DICCIONARIO ETIMOILÓGICO DE INNISFREE (XXI): “Eso es to…eso es to…eso es todo, amigos”

The last pig. Bartholomew Barker poet (tomado de internet).

El título de esta edición de nuestro diccionario suena a despedida porque lo es. La empresa arrancó hace ya más de seis años, ¡mamma mía!, y el término fundador fue “Crepusculear” que evidentemente es la acción de frecuentar los crepúsculos, acción muy propia de poetas despeinados como Atticus.

Hasta aquí llegamos, pero naturalmente esto no se acaba aquí. ¿Por qué?… primero, porque emplazo a todos los aficionados a que propongan sus términos favoritos de estas veintiuna ediciones, o añadan alguno de su invención. Innisfree es la casa de todos los innisfritas, se llamen o no Sean Thornton. Y segundo, porque naturalmente Atticus viene cocinando una nueva sección aún más interesante si cabe. Así que ya sabéis, primero animaos a proponer términos, y luego a esperar novedades. Ahí van mis últimos cartuchos etimoilógicos…

“Buclecografía: Ecografía en bucle. Muy común en las ecografías practicadas a muñecas matrioskhas”.

“Ejecuatar: Ejecutar a un individuo después de atarle de pies y manos”.

“Granjear: Caminar por una granja sin un propósito definido”.

“Olicarca: Gobernante que lleva mucho tiempo en el poder, compartiéndolo con otros olicarcas, con los que forma una olicarquía”.

“Platón: Plato hondo muy común en la restauración de la nueva cocina griega”.

“Resacaca: Resaca especialmente molesta que se introduce en el cuerpo del bebedor inexperto el día después”.

“Rutinizar: Triste tendencia del ser humano urbanita a convertir todos sus actos en rutina.”

“Tragicoentera: Tragicomedia muy, muy, muy trágica.”

“Vernear: Leer libros de Julio Verne dentro de un globo aerostático durante cinco semanas”.

“Zoobsesión: Obsesión enfermiza por los animales, que lleva al afectado a adoptar actitudes simiescas en su vida cotidiana”.

Acompañamos la crónica con la emocionante voz de Mina, torrente de personalidad y estilo. Con ella lanzamos un guiño a todas las mujeres, ya que el 8M fue su día. Sin ellas no somos nadie, ni más ni menos. “Un anno d´amore” . Aunque los años de está sección han sido seis, los hemos vivido con mucho amor (por cierto, Luz la cantaba estupendamente en Tacones lejano”, pero es que Mina…).

DICCIONARIO ETIMOILÓGICO DE INNISFREE (XX): ROMPIENDO LAS OLAS

Llegamos a la edición número veinte de nuestro diccionario -¡quién lo iba a decir! -, en un momento tan raro, que Atticus no sabe si reír o llorar. El alma mater de este blog se siente como un náufrago nadando hastiado entre las olas interminables del hartazgo. Sin embargo, no deja de divertirse, porque ese es el fundamento de la vida (a riesgo de ofender a algún científico triste que nos da un tirón de orejas por divertirnos demasiado estas navidades). Fruto de ese recreo nacen nuevos términos en nuestro querido diccionario etimoilógico. Como siempre digo, espero que les gusten a todos los innisfritas de bien…

“Acoplar: cantar la copla adecuada en el momento preciso.”

“Calvario: Depresión que sufren las personas después de asumir la inexorable pérdida de su cabello.”

“Coherentena: Cuarentena asumida con coherencia.”

“Desllover: Llover en sentido inverso, desde la tierra al cielo.”

“Desolado: Se dice del mar triste y taciturno porque no tiene olas.”

“Precovido: Neologismo surgido de la era del Covid, que define a la persona temerosa y obsesionada con la limpieza extrema.”

“Perplegilipollez: Cuando te quedas perplejo y gilipollas a la vez.”

“Ventanear: Cualidad de abismarse junto al quicio de las ventanas.”

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

Y de receta para estos tiempos tan precovidos, acoplamos una copla que es más grande que la vida, y que nadie supo cantar con tan precisa y preciosa intensidad como nuestra preciosa Lola Flores. Sentimos que el audio esté un poco bajo, pero todo lo suple con su actuación, Lola, qué monumento de canción y qué arte el suyo…

Autorrelato

#MiMejorMaestro

No sé ustedes, pero yo con dieciséis años era un tímido del demonio. Mi look particular tampoco ayudaba. Gafotas con culo de vaso (¡Por Dios, si entonces hubieran existido las gafas de ahora!…Más de un complejo habría claudicado), tipo de lagartija exento de cualquier clase de trasero, y para rematar, torpeza absoluta en los deportes. Mi popularidad rayaba en el nulo, aunque a mí, niño distraído y reservado no muy dado a la alegría, no me importaba demasiado.

Tenía amigos, no creáis, incluso del selecto club de los molones. Era fumador pasivo de sus cigarros, y eso que no me gustaba el olor del humo, pero con esa edad la pura inercia te empuja a hacer cosas que en el fondo de tu mente adolescente no quieres.

—Mira Marta, tiene menos tetas que mi gata, pero en cuanto quisiera me la cepillaba.—David era un completo fanfarrón, vivía al lado del Instituto, de lo que alardeaba, aparte de otros muchos asuntos. No conocía los retretes colectivos, todos los recreos, el cigarro era la antesala del baño de su casa.

Las chicas eran un elemento exótico en mi vida, pura ciencia-ficción. Pero un día la vi, y algo se quebró dentro de mí…

—Mi nombre es Laura, soy vuestra profesora de Literatura.

La primavera entró por la ventana, incluso creí entrever alguna mariposa amarilla volando distraída. Era morena, de estatura media, ojos negros y rotundos, pero no exentos de dulzura. No tenía unas proporciones exuberantes, no le hacía falta, todo lo compensaba con su sonrisa y con la pasión que transmitía en sus clases. En su boca, “La Celestina” parecía un libro entretenido. Nos hablaba del Siglo de oro, de Cervantes, de Calderón, de Lorca, y casi podíamos oler las gachas que se cocinaban los labriegos manchegos al terminar su jornada de vendimia, o escuchar el cante jondo de los campesinos andaluces. Ese año viajé a Fuenteovejuna, me enteré de lo que era un “Nivola”, y aspiré a coger alguna manzana madura del milenario árbol de la ciencia.

Estaba enamorado de ella, era la mujer perfecta, y yo fantaseaba con ser su Romeo. Soñaba con, no sé, vivir juntos para siempre convertidos en árboles. Pero más bien me sentía como un Apolo triste que adoraba en la distancia algo inaccesible con forma de laurel.

Terminó la primavera, y con ella el curso. Laura volvió a su Andalucía natal, era interina. Yo me quedé con dos besos breves en la mejilla y la caricia feliz de su sonrisa. Nunca le confesé mis sentimientos. A esa edad no es tan fácil, ya lo saben. Bueno, lo cierto es que me quedé con otra cosa más importante. Su pasión, su amor por los libros, por el teatro, por la poesía, por el sagrado espíritu que late detrás de las palabras. Un espíritu que aún me persigue.

Pasaron los años, los veranos, los inviernos, los sueños. Estudié la aburrida carrera de Derecho, ingresando luego en la absurda nómina de la Administración. Todo muy Kafkiano. Pasaron también las mujeres, las alegrías, las penas, las decepciones. Pasó la vida.

Aunque “mi otra vida”, la verdadera, la sigo cultivando en la mesa camilla de mi cuarto de estar. Allí, al lado de un enorme ventanal que hoy escupe hermosos rayos de sol escribo este relato, e imagino a un chico despistado con la cabeza llena de sueños, que una vez, dentro de un aula de bachillerato, descubrió el dulce veneno que rezuman las palabras.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

DESDE MI VENTANA

#unaNavidaddiferente

Fotograma de “La ventana indiscreta” (Alfred Hitchcock; 1954) Fuente: El País.com

Observo los amaneceres, también el vuelo matutino de los primeros gorriones. Es un momento tan bonito, casi íntimo. Hoy, un azul turquesa se refleja en el cielo, y me hace recordar el mar. Es una de las ventajas de estar confinado. Aparte de dar positivo, tengo gota, así que estoy con la pata en alto, asomado a la vida de todos mis vecinos. Vivo en un quinto.

Mi curiosidad innata de fotógrafo no se sacia fácilmente. Pero no me acuséis de pervertido o de voyeur, en cuanto veo que la cosa se pone “caliente” desvío mi objetivo, me siento incómodo con estas situaciones. Yo digo que mi curiosidad ha estado siempre en equilibrio con mi pudor, como un ángel y un demonio pulsando en mi consciencia.

Sobra decir que estas navidades son peculiares. Solo recibiré las visitas de mi asistenta, Telma, que me pondrá al corriente con pelos y señales del número actualizado de infectados; y de mi novia, Gracia, que está empeñada en llevarme al altar. Aunque la quiero mucho, me gustaría seguir viajando con mi cámara por el mundo durante unos años más. No echo de menos navidades pasadas, nunca he sido especialmente navideño. Sí guardo en mi retina aquel fin de año del 2000, abrazado a Gracia en Times Square. Tengo la foto en el cuarto de estar. El periódico me lo propuso, y acepté casi sin respirar.

El tiempo pasa lento aquí arriba, y la ventana es mi mundo, casi mis piernas. No alcanzo a comprender a la gente, en tropel por las calles, invadiendo tiendas, locales, como si no pasara nada, como si no hubiera un mañana. Fotografío día y noche a todas esas hormigas urbanas, y cuando luego observo tranquilo las fotos, me hacen pensar en la locura humana, y en lo incontenible de esta locura. Pero como dijo no se qué pensador oriental, nadie puede detener el viento.

Esta noche es Nochevieja, y mañana estrenaremos año. Espero con cariño a mi chatita, seguro que me despertará cálida y dulce con sus labios, mientras dormito sentado en esta silla de ruedas, asomado a mi mundo parapetado. Desde hace años tiene las llaves de mi piso. Cenaremos acompañados de dos velas, y con los ojos enlazados desearemos que este año se borre rápido de nuestras vidas.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

LOS SUSTITUTOS

No le quedaba otra. Había dado positivo y debía pasar la navidad en cuarentena. Se lo explicó a su madre, que desolada comprendió:

« No te justifiques, Álvaro, no es tu culpa».

Apagó el ordenador con frustración. Estaba hastiado con tanta videoconferencia, con tanto sucedáneo del contacto humano. Fue a la cocina, y después de calentarse un café con leche en el microondas, volvió a enchufar el pc. Pulsó en el buscador “Navidades en confinamiento”, y tras varios minutos de vagabundeo, apareció un plan insólito. Paquetes familiares, STANDARD, AVANZADO y PREMIUM. ¿Confinado en casa?,¿No puede ir a cenar con su familia? Nosotros le ofrecemos la oportunidad de disfrutar esta navidad con los suyos.

Siguió investigando. Una conocida empresa de mensajería ofrecía el servicio de grupos de actores en paro, profesionales o no profesionales, que interpretarían el papel de los familiares del solicitante. Era una familia “A la carta”. El cliente podía elegir los familiares preferidos, incluso a aquellos que no hubiera conocido, de los que tuviera referencias por conversaciones en torno a fotografías antiguas, u otras experiencias. La empresa exigía la remisión de cierta información: fotografías, árboles genealógicos, fechas de nacimiento, someras reseñas biográficas, etc. A partir de estos datos, se comprometía a hacer un riguroso escáner viajando por todos los recuerdos navideños del interesado, para así conseguir la versión más firedigna posible. El siguiente paso era optimizar dichos recuerdos, asignando los diferentes papeles a los actores en función de los familiares elegidos y del paquete seleccionado.

Escogió el paquete standard, era más bien conservador. Cuando se lo contó a su familia real se quedaron extrañados, aunque no les pareció mala idea, dado el carácter excepcional de los tiempos que corrían. Por supuesto, el equipo de actores vendrían con sus PCR negativas, mascarillas y demás exigencias.

El día que llegaron a casa una cosquilla interior recorría el cuerpo de Álvaro, entre excitado y confundido. Al abrir la puerta apareció Ester, su prima favorita. Quedó fascinado, era parecidísma a su prima real, la empresa se lo había currado. Le dio dos besos breves, y recordó azorado, ese otro beso en su habitación. Corría el año 94, y su boca le resultó tan jugosa como el zumo de una mandarina. Siempre estuvo enamorado de ella. Siguieron pasando. Vino el tío Anselmo, solterón como él, que volvió a cogerse una melopea del quince y a caerse de culo en mitad del salón. Álvaro volvió a partirse de risa como en 1984, cuando era un niño. Celebró que vinieran sus primos de Valladolid. Rememoraron trastadas, como la de aquella navidad en la que le tiraron un escupitajo en la calva a un señor desde el piso de arriba de la casa de la abuela. Cuando se le pasó el enfado, terminó comiendo turrón y brindando con sidra,e incluso llegó a perdonarles la bromita. Más tarde reconoció a su abuelo Paco, del que siempre le había hablado su madre. Murió de cáncer mucho antes de que él naciera. Conversaron con amor en los ojos, y descubrieron que tenían muchas cosas en común. En la tele se jugaba el torneo de navidad del Real Madrid, y Chechu Biriukov cosía a triples a la Cibona.

Pasaron los días en un ambiente de cordialidad, que incluso mejoraba cualquier versión pretérita de las navidades. Hubo brisca, mus, anís y polvorones, sobremesas y madrugadas, risas y música. Andrés, el tío aventurero y hippie de la familia desenfundó la guitarra y la armónica y emuló a Bobby Dylan tocando “Blowing in the wind”. Álvaro estaba encantado, todo brillaba en su cuarto de estar. También estaba triste, el contrato expiraba, y su “nueva familia” tenía que marchar. Contactó con la empresa e intentó en vano renovarlo un par de meses más, pero se limitaba a la navidad, esas eran las reglas.

La despedida duró tanto como la de Dorothy en “El Mago de Oz”. Los ojos temblaban anunciando ríos de lágrimas, la piel se erizaba de emoción, y los corazones de todos bombeaban sin resuello, como volcanes cotidianos. Eligió de nuevo a Ester para despedirse, y le estampó un beso en la boca que nada tenía que envidiar a los que le diera Bogart a Lauren Bacall en “Tener y no tener”. Cuando cerró la puerta lo tuvo claro, el año siguiente contrataría el paquete premium y le pediría matrimonio a su prima favorita.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

Otra Noche en la Ópera

Fotografía tomada de internet (Fuente: Cine y Literatura.cl)

Qué inyección de moral volver a ver el otro día a los hermanos Marx dentro de aquel minúsculo camarote, o firmando ese absurdo y a la vez realista contrato donde la parte contratante de la primera parte es la parte contratante de la segunda parte y viceversa, claro. 1935, estamos en periodo “de entreguerras”, el apogeo de los estudios, los “martiny days”, que diría mi adorado Garci, las películas eran como una copa de champán, mucho más sanas que una tableta de Lorazepan o que cualquier otro ansiolítico.

Los chistes de Groucho funcionan como cuchillos, a modo de perfectos ganchos de boxeo, no hacen falta explicaciones, funcionan por sí mismos, y por favor, no se detengan, no pulsen pausa, porque entonces se perderán el siguiente. Su verborrea, su sintaxis es simplemente impecable, nunca impostada. Una lanza en favor de José María Oviés, la voz española de Groucho, maestro de maestros del doblaje.

La película es de esas que comienzan andando. La adinerada señorita Claypool, interpretada por nuestra queridísima Margaret Dumont se disgusta por el plantón de Otis B. Driftwood, que resulta que está a su espalda. Ahí empieza todo, espalda con espalda en un distinguido restaurante. No le busquen ningún sentido al guion, no lo tiene. Perdonen el topicazo, pero acaso la vida lo tiene. La sucesión de gags es delirante, desternillante, irresistible, el “Ars gratia artis” en estado puro. En el guion George S. Kaufman y Morrie Ryskind, también un tal Buster Keaton escondido detrás de una sombra alejada de los títulos de crédito oficiales. El inflexible Irving G. Thalberg en la producción, y dirigiendo a esta disparatada tropa, el bueno de Sam Wood. Pero no nos detengamos en nombres raros y continuemos el viaje, hay que subir al barco, no importa que no hayamos pagado la factura del hotel, ya se la endosaremos a algún pardillo. Nos esperan noches en vela fumando puros y jugando al póker, un camarote con forma de torre de Babel, jolgorios varios, champán, espaguetis, bocinazos, barbas pobladas, golpes, malentendidos, y por supuesto, la poesía del arpa y del piano, a cargo de Chico y de Harpo.

No nos olvidemos de la Ópera. Verdi suena entre bastidores. Más confusiones, risas, desconciertos. Quizás a esta parte final le falta la frescura del arranque y del viaje en barco, pero ello no impide para que el gozo final se condense en la sonrisa de nuestra cara cuando llega el temido “The End” (¡Queremos más!).

Voy a declarar bajo riesgo de excomunión de la santa madre iglesia, en la que me aceptaron en su día como socio, que si existiera una Santísima trinidad en el mundo del cine podría ser la formada por Harpo, Chico y Groucho (sin orden de talentos, digo de factores), o quizás por los Hermanos Marx, Chaplin y Disney, en mi modesta opinión, los tres reyes (bueno, cinco) de aquella época en la que el cine se concebía como entretenimiento sublime, como una cosquilla constante en el ánimo del afortunado espectador.

Un momento perfecto para recuperar este clásico, esta obra de arte incontestable e intemporal, sobre todo en los tiempos cenizos, antipáticos y molestos que nos acompañan. Afortunadamente el sol sigue saliendo cada día y podemos seguir pidiéndole dos huevos duros a la vida.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

AJUSTE DE CUENTOS

Era inexorable, había que cambiar las reglas para encaminarse a un mundo perfecto, sin fisuras, donde tod@s fueran iguales, y por lo tanto, tuvieran las mismas oportunidades. Cualquier huella de deformidad, ya fuera cojera, ceguera o mudez sería abolida de los cuentos infantiles. Así lo determinaba el Decreto 69/2020, de 20 de febrero, para la normalidad, destinado a la reescritura de los cuentos infantiles, publicado en el B.O.E. nº: 54, de 29 de febrero del año 2020.

Cuando le contaron al soldadito de plomo que tendría dos piernas se puso muy contento. Sería igual que sus compañeros, todos cortados por el mismo patrón, ataviados con sus flamantes uniformes rojos, sus duras cabezas coronadas por aquellos rotundos sombreros militares, y sus flamantes fusiles al hombro. Se hizo la oscuridad en la habitación infantil y al soldadito se le iluminó la cara, ¡podía caminar con rapidez, y correr, y saltar!, su corazón rebosaba felicidad, no tenía fronteras, estaba exultante. Cuando la luz desaparecía comenzaban los juegos nocturnos. Aprendió a competir fuerte con los otros soldaditos. Hacían carreras, ensayaban la guerra cobijados en trincheras imaginarias, desfilaban al paso de la oca, y montaban guardias también imaginarias, ensoñándose en lejanos reinos que no existían.

Terminaba exhausto, siempre le faltaba tiempo y cuando dormía soñaba con la siguiente jornada. Pasaron los días, acompañados de la dulce rutina de la oscuridad y los juegos. En su afán por derrotar a sus camaradas se volvió odioso, siempre quería ganar, y a su paso solo encontraba enemigos, que no reconocían en él al afable y melancólico soldadito que conocieron cuando le faltaba una pierna. Ese carácter hosco e individualista que había devorado su ser le hizo olvidar sin más al amor de su vida, aquella bailarina de papel que se sostenía con una sola pierna. Ya no bailaba con ella hasta el alba cuando el resto de soldaditos se retiraban a sus aposentos. Cada noche la pobre criatura lloraba lágrimas de papel que caían como copos de nieve en las puertas del castillo donde vivía. Echaba de menos al soldadito cojo que habría hecho cualquier cosa por ella. Ahora su antiguo amor solo pensaba en nutrir sus músculos, y por más duros que éstos fueran (no en vano eran de plomo), no dejaba de hacer flexiones para mantenerlos voluminosos y brillantes, como el sudor que los bruñía.

Como pueden deducir el final del cuento cambió, y la etérea bailarina de papel murió de pena y de nostalgia. Lloró tanto que su cuerpo terminó consumido como papel mojado a las puertas del palacio.

El efecto del discutido Decreto sobre el resto de cuentos del imaginario infantil fue similar. Dumbo nunca pudo volar por mucha pluma mágica que esgrimiera, las dos enormes orejotas que le hacían especial habían desaparecido. Al morir su madre, terminó su vida arrinconado en las cuadras de un circo de mala muerte, rodeado de paja y oliendo a pis. En cuanto a Pinocho, cuando sintió la sangre corriendo por sus venas se escapó de casa. Nunca reconoció a Gepetto como padre, que terminó apagándose poco a poco en la oscuridad de su taller. La desdichada criatura acabó sola y amargada en los suburbios de la bella Florencia, mendigando para poder hacerse con algún mendrugo de pan.

Todos esos seres tan “completos” que surgieron de la nueva pluma que ahora los moldeaba olvidaron el espíritu de lucha y superación que siempre les había caracterizado. También se olvidaron de los otros, de sus semejantes, convirtiendo el mundo en el que habitaban en un lugar odioso e individualista, competitivo y pragmático, donde solo sobrevivía el más fuerte, y se desechaba cualquier imperfección, y al fin y al cabo, cualquier sello de humanidad.

Afortunadamente las aguas volvieron a su cauce. Las autoridades se echaron atrás y derogaron la polémica norma destinada a lo que ellos llamaban “normalización”. El soldadito de plomo perdió una pierna, pero volvió a ganarse a su bailarina, Dumbo voló y voló como si el mundo no tuviera fin y retomó las riendas de su vida, y Pinocho pudo reconciliarse con Gepetto y luchar por llegar a ser un niño de carne y hueso. Lo mismo ocurrió con otros cuentos, el patito volvió a ser feo, como toda la vida, y ello no le impidió avanzar, no sin esfuerzo, y sentirse integrado. El corazón de un mundo lleno de milagros cotidianos volvía a latir, consciente de su gozosa imperfección, convencido de su necesaria diversidad.

Jorge Fenández-Bermejo Rodríguez

Qué mejor día que hoy, 3 de Diciembre, Día internacional de las personas con Discapacidad para compartir con vosotros este texto, que ha resultado ganador del I Concurso de Relato Breve María Francisca Díaz-Carralero, organizado por el Consejo municial de personas con discapacidad de Manzanares.

La Cosecha

#historiasrurales

A la memoria del gran José Luis Cuerda

Pablo era un solterón que vivía en mitad de la sierra. Era huraño y silencioso. Su única compañía era Zafrana, una vieja perra. Aunque la quería como a una hija, a ella dirigía sus quejas e improperios. Cultivaba tomates, calabazas, lechugas, pimientos. También tenía almendros, melocotoneros y algún ciruelo. En el pasado había criado vacas, pero las vendió. A su edad, criarlas era un esfuerzo que no le compensaba. Sí conservó alguna gallina, sus huevos le solucionaban muchas cenas.

Llevaba una vida monacal, solo inquietada por los ladridos de Zafrana, los lejanos berreos de los ciervos y el ulular nocturno de los búhos. Bajaba al pueblo un día a la semana, allí vendía sus verduras, y de vez en cuando alternaba en el Casino con los parroquianos. Éstos se reían de su carácter apocado, y le decían una y otra vez que para cuándo una novia. Pablo maldecía, y les animaba a que se ocuparan de sus asuntos.

Cierto día de primavera sucedió algo extraño. Antes de volver a casa y después de regar las calabazas, observó que un mechón de pelo negro brotaba de la tierra, apenas se distinguía. Sí, realmente era pelo, le pareció cosa del diablo, y lo cortó sin más. Amaneció despejado al día siguiente. Su mente también estaba despejada, había dormido a pierna suelta. Pero su corazón no estaba preparado para lo que iba a venir. Rodeada de calabazas de distintos tamaños, la cabeza de una mujer. Se quedó literalmente sin palabras, con los ojos como platos.

—Señor, tengo mucho frío aquí. Mi cara está helada. Menos mal que tengo el cuerpo bajo tierra.

«Ah, pero que encima habla». Pensó Pablo en voz alta.

—Pues claro que hablo, y canto también. ¿Qué la pasa?, que se ha quedado mudo, ¿Cómo se llama usted?

—Me…me llamo Pa, Pablo, vivo en la casa con Za…Zafrana, mi perra.

—Pues yo me llamo Marta, y he de advertirle que dentro de cuatro o cinco días brotaré, como Dios me trajo al mundo, ya sabe. Así que ya va a usted rapidito a comprarme cuatro blusas blancas de talla media, medias de nylon talla M, ocho bragas de encaje, de las bonitas, dos faldas, una gris y otra azul marino…

Le recitó toda una retahíla de prendas femeninas. Pablo, con la boca abierta miraba sus dos ojazos negros, y su corazón bombeaba mariposas. Se le apagaron todas las canas que contaba, y volvió a su juventud en un instante.

Cuando bajó al pueblo a comprar todas aquella ropa femenina, la gente le miraba como si fuera un viejo verde o sencillamente un loco. Él siguió regándola y regándola, y cada día fue descubriendo los misterios de su cuerpo. Al tercer día la cosa ya llegaba al tronco. Para el quinto, y ya de cuerpo entero, se calzó unos preciosos botines regalo de Pablo, que la miraba ensimismado, como si no sintiese el cuerpo.

Enseguida gobernó la casa. « Pero bueno, ¡esto parece una zahúrda!». Cambió todas las cosas de sitio, y sacó brillo a cada rincón de las distintas habitaciones. Era cariñosa y enérgica, y todas esas virtudes las trasladaba al dormitorio. Pablo se dejaba llevar sin entender nada de lo que estaba pasando, solo pensaba en la dulce cara de su bella calabacita (así la llamaba cariñosamente), mientras mojaba una sopa de pan en la yema de un huevo frito. Las veladas al raso, abrazados bajo una bóveda de estrellas se convirtieron en una costumbre. Era como vivir en el cielo sin necesidad de alas, como en aquella canción que cantaba y bailaba tan bien Fred Astaire.

Pasaron las estaciones, y con el tiempo Pablo sabía que algún día Marta tendría que aparecer por el pueblo. Pero lo demoraban, les resultaba fastidioso tener que aguantar las miradas obscenas de tanto alcahuete. Aunque a Pablo le asaltaban dulces pensamientos y se relamía imaginándose el día en que entrara en el Casino pegando un portazo y agarrao de la cintura de su preciosa calabacita. No tenían ninguna prisa. Mientras tanto, acaramelados y entre miraditas, regaban sonrientes la siembra de calabazas buscando retoños. En la tierra apenas se distinguían, pero dos pequeños brotecitos de pelo iban avanzando. Esperaban mellizos. Uno iba a ser rubio y el otro moreno.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

OJOS TRISTES

#historiasrurales

Fue en otoño. Apareció de sopetón ante los ojos de Ángel, entre las setas y mojado de rocío. Él y su padre habían salido de excursión campestre en busca de los primeros boletus de la temporada. Y a fe que lucían carnosos, con ese color de penumbra entre el marrón y el amarillo. El niño no se asustó al encontrarlo tendido en el suelo bajo una manta. Tampoco alertó a su padre ante las súplicas del misterioso personaje para que no llamara la atención sobre su presencia. En su brazo izquierdo lucía un trapo blanco teñido en parte de rojo, como si hubiera sufrido una herida reciente. Sus ojos chocaron y entendieron, no necesitaron explicaciones. Ángel le acercó un pañuelo y vertió dentro unos frutos secos que guardaba en sus bolsillos. El tipo agradeció el gesto asintiendo. «Ángel, hijo, ¿por dónde andas» . Agarró instintivamente el fusil que guardaba bajo la manta y ordenó de nuevo silencio al chico, que se alejó precipitadamente con expresión entre atónita y asustada, perdiendo la cesta de setas.

—Estás tonto o qué, ¿dónde dejaste la cesta? —Le explicó sin mucha convicción que había huido despavorido al ver brotar de una piedra a una serpiente.

Esa noche no durmió. A la mañana siguiente observó emboscado detrás de una puerta entreabierta cómo un par de Guardias civiles inquirían a su padre. No pudo entender lo que decían, ya que éste le apremió a que arreara presto a dar el pienso a las vacas y a recoger los huevos que hubieran puesto las gallinas. El chico estaba seguro de que la conversación con los Guardias civiles tenía que ver con su descubrimiento en el bosque. Aquella tarde, justo después de comer, y antes de que se desvaneciera la luz del día, decidió salir acompañado de un zurrón de esparto cargado con pan, queso y algo de vino. Estaba excitado, relamiéndose en la pura sensación de lo prohibido. Su corazón estaba a punto de estallar cuando oyó un silbido discontinuo. No podía ser un búho, no eran horas. Luego, alguien le tiró unas piedrecitas. Era él. Estaba acostado bajo una gran encina. En el suelo, restos de una lumbre y cáscaras de bellotas. Cuando descubrió las viandas, sacó la navaja y devoró con fruición el pan y el queso, regando luego su garganta con el tinto peleón. Luego, extrajo de su bolsillo un sobre abultado y le pidió al chico que se acercara. Estrechó aquel sobre en sus manos, y con los ojos anegados de lágrimas le rogó que se fuera. Ángel no entendió muy bien, aturdido y algo asustado solo pensó en correr hacia su casa antes de que sus padres le regañaran.

Cuando llegó la noche una luna rota brillaba a lo lejos por encima de los álamos. Ángel buscó la intimidad de su cuarto para abrir el sobre. Contenía una carta manuscrita, tres mil pesetas y un broche. Primero curioseó el broche. De una parte, el retrato de una mujer con ojos tristes y profundos, como arrancados del fondo del mar. En la otra cara, un espejito roto, dividido en dos por lo que parecía una cicatriz. Luego leyó la carta, era una carta de amor, triste y candorosa a un tiempo, evocadora a la vez que fatalista, ya que contenía una despedida. En el anverso, una dirección.

La mañana siguiente amaneció con niebla. El olor a madera mojada anunciaba en la cabeza del niño alguna mala noticia. Con el tazón de leche entre las manos se enteró. «Sí, lo encontraron esta mañana, un maquis perdido en mitad de la sierra, parece que había huido de la cárcel del pueblo…al ver a los Guardias civiles intento escapar, y éstos lo tirotearon como a un conejo, pobre diablo». Se quedó frío por un instante, fuera del mundo. «Pero qué haces, niño, ¡has vertido toda la leche!». Su padre desvió hacia él una mirada abierta a la duda, de sorda sospecha. Nunca mencionó nada sobre el tema, como si no hubiera ocurrido, pero el chico sabía que su padre siempre se había olido algo raro.

El tiempo pasó, como pasan las cigüeñas por el cielo. Ángel andaba haciendo la mili en la capital. Por muchos años que hubieran pasado, no se había olvidado de la carta, la tenía prendida en su fogoso corazón de adolescente. Sabía que debía cumplir una misión, entregándola a la chica de ojos tristes. Aprovechó su primer permiso, y sin decirle nada a sus padres, decidió buscar la dirección del sobre y entregar la carta a Pilar, pues ése era su nombre. En el andén de la estación preguntó por la calle. Tuvo suerte, estaba cerca de allí yendo a pie. Finalmente encontró la casa, era un tercer piso. Subió las escaleras sin dudrlo y tocó la puerta. Una mujer rubia le abrió. Era ella.

— Buenas tardes, ¿qué desea?

— Busco a Pilar, ¿es usted?

— Sí, soy yo…

— Seré breve, este sobre es parar usted, no se alarme ni se extrañe, cuando vea su contenido lo entenderá.

Al fondo se escuchaban gritos de niños, y la voz de un hombre preguntando por la persona que llamaba a la puerta. Le dio un beso en la mejilla, no supo por qué y huyó ruborizado. Tampoco supo por qué se quedó con el broche. Por la noche, en la pensión, no podía dormir, tenía clavados los ojos tristes y profundos de Pilar, y al mirar el espejito, pensaba en las cicatrices que duran toda la vida.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

DICCIONARIO ETIMOILÓGICO DE INNISFREE (XIX): EDICIÓN OTOÑAL

Juan Carlos Ortega y José Luis Garci en la cadena Ser (Fuente: Cadena Ser.es)

 

Llegamos al otoño, y nuestra incertidumbre es mucha, aunque a mí esta incertidumbre me provoca una certidumbre color amarillo y sabor amargo café. De banda sonora Lou Reed, él nos canta septiembre. En la tele vemos un bosque lleno de hojarasca y algún inocente a punto de morir estéticamente en medio de un puré de flores desparramadas. Me huele a churrería, a humo de tabaco y a aguardiente. Solo puedo decir quitándome las Rayban: “La vida sigue…”

  • Aristotelizar”: adaptar una historia a los cánones aristotélicos.

  • Asfixioterapeuta”: Fisioterapeuta que se asfixia en verano ejerciendo su profesión a causa de las altas temperaturas y de la mascarilla.

  • Autorgía”: Orgía individual caracterizada por su tristeza.

  • Desperseverar”: Abandonar una causa por una tendencia patológica a la pereza.

  • Microrgía”: Orgía de pocos participantes, comúnmente cinco o menos individuos.

  • OrteGarci”: Monstruo radiofónico nacido de la fusión de dos genios.

  • Pancreacio”: Nombre propio asignado a personas con un páncreas notable.

  • Penumbrar”: Someter a la penumbra, ensombrecer un pensamiento limpio y sin intenciones ocultas.
  • Poemar” (dedicada a Juan Carlos Ortega, poeta de las ondas): Convertir cualquier sustancia sólida, líquida o gaseosa en poesía.
  • Poesesión”: Obsesión monomaníaca por las obras de Edgar Alan Poe
  • Protegel”: Proteger la piel utilizando gel. Práctica muy extendida en tiempos de Covid.

  • Sindecoración”: Se dice de los uniformes militares sobrios, caracterizados por la ausencia de insignias o condecoraciones.

  • Tiernologías”(dedicada con tiernura a José Luis Garci): Avances técnicos que mueven a la ternura.

  • Zoorgía”: Orgía en la que solo participan animales.

Y como ya anunciamos en la intro, la voz de Lou nos lleva en volandas hacia el otoño. ¡Ay!, ese otoño en el que los innisfritas de bien esperan con ansiedad las renovadas voces de Ortega, de MarcoAn, de Garci…