EL HILO INTERMINABLE

Hoy, día 21 de setiembre, día mundial contra el Alzheimer, comparto con vosotros esta historia con la que curiosamente participé en el último relato en cadena. Luego pensé que era perfecta para un día como hoy, en el que compartimos el amor y el dolor por todos nuestros seres queridos, que como estrellas se fueron apagando inexorablemente…

Imagen tomada de internet Fuente: página Cultura genial)

Después se extinguían silenciosamente… Eran dos enamorados que se habían convertido en estrellas. Siempre lloraba con el final de este cuento que nos contaba papá. Yo era pequeña, y aunque no lo entendía del todo, sí barruntaba que algo muy triste había sucedido. Todos los días tenía un cuento para nosotras, aunque viniera derrengado de la fábrica. Nos llenaba la cabeza de estrellas, de hadas y princesas, de dragones y unicornios misteriosos. Ahora es él el que se extingue poco a poco, y aunque sé que no las entiende, le susurro al oído todas esas historias con las que nos acarició de niñas.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

TRES TRISTORIAS

Fotograma de la película “tres tristes tigres”(Raúl Ruiz, 1968), Fuente: Internet habanafilmfestival.com).

Hoy traemos a Innisfree tres tristorias, o lo que es lo mismo, tres historias tristes como los tristes tigres. Con ellas participé en tres ediciones semanales de los relatos en cadena, dentro del programa “La Ventana”, en la cadena Ser. Por si no conocéis la dinámica del concurso, la frase en negrita marca la frase inicial con la que se debe construir el relato sin exceder de las 100 palabras, excluidos título y frase inicial. Ninguno de ellos llegó a la finalísima semanal, pero bueno, yo los comparto con mis queridos innisfritas. Esta nueva temporada seguiremos tirando dardos según se presente la imaginación y las musas, a ver si alguna vez llego a la finalísima, y me entregan la perla, como diría Kerouac…

La humanidad en peligro

A las 22:00, se produjo la erupción. Extraños seres gigantescos, oscuros como el carbón emergieron. Los nuevos científicos pronosticaron su visita. El circo era imponente, militares armados hasta los dientes, cámaras, alcachofas y drones dominando la escena.

Una de aquellas criaturas perdió los nervios y rompió en alaridos, a lo que respondieron las ametralladoras dándole caza. El resto de acompañantes volvieron a lanzarse asustados a la boca del volcán. Cuando examinaron el cadáver no hubo duda, se trataba de un dinosaurio. La especie, en contra de las antiguas teorías, no se había extinguido, simplemente permanecía emboscada dentro de la tierra, fuera del alcance de los hombres.

Juegos prohibidos

Si no, me habría vuelto loco. Gritaba el yonqui mientras agarraba temblando la papelina que le tendía un individuo encapuchado. Era su merecido premio. Alegría y decepción entre los jugadores. La pistola debía cambiar de manos. El turno era de un mendigo con ojos de cordero degollado que aguardaba indolente en la segunda cabina. El incentivo ahora era un brillante chuletón de ternera con su guarnición. Un gordo sudoroso alardeaba junto a su parienta: “No doy un duro por ese borracho”. Lo cierto es que se pagaba veinte a uno a que la bala abriría una flor de sangre en la sien del arriesgado deportista.

La Brecha

Por si me pasa algo, le dijo. Le estrechó las manos y se precipitó sin más hacía la brecha de tiempo. Cayó cerca de unos cubos de basura, ante la mirada atónita de un mendigo. A unos metros estaba Katy, diez años atrás, con los mismos ojazos azules. En la penumbra, el monstruo que la violaría y la mataría si él no lo evitaba.

Bobby miraba nervioso la puerta, y manoseaba sudoroso la llave del tiempo que le había entregado su amigo. Si no volvía en dos horas, significaría que no había podido salvar a su prometida. En ese caso, él tendría que traspasar la puerta.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

Ay, esos popemas, ¡qué bonitos!…y qué jovencita suena la voz del melancólico Nacho Vegas…

BLANCO Y NEGRO

Fotografía sacada de internet (Fuente: Esquire México)

Cuando te conocí estaba orvallando. También cuando te fuiste. Yo lo vi como una metáfora de lo que experimenté al conocerte. Me calaste poco a poco, hasta que un día, mirándome en el espejo, con el cepillo de dientes en la boca me di cuenta de que mis huesos temblaban por tenerte.

Apoyado en la baranda, aquí, en la playa de San Lorenzo, viajo de nuevo a aquel día de verano en el que me besaste y corregiste toda mi vida anterior y todos mis recuerdos. Era el año 88, ambos éramos unos enamorados de la novela negra, la de Chandler, la de Hammet, también la de Madrid, Vázquez-Montalbán o Camillieri. Estábamos deseosos por ver cómo funcionaría ese experimento de la semana negra en nuestra España acartonada. Aún quedaban unos años para que vinieran a Gijón los sonidos indies con sus aires de libertad. Por aquel entonces, Madrid era el epicentro cultural y vanguardista, con Almodóvar y sus mujeres al borde de un ataque de nervios, Malasaña, la Vía láctea, y demás jaurías. Tú venías de allí, cubrirías el evento para el País, lo que significaba que te quedarías poco más de una semana en Gijón.

Nuestro primer contacto fue en la zona de Naval Gijón, todos los periodistas nos escurríamos en busca de las palabras más valiosas. Me quedé prendado de tus ojos, y me acojonó un poco tu gesto serio, mi tendencia entonces y ahora es la sonrisa adánica y algo estúpida. Yo era un crío de ventitantos con poca experiencia vital y profesional. Sin embargo había leído mucho, desde Camus a Simenon pasando por García Márquez y la novela realista francesa, pero mi conocimiento práctico de la vida era nulo. Para eso estabas tú, con tus cuarenta y pico, para enseñarme. Colado como estaba de ti, me dejé llevar.

De Naval Gijón pasamos a tu cama. Recuerdo tu risa cuando comprobaste que había eyaculado antes casi de tocarte. Eras rubia y experta, me recordabas a Katheleen Turner en “Fuego en el cuerpo”. Si me hubieras pedido que eliminase a alguien, yo lo habría hecho sin rechistar. Así pasamos los días, más desnudos que vestidos. También hablamos de películas, de libros, nos reímos, fumamos, y fornicamos como si no hubiese un mañana. Alcanzamos un pacto, no nos preguntaríamos nada sobre nuestras vidas. Pero la curiosidad rompió el hechizo. Un bolso abierto, una cartera dentro del bolso, y dos hermosas niñas en una foto, junto a un tipo moreno y apuesto hicieron el resto. Pasaban los días, y yo me carcomía pensando en el final. Tú me mirabas con una mezcla de culpabilidad y condescendencia. Debes saber que fuiste mi primer amor, quizás mi único amor, y eso es algo que no se olvida.

En la despedida me hice el fuerte, me sentía como Sam Spade, faltaba la gabardina. El precioso halcón maltés se me escapaba de las manos rumbo a Madrid. Han pasado los años, y aunque me parece mentira, el dolor se ha callado hoy, lo he ahogado estrangulándolo a base de palabras, les di la vuelta hasta convertirlas en bálsamo. Ahora he subido un peldaño, de periodista he pasado a escritor, y en esta edición de la Semana negra recogeré el premio gordo, han sido años y años de sufrimiento, de alcohol, persianas bajadas, vergüenza y asco por mí mismo. Incluso llegué a viajar de anónimo a Madrid, y seguí tus pasos, y te adoré en la distancia, mientras en mi cabeza flotaban infinidad de ideas raras, raptarte como el Ricky de “Átame”…pero todo quedó en varias cartas descafeinadas llenas de desvaríos y fatuidades en las que te hablaba de novias imaginarias y de mi buena vida. Ni siquiera tuve valor para un encuentro, tampoco quería comprometerte, prefería seguir engañándote y engañándome. Dormía al raso, en el banco de enfrente de tu casa en Antón Martín, y observaba la luz del flexo hasta las tantas de la madrugada. Daba de comer a las palomas, y algún vagabundo me ofrecía un trago de su cartón de vino. Más de un día te perseguí como una sombra en el metro que te llevaba a la redacción.

Ahora vivo solo con mis gatos, Morgana y Mefistófeles, como el estoico inspector de “El círculo rojo” de Melville, ¡qué película!, la adorabas, ¿te acuerdas? Y escribo, y escribo, con palabras tejo una tela de araña de la que nunca podré salir, un mundo de ficción que me esconde de la sinceridad. En ellas he encontrado un cierto equilibrio. Quieres saber cómo se titula mi última novela, “Blanco y negro”, dos amantes locos por la literatura y por el cine se conocen en la Semana negra, tejen planes delictivos, grandes atracos, viajes exóticos, ríen, follan, lloran… después de una semana de sudor, saliva, carmín y humo de tabaco todo se desvanece en una bruma del verano.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

Caridad

Todo comenzó como un juego. El abuelo se había quedado sopa, y Guille y Juanín le cubrieron sigilosamente de arena con sus cubos de playa hasta que quedó atrapado. Luego desaparecieron entre risas. Cuando despertó, Eulogio pidió auxilio. Los paseantes le contemplaban con una mezcla de estupor y de piedad.

—Fíjate lo que le ha pasado a ese hombre, qué desgracia.

—Desde luego, y tan mayor.

Había de todo, desde los críos que se mofaban tirándole arena a la cara, hasta los que intentaban consolarle ofreciéndole un trago de sus refrescos. Incluso hubo alguien que le echó alguna moneda. Eulogio se tranquilizó y racionalizó su situación, sabía que tarde o temprano saldría de allí. A mediodía, dos guapas trabajadoras de la Cruz Roja le trajeron el almuerzo. Se relamió, pues estaba hambriento y muerto de sed. Esa misma tarde, contempló la puesta de sol, y se dio cuenta de que esta tesitura no estaba tan mal, algo que confirmó al anochecer, cuando las estrellas dibujaron un increíble lienzo en el cielo.

No todo eran ventajas. Por las tardes los pellizcos de los cangrejos eran torturantes. Y cuando llegaba la noche eran las gaviotas las que le mortificaban, aunque no se sabe si por piedad o por pena, se apartaban y le dejaban dormir. Sobrevivió gracias a la gente, a su caridad y a su cháchara. No había jornada que no le trajeran ungüentos y cremas,tiritas, agua oxigenada y mercromina para curar sus heridas. Incluso Luis, un jubilado de Valencia, colocó a su espalda una hermosa sombrilla para librarle del sol. Cada dos días, Marta, una de las trabajadoras de la Cruz Roja se ocupaba de su afeitado matinal. Era morena y muy cariñosa, como Pilar, su difunta esposa, cuando tenía su edad. Siempre se despedía con un beso en la mejilla.

Con el tiempo, todos se acostumbraron a su presencia, le daban los buenos días, le ofrecían sus bocadillos y charlaban amistosamente con él. Algunos le pedían opinión para sus negocios, sus amoríos, y sus proyectos personales. Hasta el punto de que Eulogio acabó convirtiéndose en una especie de oráculo, en un sabio sumergido en la arena. Canjeaba consejos nacidos de su basta experiencia a cambio de frutas, zumos, cervezas, espetos de sardinas o un masaje en la cabeza. Llegó a granjearse tal popularidad, que el alcalde, un tipo orondo con un bigote imponente, le nombró hijo predilecto de la ciudad. Ese día comió caviar y bebió champán. Aprovechó para contarle al alcalde que todos se portaban muy bien con él pero que lo único que quería era salir de allí. Éste le respondió con las evasivas típicas de los políticos. Le dijo que le entendía, que todo eso era una mala pasada, pero que le ayudaría en lo que pudiera. Eulogio no tuvo más remedio que mirarle con resignación, y seguir esperando.

El día que lo pasó peor fue cuando sus familiares, entre lágrimas, fueron a despedirle a la playa hasta el próximo verano. Entonces, el anciano asumió que ese era su destino, vivir al lado del mar, rodeado de arena, y con la banda sonora de las olas de fondo. Rodeado también de la hospitalidad y la indiferencia de sus semejantes. En ese instante, una sensación extraña cruzó su corazón. No pudo evitar sentirse muy solo en aquella playa.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

Relámpago

#SueñosdeGloria

Llegó al hotel a la hora convenida. No era gran cosa, como siempre.

Al menos no hay cucarachas — sonrió con desgana. Se afeitó rápido, como un autómata y descansó antes del combate…

En sus sueños aparecía su madre, con una inmensa fuente de puré de patatas, y Cassius, su perro querido, le echaba mucho de menos. Luego su cabeza derivó hacia un inmenso cuadrilátero con el suelo ajedrezado. Los púgiles no tenían rostro, aunque uno de los dos tenía su misma piel negra y parecida complexión. La escena le hizo recordar Las Vegas, y aquel combate con “El irlandés”, él podría haber aspirado a la gloria, pero claro, el negocio es el negocio, nunca tuvo carácter para combatir fuera del cuadrilátero.

Despertó de sopetón, vistió su gastado traje de sarga y se caló su gorro de la suerte. Se ducharía y se pondría el mono de trabajo cuando llegara al estadio. Vamos, cabronazo , falta media hora para despegar. Era Jack, su manager, un perfecto capullo, nada nuevo bajo el sol dentro de su gremio. Le había exprimido desde que era profesional. Ya sabes, lo de siempre, tantéale, báilale, fuerte al principio, y sobre el cuarto asalto empieza a decaer replicó Jack. Relámpago asintió casi sin pestañear.

De pronto, un tipo trajeado y canoso comenzó con la perorata: “Damas y caballeros, esta noche Budweiser les invita a una intensa velada de boxeo…”. Varias chicas ligeras de ropa con miradas apagadas desfilaron sus cuerpos bronceados portando los cartelones de los distintos asaltos. En el séptimo, el guion se cumplió a la perfección. Relámpago volvió a la lona. Cambió el podio por la lona hacía mucho tiempo, el dulce aroma de los laureles por el agrio sabor del suelo. Había que pagar las facturas, la pensión de su exmujer, las botellas de Jack Daniels.

Volvió al hotel, orinó un líquido amarillento con algún tono púrpura antes de acostarse. Nada preocupante, Jack cuidaba de su cachorro. Cayó rendido en la cama, no tenía fuerzas ni para pensar. Al día siguiente, su avión salía a primera hora. Esa noche no tuvo ningún sueño.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

DICCIONARIO ETIMOILÓGICO DE INNISFREE (XXI): “Eso es to…eso es to…eso es todo, amigos”

The last pig. Bartholomew Barker poet (tomado de internet).

El título de esta edición de nuestro diccionario suena a despedida porque lo es. La empresa arrancó hace ya más de seis años, ¡mamma mía!, y el término fundador fue “Crepusculear” que evidentemente es la acción de frecuentar los crepúsculos, acción muy propia de poetas despeinados como Atticus.

Hasta aquí llegamos, pero naturalmente esto no se acaba aquí. ¿Por qué?… primero, porque emplazo a todos los aficionados a que propongan sus términos favoritos de estas veintiuna ediciones, o añadan alguno de su invención. Innisfree es la casa de todos los innisfritas, se llamen o no Sean Thornton. Y segundo, porque naturalmente Atticus viene cocinando una nueva sección aún más interesante si cabe. Así que ya sabéis, primero animaos a proponer términos, y luego a esperar novedades. Ahí van mis últimos cartuchos etimoilógicos…

“Buclecografía: Ecografía en bucle. Muy común en las ecografías practicadas a muñecas matrioskhas”.

“Ejecuatar: Ejecutar a un individuo después de atarle de pies y manos”.

“Granjear: Caminar por una granja sin un propósito definido”.

“Olicarca: Gobernante que lleva mucho tiempo en el poder, compartiéndolo con otros olicarcas, con los que forma una olicarquía”.

“Platón: Plato hondo muy común en la restauración de la nueva cocina griega”.

“Resacaca: Resaca especialmente molesta que se introduce en el cuerpo del bebedor inexperto el día después”.

“Rutinizar: Triste tendencia del ser humano urbanita a convertir todos sus actos en rutina.”

“Tragicoentera: Tragicomedia muy, muy, muy trágica.”

“Vernear: Leer libros de Julio Verne dentro de un globo aerostático durante cinco semanas”.

“Zoobsesión: Obsesión enfermiza por los animales, que lleva al afectado a adoptar actitudes simiescas en su vida cotidiana”.

Acompañamos la crónica con la emocionante voz de Mina, torrente de personalidad y estilo. Con ella lanzamos un guiño a todas las mujeres, ya que el 8M fue su día. Sin ellas no somos nadie, ni más ni menos. “Un anno d´amore” . Aunque los años de está sección han sido seis, los hemos vivido con mucho amor (por cierto, Luz la cantaba estupendamente en Tacones lejano”, pero es que Mina…).

DICCIONARIO ETIMOILÓGICO DE INNISFREE (XX): ROMPIENDO LAS OLAS

Llegamos a la edición número veinte de nuestro diccionario -¡quién lo iba a decir! -, en un momento tan raro, que Atticus no sabe si reír o llorar. El alma mater de este blog se siente como un náufrago nadando hastiado entre las olas interminables del hartazgo. Sin embargo, no deja de divertirse, porque ese es el fundamento de la vida (a riesgo de ofender a algún científico triste que nos da un tirón de orejas por divertirnos demasiado estas navidades). Fruto de ese recreo nacen nuevos términos en nuestro querido diccionario etimoilógico. Como siempre digo, espero que les gusten a todos los innisfritas de bien…

“Acoplar: cantar la copla adecuada en el momento preciso.”

“Calvario: Depresión que sufren las personas después de asumir la inexorable pérdida de su cabello.”

“Coherentena: Cuarentena asumida con coherencia.”

“Desllover: Llover en sentido inverso, desde la tierra al cielo.”

“Desolado: Se dice del mar triste y taciturno porque no tiene olas.”

“Precovido: Neologismo surgido de la era del Covid, que define a la persona temerosa y obsesionada con la limpieza extrema.”

“Perplegilipollez: Cuando te quedas perplejo y gilipollas a la vez.”

“Ventanear: Cualidad de abismarse junto al quicio de las ventanas.”

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

Y de receta para estos tiempos tan precovidos, acoplamos una copla que es más grande que la vida, y que nadie supo cantar con tan precisa y preciosa intensidad como nuestra preciosa Lola Flores. Sentimos que el audio esté un poco bajo, pero todo lo suple con su actuación, Lola, qué monumento de canción y qué arte el suyo…

Autorrelato

#MiMejorMaestro

No sé ustedes, pero yo con dieciséis años era un tímido del demonio. Mi look particular tampoco ayudaba. Gafotas con culo de vaso (¡Por Dios, si entonces hubieran existido las gafas de ahora!…Más de un complejo habría claudicado), tipo de lagartija exento de cualquier clase de trasero, y para rematar, torpeza absoluta en los deportes. Mi popularidad rayaba en el nulo, aunque a mí, niño distraído y reservado no muy dado a la alegría, no me importaba demasiado.

Tenía amigos, no creáis, incluso del selecto club de los molones. Era fumador pasivo de sus cigarros, y eso que no me gustaba el olor del humo, pero con esa edad la pura inercia te empuja a hacer cosas que en el fondo de tu mente adolescente no quieres.

—Mira Marta, tiene menos tetas que mi gata, pero en cuanto quisiera me la cepillaba.—David era un completo fanfarrón, vivía al lado del Instituto, de lo que alardeaba, aparte de otros muchos asuntos. No conocía los retretes colectivos, todos los recreos, el cigarro era la antesala del baño de su casa.

Las chicas eran un elemento exótico en mi vida, pura ciencia-ficción. Pero un día la vi, y algo se quebró dentro de mí…

—Mi nombre es Laura, soy vuestra profesora de Literatura.

La primavera entró por la ventana, incluso creí entrever alguna mariposa amarilla volando distraída. Era morena, de estatura media, ojos negros y rotundos, pero no exentos de dulzura. No tenía unas proporciones exuberantes, no le hacía falta, todo lo compensaba con su sonrisa y con la pasión que transmitía en sus clases. En su boca, “La Celestina” parecía un libro entretenido. Nos hablaba del Siglo de oro, de Cervantes, de Calderón, de Lorca, y casi podíamos oler las gachas que se cocinaban los labriegos manchegos al terminar su jornada de vendimia, o escuchar el cante jondo de los campesinos andaluces. Ese año viajé a Fuenteovejuna, me enteré de lo que era un “Nivola”, y aspiré a coger alguna manzana madura del milenario árbol de la ciencia.

Estaba enamorado de ella, era la mujer perfecta, y yo fantaseaba con ser su Romeo. Soñaba con, no sé, vivir juntos para siempre convertidos en árboles. Pero más bien me sentía como un Apolo triste que adoraba en la distancia algo inaccesible con forma de laurel.

Terminó la primavera, y con ella el curso. Laura volvió a su Andalucía natal, era interina. Yo me quedé con dos besos breves en la mejilla y la caricia feliz de su sonrisa. Nunca le confesé mis sentimientos. A esa edad no es tan fácil, ya lo saben. Bueno, lo cierto es que me quedé con otra cosa más importante. Su pasión, su amor por los libros, por el teatro, por la poesía, por el sagrado espíritu que late detrás de las palabras. Un espíritu que aún me persigue.

Pasaron los años, los veranos, los inviernos, los sueños. Estudié la aburrida carrera de Derecho, ingresando luego en la absurda nómina de la Administración. Todo muy Kafkiano. Pasaron también las mujeres, las alegrías, las penas, las decepciones. Pasó la vida.

Aunque “mi otra vida”, la verdadera, la sigo cultivando en la mesa camilla de mi cuarto de estar. Allí, al lado de un enorme ventanal que hoy escupe hermosos rayos de sol escribo este relato, e imagino a un chico despistado con la cabeza llena de sueños, que una vez, dentro de un aula de bachillerato, descubrió el dulce veneno que rezuman las palabras.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

DESDE MI VENTANA

#unaNavidaddiferente

Fotograma de “La ventana indiscreta” (Alfred Hitchcock; 1954) Fuente: El País.com

Observo los amaneceres, también el vuelo matutino de los primeros gorriones. Es un momento tan bonito, casi íntimo. Hoy, un azul turquesa se refleja en el cielo, y me hace recordar el mar. Es una de las ventajas de estar confinado. Aparte de dar positivo, tengo gota, así que estoy con la pata en alto, asomado a la vida de todos mis vecinos. Vivo en un quinto.

Mi curiosidad innata de fotógrafo no se sacia fácilmente. Pero no me acuséis de pervertido o de voyeur, en cuanto veo que la cosa se pone “caliente” desvío mi objetivo, me siento incómodo con estas situaciones. Yo digo que mi curiosidad ha estado siempre en equilibrio con mi pudor, como un ángel y un demonio pulsando en mi consciencia.

Sobra decir que estas navidades son peculiares. Solo recibiré las visitas de mi asistenta, Telma, que me pondrá al corriente con pelos y señales del número actualizado de infectados; y de mi novia, Gracia, que está empeñada en llevarme al altar. Aunque la quiero mucho, me gustaría seguir viajando con mi cámara por el mundo durante unos años más. No echo de menos navidades pasadas, nunca he sido especialmente navideño. Sí guardo en mi retina aquel fin de año del 2000, abrazado a Gracia en Times Square. Tengo la foto en el cuarto de estar. El periódico me lo propuso, y acepté casi sin respirar.

El tiempo pasa lento aquí arriba, y la ventana es mi mundo, casi mis piernas. No alcanzo a comprender a la gente, en tropel por las calles, invadiendo tiendas, locales, como si no pasara nada, como si no hubiera un mañana. Fotografío día y noche a todas esas hormigas urbanas, y cuando luego observo tranquilo las fotos, me hacen pensar en la locura humana, y en lo incontenible de esta locura. Pero como dijo no se qué pensador oriental, nadie puede detener el viento.

Esta noche es Nochevieja, y mañana estrenaremos año. Espero con cariño a mi chatita, seguro que me despertará cálida y dulce con sus labios, mientras dormito sentado en esta silla de ruedas, asomado a mi mundo parapetado. Desde hace años tiene las llaves de mi piso. Cenaremos acompañados de dos velas, y con los ojos enlazados desearemos que este año se borre rápido de nuestras vidas.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

LOS SUSTITUTOS

No le quedaba otra. Había dado positivo y debía pasar la navidad en cuarentena. Se lo explicó a su madre, que desolada comprendió:

« No te justifiques, Álvaro, no es tu culpa».

Apagó el ordenador con frustración. Estaba hastiado con tanta videoconferencia, con tanto sucedáneo del contacto humano. Fue a la cocina, y después de calentarse un café con leche en el microondas, volvió a enchufar el pc. Pulsó en el buscador “Navidades en confinamiento”, y tras varios minutos de vagabundeo, apareció un plan insólito. Paquetes familiares, STANDARD, AVANZADO y PREMIUM. ¿Confinado en casa?,¿No puede ir a cenar con su familia? Nosotros le ofrecemos la oportunidad de disfrutar esta navidad con los suyos.

Siguió investigando. Una conocida empresa de mensajería ofrecía el servicio de grupos de actores en paro, profesionales o no profesionales, que interpretarían el papel de los familiares del solicitante. Era una familia “A la carta”. El cliente podía elegir los familiares preferidos, incluso a aquellos que no hubiera conocido, de los que tuviera referencias por conversaciones en torno a fotografías antiguas, u otras experiencias. La empresa exigía la remisión de cierta información: fotografías, árboles genealógicos, fechas de nacimiento, someras reseñas biográficas, etc. A partir de estos datos, se comprometía a hacer un riguroso escáner viajando por todos los recuerdos navideños del interesado, para así conseguir la versión más firedigna posible. El siguiente paso era optimizar dichos recuerdos, asignando los diferentes papeles a los actores en función de los familiares elegidos y del paquete seleccionado.

Escogió el paquete standard, era más bien conservador. Cuando se lo contó a su familia real se quedaron extrañados, aunque no les pareció mala idea, dado el carácter excepcional de los tiempos que corrían. Por supuesto, el equipo de actores vendrían con sus PCR negativas, mascarillas y demás exigencias.

El día que llegaron a casa una cosquilla interior recorría el cuerpo de Álvaro, entre excitado y confundido. Al abrir la puerta apareció Ester, su prima favorita. Quedó fascinado, era parecidísma a su prima real, la empresa se lo había currado. Le dio dos besos breves, y recordó azorado, ese otro beso en su habitación. Corría el año 94, y su boca le resultó tan jugosa como el zumo de una mandarina. Siempre estuvo enamorado de ella. Siguieron pasando. Vino el tío Anselmo, solterón como él, que volvió a cogerse una melopea del quince y a caerse de culo en mitad del salón. Álvaro volvió a partirse de risa como en 1984, cuando era un niño. Celebró que vinieran sus primos de Valladolid. Rememoraron trastadas, como la de aquella navidad en la que le tiraron un escupitajo en la calva a un señor desde el piso de arriba de la casa de la abuela. Cuando se le pasó el enfado, terminó comiendo turrón y brindando con sidra,e incluso llegó a perdonarles la bromita. Más tarde reconoció a su abuelo Paco, del que siempre le había hablado su madre. Murió de cáncer mucho antes de que él naciera. Conversaron con amor en los ojos, y descubrieron que tenían muchas cosas en común. En la tele se jugaba el torneo de navidad del Real Madrid, y Chechu Biriukov cosía a triples a la Cibona.

Pasaron los días en un ambiente de cordialidad, que incluso mejoraba cualquier versión pretérita de las navidades. Hubo brisca, mus, anís y polvorones, sobremesas y madrugadas, risas y música. Andrés, el tío aventurero y hippie de la familia desenfundó la guitarra y la armónica y emuló a Bobby Dylan tocando “Blowing in the wind”. Álvaro estaba encantado, todo brillaba en su cuarto de estar. También estaba triste, el contrato expiraba, y su “nueva familia” tenía que marchar. Contactó con la empresa e intentó en vano renovarlo un par de meses más, pero se limitaba a la navidad, esas eran las reglas.

La despedida duró tanto como la de Dorothy en “El Mago de Oz”. Los ojos temblaban anunciando ríos de lágrimas, la piel se erizaba de emoción, y los corazones de todos bombeaban sin resuello, como volcanes cotidianos. Eligió de nuevo a Ester para despedirse, y le estampó un beso en la boca que nada tenía que envidiar a los que le diera Bogart a Lauren Bacall en “Tener y no tener”. Cuando cerró la puerta lo tuvo claro, el año siguiente contrataría el paquete premium y le pediría matrimonio a su prima favorita.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez