“MARTY”( Delbert Mann; 1955 )

 

 

 

No eres bueno por casualidad, aprendes a base de sufrir, y te conviertes en un maestro del dolor.”

                                                                                                                                                                                                                            (Marty)

 Ernest Borgnine es uno de los actores secundarios del Hollywood dorado de los 50 con un aspecto más característico. Un hombre fornido, con nariz de porra, cara ancha, ojos redondos y sonrisa incondicional. Sólo la nariz partida en dos de otro grande, Karl Malden, le puede superar en popularidad. Él es Marty Pillety, el carnicero italoamericano protagonista de esta película ya histórica, porque supuso un giro al rumbo del cine americano de mediados de los 50. Estamos en la era de la televisión y Delbert Mann ( Mesas separadas, Pijama para dos,…) dirige un texto eminentemente teatral, escrito por un magnífico guionista, Paddy Chayefsky, creador de la historia que antes había sido llevada a la pequeña pantalla, donde Marty fue otro secundario de lujo, Rod Steiger.

Detrás de la elección de Borgnine para la película sin duda estuvo  su amigo y compañero de reparto en “De aquí a la eternidad”, Burt Lancaster, que aunque no aparece en los créditos formó parte de la producción de la película.

Corría 1955 y la película, contra todo pronóstico arrasa en los premios óscar, se alza con los de mejor película, director, guión adaptado y, claro está, mejor actor, desbancando a las grandes favoritas, entre ellas “Al este del edén” ( Robert Redford quizás como homenaje incluye en su espléndida “Quiz show” una referencia a Marty).

Exactamente veinte  años más tarde, en 1975 Milos Forman con “Alguien voló sobre el nido del cuco” repetiría hazaña, sumando además el de mejor actriz. La cuestionada “American Beauty” de Sam Mendes fue la última en lograr similar palmarés en los óscars. Como dato particular, señalar que fue la primera película que se alzó tanto con la palma de oro en Cannes, como con el oscar, aunando las sensibilidades otras veces tan distantes de ambos premios.

Entre los galardones, uno más que merecido para Ernest Borgnine, ese eterno y maravilloso secundario ( Johnny Guitar, De aquí a la eternidad, Jubal, Los vikingos, Grupo salvaje, La gran aventura de Poseidón,…) al que, por fin, le alcanzó la gloria. Para todos los aficionados al cine, un clásico de los westerns de sobremesa. Un tipo de una sola pieza que interpretaba a la perfección al rudo gigantón con buen corazón y gran sentido de la solidaridad ( recordar su enorme papel en “Grupo salvaje”).

Y, qué nos cuenta Marty. Pues una historia de gente corriente, la historia de un carnicero de Brooklyn que no tiene nada que hacer un sábado por la noche harto del rechazo sistemático de las mujeres. Al final decide salir ese sábado, y conoce a Clara, una chica con poca suerte con los hombres interpretada de forma correcta por Betsy Blair, que bordaría un año más tarde un papel muy similar en la “Calle Mayor” de  Bardem  ( adaptación cinematográfica de la obra de Arniches “La señorita de Trévelez”). Por la parte femenina, el óscar ese año fue para Jo Van fleet, la madre de Cal ( James Dean) en aquel inolvidable papel en “Al este del edén”.

Marty también nos cuenta el miedo a quedarse solos que atenaza al ser humano. Entre líneas introduce grandes reflexiones sobre el verdadero significado del amor, la familia, la pareja, gracias a unos brillantes diálogos y a frases que quedarán para la posteridad    ( Cuando el tímido Marty, convencido de su condición de feo, le dice a Clara aquello de “ si dos personas se van a casar para vivir juntas 40 ó 50 años, tiene que haber algo más que belleza.”). Por otro lado, la película también subraya la importancia de la independencia del ser humano, siempre mediatizado por la opinión del resto de la humanidad, y como esa independencia debe guiar la felicidad de cada uno.

Como plus, a esta película siempre se la ha considerado como la precursora del cine independiente americano. Cuando se observan las escenas urbanas, o los diálogos, uno se traslada inmediatamente al cine de John Cassavettes, cuya obra posterior lógicamente modernizaría el mensaje.

En una visión global del cine de la época, el espíritu es muy similar al  de las películas de Ozu. Las conversaciones entre las dos viudas, que a la vez quieren y no ver casados a sus hijos porque temen la soledad, o la idea del paso generacional es muy del estilo del japonés, lo cuál nos habla de la universalidad de los grandes temas.

En definitiva, con el tiempo se observa con placer el acierto y el atrevimiento de la academia por valorar en esa época una obra de estas características, porque suponía sancionar o dar carta de naturaleza a un tipo de cine distinto, alejado de los cánones habituales de Hollywood, y más cercano a lo que, por aquel entonces estaban haciendo maestros como De Sica ( pensemos en   “El limpiabotas”, o el “Umberto D”) o Rossellinni ( “Paisá” o “Te querré siempre”), un cine sobre personas, muy europeo, que nos cuenta con un profundo sentido humanista la vida de pequeños héroes, como Marty.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

Una escena de Marty, comiendo con su “Mamma”…

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