LA VISITA

Abrió el capó del garaje con su mando a distancia. Su flamante mercedes serie A estaba algo sucio, después de la batalla de toda la semana. Lo arrancó, mirando melancólicamente la pulcritud de los asientos traseros, vacíos ya de migajas de gusanitos, de palos de chupa-chups, y otros restos de chucherías. Desde la separación ningún niño había pisado ese coche y la asepsia del habitáculo le resultaba ahora asfixiante.

Ya en el exterior orientó la manguera contra su bonito mercedes y le dio una merecida ducha. Era domingo y le tocaba visitar a su madre. Del gesto adusto de su cara se podía deducir que no era la cosa que más le apeteciera en ese momento, pero alguien tenía que hacerlo.

Él era el único de los hermanos que vivía cerca del pueblo donde se ubicaba  la residencia de su madre. La decisión, tomada hace ya varios años, era irrevocable, pues no podía valerse por sí misma.

Las primeras visitas resultaban duras, pero la costumbre fue apoderándose de la situación. Al principio, la presencia de los nietos atenuaba la amargura de su madre, pero con el tiempo dejó de reconocerlos, incluso de reconocerse a sí misma. Con lo que ahora, la separación con su mujer no era ya un problema, ya que no reconocía ni a sus nietos.

Cogió la carretera estatal hacia de la residencia. Caminando por el lado salvaje, entonaba un tal Lou Reed en el flamante MP3. “tuturú, turú, tuturú, tuturú,turú, tuturutú,…”, cantaba juvenilmente, transportándose a aquellos maravillosos setenta dónde él y sus colegas querían cambiar el mundo, pero el mundo había terminado pasando por encima de ellos.

-¡Maldito cabrón!- Vituperaba, exaltado a un conductor que realizaba un adelantamiento imprudente.

Todo esto, el viaje, la música, los insultos le relajaban y le alejaban de sus últimos infiernos personales. Quedaban menos de cinco kilómetros para llegar a su destino y decidió parar a tomar un café y vaciar su vejiga.

Delante del café humeante, con gesto anodino vaciaba su cabeza de todo pensamiento incómodo o doloroso. Hacía tiempo que se había abstenido de la vida y no tenía energías ni fuerzas para reconstruirla. Su existencia era algo orgánico, como la de una planta, y él la regaba frecuentemente, pero con alcohol, pues en los últimos días había acudido al alcohol para intentar curar sus heridas.

Reanudó la marcha, deseoso de llegar y acabar cuanto antes. Por fin divisó una indicación del centro “ Nuestra Señora del Rosario”, a 300 metros. Se adentró por un camino que concluía en una verja. Tuvo que bajarse a regañadientes para abrir la verja.

Tocó el timbre, y allí apareció Sor Carmen, con una dulce sonrisa en su cara. “Como podrá esbozar esa sonrisa todo el rato con el panorama que tiene alrededor”, pensó para sí. Este era quizás el momento que más le desagradaba, la charla previa con Sor Carmen, en la que tenía que fingir interés por el comportamiento de su madre en las últimas fechas. Pero lo dictaban las normas sociales y había que hacerlo.

Superado el trámite pudo subir a la habitación. “toc,toc,toc”, tocó la puerta preguntando por mamá. Allí estaba junto a ella MariFé, una enfermera encantadora que dibujaba otra resplandeciente sonrisa en su rostro y que se retiró disculpándose.

-Hola, mamá, soy Alex, tu hijo, ¿Qué tal estás?

En un primer momento, ni siquiera levantó la vista, tenía la mirada extraviada, vacía de cualquier emoción.

-Mamá, soy yo, Álex, tu hijo, dame un beso- La besó, y ésta ni se inmutó.

Continuó dando un repaso a la habitación, cansado ya de una conversación futil, porque su madre no entendía nada. Era inevitable, un monstruo llamado Alzheimer estaba devorando su mente y degradando sus células nerviosas, convirtiéndola, poco a poco, en una muñeca rota.

Entonces se sentó frente a ella y clavó sus ojos en los suyos. Pudo descifrar un amago de susto en su expresión. Cogió sus manos y las apretó fuertemente, sintiendo una inefable emoción que explotó en sus ojos en forma de lágrimas.

Su madre le miró con una mirada opaca, una mirada que vestía de olvido todos los recuerdos de una vida llena de  azares, de conquistas, de sacrificios, de sueños.

De pronto, pensó, ésta es la mujer que ha besado sin pudor mi culo desnudo, me ha cambiado los pañales y se ha embadurnado de mi mierda cuando me movía.

Un súbito estremecimiento, una especie de cosquilla interior que le devolvió  a la infancia recorrió todo su cuerpo. Estaba temblando.

Se abalanzó contra su madre y la cubrió de besos, mojándole las mejillas con sus lágrimas. No se sabe si por el cosquilleo de la cara de su hijo, por los besos o por el mero contacto de las pieles, esbozó una breve, pero intensa sonrisa.

Esa sonrisa era el regalo más valioso que había recibido Álex en los últimos meses. Y entonces pensó que el amor lo puede todo, hasta la muerte.

 Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

* El 21 de septiembre es el día mundial del Alzheimer, este texto está dedicado a nuestros queridos padres, madres, abuelos y abuelas para que Dios les proteja del tormento del olvido de sí mismos.

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12 pensamientos en “LA VISITA

  1. Precioso Jorge…y muy necesario en un día como hoy. Ánimo a todos aquellos que pelean contra la enfermedad, más en estas épocas de recortes y desprecios hacia la atención primaria, de los dependientes, y a la investigación

    • Gracias, María!!, si, hay que reclamar la importancia de la atención primaria y de la investigación, es imprescindible, tú lo sabes mejor que yo, y sobre todo, trabajar en la empatía con males tan terribles.

  2. Has conseguido emocionarme, se me han saltado las lágrimas.
    Cada dIa trabajo con pacientes que no reconocen ni a sus seres queridos ni a ellos mismos y viven adentrándose lenta pero irremediablemente en una tiniebla que les envuelve hasta dejarlos vacíos de recuerdos.

    • Muchas veces el camino para abrir los ojos hacia algo es llorar,…, bueno, que te voy a contar a tí, yo hablo desde fuera, y desde el temor total a ver a algún ser de mi entorno tocado por este mal, si alguna vez sucede espero cambiar ese temor por el amor, besos!!!.

  3. Aunque era un relato q me habias hecho él honor d compartir conmigo,cuando Lo he vuelto a leer me ha emocionado d la misma forma.Que él destino nos libre d sufrir la fiereza del olvido.Gracias por este recuerdo y llamada de atención.No podemos dejar q la selva del día a dia y las prisas d la rutina nos hagan olvidar él demostrar nuestro amor a los q queremos.Besos

    • Si, yo también volví a él y me emocioné, porque te hace pensar en tus seres queridos. Estoy de acuerdo con tu comentario de la selva de los días, a veces, como a Alex nos hace caer en rutinas y olvidar la esencia de la vida que es el amor, el afecto a los demás, un beso!

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