¡Qué monstruosa presunción!, creer que los demás podrían beneficiarse con el escuálido catálogo de sus errores. Y a usted que le importa reunir o no los retazos de su vida, sus vagos recuerdos, los rostros de las personas que no supo amar.”

 

–         ¿Qué es este resplandor de felicidad que me devuelve la fuerza y la vida? ( Guido, Marcello Mastroianni, trasunto del director.)

–         Guido os pide perdón, dulcísimas criaturas, ni yo había comprendido, ¡yo no sabía!, no tenía mas que aceptaros, amaros, ¡qué sencillo es!: Luisa, me siento como liberado, todo me parece bueno, todo cobra sentido, todo es verdadero ( “¡Ah!”;suspiro) ¡cómo me gustaría explicártelo!, pero no se decírtelo. Todo vuelve a estar como antes, todo vuelve a estar confuso, pero esta confusión ¡soy yo!, yo como soy, y no como quisiera ser, y, ya no tengo miedo. Decir la verdad, lo que no conozco, qué busco que no he encontrado todavía, solo así me siento libre y puedo mirar tus ojos fieles sin avergonzarme, ¡la vida es una fiesta, vivámosla juntos! No se decirte otra cosa, Luisa, ni a ti ni a los otros. Acéptame como soy, si puedes, es el único modo de volver a encontrarnos.( Guido )

–         No se si lo que dices es cierto, pero puedo probar si me ayudas          ( Luisa, una guapísima Anouk Aimeé).”

  

El discurso  del crítico y los diálogos transcritos del original preceden al  Mítico final con esa puesta en escena colectiva  y coral con todos ( La puta de la playa, sus padres, el cardenal, sus mujeres, el productor,…) de la mano, mientras el “ ayudante del mentalista” exclama: ¡Adelante, adelante!, ¡vengan!,…,con la música, por supuesto, del genio Nino Rota. Aunque nos repitamos en The way to Innisfree, otra vez: “Fellini en estado puro”.

 

“OTTO E MEZZO”, se basa en una historia de Federico Fellini y Ennio Flaiano.

Con guión de Federico Fellini, Tullio Pinelli, Ennio Flaiano, Brunello Rondi. La produjo Ángelo Rizolli.

“Ocho y medio” ( 1963) es quizás la película más autobiográfica de Fellini, o , al menos, en la que más habla de si mismo en el aspecto creativo.  Escoge, como no, a Marcello Mastroianni en el papel de Guido, como su perfecto “alter ego”. En este discurso final, previo a la onírica escena  de vodevil en la que se citan todos los personajes que han pasado por su vida, ofrece una visión bastante ácida y mordaz sobre el papel de los críticos.

La película es en si misma una gran reflexión sobre el proceso de la creación y sobre la soledad que entraña. Sobre la falta de inspiración, la denodada búsqueda de las musas y de las ideas. Sobre la difícil convivencia entre el creador y el productor, movidos por intereses contrapuestos, pero condenados a entenderse.

En suma, cine dentro del cine, Fellini se somete a una especie de psicoanálisis colectivo y exhibicionista, destapando muchos trapos sucios de un mundo, el del cine, podrido en muchas de sus aristas. En “The way to Innisfree” recordamos el espléndido discurso final que precede a esa escena tan, nunca mejor dicho “felliniana”, y animamos encarecidamente a revisar la película a los amantes del séptimo arte.  

Nuevamente la música de Nino Rota nos lleva de la mano  a los sueños, a lo entrañable, pasando por lo terrible, a la locura, pero también a la ternura, de viaje por aquello que queremos recordar  y aquello que queremos olvidar, un viaje lleno de sensualidad, de risas y de llanto, de luz y de oscuridad…

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

Disfruten de la anunciada escena final, puro ensueño, pura locura, esencia pura del fascinante universo Fellini…

LUNEANDO XVII: NEIL YOUNG (I)

 

 

 

 

 

 

 “Alabama”

 

 

 

Ya sabemos en Innisfree que a Gabo el olor de las almendras amargas le recuerda siempre el destino de los amores contrariados. A Atticus el tibio olor del Otoño le recuerda la inclasificable y personalísima voz del canadiense Neil Young. Bueno, es cierto que también varios amigos de Luneando se lo recordaron y hoy hacemos justicia poética.

Artista militante cuya voz acaricia o ruge según el motivo de la canción.  Artista incomparable que durante un tiempo caminó a lomos de un caballo loco ( “Ragged Glory”, con ese intenso olor a vaca, es uno de los discos preferidos de Atticus) y desde hace mucho camina solitario.

Muy difícil resumir su prolífica obra en una sola canción, quizás “Cinammon girl”, “Heart of Gould”“Hey, hey, my, my” ( “rock’n’roll never die”, lo siento, no me pude reprimir), el “Helpless”( que interpretara aquel jovenzuelo melenudo  en “the last waltz”, el mayor concierto de rock de la historia ) o cualquier canción del “Harvest”, esa joya intemporal. Y allí nos vamos, al “Harvest”, ya que pinchamos el tema “Alabama” recogiendo la sugerencia de un gran amigo de Atticus y de los luneandos, y nos felicitamos de que ésta  sea una sección tan compartida con el público, que ilumina semana a semana la cabezota de Atticus con su buen gusto, gracias, Luneando es vuestro…

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

La golondrina…

 

 

 

 

 

Una golondrina visitó mi celda esta madrugada,

yo estaba dormido, pero escuché su voz de terciopelo,

desperté llorando, con un extraño anhelo.

Al día siguiente, la esperé con miedo,

deseoso estaba de volver a verla,

la soñé en mis sueños, intenté atraparla,

¡me dejó tan solo!, soñando su canto.

Ahora estoy tranquilo, ella es mi descanso,

¡mi suerte, mi dicha!, el sol de mis días.

Libre soy al fin, gracias a sus alas,

y juntos nos vamos más allá del tiempo,

ansioso yo espero que llegue la noche, que llegue el silencio,

perderme en sus alas, perderme en sus cielos.

                                                            Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

CUENTOS DE OTOÑO (III): LA MUERTE ENAMORADA

 

 

Aunque pensara Floriris

que ninguno se lamentaría por tí.

Floriris, ciertamente,

reirá con tu muerte¨;

y, de seguro,

chistes contará

encima de tu ataúd

y brincará, vitoreará

y cantará sobre tu tumba.

Si alguien menciona tu nombre,

tras tu muerte.

como, cuando o donde sea,

ella se burlará sobre tu lápida,

ella misma sacudirá tus roídos huesos (…)”

LaB die Verstorbenen ruhen-

( Kaspar Stieler, 1632-1707)

                                                                                                                                                                                          

Para Marlene

Era la muerte, y estaba enamorada. Me visitaba cada noche, cuando el crepúsculo. Siempre aparecía después de ponerme el pijama, antes de irme a la cama. La primera vez me asusté, al verla tan de negro, con esa expresión adusta y seria, y, sobre todo la guadaña me aterraba. Vestía muy elegante, de negro, claro,  sobria y elegante a un tiempo. Su traje era largo, casi le llegaba a los tobillos. Su escote era profundo y seductor y un enorme e hipnótico broche de circonita remataba la perfecta juntura de sus senos.

Era lívida como el pecado y tenía el cuerpo lleno de lunares. Como ya os digo, en las primeras visitas me asusté, pero ella me declaró que no venía a por mí, que me tranquilizara. No obstante, yo recelaba en todo momento y permanecía expectante a su afilada guadaña, por si en un descuido decidía acabar conmigo. La escuchaba con resignación, pues pensaba que si dejaba de hacerlo, me uniría a su club. Era como si me sometiera a una especie de chantaje. Luego me contó que lo único que quería de mi era un humano que atendiera sus problemas. Yo era psicólogo y  conocía de mis habilidades profesionales. De hecho, me había encontrado con muchos pacientes que habían tenido serios problemas con ella, después de que hiciera una visita a alguno de sus seres queridos, o  porque pensaban constantemente en ella y esto les deprimía.

Su conversación era fúnebre y escatológica, os podréis imaginar. Un disco rayado, siempre pensando en lo mismo. Su tono trágico me saturaba. Entendía que su trabajo era estresante y desagradecido, pero lo suyo era obsesivo. Fumaba como un carretero por el estrés laboral. Yo no sabía que la muerte fumara, pero así era.

A mi me molestaba, pues me acostaba con el pijama ahumado y la habitación apestaba. En las noches de invierno era un serio problema, ya que me veía obligado a abrir la ventana de par en par antes de dormir, y ello acarreó serios resfriados.

Un día, entre cigarro y cigarro me sopló que estaba enamorada. Me lo confesó entre lágrimas, tampoco se me había pasado por la mente que la muerte pudiera llorar, pero así era. De hecho, sus lágrimas despedían un ligero olor a azufre y corroían el parquet del suelo, levantando un manto gaseoso. Igualmente me sorprendió que la muerte pudiera amar, pero también amaba.

Era un chico de no más de veinte años. En una noche de fiesta se pasó en la mezcla de alcohol y drogas y terminó siendo su cliente.

–         Era tan bello. Su cara era tan serena, su boca carnosa, sus miembros jóvenes y apetecibles. Su cuerpo aún no se había sometido a ese odioso e imparable proceso de corrupción que implica el dejar de existir-  Filosofaba amargamente la muerte, entre sollozos. Su boca perlada por un brillante hilillo de baba.

Yo intentaba consolarla, pero no había manera. Me decía que recordaba a todas horas el rostro de aquel chaval, y no podía comer ni dormir, pues todo lo vomitaba. Cómo adivinaréis también confieso mi desconocimiento de que la muerte pudiera comer o dormir. Pero el que me quedaba dormido era yo, estaba que me caía, el día en la consulta había sido duro y no aguantaba un segundo más.

Ella reconocía amargamente que debía seguir trabajando, “la muerte es así”, asumía con resignación. El amor había sido un incidente inesperado en su vida, la habían educado para ser indiferente a esos sentimientos. Además para ella el sexo era imposible, pero no el deseo. Aunque el deseo que sentía por ese chaval era irrealizable, con la dosis de frustración que ello suponía.

Además ese deseo consecuencia del amor que sentía estaba lógicamente sometido a un plazo de caducidad que era inexorable, el tiempo en el que el cuerpo del muerto amado quedaba abandonado a la putrefacción por el cese de sus funciones vitales.

Estaba desesperada, pues lo que sentía no era un capricho pasajero, era amor con letras mayúsculas. Ella había seguido con su duro trabajo, día tras día, haciendo nuevas “visitas”. Ninguno de sus nuevos clientes despertaba en ella ningún sentimiento, y lo más importante, no hacían olvidarle. Pensó con indolencia que abandonándose en la rutina de su trabajo conseguiría olvidarle, pero no fue así.

Me dejó, por fin, y desapareció entre las sombras de la habitación. Yo caí a plomo sobre la cama, pues estaba rendido. Mis sueños no fueron precisamente pacíficos, estaba agitado después de mi encuentro con la muerte. Seres monstruosos los poblaban, mezclados con extraños recuerdos. Desperté sobresaltado varias veces, presa de un ahogo interior.

La situación ya se fue haciendo insostenible, y ello afectó a mi vida diaria. Los compañeros lo notaban, y peor aún, mis pacientes. Andaba distraído y nervioso, y mi aspecto era desaliñado y ojeroso.

Así que le planteé  la situación, frontalmente, sin tapujos, no estaba dispuesto a hipotecar mi vida a la solución de sus problemas sentimentales. Ella era muy egoísta conmigo.

Al principio lo comprendió y espació sus visitas. Yo respiré aliviado, pues temía su reacción, ya que al fin y al cabo, era la muerte. Poco a poco, la fui entrando en razón. Le comenté el problema del tabaco, que para mi era realmente traumático, y trasladamos las conversaciones al clásico diván. Descubrí que era transigente, pues respetó ante mi sorpresa la prohibición de fumar que colgaba en el despacho.

También varió las horas de visita, a las ocho en punto se aparecía religiosamente, justo cuando terminaba mi consulta diaria.

Poco a poco se fue vaciando en la consulta, comentando sus problemas de la infancia y como le había costado asumir su rol. Me sorprendía su apertura. Incluso nos reíamos juntos, tenía un sorprendente humor negro. Yo cada vez empatizaba más con ella y ella conmigo.

Terminé por acostumbrarme a digamos los gajes de su oficio, lo veía natural, total me los contaba día a día. No lo veía tan trágico, al fin y al cabo,¿ no forma parte la muerte de la vida?.

Pues si, efectivamente, pasó lo que están pensando, ella superó su depresión, olvidando al desdichado joven y yo caí locamente enamorado de ella. La situación había dado un giro de trescientos sesenta grados, ahora era yo el enamorado.

Un día después de una sesión prolongada durante horas y horas, en la que le di permiso para fumar y trasegó un paquete entero de Marlboro, lo uno condujo a lo otro. Ella me miró fijamente a los ojos y yo quedé hipnotizado por sus encantos . Nos abrazamos y buscamos nuestras bocas, y ahí terminó todo, pues me dio el beso de la muerte.

Fue esa última mirada del diablo, la recordaré siempre, en sus ojos percibí su triunfo, como un brillo especial. Me había engañado vilmente, pero era demasiado tarde, ya no había marcha atrás.

Yo debí haber pensado hacia donde iban los acontecimientos antes de enamorarme, pero ese era el problema precisamente, que estaba enamorado. Nunca pensé que la muerte tuviera ese potente poder de seducción, pero es así, me engatusó con sus lágrimas de cocodrilo hasta llevarme a su terreno. Caí en su trampa como un chiquillo. No obstante, en mi yo profundo sigo pensando si no será la muerte la forma sublime de alcanzar el amor.

                                                                       Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

TRISTURAS DE OTOÑO

 

 

                                                                                       

                                                                                A Ozu, el amable poeta del tiempo

 

 

 

 

 

 

Añoranza de noviembres tristes,

de noches en vela,

de lenguas saladas,

de besos robados.

Tristuras de otoño,

de Otoño tardío,

el Otoño de Ozu,

amable poeta del tiempo.

Recuerdos de cielos,

de cielos nublados,

pasan pesarosos,

mecen el silencio.

¡Otoño ha llegado!,

te digo al oído,

tú, no me contestas,

prefieres al viento.

 

                                                              Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

 

LUNEANDO (XVI): WILCO

 

 

 

Hoy Luneando está dedicado a ese grupazo americano de rock, folk, de country, de tantas cosas. Para Atticus la mejor banda de rock en activo, ni más ni menos. Lo pudo comprobar este martes en Vistalegre, Madrid, en la otrora plaza de toros. Ya los había visto en el Price el año pasado en un memorable día de todos los santos.

Wilco se convierte por derecho propio en la primera banda que repite en Luneando. Corría un 24 de junio cuando inaugurábamos esta concurrida sección con la movida “Monday”, que podría ser el himno de nuestros lunes. En aquella ocasión reconocíamos que no tocaron esta canción en el Price, pues, afortunadamente esta vez si, Atticus no cabía de gozo.

Pero vayamos por partes. ¿Porqué Wilco es la banda de rock favorita de Atticus?, sencillo:  Porque es un grupo capaz de conservar la pureza, la esencia, las raíces del rock clásico americano ( mi cabeza se abisma con ese temazo del “A ghost is born”, “I’m a wheel”, con el que brillaron los ojos de los allí congregados), sin renunciar a la experimentación.

A veces pueden recordar a míster Bob Dylan ( compruébenlo en la preciosa “Someone else’s  song” del “Being there”, o en el “What light” del más reciente “Sky, blue sky”), a los mismísimos Beach boys ( en el sentido lúdico y en esos coros, revísese “Outta mind (Outta side)”),    a los Beattles más gamberros           ( escuchar si no la divertida “Dreamer of my dream”), a The Band en el sonido folk de infinidad de canciones. La guitarra y la voz de Jeff Tweedy en muchas de sus canciones estaría muy cerca del toque country del admirado Woody Guthrie, de ese “olor a vaca” que diría nuestro querido Julio Ruiz              ( recordar la emotiva “Forget the flowers”, que tocaron en Vistalegre), y que nosotros también adoramos en Innisfree.  De destacar es su coqueteo con sonidos electrónicos que demuestran en  la vibrante“Art of almost” y que confirman la versatilidad del grupo. Ya en el álbum inicial “A ghost is born” tocaron estos palos ( pensemos en la magnífica “Spyders(Kidsmoke)”, que ayer ilustraba nuestro poema “La araña”)

Tienen canciones en las que, como si se tratara de músicos de jazz, son capaces de destruir la melodía, el hilo narrativo, y reconstruirlo después, como ocurre con “Via Chicago”.

“The Whole love”, su último álbum, con el tiempo se ha confirmado que es monumental pese a las voces de algún    crítico cenizo acostumbrado a encumbrar a cualquier medianía. Se trata de un disco sincero, atrevido, a veces intimista ( “One Sunday morning”, “Red rising lung”), otras divertido( “Standing O” o “Capitol city”). Una obra maestra que ya nació clásico.

Ante todo, Wilco es una excelente banda con excelentes músicos. Jeff Tweedy es capaz de resumir el mundo en la canción que interpreta, de cantar al oído del que escucha aunque cante para miles de personas.

Nels Cline, uno de los guitarristas del combo es un virtuoso de los pies a la cabeza, capaz de hacernos volar con los riffs del “Imposible germany” o del “At least that’s what you said”. Y qué decir del poderío de la batería de Glenn Kotche.

En fin, gracias Jeff y compañía, gracias Wilco por hacer que la vida sea algo especial.

 

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

Escogemos “One Sunday morning” ( song for Jane Smiley’s boyfriend) que cierra el “The whole love”, y que curiosamente no tocaron en Madrid, aunque la venían tocando en conciertos anteriores. Puro lirismo, pura belleza, una canción que podría acompañar nuestros recuerdos, o un gran viaje, o presidir un amanecer o un cielo nublado, como en la foto-fija que ilustra el vídeo que hoy traemos. Dura más de diez minutos, pero le bastan los primeros diez segundos para atraparnos…

 

 

 

LA ARAÑA

Quizás la araña del “Lullaby”, o quizás la canción de Wilco, o muy probablemente Marlene inspiró este texto…

 

Encaramada en lo alto de un armario

una araña me mira de soslayo,

ella no sabe que yo también la miro,

y mirándonos, pasa la tarde con desmayo.

La veo tejer y destejer el tiempo,

en una urdimbre de techos y de gozos,

y con descaro escapo de sus ojos,

temeroso de verme convertido

en hilo que alimente su recreo,

en rehén de sus arácnidos delirios,

en pasto, polvo, rastro, olvido.

                                                                                                 Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez