REBELIÓN

Fotografía tomada de la red (Reinadelascriptas.wordpress.com)

 

Todo empezó en un rincón de Tijuana, México, un dos de noviembre de 2018, día de los muertos. Los esqueletos salieron de sus tumbas rumbo a San Diego, California (dicen que nacieron de las plegarias de sus familiares). Macario, el tonto del pueblo fue testigo. Esa noche se había quedado dormido dentro del cementerio. Pese al disimulo de los difuntos, que no querían hacer ruido con el arrastrar de sus huesos, despertó y no pudo creer lo que estaba viendo. Entre sus pocas luces y su tendencia a la ensoñación, al pobre nadie le creyó, pese a la cara de desenterrado que tenía cuando lo contaba: «Órale, vengan a verlo, eran purititos esqueletos, abran las tumbas si quieren, estarán más vacías que mi cabeza, que me muera ahora mismo si no es la puritita verdad». Los chamacos se burlaban de Macario, le daban empellones y le insultaban.

Se materializaron nomás comenzó la madrugada, discretamente, incluso dejaron recogiditas sus lápidas, como quien hace la cama antes de irse al trabajo. Pasaron las tres barreras de contención del muro, los detectores de movimiento, e incluso los equipos de visión nocturna. Tenían la cualidad adquirida en el más allá de volverse espíritus a voluntad. Los de la patrulla fronteriza solo notaron un viento extraño cuando transitó por allí esta especie de Santa Compaña.

Su ruta era imparable, de California a Arizona, pasando por Nuevo Méjico hasta llegar a Texas. Cuando alcanzaron Tennessee se pegaron un baño en el mismísimo Misisipi. La idea fue de Armando, había trabajado toda su vida allí, cargando y descargando mercancías, ahora, hecho un saco de huesos, la muerte le pesaba menos que aquella vida. «Órale güey, no tengáis miedo, remojar vuestros huesos pa´ que se les vaya la carroña». Diego, otro de los jefes de la partida, le miraba con recelo: «No debemos detenernos demasiado, queda poco, nos pueden ver, y eso no sería bueno. No andaba desencaminado, un chico montado en bicicleta, que vagabundeaba  por allí, contempló atónito la escena. Luego no se atrevió a contárselo a sus amigos, que notándole distraído le azuzaban: «Qué te pasa, Pedrito estás huevón, o qué, parece que hayas visto un fantasma». La última estación fue Virginia, antes de llegar a Washington.

Pasaron directamente al dormitorio, sin más protocolos. Eran las tres de la madrugada, y el presidente descansaba plácidamente en su lecho, abrazado a un osito de peluche vestido con la bandera confederada. Los esqueletos zapatearon para despertarle. Dio un brinco en la cama, asustado. Al encender la luz no vio nada. El corazón le martilleaba en su pecho. Decidió llamar a Seguridad por el teléfono que estaba al lado del famoso teléfono rojo. Antes de marcar reparó en un papel que estaba sobre la mesita de noche. La abrió con temor:

«Venimos del más allá, pinche cabrón, no seas cagón, ni se te ocurra llamar a tus pinches guardaespaldas, es inútil, estamos muertitos y no tenemos nada que perder, con un simple chasquido de huesos podemos desaparecer, así que piénsatelo. Al grano, estamos aquí porque nos lo pidieron nuestras familias, ésos a los que tú llamas animales, algunos tienen cuatro y cinco años, y tú, cabrón, les niegas el pan y los sueños. Vamos a hacerlo con tus reglas yanquis, tienes dos opciones: truco o trato. Si decides truco, te arrancaremos la lengua, y te cortaremos en cachitos, luego cocinaremos un burrito bien chingón con ellos. Si nos haces caso y decides trato, salvarás tu vida, nomás. El trato es éste, mañana, al despertar, escribirás y firmarás un Decreto presidencial que abra las fronteras a nuestra gente. Si tiene que pasar por el Congreso o por el Senado, convencerás a todos los congresistas y senadores que haga falta para que salga adelante. Con los jueces pasará lo mismo, visarán todas las entradas de inmigrantes legales a la que llamas “tu tierra”, y en realidad, es la tierra que arrebatasteis a nuestros hermanos indios. El año que viene te haremos otra visita, pa´ ver si cumples con el trato. Ahora apúrate a dormir, si es que puedes».

Un sudor helado cubría todo su cuerpo cuando acabo de leer la carta. Por las sienes le goteaba el tinte zanahoria que pintaba su falsa cabellera. Para dar más veracidad a la escena, el espíritu de uno de los muertos rasgó el papel que decoraba la habitación, y añadió unas notas musicales en forma de carcajada terrible. El presidente no durmió en toda la noche, encendiendo y apagando la luz para comprobar si aún seguían allí esos espíritus endiablados.

A la mañana siguiente, la prensa del mundo libre no daba crédito al viraje experimentado por la Administración estadounidense en política de inmigración. Todos creían que el presidente de los USA se había vuelto majara al firmar un Decreto de apertura de fronteras con México. A sus íntimos les contaba que había tenido un sueño extraño, una especie de visión mesiánica. Los más críticos se mofaban comparándolo con aquel «I have a dream» que abría el discurso del reverendo Luther King. Hasta el final de su mandato necesitó pastillas para dormir que le salvaran no ya de supuestos sueños mesiánicos, si no de las pesadillas recurrentes con calaveras vestidas de mariachis persiguiéndole.

Los muertos volvieron pacíficamente a sus tumbas, con un punto de nostalgia después de sentir de nuevo los rayos del sol en sus magulladas osamentas. Tendrían que esperar hasta el año siguiente, en el que les convocaran sus nietos, o sus tataranietos, para sentirse vivos otra vez, y lo que es más importante, para asegurarse de que el presidente seguía cumpliendo con el trato.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

 

Anuncios

LA TÍA AMARANTA

               Imagen tomada de la red (ActualMIX, Shutterstock)

En casa de la tía Amaranta estábamos a salvo de la muerte. Ella sabía lo que era la desgracia desde su juventud. Primero perdió a su esposo, Jorge, un hombretón moreno y montuno que se rompió la crisma subido a un caballo. A la tía nunca le extrañó, era vividor y bebedor, un apuesto charlatán adicto a los riesgos de la vida. Pero la muerte que se le clavó como un alfiler en el corazón fue la de Arturito, su bebé de tres meses. Murió consumiéndose, como una pavesita, lívido, lo mismito que la cera. Por algún mal azar la leche de su mamá dejó de nutrirle, y cuando se buscaron sustitutas ya era tarde. El bebé murió sin bautizar, y aunque Amaranta no era creyente, desde su pérdida se agarró como un clavo ardiendo a las leyendas aztecas que contaban que los niños muertos antes de su consagración al agua iban a parar a un lugar llamado Chichihuacuauhco. “Allí, hay un árbol de cuyas ramas gotea leche, con la que se alimentan los niños, la leche que a mí me faltó…Mi chamaquito bonito será feliz en ese lugar, y jugará y reirá con otros muchachos…” Conmovía verla, enajenada, repitiéndole la misma historia a todo el que se encontraba.

Envenenada por los recuerdos y las ausencias, convirtió su caserón en un sepulcro, y allí dentro fuimos a parar mi hermana Emilia y yo, aquel verano interminable, en el que nuestros padres nos confiaron a su cuidado. Vivía en Zacatecas, en el puro centro de México. La casa era  enorme, plagada de puertas altas y puertas falsas, armarios distinguidos, hamacas y mecedoras de madera y ecos misteriosos. Éramos dos figuritas de cristal metidos dentro de una urna, dos pajaritos enjaulados que no veían casi la luz del sol, ni jugaban con los otros niños, como exige la infancia. Algunas de aquellas tardes infinitas, apelotonados tras la mirilla de la puerta, la vimos llorar ante un pequeño altar en el que reposaban extrañas figuras y una vela iluminada con la imagen de lo que parecía ser una virgen. Una de esas figuras captó especialmente nuestra atención, tenía cabeza de perro, garras de león, alas de águila y cola de gallo, y lucía muchos colores, amarillo, azul, rojo, violeta. Luego supimos que era un alebrije, un animal imaginario, mezcla de diversas criaturas, reales o soñadas. En el centro, presidiendo, el retrato de su malogrado chamaco. Al apretar un amuleto de plata contra su pecho, las lágrimas le resbalaron por las mejillas. Nosotros no lo entendíamos, en nuestra casa no se creía en ningún espíritu en particular. Mis padres eran gente práctica, y opinaban que todas estas leyendas sobre vivos y muertos eran pura superchería.

El mayor peligro que podíamos experimentar en casa de tía Amaranta era el de las largas digestiones de sus frijoles con veneno, sus deliciosos tamales, o sus exquisitos chiles, umm, creo que es lo único que echo de menos del aburrido mundo de los vivos. Pese a las precauciones y los miedos de la tía, un día de agosto nos escapamos a hurtadillas rumbo al río, y disfrutamos tanto de las caricias del sol, del aire libre, que la vida fluyó por nuestras venas hasta que nos sorprendió la noche. Emilia, incauta e inexperta, se adentró demasiado en sus aguas, hasta que se convirtió en un grito en la oscuridad. Nadé lo que pude y lo que supe en su búsqueda, y acabé perdido y hundido, hasta que a mí también me engulló el río.

Lo siguiente fue como un sueño. De repente nos encontramos los dos dentro de un jardín muy grande rodeados de otros niños, y nos supimos felices. De las ramas de un hermoso y gigantesco árbol manaba leche, los niños la bebían con fruición y jugaban entre ellos. Lo reconocimos: ¡Era Chichihuacuauhco! Probamos la leche, estaba riquísima, luego jugamos y reímos con los demás. Dormimos cuando el sol se hubo retirado.

Cierto día nos encontramos con un niño de cara triste que nos recordaba a alguien. Sí, era Arturo, con mirarnos a los ojos fue suficiente. A su lado, apareció una extraña criatura multicolor, mitad perro, mitad león, que se abalanzó contra mí, me tumbó y después me lamió la cara. No me importó, hasta me resultó familiar. Era el perro de la tía, Dante, al morir Arturo, él también murió, y viajó en su compañía hasta aquí para protegerle. La tía mandó moldear el alebrije que estaba en el altar para recordarlo. Nuestro primo echaba de menos a su madre, pero era feliz allí con Dante. Nos explicó que su perro y él solo sobrevivían gracias a que ella los recordaba, lo mismo nos sucedería a nosotros con nuestros seres queridos. Esos recuerdos se hacían aún más presentes cada año, en el día que los vivos llamaban “Día de los muertos”. Sin embargo, los muertos no recordados, caían en el olvido y se desvanecían como polvo en la nada, que era un submundo que ni siquiera era submundo. Mientras ese recuerdo perdurara, los niños muertos podrían vivir años y años al amparo del árbol, y crecer gracias a su benéfica leche. Mi hermana y yo nos miramos cómplices, ya conocíamos gran parte de esta historia. Le contamos al primo Arturo que su mamá le quería mucho, también a Dante, y que cada día rezaba en un altar en el que estaban los dos. Cuando nos acostamos, pensé con honda tristeza en la soledad de tía Amaranta. Gracias a su llanto y a su recuerdo, los cuatro, podríamos prolongar nuestra feliz vida en Chichihuacuauhco.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

 

NÁUFRAGO DE OTOÑO

Fotografía de Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

                 

¿Recuerdas el día en que me salvaste de la lluvia?,

fue en otoño, nunca se me olvida,

ha llovido mucho desde entonces,

¡han caído tantos chaparrones!

Yo, mientras tanto, sobrevivo

y me duele el calendario cuando miro,

porque sigo tocado por tu risa,

abonado al recuerdo de tus ojos.

Huelo a diario el café frío de la taza marrón

—nunca te lo terminabas—

y suspiro todas las noches, aunque tú no lo veas.

Por eso estoy aquí, en la parada del 34,

cada vez que llueve me agarro a tu paraguas y aquí vengo,

donde me rescataste,

ya ves, no tengo nada que hacer:

me siento, leo el periódico, hago crucigramas,

miro al cielo, charlo con la gente,

hablo con los gatos, lío cigarrillos,

a veces me echo una cabezadita,

hasta que llega Julián, el conductor,

siempre me avisa,

pero yo le digo que no, que aquí me quedo,

sentado y armado de esperanza,

ya ves, no tengo nada que hacer…

Solo esperarte.

                                 Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

VENDIMIA

 

Fotografía tomada de la red (Confluencias.Wordpress.com)

 

Rayos de miel entran por la ventana,

invadiendo el quicio de la puerta,

artificio de sol, luz de la nada,

milagro de la tarde vendimiada

que envuelve de amarillo nuestra cama.

Las hojas crujen, los ciervos rugen,

 otoño llega con piel dorada,

y tú, no me dices nada,

me lo dicen sin palabras

mis manos agrietadas.

                                         Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

DICCIONARIO ETIMOILÓGICO DE INNISFREE: EDICIÓN VEROTOÑO (XIV)

Puesta de sol en Punto Fijo, Venezuela, 2015 (foto de Atticus)

 

 

Ha pasado exactamente un año desde la última edición del diccionario etimolilógico, la Real academia de la lengua de Innisfree es perezosa, y a veces, entre pinta y pinta, sus miembros se pierden en discusiones que no vienen al caso. Lo cierto es que no ha sido premeditado esperarnos trescientos sesenta y cinco días, simplemente revisamos las fechas y ¡voila!, había transcurrido este tiempo (lo pueden comprobar). El 1O nos trae también el recuerdo desagradable de un referéndum frustrado en cierta parte del planeta tierra, pero de la cuestión estamos más que hastiados.

Aprovechamos los hermosos rayos de sol de este verotoño (no me gusta eso de veroño), y ni nos despedimos del verano, ni abrazamos el otoño. Nosotros, los innisfritas, siempre hemos estado a gusto entre dos aguas, en tierras medias, en el presente, pero llorando el pasado, y anhelando siempre el futuro. Este mundo nuestro de cinco sentidos, siete colores, cuatro estaciones y dos sexos se nos queda corto, queremos ser japoneses, y detenernos en las sombras del ciruelo, dividir el año en un millón de kigos, con lo que este entretiempo que no sabemos de dónde viene nos agrada sobremanera.

La indefinición, esa tierra de nadie tan bonita, ha hecho que nuestra textosterona se suba por las nubes, y tenemos que expulsar la verborrea por algún lado. Sin más preámbulo, una entrega más (y ya era hora…) de nuestro diccionario etimoilógico…

 

“Bienllover”: Llover a la hora adecuada.

“Cuma”: Híbrido entre cuna y cama, ideado para facilitar la transición del niño de un mueble a otro.

“Equilibro”: Libro autosuficiente, que se sostiene por sí mismo (verbigracia, “El Quijote de La Mancha”).

“Faunear”: Dícese de la acción de trabajar para el caso de componentes de la fauna (verbigracia, leones, tigres, etc).

“Gandía”: Localidad ficticia, que algunos localizan en el Levante español, en el que se afirma que nació un doble perfecto del pacifista Mahatma Ghandi.

“Homicilio”: Homicidio cometido a domicilio, en la casa de uno.

“Mejillones”: Mejillas grandes de color anaranjado que surgen por la ingesta excesiva de pescado.

“Sombrisa”: Brisa sombría. / “Sombroma”: Broma sombría. / “Sombruda”: Sombra de duda. / “Sombrería”: Establecimiento en el que se venden sombras.

“Sopensar”: Pensar todo el día en comer sopa.

“Textosterona”: Hormona del crecimiento literario, que se activa principalmente en estados de excitación sexual, aunque puede funcionar también en estados depresivos, emotivos o especialmente explosivos, e incluso con insomnio.

“Osombroso”: Oso de gran tamaño, oso asombroso.

“Ornitorrincón”: 2 acepciones, a saber:

  1. Ornitorrinco de gran tamaño.
  2. Rincón de la casa en el que descansan los insectos.

 

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

Una preciosidad otoñal para acompañar la lectura, “All those yesterdays”, de Pearl Jam…

 

CALIFORNIA PROJECT

 

Jorge es mejicano, tiene trece años y una bicicleta. Vive en la Garita de Otay, dentro de la municipalidad de Tijuana, en el estado de la baja California, junto a tres de sus cinco hermanos, sus dos padres y un sobrino. Duerme en la misma cama que su hermano Alejandro. No para mucho por allí, está harto del llanto del bebé, de las pendejadas de sus hermanos, de los gritos y los golpes de su padre. Es verano y le gusta madrugar. Se levanta muy temprano, a las siete de la mañana, anticipándose al sol y al canto de los gallos. Se calza las deportivas, se pone los vaqueros y la franela y monta en su bici, desde hace tiempo descubrió el sentido de la libertad gracias a ella. La bautizó con el nombre de su luchador favorito, Octagón. Está acostumbrado a la calle, todos los días transita sus aceras, los contenedores de basura, los callejones sin salida, y cualquier recoveco, recogiendo chatarra, cartones y algún vidrio, los acumula y luego los vende. No le da para mucho, un paquete de Lucky o algún cigarro suelto, cromos de luchadores de lucha mejicana, una revista porno o un taco en la tasca de “El Gordo”. Con lo que saca de eso y los pequeños robos se mantiene. Aún recuerda la mañana en la que se encontró con un cadáver dado la vuelta, le olisqueaba un grupo de moscas. El muerto iba vestido elegante, y parecía que le faltaban las manos. No quiso saber mucho más, pedaleo y salió del paso.

A Jorge no le interesan los chicos de su edad, piensa que son pendejos. Su mejor amigo es Arturo, dueño de “El gallo flaco”, una taberna cercana al muro de Otay Mesa, que separa los Estados Unidos de México. Es solterón, y vive con varios gatos, Jorge es lo más parecido a un hijo que puede imaginarse.  Le pregunta por qué no va al colegio, como todos los niños de su edad, y éste le replica que prefiere venir cada día a su antro, aquí conoce mucho más el mundo. Toda clase de personajes desfilan por allí, currantes en busca de un trago, rameras, chicas fáciles, buscavidas, y algún que otro solitario. Echan humo, beben cerveza, juegan cartas, y en ciertas ocasiones se pelean. Una noche el filo de las navajas brilló en “El gallo flaco”. Desde aquel día, Quintín, mecánico y pobre diablo, tiene un ojo menos. Un llamativo letrero en la puerta prohíbe las armas de fuego en el local. En ciertas veladas Arturo se ha visto obligado a registrar y luego echar a patadas a algún cliente incómodo. “Vive y deja vivir” es su coletilla preferida.

En los tiempos muertos, Jorge y Arturo juegan cartas, e intercambian conversación, chicles y cigarrillos. Hablan sobre las olas de las playas de California, sobre sus palmeras, sobre el dulce sabor de las naranjas y el amargor de las nueces. El viejo tabernero piensa en voz alta, no sabe qué narices va a hacer cuando tenga que jubilarse. Su amigo bromea con él, le dice que puede emborrachar a las ratas que se esconden debajo de la barra con miguitas de pan mojadas en tequila, y ambos se ríen. Hoy fuman y juegan NBA en una PlayStation que Arturo compró en el mercado negro para los dos. Están sentados fuera, en la terraza, corre cierto aire, y apenas hay clientes, si acaso algún borracho perdido y soñoliento. A Jorge le encanta ser LeBron James y ganar con los Lakers. Está convencido de que algún día se codeará con Jack Nicholson en el Staples Center, aunque sabe que para ello necesita cruzar el muro acompañado de varios fajos de billetes de dólar.

Es la noche de San Lorenzo, una de las noches más hermosas del año. El cielo está cuajado de estrellas. Ésas son libres, piensa Jorge, pero están tan lejos que no se las puede tocar, concluye con amargura. Con un poco de suerte podrán ver las lágrimas de San Lorenzo alumbrar la madrugada resacosa. Lejos, los alambres del muro brillan, y el chico bromea con su amigo, le pregunta cuántos paquetes de Lucky necesitaría para sobornar a algún agente fronterizo, y que le dejara pasar al otro lado. El otro día vio una antigua película americana sobre un marciano que llega a la tierra.  En una escena un chico con sudadera roja vuela con su bici cerca de la luna, el marciano está metido en la cesta. Es consciente de que eso solo puede pasar en Estados unidos, razona, con el gesto arrogante del que, pese a su corta edad, ya ha vivido mucho. Pero no le cabe duda de que (y lo reafirma con gesto orgulloso), tarde o temprano, él y Octagón volarán por encima del muro y alcanzarán California. Arturo está tosiendo, no puede aguantar las carcajadas, luego tira el cigarro, y acaricia el pelo negro de Jorge, que monta rápido en su bicicleta camino de casa.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

 

 

CORRESPONDENCIA

 (Fuente: CookingIdeas.es)

 

La primera carta llegó en verano, tenía un gordito subido en una bicicleta herrumbrosa, tenía un aspecto de granjero, pese a su uniforme de correos …

« Amor, ya estoy aquí. El clima es un horror, los mosquitos como los niños, los mejores amigos, las conversaciones con los amigos, los nombres de béisbol, de rugby, de los Dodgers, de los Yankees, y claro, de nuestras novias, creo que todos somos unos fanfarrones. Si no supiéramos para qué estamos aquí, esto parecería una aventura. Yo confío en nuestro presidente, sé que antes de que acabe el verano te estrecheé entre mis brazos, y podremos montar esa librería por la que tanto suspiramos. Tu foto me hace compañía, la miro a cada rato. Ahora, mientras escribo, la estoy mirando …

Un beso para “los dos”, siempre tuyo, Ron

Tay Minh, 6 de julio de 1970 »

A mediados de julio, el chico gordito de la bicicleta trajo la segunda carta …

« Aquí se come fatal, de vez en cuando, hamburguesa que parece de carne de gato, cargado de kétchup todo funciona. Echo de menos tu tarta de cerezas, creo que sueño con ella, y con tu naricita chata, pajarito. Cuando vuelva, me comeré un cubo lleno de pollo caliente y beberé cerveza, mucha cerveza helada en el porche, luego follaré como nunca lo haya hecho, ese polvo contendrá todos los que ahora no podemos echar … El tiempo pesa como una losa, pero no creo que menos allá, lo malo es la incertidumbre, y el estrés que provocó El otro día, un David, un chico enclenque de Brooklyn, le dio una diarrea, y perdió como seis quilos, todos nos reímos mucho.Por las noches jugamos póquer, bebemos cerveza y ya whisky, y escuchamos música, hay que patriota que flipa con los chicos de la playa, yo alucino con las puertas, esa canción ” El final “es toda una experiencia, ¿no crees?, Me gustaría escucharla contigo, y que me hable de poemas turbios, todos esos que inspiran a Jim en su locura. Sam, un chico negro del Bronx no deja de escuchar a Hendrix en un caso doble pletina, estoy harto del “Hola Joe”. Bueno, cariño, él de dejarte, la vela se extingue y debo descansar, un beso que llene todo tu cuerpo de flores, te quiero mucho.

PD: Nos trasladamos, más cerca de Saigón, espero que nos nos vaya mejor. »

 

Cuando llegaron las siguientes cartas …

 

« Los días pasan, y mis fuerzas se agotan, no quiero preocuparse, nunca te contaré las mejores cosas que estoy viviendo aquí, el ser humano es una pesadilla, no entiendo nada. Sobre todo para volver a la realidad, necesito algo para recuperar la realidad, pero todo lo demás fuera de este mundo, de este infierno en tierra. Lo mejor y lo peor son los compañeros, Bill, es mi mejor amigo, nada presuntuoso, y muy tranquilo, las letras como a mí, y Ginsberg, y los hippies, leemos a escondidas “Aullido”. Estos cafés creen que somos mariquitas o algo así, “He visto las mejores mentes de mi generación destruida por la locura”, guau, eso ya merecería el Pulitzer.Esta noche lo siento con tus muslos blancos, te veo como un caballo hermoso, y luego me adentrabas en algo negro, despertaste mojado … No puedo seguir, Susan, muero de ansiedad, y recrearme en el sexo que me hace mal Abraza mi parte a tus viejos, ya tu hermano Tom, espera que ya haya sentada la cabeza. También espero que te encuentres cuidando como quieras tu estado, cuando hayaas vuelto a hacer para que nazca nuestro hijo, muero de deseo. »

 

« No puedo más, amor, esto es mucho más rápido de lo que anuncian los noticieros, estoy con la fiebre todo el día, no sé si lo que es real, o gaseoso, los árboles me parecen muñones, los insectos devoran mi carne, y todos parecen estar locos, quizás el que lo tiene, hoy despierte al lado de Sam, los días buenos, y esté lívido, más blanco que yo, el toque y no responda, él dormido al lado de un muerto toda la noche. .. »

 

« Te acuerdas cuando hablábamos de la vida, siempre me gustó filosofar contigo, eres tan inteligente y sensible, tan pura y sensual,” La vida es un sueño triste del que no podía salir victoriosos … o era ilesos “, ya no me acuerdo, siempre tuviste dotes para la escritura, no debes dejarla nunca. No creo que salga ileso de esto, mi cuerpo esté derrotado, mi alma podrida, soy el espantapájaros sin cerebro de “El Mago de Oz”, las acuerdas, tú serías mi Dorothy, solo en ti confío, yo el encantado encontrarte y que camináramos juntos estos años … Sé que suena a despedida, pero no me queda fuerzas, he perdido la esperanza …

 

PD: Olvídalo todo, Santa Teresa, esa santa española que dice te gusta: “Nada te turbe, nada te espante, todo lo que pasa …” Un día nos reiremos de esto, y tiraremos a la basura los malos recuerdos. »

 

La última carta llegó a finales de agosto de 1970, un día de sol insoportable. Esta vez no la transportaba una bicicleta, me la entregó en mano un soldado. Tenía el sello oficial del presidente de los Estados Unidos. Le concedían la maldita medalla al honor, y el mismísimo Richard Nixon mostraba sus condolencias. Hoy, 13 de octubre de 1987 es el cumpleaños de Allen, el año que viene quiere estudiar letras en Columbia, también quiere saber más sobre su padre.Le he hablado de él y de su amor por los libros y por la música, y ha llorado y reído juntos, también ha comido tarta y soplado velas, sus ojos han brillado como estrellas cuando ha abierto su regalo … En una carpeta, todos los manuscritos sobre literatura que escribió su padre, junto con un ejemplar raído de “Aullido”.

 

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez