FRANKIE Y YO

“NO ME TENGAS MIEDO”(Ilustración de “Porque sueño”, corazon-hadamadrina.blogspot.com; autora: Paula Domínguez)

Le veía cada día, junto al río, tenía una cara tan triste. Yo le regalaba una flor, un día una margarita, otro un lirio, otros una rosa, y cuando estaba enfadada un cardo. Él aceptaba con una mezcla de orgullo y agradecimiento.

Eso si, recuerdo el día que se pinchó con las espinas de una rosa. Su rostro estaba fuera de sí, babeaba, sus ojos de través, la boca rumiando un sonido indescifrable. Me asusté y estuve a punto de cortar las relaciones, pero me daba tanta pena, estaba tan sólo en el mundo, y yo llenaba sus días. Con el tiempo aprendió, él era el que me traía florecillas a mí. Las aceptaba con rubor, no en vano tenía doce años, y mi sentido del ridículo estaba por las nubes.

Os hablaré de sus ojos, eran enormes, eran rajados y minúsculos, pero con un brillo extraño. Todos le tomaban por un monstruo por su aspecto exterior, ya sabéis, por los tornillos, esos botones antiestéticos y las costuras que recorrían su desmañado cuerpo. Yo le veía el alma.

Nos entendíamos sin necesidad de que interviniera el lenguaje, con una mirada o una sonrisa bastaba. También le hablaba, pero solo entendía los gestos. Le ofrecía la mano, le señalaba algún lugar, y él asentía. Mi temor era que acabase dependiendo demasiado de mí, porque no tenía a nadie en el mundo, al parecer por algunos problemas familiares. No hablaba a nadie de nuestra amistad, y no porque la considerase secreta, sino porque simplemente creía que de llegar a oídos de terceros, terminarían por perjudicarle, y esto era lo último que quería. Era tan frágil como una mariposa, en el fondo, un niño con cuerpo de monstruo. Reía por las cosas más banales, como ver saltar a una rana o a un saltamontes. Se moría de risa cuando intentaba atraparlos después del salto. Los pobrecillos huían despavoridos de sus manazas. Jugaba abandonando temporalmente este mundo, cuando deshojaba una margarita, o cuando giraba en corro conmigo hasta que nos mareábamos. Estábamos cómodos con esta situación, pero sabíamos que tarde o temprano llegaría a su fin. Mientras tanto, disfrutábamos del camino.

Avanzó la primavera de nuestra amistad, las margaritas lucían brillantes, amapolas, lirios, nardos y jacintos eran testigos de nuestra felicidad. Un día le picó una avispa. En principio se quedó atolondrado, sin saber muy bien qué había pasado. Luego sintió el dolor agudo en su agrietada frente. Lloraba con desespero. Era curioso observar a semejante armatoste humano dar alaridos por el simple aguijonazo de una avispa. Cogí un poco de barro de las orillas del río, y embadurné su frente con el mágico ungüento. Él se dejaba hacer porque era yo el que se lo hacía, solo confiaba en mí.

Pasaron las estaciones, y llegó el temido invierno. Ya no podía salir a verle. Se lo intenté explicar, pero no comprendía. Hacía tiempo que quise enseñarle a leer y a escribir. Repetía anodinamente las palabras, como estertores, luego las olvidaba. Era inútil. Y no es que me sintiera incómoda con la relación no verbal que manteníamos, para el juego era lo mejor, es sólo que cuando quería decirle algo importante no sabía cómo.

Adopté una expresión grave, él lo captó rápidamente, era muy intuitivo. Cuando vi sus dos ojos brillantes a punto de estallar lo comprendí,  supe que él también lo comprendía. Me despedí agitando mi mano lateralmente, con el brío de quien limpia una ventana. Intenté retener las lágrimas, corrí y corrí, escuchando a lo lejos sus  gritos de desesperación.

El invierno pasó lento y cadencioso, en el pueblo era así. Me acordaba de él y sufría porque sabía que me añoraría. Me horroricé imaginando el frío que debía estar pasando y en cambio lo calentita que estaba yo. Le había fallado, lo sabía. Un día volvió el sol, que inflamó de luz y de esperanza nuestra villa. Corrí presa de una enorme excitación hacia el lugar de nuestros encuentros. Pasaron las horas y no aparecía. Me senté en el húmedo césped, en cuclillas a esperarle. Siguió pasando el tiempo, hasta que el sol se escondió y lo envolvió todo la noche. Lloraba con desesperación. Había sido tan cruel con él, abandonándole aquel invierno. No me importaba que mis padres pudieran estar preocupados por mí, ya no. Lo había perdido para siempre.

Finalmente, tomé el camino a casa. De repente, noté un fuerte resplandor,  como si la luna quisiera hablarme. Guie mis pasos, como sonámbula, hacia el río, y allí estaba él. Su sonrisa era indecisa, a muchos seguro que les parecería horrible, a mí encantadora. Era pura, incondicional, vacía de cualquier rencor porque le hubiese abandonado durante tantos días. Esa noche me regaló una flor acuática y jugamos durante horas y horas, se notaba que me echaba de menos, yo a él también.

Y así paso todas las noches, junto al río. Me escapo a hurtadillas por la ventana, justo después de cenar. Me ha costado varios resfriados, pues muchas veces insiste en jugar al corro de la patata, y mi vestido acaba empapado. Los días que llego con el vestido así son los que más escaman a mi madre, está desesperada, se lo noto, sospecha algo, y no acierta a saber qué. Su amistad me cuesta muchas horas de sueño, pero duermo en los recreos, y a veces algún buen amigo vigila al profesor mientras yo echo una cabezadita.

Todos los esfuerzos merecen la pena. Sabía que mantener una amistad así era complicado, por eso los sacrificios no me cuestan tanto, porque él compensa mis pesares con su basta sonrisa, y con sus confusos pero dulces alaridos.

 

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

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Un pensamiento en “FRANKIE Y YO

  1. Ya te lo dije en su momento cuando tuve el privilegio de leer esta bonita historia, creo que es de lo mejor y lo más verdadero que has escrito. Beso.

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