DICCIONARIO ETIMOILÓGICO DE INNISFREE: EDICIÓN PRIMAVERA 2019 (XVI)

Cuadro de “El Hortelano” (imagen tomada del blog “Marx brothers Cabin.blogspot.com)

 

La primavera llega e inunda nuestras venas. Una tormenta de palabras vuela por la atmósfera, hasta convertirse en una hermosa espiral. Entonces nauframamos inevitablemente, dulcemente, y abrimos puertas y ventanas, y nos mezclamos con la espuma, y dejamos encerrada en el armario a nuestra hermana melancolía…

Saquen brillo al abrigo de colores que dormía en el rincón de sus armarios, salgan a la calle, beban el vino rojo de las flores, agarren la alegría del mundo que palpita. Pasen y vean, pasen y lean…

Cinegenética: Tendencia compulsiva a cazar las escenas favoritas de películas que comparten cinéfilos empedernidos, derivada de una inexplicable componente, a la vez genético, cinéfilo y cinegético.

Dinosoftware: Software muy antiguo.

Nauframar: Amar después del naufragio.

 

Ejercemos nuestra recalcitrante condición cinegenética y escogemos una escena del peliculón “El cazador”, quizás la mejor escenificación de la amistad que haya dado el cine. Que suene la música, manda Frankie Vallie, y sobran las palabras…

 

Anuncios

“Intensamente azules” (Teatro “La Abadía”, 09/02/2019)

Fotografía de Atticus

 

Hace años coincidí con una obra, “Reykiavic”. En ella, nada menos que Bobby Fisher y Boris Spasky, nos hablaban de sus excentricidades, de los dos bloques, trascendiendo el ajedrez, y alcanzando el alma humana. Me quedé fascinado, así que,  cuando leí en la prensa que su autor, Juan Mayorga, estrenaba nueva obra, fui corriendo (dentro de mis posibilidades) para estar allí.

El punto de partida de la historia me pareció curioso. Las gafas del protagonista, trasunto declarado del autor, se han hecho añicos. Ante tal suceso, no le queda otra que vivir con las gafas de nadar “intensamente azules” que le han regalado sus hijos. Bajo ese prisma “intensamente azul”, se enfrenta a la sobreprotección, a la falsa empatía, o al miedo de los otros. También se enfrenta a Shopenhauer y al mensaje pesimista de su libro El mundo como voluntad y representación, sintetizado en una  frase tan determinista como: “Todos los actos son necesarios.”

El texto, un monólogo más menos coral, en el sentido de que el único actor que aparece en escena, interactúa con otros personajes que él mismo encarna. Este actor es César Sarachu, Bobby Fisher en la sobresaliente “Reykiavic”, una razón más para ver la obra. Pasemos al análisis sin excesivas profundidades. Cómo diría yo, el alma que le sobraba a “Reykiavic” (perdonen que insista, pero la sombra es alargada), y que nos hacía conmovernos y empatizar con ese par de trágicos ajedrecistas, desaparece entre tonos azules, que supuestamente debían conducirnos a la melancolía, pero tristemente se estancan en la nadería.

Es cierto que hay momentos brillantes, de gran comicidad, e incluso hilaridad. Pero se quedan en eso, en chistes, cuyo gran sostén no es la obra, sino el excepcional trabajo de César Sarachu, animal interpretativo con dotes de mimo o de cantante de boleros, y una expresividad que simplemente hipnotiza. También hay ciertos logros escenográficos y de pura concepción teatral que me gustan, como ese pizzicato en forma de lluvia, o el aprovechamiento del propio espacio escénico, sobrio y con pocos elementos. Menos es más.

La obra no aburre en ningún momento, es más, divierte e incluso llega a ser tierna, pero cabe preguntarse si es el texto o el fabuloso trabajo de Sarachu el que la sostiene. Conforme avanza, no es la falta de nudo o trama o cómo queramos llamarlo (quizás sustancia o leiv motiv) lo que nos desconcierta, si no el no saber hacia dónde nos quiere llevar el autor. Si quiere que nos emocionemos, que reflexionemos, o simplemente que nos riamos un rato. Aunque quizás sea éste el propósito de Juan Mayorga, que no sepamos dónde estamos ni hacia dónde vamos. Quizás tengamos que recurrir a Shopenhauer y leerlo con gafas intensamente azules, para encontrarnos a nosotros mismos.

 

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

 

 

 

ALICE

 

“Sol de la mañana”, Edward Hopper. Tomada de la red (historia-arte.com)

 

Alice era rubia, de tez blanca, ojos achinados y vivaces, y un espíritu contradictorio, entre el miedo y el anhelo de la vida, como el pájaro enjaulado que tuviera las llaves de la jaula pero no quisiera usarlas. Tenía cincuenta años cuando comenzó a venir a mi consulta, pero vestía como si hubiera cumplido el siglo. Decía con amargura que había alcanzado la cima de la montaña de la vida, y que a partir de ahora solo quedaba la cuesta abajo. Fumaba cinco o seis cigarrillos al día, pero en las sesiones le permitía fumar, violando las reglas que alguna vez había ideado. No sé si fue por compasión o por complicidad, yo era un fumador nato desde los dieciséis, y mi mujer me perseguía cada vez que intentaba encender uno, así que no me costó hacer una excepción. En la primera sesión me habló de su infancia, de una soledad curada a base de libros, helado y radio nocturna. Las amigas nunca le duraron mucho.

De niña vivió en el campo, entre gallinas, vacas, conejos y tomates. Su padre era granjero, y murió repentinamente de un infarto, mientras conducía un tractor, que terminó chocando con un árbol. Alice tenía quince años entonces, y una hermana, Dana, de trece. Todo cambió en su mundo. Su madre vendió la granja, y las tres mujeres se trasladaron a las afueras de la ciudad, por un modesto alquiler. Allí seguía viviendo ella con su madre, rodeadas ambas de sauces, pinos y olmos, acompañadas del silbido del viento, de crucigramas, sudokus y autodefinidos. Su hermana voló pronto, quedó embarazada a los veinte, y se fue a vivir a Filadelfia con su marido, un eficiente corredor de seguros. Dos hijos, una vida acomodada en un barrio residencial, partidos de baseball los fines de semana, misa y barbacoa dominical. Cada tres meses les pasaba una cantidad, el negocio de los seguros funcionaba en aquellos años.

Alice trabajó desde los dieciséis, cuando se esfumaron los ahorros, era la hermana mayor. En mercerías, heladerías, restaurantes, tiendas de ropa. Luego vendrían las residencias de mayores, tenía tacto y amabilidad en el trato de ancianos, y estos la adoraban. De ahí pasó a cuidar a matrimonios en sus casas, y a solterones enfermos y solos. Controlaba sus medicinas, los movía, conversaba con ellos, y aguantaba sus malos humores, sus insultos mezclados con lágrimas y recuerdos.

Maduró pronto Alice, y en el camino se quedó su juventud y la Universidad, el dinero no alcanzaba, y su madre no podía quedarse sola. El sueño de ser enfermera se vio truncado.

Unos años más tarde, pudo estudiar un curso técnico que le cualificaba para el cuidado a domicilio de enfermos y  personas mayores. Ahí se acabaron sus aspiraciones. Recordaba sus sueños de juventud, viajar, hacer mundo, conocer chicos, quizás escribir un gran cuento en el “New Yorker”, y por qué no, convertirse en la nueva Carson McCullers. Se reía atragantándose con el humo de su cigarro cuando lo contaba, “podría aspirar a ser un bicho tan raro como ella”. Era graciosa Alice, y ocurrente, muchas veces nos reíamos con anécdotas de su vida, otras la cosa se tornaba grave y tensa. Su época de instituto no fue agradable, no es que le hubieran vaciado un cubo de sangre de vaca el día de su graduación después de ser nombrada la reina de la fiesta, no, pero sí sufrió humillaciones y desprecios. También sufrió el despegue sexual de muchas amigas perdidas, y su condescendiente palmadita en la espalda, “Eres bonita, inteligente, acabarás gustando a algún chico, es cuestión de tiempo”. Perdió la virginidad a los veintiuno, y fue terrible, se sintió como una hamburguesa en manos de aquel carnicero, Tom, Sam, no recordaba su nombre. Luego vinieron otros carniceros de una sola cita, cuya única pretensión era desahogarse.

Hablábamos de su trabajo. Tenía la vocación de cuidar de los demás, ya que no sabía cuidarse a sí misma. No le importaba ver culos llagados, tetas caídas, verrugas y cicatrices, vaciar orinales, o en el peor de los casos cambiar pañales empapados. En casa tenía a su madre, pero ella se conformaba con poco, recordarle sus pastillas, colocarle la almohada en la cama, hacerle la comida y ayudarla en sus veladas de bridge con sus amigas. Siempre le costó mandar en su vida, como decían los libros que leía en horas de insomnio, asumir las riendas, coger el toro por los cuernos. Lo de tener un hijo lo veía como un sueño lejano, era demasiado mayor, aunque decía para sí que todos los avances científicos debían servir para algo.

En esos días cuidaba de la señora Warren. Tenía problemas respiratorios, sus pulmones sobrevivían a duras penas. Estaba casada con Roland, un antiguo compañero de instituto, taciturno y retraído como Alice. Se había convertido en un hombretón, espalda grande, manos firmes, voz grave, concisa pero autoritaria. Tenían dos hijas, Lucy y Sara, ambas conectaron inmediatamente con Alice. Todas las noches entre calada y calada esta le contaba a Roland la evolución de su esposa, y él se convencía cada vez más de que el final estaba cerca.

Fue una mañana clara de abril, cuando me contó entre lágrimas la muerte de la señora Warren. Pero había algo más que quería contarme, Roland le había propuesto matrimonio, y ella se sentía fatal por ello. Esas conversaciones nocturnas entre los dos ex-compañeros de Instituto terminaron en amor y comprensión. “Quizás llegó la hora de tomar las riendas de mi vida”, pronunció con la mirada hueca, posada en el vacío.

Nunca más supe de ella, no volvió por la consulta. Enciendo un cigarrillo y abro la ventana. Un cielo claro, sin nubes. Mirándolo me acuerdo de la sonrisa de Alice, deseo que nada ni nadie  haya terminado de quebrarla, deseo que por fin haya podido decidir ella misma la suerte de sus días.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

EL JARDINERO

Jardín de la serie “Los jardines de Giverny” (Monet). Imagen tomada de internet (fuente: Protestante Digital)

 

 

Quiero ser tu jardinero,

recortarte con esmero

espinas que te hagan daño,

penas, que tengas de antaño,

y sembrarte un par de lilas

en el cielo de la boca,

para que cuando respires

me sepa tu aliento a gloria.

 

 

Nardos, rosas y geranios

irán contando los años,

ortigas y malas hierbas

te arrancaré con mis manos.

 

 

Plantaré un lirio en tu ombligo,

y en tus ojos dos almendros,

pintaré de amor tu pelo,

con los azules del cielo.

 

 

Cansado ya del trabajo,

cuando la luna de marzo

se pierda en la noche fría,

en el marrón de tus ojos

escribiré esta poesía.

 

 

…Así pasará tu vida,

Así pasará la mía,

cuidando de mi jardín,

cuidando de tu alegría.

                                   

                                                       Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

LA FLOR DE LAVAPIÉS

Fotografía de Gloria Fuertes tomada de la red (El País.com)

 

A Gloria Fuertes, poeta de verso en pecho

 

Por Lavapiés andabas, vestida con corbata,

cigarro en mano, lápiz y libreta,

chato de vino sobre la mesa,

los hados en tu cabeza.

Madera de Poeta,

Poeta del amor, almendro en flor,

¡la Flor de Lavapiés!

 

Cuando eras niña

a tu madre se la llevó la parca,

y te hiciste amiga de Dios y de la vida

—te la bebiste a versos—.

A tus novios se los llevó la guerra,

entonces te volviste pacifista

—o amiga de la paz, que da lo mismo—.

Tu academia, la calle,

aprendiste ternura en sus esquinas,

no te dolieron prendas

a la hora de atacar al poderoso,

 y mirarle a los ojos al leproso.

 

Culito inquieto, niñita melancólica,

de corazón en corazón,

como de flor en flor.

 

Cruzaste el océano, y seguiste amando,

y riendo, y rimando, y fumando,

enseñándonos ironía y filosofía,

la filosofía del AMOR,

ésa que nos manda amarnos SIEMPRE,

amar sin medida, amar lo inmensurable,

y cuando el amor se agote y nos agote,

guardar encadenadas en un cubo,

las últimas cenizas, si es que hubo.

                                      Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

DICCIONARIO ETIMOILÓGICO DE INNISFREE 2019 (XV)

img-20190121-wa0004

“La gran aventura de Linse” (Cortesía de mi amigo Julio Martín)

 

En Innisfree ha amanecido un nuevo año. Las nubes se han dispersado, y el cielo ha traído la aurora. Un rocío transparente ha vestido sus praderas de un verde helado y crujiente, como el verde crujiente que soñaba Federico. Es peligroso pisar el suelo, hay que andarse con ojo, no vayamos a resbalar y rompernos algún hueso.

2018 fue un año irregular aquí. Hubo pérdidas, dudas, tristezas y alegrías, quimeras e ilusiones. En lo que llevamos de 2019, la corriente ya ha arrastrado cosas buenas y cosas malas, pero algo, un espíritu invisible o acaso un trasgo luminoso nos ha enseñado que la terapia perfecta contra la tristeza es vivir y tropezar, andar y luego, si hace falta desandar lo andado, y llorar si es menester, y gritar fuerte hasta hacer sangrar los deseos.

En fin, dejo de ponerme profundo (es un defecto de Atticus…o una virtud, ¿quién sabe?), y abro las solapas de este abandonado diccionario, así nos reímos un rato, que es de lo que se trata, ¡feliz 2019 a todos los innisfritas de bien!…

“Abstractivo: Dícese de lo abstractamente atractivo (verbigracia, Rossy de Palma).”

“Brumear: Bromear sobre la bruma.”

“Carnalizar: Dícese de la acción de canalizar los deseos de la carne.”

“Cinestesia: Obsesión desmesurada por el cine que hace asociar los colores, los olores, los sabores y todas las percepciones de la vida con escenas de películas favoritas.”

“Fandangomental: Fandango que sirve de fundamento o base de nuestra existencia.”

“Hipatético: Suceso a la vez lamentable y poco probable.”

“Loctura: Sensación subjetiva de enajenación mental transitoria parecida a la locura, que provoca en el lector la lectura de sus autores favoritos (a mí me pasa con Gabo).”

“Manihombrar: Ejecutar una maniobra por parte de un sujeto masculino.”

“Miedida: Disposición o prevención adoptada por el miedo.”

“Ratón: Rato largo.”

“Sintomático: Indicio o señal de que te vas a quedar sin tomate rallado para la tostada de la mañana, que surge después de cenar, mientras estás aparranado en el sofá, justo antes de concebir el sueño.”

“Tiesitura: Coyuntura o combinación de factores y circunstancias que caracterizan una situación tiesa, con escasas opciones.”

“Tomarte: Tomate cultivado en Marte.”

“Tripidante: Que se desarrolla de forma muy rápida, movida y emocionante por acción de sustancias lisérgicas.”

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

Ilustramos la publicación con unos “Fandangomentales” del maestro Manolo Caracol,

“Venganza, es lo que tú te mereces,

que cumpliera mi venganza,

pero prefiero la muerte

a vivir sin esperanza

de que vuelvas a quererme…”

Luz, esperanza, muerte, poesía hecha carne y cante, ¡ay, la carne de gallina y el alma encogida!….

LA COCINA DE MAMÁ

 Foto tomada de la red (Pinterest)

El olor cálido de la sopa de mariscos era el olor del año nuevo. Con los cuerpos destrozados de la fiesta, mis hermanos y yo amanecíamos a las dos o las tres de la tarde, y recobrábamos el sentido gracias a la sopa milagrosa de mamá. Luego un buen trozo de carne, probablemente un solomillo de ternera, y un café bien cargado acompañado de figuritas y turrón del blando.

Mientras apuraba la taza de café me asaltó este recuerdo de juventud. En navidad, mi casa familiar olía a sopa de mariscos y sabía a turrón de Jijona. Recuerdo aquel año en el que mamá evitó a toda costa que saliera a jugar al patio. Tendría unos ocho o nueve años. La fría mañana del día de Reyes supe por qué. No me lo podía creer, ¡una canasta de verdad!, allí fuera, bajo el cielo azul y las nubes blancas, el tablero rodeado de la hiedra y la lavanda que cuidaba mi padre. Me convertiría en mi héroe, Jordi Villacampa, haría bandejas, metería triples, e incluso cuando creciera, podría emular a Jordan con algún mate. Corrí a la cocina a contárselo a mamá, que disimuló muy bien la sorpresa, “Mamá, ¡no te lo vas a creer, es una canasta de verdad!”

En esa misma cocina, descubrí el sabor de la morcilla de sangre frita. Arrebatado por un olor exquisito, interrogué a mamá por “esa cosa que olía tan bien”. Ella me contestó directa: “si tan bien huele, mejor sabrá.” Es curioso el poder que tienen en nuestras vidas los olores y los sabores, a medida que avanzan los años. Creo que fue el Che Guevara el que dijo aquello de que lo primero que se echa de menos es la comida de casa. Estoy en las antípodas de sus ideas, pero comparto cien por cien este pensamiento.

Otro recuerdo vívido que esa cocina me trae a la memoria es a mi madre cantando, mientras en el cassette suena el “tatuaje” en boca de la Piquer, “Mirando el mar” en la voz de Jorge Sepúlveda, “Only you” interpretado por los Platters, o “Volver”, por Gardel, el más grande, y el favorito de mi abuela.  No crean, el recuerdo también es culinario, y viene acompañado de cocido, de croquetas de jamón, de arroz con pollo, o de chorizo casero. Aunque si nos ponemos sesudos, entre fogones, muchos sábados por la mañana, descubrí la ópera. La de Verdi, en concreto. “Aida”, “La Traviata”, o el precioso coro de los esclavos de “Nabucco”. Yo mendigaba hambriento alguna albóndiga, o rebañaba el cazo de las natillas recién hechas. Para ser sinceros, las natillas que más recuerdo eran las que mi abuela (otra gran cocinera) me hacía con Maizena, cuando, cosas de la edad, me negaba a comer alguna de las comidas de mi madre, ésas que ahora tanto echo de menos, como el Che Guevara seguro que las extrañó (las de su mamá, claro) cuando guerreaba en Sierra maestra. Yo creía que me cocinaba las natillas a escondidas, sin que mi madre supiera. Iluso de mí, luego descubrí que contaban con su beneplácito.

De repente, mi mujer irrumpe en la habitación y la nostalgia se convierte en presente. Me da un beso en la mejilla y me apremia: “Son las dos, es hora de irnos a casa de tus padres.”

Volvemos a la casa familiar a celebrar la navidad. Ahora los niños son mis sobrinos. Han cambiado muchas cosas, una, afortunadamente no. Cuando traspaso la puerta de la cocina, ataviada con su delantal, de espaldas, mi madre, entre ollas y sartenes, partiendo ajos, cociendo el asado, o añadiendo a la sopa la sal “que admita”. Como sus platos, la vida le ha traído sabores dulces, momentos salados, y tragos amargos, pero ella siempre la ha mirado de frente, “enseñándole los dientes”, como hacía el Accattone de Pasolini. Estuvo allí con el cáncer de papá, o en la muerte de mis abuelas, también en mis largas estancias en “Puerta de Hierro”, y nunca pidió nada, tampoco se quejó de nuestros malos humores, los comprendió con su amor infinito. Aquí, en su cocina, sé que estoy en casa, y pienso que este olor, esta intensa sensación de hogar debe ser la navidad.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez