LUNEANDO (I): MONDAY

 

Era el músico y productor musical Quincy Jones el que afirmaba respecto del “So What” de Miles Davis que era como su zumo de naranja.

En The way to Innisfree hemos acogido la difícil misión de encontrar la canción perfecta para los lunes. Hallar la fórmula exacta de ese zumo de naranja musical.

Esa canción capaz de derrotar a nuestras legañas, con la que hagan gimnasia matutina nuestras neuronas. Hoy inauguramos sección, “Luneando”, que visitará The way to Innisfree cada domingo, proponiendo al lector  que sugiera “su canción de los lunes”. Atticus se reserva el derecho de admisión.

Abrimos sección, claro está, con el “Monday” de Wilco, la mejor banda de rock en activo. Y lo dice quien los vio en directo con un amigo en el Teatro Price, el día de todos los santos del pasado año. Memorable, no hace falta adjetivar más.

Curiosamente, en el repertorio no figuró “Monday”, canción que les cuesta tocar en directo porque la relacionan con la pérdida de un antiguo miembro del grupo. Hoy lo remediamos aquí, qué mejor grupo que Wilco para servirnos nuestro primer zumo de naranja musical, saboréenlo…

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21/6/12: “LOS EVANGELISTAS EN EL DÍA DE LA MÚSICA”

                                                                        Los Evangelistas”    ( Fotos de Atticus)

Olor intenso a incienso, un escenario plagado de cirios y canto gregoriano de fondo. La atmósfera mística está asegurada. No, no estamos en un templo románico de principios del siglo XII, tampoco dentro de un monasterio cartujo perdido en mitad del Sacromonte durante el tiempo destinado a la  oración.

Estamos a principios del siglo XXI, en la nave 16 del matadero de Madrid. A punto de comenzar el concierto de un  grupo llamado “Los Evangelistas”, del que ya hemos dado cuenta en The way to Innisfree.

De intro “Gloria”, claro, estaba cantada. La primera parte del concierto desgrana los temas del disco “Homenaje a Morente”. Se alternan temas interpretados por Antonio Arias y por J. Suena la Serrana de Pepe de la Matrona y la nieve pasa arrogante, “porque la nieve, donde no le hace falta no se entretiene”.

El olor a incienso sigue aquietando los ánimos de un público que comienza apagado, pero que acabó inflamado pidiendo un tercer bis. Los evangelistas  ante tanta austeridad (porque, señores, estamos en tiempos de austeridad), llenan el horror vacui con un sonido sobrio pero emocionante de guitarras burbujeantes, ráfagas sonoras y cante doliente. De fondo, los golpes de la batería del genio Erik golpean como latidos del corazón.

Destacan la impresionista “Decadencia”, la roquera “El loco”, “Encima de las corrientes”, con esas referencias bíblicas, y, por supuesto, “Amante” ( “hasta las pestañas me estorban para admirarte”). En esta primera parte también tocan un tema inédito.

Y pasamos al segundo acto, más emotivo, más familiar, porque intervienen la enorme Carmen Linares y una prometedora Soleá Morente. Carmen Linares sobre un escenario demuestra que el flamenco puede cantarse de forma solvente con guitarras eléctricas y batería de fondo, en “Delante de mi madre”. La guitarra de Florent suena como un eco dulce y lejano, casi telúrico, que acaricia el oído. Carmen canta y recita la emocionante “El mundo es de los valientes”, basada en un poema del maestro. Soleá interpreta “La Estrella” y acompaña a Antonio Arias en la espléndida “Yo, poeta decadente” ( “hasta los raíles del tren me hacen llorar”). J anuncia unas malagueñas de Chacón. El concierto adquiere tintes de legendario, se nota, el público está entusiasmado.

                                                                        Carmen Linares: “Delante de mi madre”

Entonces llega el momento, a la vez, culminante y simpático, con ambas cantaoras sobre el escenario suena “Donde pones el alma” y Carmen Linares se aprende el estribillo sobre la marcha.

De postre, segundo bis. Deferencia a los dos componentes de la aleación. Por parte de Lagartija Nick suena, como no, una canción del Omega, y por parte planetaria unos fandangos, “Ya no me asomo a la reja”, que es ya un clasicazo a la altura de “Santos que yo te pinté”, o “De viaje”. El público extasiado pedía un poquito más de incienso.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

El rock psicodélico y el cante flamenco se hermanan en “Delante de mi madre”…

AFROCUBISMO: “MALI CUBA”

De repente, suenan tímidos y cadenciosos los primeros acordes del contrabajo, que anuncian el nacimiento de la música, y, como ocurre con el “So what” de Miles Davis, ya estamos transportados a otro mundo.

Luego, explota suave, poco a poco, una dulce tormenta de sonidos nacidos de instrumentos africanos cuyo nombre no me atrevo a reproducir. Nos encontramos en Mali, junto a un lago legendario, ha salido el sol y contemplamos su puesta.

Entonces suena la melodía del “Guantanamera”, tema eterno de Joseíto, con fondo de congas. Nos trasladamos a la Habana y las trompetas nos muestran el camino hacia El Malecón.

                                                     

Afrocubismo: Música en estado puro

 Nunca la música fue tan evocadora. Finalmente, África y Cuba se hermanan y caemos en un bendito mar de ritmos imantados. Esto si es fusión, y no lo que nos venden algunos pseudo-profetas de la modernidad.

Y solo es el principio, “Mali Cuba” es el pórtico introductorio del “Afrocubismo”, una joya primorosa de la música, un diamante en bruto de arte puro y exuberante, nacido de la comunión de  músicos de la ” Buenavista social club”, comandados por Eliades Ochoa,  y otro grupo de músicos africanos. Hace un par de años “Los veranos de la Villa” madrileños fueron testigo de excepción de este cosmopolita combo afro-latino, y este año han pasado por la ciudad condal, dentro del  cartel de ese ecléctico festival llamado “Primavera sound”.

                                                                            Jorge Fernández- Bermejo Rodríguez

 Como corolario perfecto, Afrocubismo en acción, en Berlín, 2010, comandados por la guitarra y la personalidad de ese guajiro llamado Eliades Ochoa. De intro, “Mali Cuba”…

LOS PLANETAS: “ATRAVESANDO LOS MONTES”

             

Los planetas en “Una ópera egipcia”

El seguidor asiduo de “Los planetas” sabe que parte de sus canciones destilan lo que podríamos llamar la poesía de la decepción, de la tristeza, narran amores imposibles, enamoramientos extremos seguidos de desenamoramientos aún más atroces. Nos hablan de las consecuencias de estos desenamoramientos, de esas rupturas y de la huella que dejan.

Alguna de estas canciones son verdaderos cantos al ajuste de cuentas vengativo, pensemos en ese himno llamado “Pesadilla en el parque de atracciones” (Para la posteridad aquella estrofa lapidaria “espero que acabes colgando de un pino”), o en ese corrido  de Juan Gabriel adaptado por los granadinos, “Podría volver” (“En este mundo nadie es indispensable, puedo pasar sin ti igual que tu sin mi”). También se situaría en esta línea el “No ardieras”, ya el título lo dice todo, No ardieras, podríamos decir que es una típica maldición granadina (  El arranque es portentoso “En el castillo de donde las dan las toman, hay una cama reservada para ti, alguien te vio salir volando en una escoba, no había necesidad ninguna de mentir ”).

No es cuestión de hacer recuento de todas estas canciones dentro de la vasta carrera de este grupo mítico.

Hoy The Way to Innisfree muestra la que Atticus considera la joya de la corona de su Ópera egipcia ( 2010), esa obra tan arriesgada, continuación de su última etapa abierta con “La leyenda del tiempo” (2007), que mezcla rock, psicodelia y flamenco a partes iguales, y que ha generado amores y odios.

La joya aludida es el noveno corte ,Atravesando los montes”. Guitarras acariciadoras y  tono melancólico. J y compañía llevan al terreno del rock psicodélico unas malagueñas de Antonio Fernández Díaz “Fosforito”, que tienen por título la primera estrofa de la canción, “Creí morirme de pena” .

El comienzo  lo marcan riffs de guitarras lejanas y distorsionadas. Las insistentes baquetas del gran Erik  golpean la batería acercándonos a las cadencias del flamenco y sumiéndonos en una mar de texturas y de sonidos. Estamos imbuidos en la típica atmósfera planetaria. Esta enérgica batería nos acompañará hasta el final.

Aquí la historia de desamor se lleva al folklore andaluz, con árboles que hablan a los humanos interrogándoles por el amor.

Pero también hay sitio para el ajuste de cuentas, si no fijémonos en el remate final : “Tendrás que llorar por mi, tiene que llegar el día en el que llores por mí, lo mismo que yo estuve llorando cuando te fuiste de aquí”. Aunque el ajuste de cuentas en este tema magistral es menos duro que en otras ocasiones , quizás porque las heridas del corazón no terminan de cerrarse nunca.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

 

 

 

 

ATRAVESANDO LOS MONTES

( Antonio Fernández Díaz, “Fosforito”/ J)

 

Creí morirme de pena
cuando no querías verme
creí morirme de pena
y ahora bendigo mi suerte
de no tenerte a mi vera
de no tenerte a mi vera

y atravesando los montes
salí de málaga un día
y atravesando los montes
oí una voz que decía:
“chiquillo no me conoces
tanto como me querías”

tendrás que llorar por mí
tiene que llegar el día
en el que llores por mí
lo mismo que yo estuve llorando
cuando te fuiste de aquí.

WHEN THE MAN COMES AROUND

 

Quien vive demasiado, muere vivo” ( Paul Auster; El libro de las ilusiones)

                                                                                                                         

Johnny Cash ( 1932- 2003)

“El hombre de negro” comenzaba sus conciertos  con una sencilla frase: “ Hello, I’m Johnny Cash”. Pionero del rockabilly y del Rock and roll en los 50, encontró en el country su casa. Su biografía está llena de claroscuros en los que no vamos a detenernos, no nos interesan ( su coqueteo con las anfetaminas, su azarosa vida sentimental).

Después de décadas de olvido, en los 90 resurge como icono del “country alternativo”. Hace poco destacábamos la obra que en homenaje de Enrique Morente han compuesto “Los evangelistas”.

Pues a estos dos monstruos, Cash y Morente les une su marcado aperturismo en el terreno musical. Algo que choca con los estilos que ambos profesaban, country y flamenco, dos estilos bastante cerrados.

Si Morente cantó junto a Beth Gibbons, líder de Portishead ( ejemplo de un sonido electrónico ,en las antípodas del flamenco), se unió a Lagartija Nick para firmar el Omega, o versioneó el Hallelujah de Leonard Cohen ( también recordamos la versión de Jeff Beck, que desarma), Cash clavó versiones memorables del “Personal Jesus” de Depeche Mode, o el “Hurt” de Nin Inch Nails ( ambas aparecen en el “American IV: The man comes around”).

Pasará a la historia  la canción “Redemption song”, de otro gigante, Bob Marley, grabada por Cash  junto a Joel Strummer ( “The Clash”).  Sin duda, era un artista polifacético, que también probó con el cine, en “El gran duelo” ( 1970), junto a Kirk Douglas, y apareció en un capítulo de la serie “Colombo”. Pero la interpretación no era lo suyo, lo suyo era la carretera y allí curtió su extensa carrera.

Hoy The way to Innisfree se detiene en una canción de su enorme repertorio.

Suenan relámpagos y, en un comienzo hablado, Cash se expresa en claros términos apocalípticos: “ Y escuché como venía el sonido del trueno: una de las cuatro bestias diciendo: Ven a ver. Y miré. Y contemplé un caballo blanco.”  De pronto, irrumpe la guitarra y la rotunda voz de este orgulloso y elegante hortera con fachas de cowboy, símbolo de una América perdida no se hace esperar. Su voz es como una plegaria, la plegaria de un hombre que sabe que le queda poco.

Un nudo en la garganta, los sentimientos a flor de piel, la piel erizada, de gallina. Es el “When the man comes around”, de su penúltimo disco, el “American IV: The man comes around”, de 2002, un año antes de su muerte.

Ésta es una canción que nos habla del crepúsculo de un héroe, su auténtico canto del cisne. El de Arkansas se agarra a la religión en la postrimerías y continúa con simbología del Apocalipsis durante la canción ( el reino del Alpha y el Omega, las trompetas, los cien mil ángeles, el Armagedón,…).

Finalmente, nos vuelve a hablar, con una voz que parece del más allá: “ Y oí una voz en medio de las cuatro bestias. Y miré, y he aquí: un caballo pálido. Y el nombre del que lo montaba era: muerte.”

Un escalofrío recorre nuestro cuerpo, hemos asistido al testamento musical de “el hombre de negro”.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

“SOLO ANTE EL PELIGRO” ( “HIGH NOON”, Fred Zinnemann, 1952)


 Un pistolero aguarda bajo un árbol la llegada de alguien. Es el gran Lee Van Cliff, un clásico “malo”, miembro de la banda de Liberty Valance en la magnífica película de John Ford y redimido posteriormente en la obra de Sergio Leone. Suenan las estrofas de esa preciosa canción compuesta por Dimitry Tiomkin, llamada “High noon”. Los títulos de crédito nos anuncian una película épica, una de las mejores producciones del sabio Stanley Kramer (“Vencedores o vencidos”) dirigida por otro grande del cine, Fred Zinnemann ( “De aquí a la eternidad”, “Historia de una monja” ). Llega un jinete y ambos junto a un tercero se dirigen a la estación de tren, cruzando el pueblo ante la expresión asustada de los lugareños.

De repente, nos sorprende el juez local, tiene una biblia y oficia la boda civil del sheriff con una bellísima Grace Kelly. Quedará grabado a fuego en nuestros cerebros esa cinturita de avispa, ese traje ceñido con encajes que viste al cisne.

Pero en la estación llega un telegrama. Los tres tipos esperan la llegada de su jefe , el villano local, al que se le ha conmutado la pena, y vuelve al lugar en el que le condenaron.

El telegrafista recorre el pueblo sin resuello un tranquilo domingo, mala señal.

Irrumpe en el juzgado y ante la noticia el sheriff íntegro que iba a dejar la placa se lo piensa. Los recién casados toman el coche de caballos, y las miradas son de preocupación. Como era de esperar dan media vuelta.

Queda una hora aproximadamente para que llegue el tren de las 12, y el tiempo real y el tiempo cinematográfico se pliegan en un ejercicio de virtuosismo narrativo sin precedentes. El montaje de Elmo Williams es sencillamente magistral.

El tiempo es objetivo, real, como un cronómetro cinematográfico.

Gary Cooper busca desesperadamente socios, pero nadie responde. Sólo ante el peligro es un ensayo sobre la responsabilidad, la integridad, y convierte a Gary Cooper en el héroe americano por excelencia.

Algunos han visto detrás de la historia una clara alusión al Macarthismo. Una pequeña comunidad paralizada por el miedo, que ha perdido su sentido moral. De hecho, su guionista fue perseguido por la “caza de brujas” debido a sus tendencias comunistas, y se vio en la realidad también “sólo ante el peligro”.

Magistrales también los secundarios, la elegante Katy Jurado o Lloyd Bridges, en ese papel tan pusilánime. Las miradas, los diálogos, nos informan lo justo de un pasado que lo condiciona todo en el presente.

Otro tema que sale a relucir es la vigencia del estado de derecho en situaciones de “fuerza mayor”, el juez se pone la venda y huye. También se destaca el enfrentamiento entre los partidarios del villano y los partidarios de la paz social.

A celebrar el plano-grúa ( muy al estilo Hitchcock) que arranca del rostro de Gary Cooper y se eleva hasta enseñarnos el pueblo en plano general. El desdichado sheriff aparece desorientado, torcido,  con la cara quebrada, subrayándose su soledad.

Y luego el duelo final, sin duda uno de los duelos mejor contados de la historia del western. Como la película al completo, siete minutos dónde no existen las elipsis.

En definitiva, una de las películas que deberíamos ver antes de abandonar este mundo, una estética lección de dignidad, orgullo, amor propio y renuncia al bien individual en favor del bien común, de la que probablemente podrían tomar nota más de un compañero de nuestro trabajo, o el político de turno preocupado más en mirarse el ombligo. Pero claro, aquí estamos en el Oeste, dónde como diría John Ford gana la leyenda.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

“LA HIJA DE RYAN” ( 1970): UNA IRLANDA TEMPESTUOSA

David Lean en acción

The way to Innisfree vuelve al mar. Pero éste no es el mar sereno, terso, casi cariñoso de Fellini, éste es un mar rugiente, violento, salvaje, rodeado de parajes escarpados. Un mar tan áspero como el carácter de los lugareños de la pequeña población costera irlandesa en la que nos encontramos. Estamos a principios del siglo XX en un pueblo  ocupado por el ejército inglés.

El inglés David Lean filma allí “La hija de Ryan” en 1970, cinco años después de su obra quizás más conocida, “Doctor Zhivago”. Se trata de un gran proyecto situado en los afilados acantilados de la península de Lindberg, Irlanda, donde solo el color del brezo suaviza la negrura de la atmósfera.

Allí reconstruyó David Lean un pueblecito costero en depresión económica, con la piedra típica de la zona. Quiso rodar en exteriores para que se aspirase el bramido real del viento, el olor de la espuma del mar. Y a fe que lo consigue.

Todas las circunstancias apuntadas  condujeron a que el rodaje fuera ruinoso, lo que junto al fracaso comercial de la película llevó a la depresión al director, que rodó su última película “Pasaje a la India”, catorce años más tarde.

Pero contemplada desde la sabia perspectiva del tiempo, observamos que estamos ante una obra de arte incontestable, un festival de exteriores y localizaciones. Nunca un oscar  estuvo tan justamente otorgado, la fotografía de Freddie Young es espléndida.

Y es en la fotografía principalmente en lo que nos apoyamos para afirmar que la película que nos ocupa es una película nodriza en la historia del cine. Basta recordar los Highlands escoceses de “Breacking the waves” ( 1996) de Lars Von Trier. Se remiten  visualmente a “La hija de Ryan”. Y quién no asocia el papel de Bess, interpretada magistralmente por Emily Watson, con el de Sarah Miles como Rosy.

La influencia también se adivinaría en la estructura de la película. El danés la divide en capítulos, valiéndose de temas musicales actuales, mientras que Lean la divide en actos con la música clásica de Jarre de fondo.

 

                                                                   Los escarpados acantilados de la costa irlandesa

La película comienza como si se tratase de una ópera o una sinfonía, con una preciosa obertura musical. La ya mencionada música de Maurice Jarre nos hipnotiza, con un crepúsculo rojo de fondo.

Obertura y escena inicial de la epopeya. Asistan a esta magistral aurora cinematográfica…

De repente, los acantilados de Irlanda agrandan nuestras pupilas, y el juguetón paraguas de Sarah Miles cae preso del gobierno de las olas. No importa, el cura y el tonto del pueblo navegan en una barca y lo recuperan.

Ambos son dos asiduos en la carrera de Lean, Trevor Howard ( “Breve encuentro”, “Amigos apasionados”) es el cura, y John Mills ( “Cadenas rotas”, “La vida manda”) es Michael, el tonto del pueblo.

                                                                                                                                                                                                                          Trevor Howard y Sarah Miles

 Y ambos lo bordan. John Mills obtuvo la estatuilla a mejor actor secundario.  Por los ojos del desdichado Michael va ocurriendo toda la historia. Construye un papel bastante convincente ayudado por su aspecto deforme y desmañado. En cuanto a Trevor Howard, está enorme en ese papel de cura pundonoroso y corajudo pastor de su aldea. Es el paradigma del cura católico de principios del siglo XX, y su papel choca con la visión banal y oportunista que el cine actual suele dar de los religiosos.

Sarah Miles es la hija de Ryan, Rosy, un pájaro enjaulado dentro del ambiente opresivo y rudo del pueblo. Muchos han visto en este personaje a la “ Madame Bovary” de Gustave Flaubert. Rosy, como el personaje literario busca el ideal de amante romántico.

Es la hija mimada de Thomas Ryan, el tabernero, patriota irlandés, interpretado por el gran Leo Mckern, que idolatra a su hija, y que tendrá un papel determinante en la historia.

La hija de Ryan busca algo que no le puede ofrecer el pueblo ni sus gentes, y cree verlo en el señor Daugher, un profesor de carácter sombrío pues ha perdido a su mujer. Rosy le tiene idealizado. Terminan casándose.

Robert Mitchum está perfecto en su sobrio papel de maestro austero y metódico amante de Beethoven y de la botánica.

La película se cimenta en unas sólidas interpretaciones. Lean se rodea de los actores de la escuela inglesa de toda la vida ( los ya mencionados Trevor Howard, John Mills o Leo Mckern). Pero también aparecen gigantes como Robert Mitchum, o la joven pareja formada por Sarah Miles y Cristopher Jones, el joven oficial inglés, de cuyo papel hablaremos seguidamente.

El guión corre a cargo de Robert Bolt, la pareja de Sarah Miles en esos momentos. Una historia quizás un tanto densa, con una estructura, como decimos, bastante interesante, dividida en actos como si de una ópera o una sinfonía se tratase.

La Irlanda tempestuosa que dibujan Lean y Bolt lo es por dos razones y por dos historias que transcurren de forma paralela.

Primero, la peripecia de Tim O’ Leary,  líder de la Irlanda rebelde de principios de siglo XX, contra la ocupación británica. Al rebelde lo interpreta Bob Rusk, el inquietante protagonista de Frenzy, del maestro Hitchcock, convertido aquí en héroe de la causa irlandesa. Todo el pueblo está entregado a la causa y colabora en la llegada de un cargamento de armas a través de la costa.

Después están los amores tormentosos en torno a la hija de Ryan. Ella es el crisol del pueblo y todos la aman o la envidian en mayor o menor medida y en distintos sentidos.

Primero está el amor paternal de Ryan, su padre, y también el del cura, que pretende ser su guía espiritual. El amor sosegado de Robert Mitchum, que nace con fecha de caducidad. No olvidemos el amor platónico de Michael, que suspira por una mirada suya.

Y entonces llega el oficial inglés , Cristopher Jones, un militar joven torturado por la guerra, condecorado en el frente, que es destinado allí, en un puesto tranquilo, para olvidar las secuelas de la guerra . Pronto Rosy va a colmar con el oficial lo que no le da el pudoroso y comedido profesor.

Llega el entreacto, con bello Intermezzo musical, la infidelidad está consumada.

La historia se complica, y la rudeza y la maledicencia del pueblo se ciernen contra Rosy. Alguien ha dado un chivatazo, y las armas son incautadas por el ejército inglés. El populacho apunta a la hija de Ryan, que es humillada por la muchedumbre. El cura llega tarde y no lo puede evitar. Por otro lado, su idilio con el oficial termina, también era de esperar.

Todo conduce a su salida del pueblo, y así ocurre. Lo suyo con el profesor también ha concluido. Parten a Dublín, fingiendo ante el padre que siguen juntos. Michael, con un hilo de baba perlado en la comisura de sus labios, percibe que la única ilusión de su vida se le escapa por la carretera.

Es hora de reivindicar a un cineasta enorme como David Lean. Resulta curioso comprobar, como ya hemos mencionado, que esta película, quizás su magna obra, fuese un fracaso comercial y una ruina, porque el tiempo le devuelve el brillo. Lean fue un director tendente a la epopeya, solo hay que recordar la época en la que estuvo asociado al productor Sam Spiegel, época en la que se le tachó de “coleccionista de oscars”. A esta época pertenecen sus obras más populares dotadas de un singular tono épico : “ El puente sobre el río Kwai” (1957),  “Lawrence de Arabia”(1962), o “Doctor Zivagho” ( 1965).

Sin desmerecer  estas películas, todas ellas verdaderas obras maestras, identificar únicamente la carrera de este director con las mismas es quedarse corto de vista. En su primera época inglesa Lean lleva a la gran pantalla las obras universales de Dickens, convirtiéndose probablemente en su mejor adaptador ( “Grandes esperanzas” en su película “Cadenas rotas” de 1946, “Oliver Twist”, en 1948 ). Precisamente en “La hija de Ryan” hay varias escenas en las calles del pequeño pueblo con una clara “marca Dickens”.

En el inicio de “La hija de Ryan” se adivinaría algunas huellas de esta primera época, ya que pese a las dimensiones epopéyicas aludidas, se capta un aire crepuscular y cierto tono sombrío que la acercan a las primeras obras. Asimismo intuimos  una poeticidad de las últimas cosas que hace adivinar que se trata de uno de los últimos cantos del cisne del inglés.

A su vez es un maestro del romanticismo. Pensemos en la conmovedora y muy inglesa “Breve encuentro” ( 1946), donde trata con perfecta elegancia y sensibilidad la historia de una infidelidad. Aquí tenemos que volver a citar, como no, “Doctor Zhivago” y aquel inolvidable “tema de Lara” de Jarre.

También es un mago de la emoción, sino pensemos en la bellísima  escena de “La vida manda” (1944) , en la que los padres reciben la noticia de la muerte de su hijo en el frente.

En fin, creemos que estamos ante uno de los grandes directores del siglo XX, un moderno quijote que, como Welles o Kurosawa, luchó hasta el último aliento por hacer realidad las historias que tenía metidas dentro de su corazón, aunque a veces no fuera capaz de ello ( como todos los grandes directores también tuvo un proyecto que no pudo ejecutar , la adaptación de “Nostromo” de Joseph Conrad), un director que nos enseñó que la dignidad cabía en un simple silbido, un director más grande que la vida, que hizo grande al cine con sus películas.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez