LA COCINA DE MAMÁ

 Foto tomada de la red (Pinterest)

El olor cálido de la sopa de mariscos era el olor del año nuevo. Con los cuerpos destrozados de la fiesta, mis hermanos y yo amanecíamos a las dos o las tres de la tarde, y recobrábamos el sentido gracias a la sopa milagrosa de mamá. Luego un buen trozo de carne, probablemente un solomillo de ternera, y un café bien cargado acompañado de figuritas y turrón del blando.

Mientras apuraba la taza de café me asaltó este recuerdo de juventud. En navidad, mi casa familiar olía a sopa de mariscos y sabía a turrón de Jijona. Recuerdo aquel año en el que mamá evitó a toda costa que saliera a jugar al patio. Tendría unos doce años. La fría mañana del día de Reyes supe por qué. No me lo podía creer, ¡una canasta de verdad!, allí fuera, bajo el cielo azul y las nubes blancas, el tablero rodeado de la hiedra y la lavanda que cuidaba mi padre. Me convertiría en mi héroe, Jordi Villacampa, haría bandejas, metería triples, e incluso cuando creciera, podría emular a Jordan con algún mate. Corrí a la cocina a contárselo a mamá, que disimuló muy bien la sorpresa, “Mamá, ¡no te lo vas a creer, es una canasta de verdad!”

En esa misma cocina, descubrí el sabor de la morcilla de sangre frita. Arrebatado por un olor exquisito, interrogué a mamá por “esa cosa que olía tan bien”. Ella me contestó directa: “si tan bien huele, mejor sabrá.” Es curioso el poder que tienen en nuestras vidas los olores y los sabores, a medida que avanzan los años. Creo que fue el Che Guevara el que dijo aquello de que lo primero que se echa de menos es la comida de casa. Estoy en las antípodas de sus ideas, pero comparto cien por cien este pensamiento.

Otro recuerdo vívido que esa cocina me trae a la memoria es a mi madre cantando, mientras en el cassette suena el “tatuaje” en boca de la Piquer, “Mirando el mar” en la voz de Jorge Sepúlveda, “Only you” interpretado por los Platters, o “Volver”, por Gardel, el más grande, y el favorito de mi abuela.  No crean, el recuerdo también es culinario, y viene acompañado de cocido, de croquetas de jamón, de arroz con pollo, o de chorizo casero. Aunque si nos ponemos sesudos, entre fogones, muchos sábados por la mañana, descubrí la ópera. La de Verdi, en concreto. “Aida”, “La Traviata”, o el precioso coro de los esclavos de “Nabucco”. Yo mendigaba hambriento alguna albóndiga, o rebañaba el cazo de las natillas recién hechas. Para ser sinceros, las natillas que más recuerdo eran las que mi abuela (otra gran cocinera) me hacía con Maizena, cuando, cosas de la edad, me negaba a comer alguna de las comidas de mi madre, ésas que ahora tanto echo de menos, como el Che Guevara seguro que las extrañó (las de su mamá, claro) cuando guerreaba en Sierra maestra. Yo creía que me cocinaba las natillas a escondidas, sin que mi madre supiera. Iluso de mí, luego descubrí que contaban con su beneplácito.

De repente, mi mujer irrumpe en la habitación y la nostalgia se convierte en presente. Me da un beso en la mejilla y me apremia: “Son las dos, es hora de irnos a casa de tus padres.”

Volvemos a la casa familiar a celebrar la navidad. Ahora los niños son mis sobrinos. Han cambiado muchas cosas, una, afortunadamente no. Cuando traspaso la puerta de la cocina, ataviada con su delantal, de espaldas, mi madre, entre ollas y sartenes, partiendo ajos, cociendo el asado, o añadiendo a la sopa la sal “que admita”. Como sus platos, la vida le ha traído sabores dulces, momentos salados, y tragos amargos, pero ella siempre la ha mirado de frente, “enseñándole los dientes”, como hacía el Accattone de Pasolini. Estuvo allí con el cáncer de papá, o en la muerte de mis abuelas, también en mis largas estancias en “Puerta de Hierro”, y nunca pidió nada, tampoco se quejó de nuestros malos humores, los comprendió con su amor infinito. Aquí, en su cocina, sé que estoy en casa, y pienso que este olor, esta intensa sensación de hogar debe ser la navidad.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

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JUGUETES ROTOS

 

 

Portada del single de Los Planetas “Pesadilla en el parque de atracciones” (Fuente: “La Fonoteca”, Internet)

 

Echaba de menos el sol de Malibú, las playas doradas, los bikinis, los cuerpos bronceados…

Cuando lo trajeron allí agarró una depresión de caballo que aún le duraba. Lorazepam, Prozac y otras golosinas, a veces mezcladas con algún lingotazo de Jack Daniels, le ayudaban a poner en cinta su mente. El whisky lo conseguía de su ex novia, Barbie. Cuando se abstraía en el sopor del alcohol, se le presentaban sus preciosos ojos azules del color del cielo estrellado de California, sus piernas de infarto, y esa nariz chatita que le volvía loco. Ambos aparecían sonrientes a bordo de un deportivo, y Kent acariciaba su perfumada cabellera.  Su pelo ahora  estaba sucio y pegajoso,  como un matojo erizado de algo que parecían extrañas raíces. El otrora perfecto maquillaje eran profundas ojeras y rimmel corrido; su cara, lo más parecido a la careta de Scream.

Acostumbrados a una vida de lujo y despreocupación, sus nuevos compañeros de viaje le deprimían. El estúpido Mr. Potato, que un día aparecía sin un ojo y otro sin un brazo, los cursis osos amorosos, o la niña repelente Peppa pig, a la que encima le olía el aliento. Barbie se consolaba pensando en que al menos no sufría ninguna deformidad, como otros desgraciados, que llegaban allí cojeando, o enfermos mentales, que por algún fallo de circuito entonaban día y noche la misma oración: “Soy Harry, tu mejor amigo, te quiero mucho, soy Harry, tu mejor amigo…”, por las noches era una tortura. Aunque no se daba cuenta de que el alcohol la había convertido en una criatura demacrada, una sombra de la chica rubita y perfecta de antaño.

—¡Eres un inútil!, todo el día llorando y durmiendo, si al menos me tocaras alguna vez —de un zarpazo le arrebató la botella de whisky—. Apártate de mi medicina, es lo único que me mantiene cuerda en este basurero.

—No debes beber tanto, mírate en el espejo y verás en lo que te estás convirtiendo.

—¿En qué?, en un ridículo como tú, en un impotente inútil que no mueve un dedo por sacarme de aquí, mientras me muero de asco —Barbie se limaba las uñas, y en las pausas bebía a palo seco—. Podrías hablar con el jefe Ynon, pedirle que nos ayude, escribirle una carta, ¡yo qué sé!, pero no, escondes la cabeza como un avestruz, “todo esto es temporal, cariño, ten paciencia”, ¡y una mierda!, esto es una cárcel, ya llevamos aquí cuatro años y no hay manera.

Se refería a Ynon Kreiz, el Director general de Mattel. El Consejo de Administración de 28 de diciembre de 2014 reunido en la sede de El Segundo, California, había decidido destinar al almacén de la ciudad industrial de Tremont, Ohio, los excedentes de producción de ese año. En el paquete figuraban Barbie y Kent. El resto de desdichados habían recalado allí desde infinidad de tiendas y grandes almacenes. La tribu era colorida, había compañeros de Mattel, otros de PlayMovil, PlaySkool, Lego, etc. Iron Man volaba en los ratos libres, y Batman era especialmente insoportable con sus carreras en el Batmóvil. Todos se arrastraban como huérfanos en aquella sala de espera gigante, confiados en que la navidad les daría un hogar, al lado de cualquier niño mocoso de los Estados Unidos. Alguno soñaba con conocer incluso la torre Eiffel. Barbie, en cambio, despotricaba, mientras jugaba al Uno con Kent, temerosa de que la escogieran en alguna campaña social navideña, y acabara en manos de una niñita negra con padres drogadictos.

El único entretenimiento allí eran los juegos, Pictionary, Cluedo, Scrabble. Sin embargo, la ex rubia plateada se consumía, y fantaseaba con los músculos de los Madelman, que lucían sus cuerpos sudorosos mientras se machacaban a pesas en el gimnasio que tenían instalado. Kent la reprendía, “deja de babear por esos bravucones, me pones en evidencia, además son de la competencia”. Es cierto que hacía mucho que no hacían el amor frotando sus intimidades de plástico, el sarcasmo, el alcohol y los antidepresivos habían destruido su relación. No quedaba nada de los tiempos dorados de California.

Se acercaba el día de navidad, y un soplo de esperanza brillaba en la cara de Barbie, que incluso se había maquillado para la ocasión.

—Estoy segura, Kent, este año sí, todo esto es un mal sueño, antes de pestañear estaremos saboreando un pisco sour y bronceándonos en la playa.

Kent no le contestaba, ni siquiera se había afeitado. Una sombra de tristeza y resignación cubría sus ojos.

24 de diciembre, mediodía, afuera dos tipos conversan amigablemente. Uno es Jack, el guarda del almacén. “Vengo a por el pedido, aquí traigo el albarán, primero echaré un vistazo, y luego cargaré la mercancía”, “De acuerdo, usted primero”. Se aproximaron a la sala, las pisadas  tamborileaban en el corazón de Barbie. Una luz cegadora. Los reclusos apelotonados, clavando una solitaria mirada de orfandad colectiva hacía ese individuo, que aunque no parecía tener pinta de duende, debía ser un emisario de Santa Claus. Los  introdujo a todos en grandes cajas, separando los muñecos  de los juegos. Barbie estaba exultante, “¡Lo ves!, somos libres, la pesadilla ha terminado”, a la vez que apartaba y llamaba piojoso a Elmo, que respondía con una sonrisa autómata.

Después, el tipo cargó las cajas en el camión, todos los juguetes gritaban de júbilo, salvo Kent, que no varió sus ojos melancólicos. Sin duda, no eran conscientes del contenido del albarán. Los juegos de mesa que habían sido introducidos en la caja con referencia “AS44017325” iban destinados a una ONG que trabajaba en los barrios marginales de la ciudad. La caja con la referencia alfanumérica “JR444017326”, en la que iban embarcados Barbie y Kent, era la de los juguetes rotos, su destino no era otro que la planta de reciclaje de Cleveland, Ohio.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

 

 

“BREVE ENCUENTRO” (“Brief encounter”,1945; DAVID LEAN)

Fotografía tomada del blog “Cómo lo haría Wilder”

 

Las apasionadas notas del piano de Rajmaninov alimentan la mirada perdida de dos amantes; una angustiada, la de la delicada Celia Johnson; y otra no menos sufriente, la del siempre sobrio Trevor Howard. De repente, irrumpe una visita inesperada, y mientras cacarea sin pudor vaguedades y chismes varios, se cierne entre ambos un silencio lacerante. El destino dicta una despedida en la distancia, impersonal, un sencillo y terrible toque en el hombro. Estamos en una estación de tren de la muy victoriana Gran Bretaña, el gigante David Lean adapta a otro gigante, el dramaturgo Noel Coward. El camino a casa de Laura, personaje interpretado por Celia Johnson, y el consiguiente reencuentro con su marido, será insoportable. Breve encuentro es la historia de lo que pudo haber sido y no fue, es la historia eterna del amor, que incluso cuando no es consumado es hermoso (pensemos en la más actual “Los amantes bajo el espino blanco” de Zhang Yimou). Un brillante y esperado flash-back nos recuerda los comienzos, mientras el marido completa ausente un crucigrama, su esposa le cuenta sin contarle su breve pero intenso encuentro.

Volvemos a Coward, no puedo dejar de pensar en Woody Allen, confeso admirador del inglés, y en las veces que habría visionado esta obra maestra, cuando observo las escenas de este elegante y amplio flash-back, en las que una ociosa Celia Johnson, visita las tiendas de moda, los cines o los restaurantes de Londres. En uno de estos restaurantes coincide con el que será su amor frustrado. Coward y Lean ya habían coincidido en otra delicia, la muy sofisticada “Un espíritu burlón”, filmada ese mismo año, que bien podría haber salido de la pluma de un Jardiel o de un Edgar Neville. Estamos en la primera etapa de la  filmografía de David Lean, un director dotado con una sensibilidad especial, su etapa  inglesa, caracterizada por un marcado tono intimista. Para el recuerdo, la muy honesta “La vida manda” o las primorosas adaptaciones de Dickens, “Cadenas rotas” y “Oliver Twist”. No nos olvidemos de experimentos más o menos desiguales, como aquellas “Locuras de verano” con la siempre magnífica Katherine Herpburn. Luego vendría su no menos prolífica etapa americana, la de su idilio creativo con Sam Spiegel, en la que injustamente se le tachó de “coleccionista de oscars” (“El puente sobre el río Kwai”, “Lawrence de Arabia”, entre otras), una época ciertamente dominada por la épica, sin olvidar su compromiso con el romanticismo y la poesía, en producciones como “Doctor Zhivago”. Terminemos el recorrido a su filmografía con la crepuscular “La hija de Ryan”, por la que quien esto escribe siente una especial debilidad, ya demostrada hace tiempo en “the way to Innisfree”.

Hemos hablado de los actores principales, y hay que hacer justicia al extraordinario elenco de secundarios, condensados en esa pequeña cafetería de la estación. El gran Stanley Holloway, padre basurero de “My fair lady”, que coquetea con una altiva Joyce Carey. Completando el trío, Margaret Barton, joven camarera que se lleva los malos humores de todos. En las apariciones de secundarios, no podemos dejar de referirnos a Hitchcock, con relación a las  escenas de conversaciones convencionales donde la mente de los personajes se diluye, ante el discurso insufrible de sus interlocutores. Siguiendo con el tema, tampoco podemos dejar de hablar de las llaves que ese amigo le presta a Trevor Howard para conseguir intimidad con su pareja, pues esa idea inspiró a un tal Billy Wilder y a su socio I.A.L. Diamond, para escribir “El apartamento”.  En definitiva, una película elegante, que supera el puro melodrama para trascender hacia el  romanticismo puro, y sobre todo intenso, tan intenso como puede ser un breve encuentro, hasta el punto de hacer un pequeño y justo guiño, en la amarga escena de la despedida, a uno de los cúlmenes del romanticismo decimonónico, la Ana Karenina de Tolstoy.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

 

 

 

 

 

REBELIÓN

Fotografía tomada de la red (Reinadelascriptas.wordpress.com)

 

Todo empezó en un rincón de Tijuana, México, un dos de noviembre de 2018, día de los muertos. Los esqueletos salieron de sus tumbas rumbo a San Diego, California (dicen que nacieron de las plegarias de sus familiares). Macario, el tonto del pueblo fue testigo. Esa noche se había quedado dormido dentro del cementerio. Pese al disimulo de los difuntos, que no querían hacer ruido con el arrastrar de sus huesos, despertó y no pudo creer lo que estaba viendo. Entre sus pocas luces y su tendencia a la ensoñación, al pobre nadie le creyó, pese a la cara de desenterrado que tenía cuando lo contaba: «Órale, vengan a verlo, eran purititos esqueletos, abran las tumbas si quieren, estarán más vacías que mi cabeza, que me muera ahora mismo si no es la puritita verdad». Los chamacos se burlaban de Macario, le daban empellones y le insultaban.

Se materializaron nomás comenzó la madrugada, discretamente, incluso dejaron recogiditas sus lápidas, como quien hace la cama antes de irse al trabajo. Pasaron las tres barreras de contención del muro, los detectores de movimiento, e incluso los equipos de visión nocturna. Tenían la cualidad adquirida en el más allá de volverse espíritus a voluntad. Los de la patrulla fronteriza solo notaron un viento extraño cuando transitó por allí esta especie de Santa Compaña.

Su ruta era imparable, de California a Arizona, pasando por Nuevo Méjico hasta llegar a Texas. Cuando alcanzaron Tennessee se pegaron un baño en el mismísimo Misisipi. La idea fue de Armando, había trabajado toda su vida allí, cargando y descargando mercancías, ahora, hecho un saco de huesos, la muerte le pesaba menos que aquella vida. «Órale güey, no tengáis miedo, remojar vuestros huesos pa´ que se les vaya la carroña». Diego, otro de los jefes de la partida, le miraba con recelo: «No debemos detenernos demasiado, queda poco, nos pueden ver, y eso no sería bueno. No andaba desencaminado, un chico montado en bicicleta, que vagabundeaba  por allí, contempló atónito la escena. Luego no se atrevió a contárselo a sus amigos, que notándole distraído le azuzaban: «Qué te pasa, Pedrito estás huevón, o qué, parece que hayas visto un fantasma». La última estación fue Virginia, antes de llegar a Washington.

Pasaron directamente al dormitorio, sin más protocolos. Eran las tres de la madrugada, y el presidente descansaba plácidamente en su lecho, abrazado a un osito de peluche vestido con la bandera confederada. Los esqueletos zapatearon para despertarle. Dio un brinco en la cama, asustado. Al encender la luz no vio nada. El corazón le martilleaba en su pecho. Decidió llamar a Seguridad por el teléfono que estaba al lado del famoso teléfono rojo. Antes de marcar reparó en un papel que estaba sobre la mesita de noche. La abrió con temor:

«Venimos del más allá, pinche cabrón, no seas cagón, ni se te ocurra llamar a tus pinches guardaespaldas, es inútil, estamos muertitos y no tenemos nada que perder, con un simple chasquido de huesos podemos desaparecer, así que piénsatelo. Al grano, estamos aquí porque nos lo pidieron nuestras familias, ésos a los que tú llamas animales, algunos tienen cuatro y cinco años, y tú, cabrón, les niegas el pan y los sueños. Vamos a hacerlo con tus reglas yanquis, tienes dos opciones: truco o trato. Si decides truco, te arrancaremos la lengua, y te cortaremos en cachitos, luego cocinaremos un burrito bien chingón con ellos. Si nos haces caso y decides trato, salvarás tu vida, nomás. El trato es éste, mañana, al despertar, escribirás y firmarás un Decreto presidencial que abra las fronteras a nuestra gente. Si tiene que pasar por el Congreso o por el Senado, convencerás a todos los congresistas y senadores que haga falta para que salga adelante. Con los jueces pasará lo mismo, visarán todas las entradas de inmigrantes legales a la que llamas “tu tierra”, y en realidad, es la tierra que arrebatasteis a nuestros hermanos indios. El año que viene te haremos otra visita, pa´ ver si cumples con el trato. Ahora apúrate a dormir, si es que puedes».

Un sudor helado cubría todo su cuerpo cuando acabo de leer la carta. Por las sienes le goteaba el tinte zanahoria que pintaba su falsa cabellera. Para dar más veracidad a la escena, el espíritu de uno de los muertos rasgó el papel que decoraba la habitación, y añadió unas notas musicales en forma de carcajada terrible. El presidente no durmió en toda la noche, encendiendo y apagando la luz para comprobar si aún seguían allí esos espíritus endiablados.

A la mañana siguiente, la prensa del mundo libre no daba crédito al viraje experimentado por la Administración estadounidense en política de inmigración. Todos creían que el presidente de los USA se había vuelto majara al firmar un Decreto de apertura de fronteras con México. A sus íntimos les contaba que había tenido un sueño extraño, una especie de visión mesiánica. Los más críticos se mofaban comparándolo con aquel «I have a dream» que abría el discurso del reverendo Luther King. Hasta el final de su mandato necesitó pastillas para dormir que le salvaran no ya de supuestos sueños mesiánicos, si no de las pesadillas recurrentes con calaveras vestidas de mariachis persiguiéndole.

Los muertos volvieron pacíficamente a sus tumbas, con un punto de nostalgia después de sentir de nuevo los rayos del sol en sus magulladas osamentas. Tendrían que esperar hasta el año siguiente, en el que les convocaran sus nietos, o sus tataranietos, para sentirse vivos otra vez, y lo que es más importante, para asegurarse de que el presidente seguía cumpliendo con el trato.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

 

LA TÍA AMARANTA

               Imagen tomada de la red (ActualMIX, Shutterstock)

En casa de la tía Amaranta estábamos a salvo de la muerte. Ella sabía lo que era la desgracia desde su juventud. Primero perdió a su esposo, Jorge, un hombretón moreno y montuno que se rompió la crisma subido a un caballo. A la tía nunca le extrañó, era vividor y bebedor, un apuesto charlatán adicto a los riesgos de la vida. Pero la muerte que se le clavó como un alfiler en el corazón fue la de Arturito, su bebé de tres meses. Murió consumiéndose, como una pavesita, lívido, lo mismito que la cera. Por algún mal azar la leche de su mamá dejó de nutrirle, y cuando se buscaron sustitutas ya era tarde. El bebé murió sin bautizar, y aunque Amaranta no era creyente, desde su pérdida se agarró como un clavo ardiendo a las leyendas aztecas que contaban que los niños muertos antes de su consagración al agua iban a parar a un lugar llamado Chichihuacuauhco. “Allí, hay un árbol de cuyas ramas gotea leche, con la que se alimentan los niños, la leche que a mí me faltó…Mi chamaquito bonito será feliz en ese lugar, y jugará y reirá con otros muchachos…” Conmovía verla, enajenada, repitiéndole la misma historia a todo el que se encontraba.

Envenenada por los recuerdos y las ausencias, convirtió su caserón en un sepulcro, y allí dentro fuimos a parar mi hermana Emilia y yo, aquel verano interminable, en el que nuestros padres nos confiaron a su cuidado. Vivía en Zacatecas, en el puro centro de México. La casa era  enorme, plagada de puertas altas y puertas falsas, armarios distinguidos, hamacas y mecedoras de madera y ecos misteriosos. Éramos dos figuritas de cristal metidos dentro de una urna, dos pajaritos enjaulados que no veían casi la luz del sol, ni jugaban con los otros niños, como exige la infancia. Algunas de aquellas tardes infinitas, apelotonados tras la mirilla de la puerta, la vimos llorar ante un pequeño altar en el que reposaban extrañas figuras y una vela iluminada con la imagen de lo que parecía ser una virgen. Una de esas figuras captó especialmente nuestra atención, tenía cabeza de perro, garras de león, alas de águila y cola de gallo, y lucía muchos colores, amarillo, azul, rojo, violeta. Luego supimos que era un alebrije, un animal imaginario, mezcla de diversas criaturas, reales o soñadas. En el centro, presidiendo, el retrato de su malogrado chamaco. Al apretar un amuleto de plata contra su pecho, las lágrimas le resbalaron por las mejillas. Nosotros no lo entendíamos, en nuestra casa no se creía en ningún espíritu en particular. Mis padres eran gente práctica, y opinaban que todas estas leyendas sobre vivos y muertos eran pura superchería.

El mayor peligro que podíamos experimentar en casa de tía Amaranta era el de las largas digestiones de sus frijoles con veneno, sus deliciosos tamales, o sus exquisitos chiles, umm, creo que es lo único que echo de menos del aburrido mundo de los vivos. Pese a las precauciones y los miedos de la tía, un día de agosto nos escapamos a hurtadillas rumbo al río, y disfrutamos tanto de las caricias del sol, del aire libre, que la vida fluyó por nuestras venas hasta que nos sorprendió la noche. Emilia, incauta e inexperta, se adentró demasiado en sus aguas, hasta que se convirtió en un grito en la oscuridad. Nadé lo que pude y lo que supe en su búsqueda, y acabé perdido y hundido, hasta que a mí también me engulló el río.

Lo siguiente fue como un sueño. De repente nos encontramos los dos dentro de un jardín muy grande rodeados de otros niños, y nos supimos felices. De las ramas de un hermoso y gigantesco árbol manaba leche, los niños la bebían con fruición y jugaban entre ellos. Lo reconocimos: ¡Era Chichihuacuauhco! Probamos la leche, estaba riquísima, luego jugamos y reímos con los demás. Dormimos cuando el sol se hubo retirado.

Cierto día nos encontramos con un niño de cara triste que nos recordaba a alguien. Sí, era Arturo, con mirarnos a los ojos fue suficiente. A su lado, apareció una extraña criatura multicolor, mitad perro, mitad león, que se abalanzó contra mí, me tumbó y después me lamió la cara. No me importó, hasta me resultó familiar. Era el perro de la tía, Dante, al morir Arturo, él también murió, y viajó en su compañía hasta aquí para protegerle. La tía mandó moldear el alebrije que estaba en el altar para recordarlo. Nuestro primo echaba de menos a su madre, pero era feliz allí con Dante. Nos explicó que su perro y él solo sobrevivían gracias a que ella los recordaba, lo mismo nos sucedería a nosotros con nuestros seres queridos. Esos recuerdos se hacían aún más presentes cada año, en el día que los vivos llamaban “Día de los muertos”. Sin embargo, los muertos no recordados, caían en el olvido y se desvanecían como polvo en la nada, que era un submundo que ni siquiera era submundo. Mientras ese recuerdo perdurara, los niños muertos podrían vivir años y años al amparo del árbol, y crecer gracias a su benéfica leche. Mi hermana y yo nos miramos cómplices, ya conocíamos gran parte de esta historia. Le contamos al primo Arturo que su mamá le quería mucho, también a Dante, y que cada día rezaba en un altar en el que estaban los dos. Cuando nos acostamos, pensé con honda tristeza en la soledad de tía Amaranta. Gracias a su llanto y a su recuerdo, los cuatro, podríamos prolongar nuestra feliz vida en Chichihuacuauhco.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

 

NÁUFRAGO DE OTOÑO

Fotografía de Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

                 

¿Recuerdas el día en que me salvaste de la lluvia?,

fue en otoño, nunca se me olvida,

ha llovido mucho desde entonces,

¡han caído tantos chaparrones!

Yo, mientras tanto, sobrevivo

y me duele el calendario cuando miro,

porque sigo tocado por tu risa,

abonado al recuerdo de tus ojos.

Huelo a diario el café frío de la taza marrón

—nunca te lo terminabas—

y suspiro todas las noches, aunque tú no lo veas.

Por eso estoy aquí, en la parada del 34,

cada vez que llueve me agarro a tu paraguas y aquí vengo,

donde me rescataste,

ya ves, no tengo nada que hacer:

me siento, leo el periódico, hago crucigramas,

miro al cielo, charlo con la gente,

hablo con los gatos, lío cigarrillos,

a veces me echo una cabezadita,

hasta que llega Julián, el conductor,

siempre me avisa,

pero yo le digo que no, que aquí me quedo,

sentado y armado de esperanza,

ya ves, no tengo nada que hacer…

Solo esperarte.

                                 Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

VENDIMIA

 

Fotografía tomada de la red (Confluencias.Wordpress.com)

 

Rayos de miel entran por la ventana,

invadiendo el quicio de la puerta,

artificio de sol, luz de la nada,

milagro de la tarde vendimiada

que envuelve de amarillo nuestra cama.

Las hojas crujen, los ciervos rugen,

 otoño llega con piel dorada,

y tú, no me dices nada,

me lo dicen sin palabras

mis manos agrietadas.

                                         Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez