EL MUNDO PERDIDO

                                                                                                  Sir Arthur Conan Doyle

 

“…Divertir ha sido únicamente mi empeño. Al hombre, ese niño grande, al niño, ese    hombre pequeño”( Sir Arthur Conan Doyle)

 

El libro, pese a tratarse de un libro de aventuras comienza con una descarnada declaración de amor, la de Malone, reportero del Daily Gazette, a la niña de sus ojos Gladys, que diplomáticamente le da calabazas. Y esas calabazas son el desencadenante de toda la historia posterior. Porque Gladys le confiesa al desdichado Malone que el hombre que haya de conquistar su corazón deberá ser un hombre valeroso, con ardor aventurero, héroe de alguna hazaña.

Es el punto de partida de “El mundo perdido”, escrita por el creador de ese personaje universal llamado Sherlock Holmes, Sir Arthur Conan Doyle,  que también transitó por los caminos de la literatura fantástica. Lo escribió en 1912, habían pasado treinta años desde que creara al famoso detective de Baker Street, su perfecto “alter ego”.

Así pues, el aguerrido irlandés Malone emprende una fabulosa expedición por tierras sudamericanas, junto a dos zoólogos enfrentados en sus teorías, el tozudo Challenger y el pintoresco Summerlee. Remata la expedición, John Roxton,  aventurero cazador de cabezas de león.

En esas tierras se encontrarán con ejemplares de pterodáctilos, con tribus de espantosos monos-hombres, monstruosos lagartos-peces o enormes iguanodontes, animales gigantescos que se suponía extinguidos desde épocas remotísimas. Ahí empieza todo.

Para conocer el resto tendrán que leer un libro perfecto como lectura de verano, para llenar las aburridas e interminables tardes, abismando nuestras mentes en lugares salvajes y misteriosos . Según las palabras del autor, destinado al hombre, ese “niño grande” y al niño, ese “hombre pequeño”, muy en la línea de las historias fantásticas de otro de los autores favoritos en Innisfree, ese visionario llamado Julio Verne. No pretendemos aquí hacer un examen minucioso del libro, Atticus se limita a recomendarlo encarecidamente como primorosa y entretenida lectura veraniega que nos devuelva a nuestra infancia.  Extraemos un fragmento delicioso que  describe con pasión la exuberante vegetación sudamericana, disfrútenlo…

Mientras caminábamos sin hacer ruido por entre aquella alfombra tupida y suave de restos marchitos de vegetación, envolvía nuestras almas el silencio que suele invadirlas en la penumbra crepuscular de la Abadía de Westminster, y hasta la voz sonora del profesor Challenger se achicaba y se convertía en un cuchicheo. Si me hubiese encontrado solo, habría permanecido en la ignorancia de los nombres de aquella vegetación de gigantes, pero nuestros hombres de ciencia me iban señalando los cedros, los inmensos árboles algodoneros, y los palosantos, con toda la variada profusión de plantas que ha convertido a este continente en el proveedor principal del género humano de los dones de la Naturaleza que proceden del mundo vegetal, al mismo tiempo que resulta un continente retrasadísimo en productos procedentes de la vida animal. Orquídeas de vivo colorido y líquenes de tonalidades asombrosas ardían sin llama sobre los oscuros troncos de los árboles, y cuando un haz vagabundo de luz caía sobre la dorada allamanda, los racimos estrellados color escarlata de la tacsonia, o el risco azul oscuro de las ipomeas, aquello parecía el sueño de un país de hadas. La vida, que odia la oscuridad, pugna en aquellas grandes extensiones de bosques por ascender hasta la luz. Todas las plantas, incluso las más pequeñas, se rizan y retuercen para llegar a la superficie verde, enroscándose alrededor de sus hermanas más fuertes y más altas en un supremo esfuerzo. Las plantas trepadoras son monstruosas y de una frondosidad extraordinaria, pero otras plantas, que en ningún otro país treparon, aprenden aquí ese arte como recurso para huir de la sombra oscura, y de ese modo nos encontramos con que la ortiga corriente, el jazmín e incluso la palmera jacitara se abrazan formando círculos a los troncos de los cedros y luchan por alcanzar sus copas…”

*“El mundo perdido” ( “The lost World”), de Sir Arthur Conan Doyle.

* Edita: Laertes.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s