QUERÍAMOS TANTO A BRENDA

Loop End GIF (Giphy.com)

Queríamos tanto a Brenda, que nos hemos empapado durante todos estos años de La casa de la colina, de Un marido de ida y vuelta, de La reina Margot, de El valle encantado, y por supuesto, de su deliciosa trilogía del amor. Nuestra diosa dormía en la alcoba del celuloide.

El núcleo duro surgió en los descansos de los programas dobles, en los pasillos, entre caladas hicimos piña, y nos pegó tan duro como el juramento de sangre de un adolescente enamorado, iluso pero intenso. Formamos un club, reunidos repasábamos una a una nuestras escenas favoritas, entre mate y mate, cebábamos los desencantos, las euforias, los entusiasmos. Decepción y triunfo, fruto y escarcha, el camino de las estrellas rutilantes.

Nuestra pasión no conocía límites, en cada rincón de nuestra vida, cuando comprábamos el pan, al cocer el asado, allí estaba ella, persiguiéndonos como un ciervo plateado, nos acompañaba hasta cuando tomábamos el tranvía. Sabíamos y sabemos que la misión de nosotros en este mundo es mantener viva su antorcha. Queríamos tanto a Brenda, que memorizábamos sus textos, los diálogos, sus expresiones (nos enfadábamos, incluso peleábamos, luego llorábamos y terminábamos a carcajadas), hasta los silencios y sus salidas de plano, en aquellos elegantes fundidos en negro. Transferimos esa pasión devoradora a nuestros hijos, y confiábamos que estos hicieran lo mismo con nuestros nietos.

Queríamos tanto a Brenda, que cada gala de los Oscar nos concentrábamos con barriles y barriles de Oporto (era la bebida preferida de Brenda), y nos cagábamos en la academia cuando le negaba otra vez la supuesta gloria. Cuatro veces la nominaron esos botarates, ningún premio, ni siquiera cuando con lágrimas entre las llamas, rozó la pasión de la Falconetti, encarnando a Juana de Arco. A nosotros nos daba igual, alguien dijo alguna vez que los premios atontan. Nunca faltaron nuestros ramos de flores en los momentos duros, ni el trabajo extenuante en las redes desenmascarando a cualquier fantoche que creyéndose portador de las llaves del séptimo arte ofendiese a Brenda. Alguna vez pasamos a los hechos, y dándoles coba, escondidos en alguna falsa identidad, más de uno se llevó un ojo morado, algún mordisco, o una buena sarta de patadas.

Queríamos tanto a Brenda, que la queríamos inmortal, por eso, cuando nos llegó la noticia de su cáncer, se nos quedó la cara de mármol. Las lágrimas corrieron libres en nuestro departamento privado, un cacho del alma se nos desprendía. Hicimos colectas, contactamos con su familia, sin fanatismos, respetando su privacidad. Ella luchaba, con la fortaleza que daba la inmortalidad conseguida en vida, pero el puñetero cáncer iba avanzando irremisible. Hicimos fuertes donaciones para que la trataran en Houston, allí se encontraban los mejores especialistas. Aun así, siguió apagándose lentamente.

Entonces surgió la idea, donde la vida se escapaba debía actuar la ciencia. La solución era la criogenización, congelar a Brenda con la esperanza de que en el futuro los avances científicos consiguieran revivirla. Investigamos seriamente el tema, contactamos con el Instituto de criogenización de Michigan, supimos del bulo de que Walt Disney andaba congelado, y también supimos que la vitrificación, técnica empleada para conservar óvulos, era la más puntera. Teníamos científicos, físicos, químicos, médicos reputados en nuestro club, que había crecido durante todos estos años, nada nos podía detener.  Pero sí, algo nos detuvo, las convicciones religiosas de su familia. Ella estaba sedada, la jodida metástasis la carcomía, nunca supimos su verdadera opinión. Moral, ética y otras pavadas. Pura hipocresía, su escasa familia olisqueaba la plata alrededor de su cama. Ella tuvo miles de amantes, pero nunca hijos, así que reclamamos nuestra condición de hijos predilectos para hacer lo que hicimos.

Decidimos actuar con calma, disimuladamente. Seguimos moviendo la causa de la criogenización, y nos hicimos con espías para conocer día a día el estado de Brenda, que reposaba ya en su mansión de Palm Spring. Cuando supimos que el final era inminente, tomamos la decisión, secuestraríamos el cuerpo.

El día que murió el cielo era violeta, nos pareció una señal. Pese al dolor, nos movimos rápida y eficazmente, un poco de cloroformo por allí, otro poco de confusión por allá, no hubo que lamentar heridos. Su cadáver lucía hermoso y lívido, la piel tersa, cuajada de lunares. Rápidamente se le inyectaron sustancias químicas para conservarla, y sin más demora, un aeroplano la transportó en un vuelo ultrarrápido a un lugar perdido de la Patagonia. Allí lo teníamos todo acondicionado, un sofisticado laboratorio y una gran pila, donde sumergimos su cuerpo a 196 °C bajo cero. La tenemos rodeada de coronas y ramos de flores, de recortes de prensa de sus premières, de boletos de los cines donde la admiramos, hemos convertido aquello en un santuario para venerarla. Allí peregrinan año tras año todos nuestros socios, con las precauciones debidas, y con la condición de guardar el secreto.

El escándalo de la desaparición fue grande, se pensaba en algo diabólico, un acto de magia negra. Adoptamos una postura inteligente, nos indignamos y removimos el mundo para la recuperación de su cuerpo, era como si el lobo cuidara de las ovejitas. Para nuestra sorpresa, no levantamos sospechas.

La criogenización de Brenda fue un mensaje en una botella, un canto hacia el futuro para las generaciones venideras. Hoy seguimos perpetuando su memoria, la hinchada ha crecido, hemos cruzado océanos de distancia y tenemos hermanos hasta en la Siberia, ahora somos una fundación. Todos nosotros guardamos el secreto de su sueño congelado, un secreto tan lúcido y tan secreto como el de la masonería. Nuestros ojos brillan al saber que un día de enero, o quizás una primavera de 2098, cuando los almendros hayan brotado, Brenda Fanswhare, despertará de su letargo mágico, y podrá descubrir todo lo que hemos hecho por ella, y todo lo que la hemos querido.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

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ABDUCIDO

Groucho Marx Gif by Maudit (Giphy.com)

 

Vinieron a por mí a punto de que empezara mi programa favorito. Me puse furioso, era mi momento del día, cuando me calzaba las pantuflas y vaciaba mi mente delante del televisor. Se lo tomaron con calma y se acomodaron en el sofá. Había pasado la hora de comer, pero les vi tales caras de hambre que tuve que prepararles en un periquete un plato de jamón serrano acompañado de unos riojas. Lo engulleron con entusiasmo, incluso terminaron eructando. Entretanto, vimos el concurso, me quedé de piedra, contestaron correctamente todas las preguntas.

Luego vino la comedia, me abdujeron plácidamente, nada del otro mundo, más o menos como en las películas de ciencia ficción americanas, una luz roja algo dañina que me deslumbró, y de repente todos en la nave espacial. Antes, me interrogaron acerca del jamón y el vino, así que tuvimos que bajar al sótano, donde guardaba una pata de jamón cinco jotas que reservaba para navidad, y dos botellas de Rioja gran reserva. Nos las llevamos de viaje hacia Traseronia, el planeta de mis repentinos visitantes.

Los inicios fueron un poco tensos allí, imaginaos estar rodeado de individuos extraños de color verde en un lugar también extraño y a millones de kilómetros de tu casa. Que conste que no soy racista, aparte, el verde siempre fue mi color favorito. Ellos son muy correctos y educados en el trato diario, quizás algo serios y cuadriculados, pero en general hemos hecho muy buenas migas. Tienen mucha curiosidad por nuestra cultura, diría que la conocen más que yo, triste terrícola. Un día, conseguimos piratear la señal de televisión terrestre, se han vuelto fanáticos de Jordi Hurtado, todas las sobremesas las pasamos en Sant Cugat del Vallés. También han descubierto el canal TCM, las pelis de vaqueros y a los Hermanos Marx, su título favorito es Sopa de Ganso.

No todo es una fiesta en Traseronia, sabía que me habían traído hasta aquí para someterme a duros análisis. La verdad, no fueron tan complicados, se comportaron de forma muy considerada conmigo.  Estoy encantado, el clima de tranquilidad que se respira, la música, el gusto por las artes de los traseronianos, convierten a este planeta en algo fascinante, cada día descubro algo nuevo. Pasa el tiempo, y me doy cuenta de que tarde o temprano he de volver a la tierra, y sinceramente, no quiero soportar el carmín y las lágrimas de mis tías solteronas, las teorías de la conspiración de mi padre: «Aquí hay gato encerrado, esto debe ser obra de los comunistas», o la falsa condescendencia de cualquier anónimo. Ni siquiera siento curiosidad por saber que pensara la gente en mi ausencia, me imagino a Telecinco o a Antena 3 rifándose la exclusiva de mi periplo espacial, es algo que me estomaga.

Cierto día, K, el traseroniano con el que había estrechado mayores lazos me dijo que el jefe supremo quería hablar conmigo, había quedado prendado por el sabor del jamón cinco jotas y el del tinto rioja Gran Reserva, y quería más, pero tampoco era cuestión de invadir la tierra, así de repente. Con franqueza, yo también echaba de menos el sabor del jamón y la alegría de un buen vino, pero algo se tenía que perder en el camino, me acostumbré a los hábitos culinarios traseronianos, eran cómodos y eficientes, para ellos la comida es un acto rutinario, insustancial, se absorbe el alimento por telepatía, y no se experimenta ningún placer, así que podéis haceros a la idea cuando probaron el jamón serrano.

En definitiva, previeron una solución práctica y rápida, al más puro estilo traseroniano. Yo me convertiría en agente comercial negociando con alguna Dehesa la venta de jamones, y con una bodega de postín la adquisición de vino. En la tierra estaba en paro, así que matamos dos pájaros de un tiro. Imaginaos lo que supuso para mí la noticia, era sumar a mi triste dieta traseroniana el jamón serrano y el vino.

Ahora hago visitas periódicas a la tierra, cargo provisiones, pruebo jamones y hago catas de los mejores caldos. Aprovecho mis estancias para darle un beso a mamá, que se consume en lágrimas, insistiéndome en si me dan bien de comer, que estoy en los huesos, o en si voy al baño con regularidad; luego discuto con papá por cualquier cosa, vamos, lo de siempre. Desde que soy gerente de «Jamones y tintos terrícolas, S.A.», no echo mucho de menos mi casa. Nuestro siguiente paso es crear dehesas y bodegas propias, con lo cual hasta me ahorraré las visitas a la tierra.

Lo tengo claro, mi futuro está escrito aquí arriba, ya le he echado el ojo a Thelma, una bella traseroniana de piel verde y tersa, con una trasero hermoso y bien formado, lo habitual. Como habrán podido imaginar el nombre del planeta no es casual y responde a la calidad de sus traseros. Yo me fijo en los femeninos, claro está, una suerte más para mí vivir aquí, desde pequeño esa porción de la anatomía femenina era mi perdición. A veces, Thelma se enfada conmigo cuando mis ojos se extravían en dirección a traseros ajenos. En cuanto al sexo aquí, he de confesarles que es una actividad placentera y agradable, aunque se practica también por telepatía, y no requiere apenas esfuerzo, lo que para mí, un perezoso de primera, es un aspecto muy importante.

Quién me iba a decir a mí, tan descreído y escéptico, que encontraría la felicidad a años luz del planeta tierra, le doy gracias al cielo por esa visita intempestiva a mi piso de soltero a mediados de febrero, han pasado ya dos maravillosos años. Thelma y yo estamos decididos a fundar una familia, pero ya habrá tiempo para eso, de momento, permanecemos ajenos a cualquier preocupación delante del televisor, están pasando Sopa de ganso, y ambos entonamos junto a Groucho y los demás súbditos de Freedonia aquello de: «¡Hail, hail, Freedonia…!».

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

NOSTALGIA

                                               www.imdb.com

 

 A un tal Rick Deckard

 

Despertó de un sueño pesado, se había excedido con el inhibidor talámico, a sabiendas de sus potentes efectos. Ese día eliminó a otro Nexus 6, ya solo quedaban cuatro, escondidos entre la gente o entre la lluvia, o quizás ocultos en la herrumbre de la ciudad oxidada. Odiaba su trabajo y más cuando acababa con uno de ellos, así que decidió mojar su consciencia en un whisky doble. Lo único que le movía era el dinero que le procuraba su papel de mercenario, con él podría alcanzar su verdadero sueño, comprar un perfecto clon de oveja doméstica. Quién sabe, algún día tendría una granja, como aquellos pistoleros jubilados de las películas del Oeste.

Miraba distraído la televisión virtual, Tyrel y sus peligrosos experimentos con replicantes era el tema estrella del día. Deckard pensó por un momento que aquel tipo había jugado con fuego, y que a él le tocaba bailar con la más fea en todo este asunto. Se enfadó consigo mismo, pero pronto lo olvidó, su estómago retumbaba. Miró la nevera, y divisó una bandeja de comida liofilizada. Antes de cocinarla en el ultra – microondas, decidió subir al ático, quería admirar su última adquisición, un ramito de margaritas silvestres, que incorporaría a su pequeño vivero, junto a las matas de tomates, alguna flor perdida y otros rastrojos inútiles. Era su exótica joya, no es que los huertos estuvieran prohibidos, pero su mantenimiento era carísimo, y cualquier ciudadano común no podía permitírselo.  Todo, la tierra, las semillas, el sofisticado sistema de riego, lo había comprado online, así que era casi secreto, solo el servicio de mensajería podía sospechar de su existencia.

Anduvo sobre el césped, y casi chocó con Connie, un siniestro robot con dientes eléctricos y mirada alucinada. Era su única compañía, después de que Rachael hubiera desaparecido de la ciudad sin dejar rastro. La oveja de metal, cables y circuitos electrónicos, que estaba comiendo tímidamente hierba del suelo, interrumpió su almuerzo para mirar a su amo con una expresión bobalicona; entonces, Rick acercó su mano y sintió la frialdad metálica que revestía al desnortado robot. Aunque no supo muy bien por qué, siguió acariciándolo, hacía rato que su mente estaba perdida en verdes praderas, dentro de su cabeza se podía escuchar el rumor del agua, un hermoso río descendía desde lo alto de una ladera, lucía el sol en un perfecto día de primavera.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

2084

 

Antonio Saura Moi, Planche 5 Kuntz Gallery (www.kuntz)

 

Vinieron a por mí justo cuando había conciliado el sueño, después solo recuerdo una luz cegadora…

 

BERKELEY, 22 DE ENERO DE LA ERA TRUMP, 2084, CAMPO DE TRABAJO 037-DEPARTAMENTO 21-COMEDOR, HORA: 14:30.

774-037-WIN., rasco con desgana mi antebrazo, pero no se borra. En mi mano derecha una cuchara de aluminio, y delante de mis narices un engrudo naranja, una especie de polenta radioactiva que sabe a rayos. Me acaban de dar un cucharazo en plena frente, mis gafas se cayeron al suelo, están hechas un desastre, no veo con claridad, lo que me faltaba. Suenan las alarmas, algún gracioso ha debido empezar, ahora vendrán los guardas con sus porras eléctricas, la última vez me vapulearon las costillas, tengo aún un hematoma malva que puede probarlo, aunque aquí da igual, somos culpables de antemano, nadie se acuerda ya de aquello de la presunción de inocencia.

Es la hora de la siesta programada, me tomo la capsula de bromazepam y mi mente se va a otro lado, no sé, quizás a mi infancia, veo una barca, fresnos, pinos, puedo olerlos, mi padre me ayuda con el anzuelo, soy un chico rubio con bucles y cara sonrosada, y mi madre ha preparado tostadas francesas, saludo a Klaus, mi perro querido… Ya estoy en la sala de juegos, es viernes,  nos toca bingo comunitario, este mejunje gaseoso está agrio, pero no puedo dejar de tomarlo. «¡Línea!», soy un hombre afortunado, el premio es un bono temporal, para emplearlo en cualquier actividad recreativa ofrecida por el centro.

No recuerdo a mis hijos, ¿tengo hijos?, y esposa, ¿acaso tengo una esposa?

Por las mañanas nos afanamos en la construcción de una muralla que no acaba nunca, los guardias nos dicen que nos protegerá de cualquier invasión de los parias, los desheredados, los del «tercer mundo», me acuerdo de ese odioso eufemismo. Nosotros somos el «primer mundo», y debemos proteger los valores que han vertebrado nuestra civilización. En realidad, la historia está plagada de campos de minas, de alambradas, de campos de concentración como este. Historia, sí, espera, historia, yo era profesor de historia en una universidad, recuerdo hablar de Weimar y de la ofensiva aliada, y hasta del Apartheid, ahora me acuerdo, también me acuerdo de esa estudiante pelirroja tan guapa, parecía la novia de Spiderman. Aggggg, este pitido en el oído me mata, he perdido la idea, me siento fatal, con ganas de descansar, pero aún nos queda hormigón y ladrillos, esto no acaba nunca, y empieza cada día, la vida de hormiga obrera me mata.

Con la tiza tacho un palito, y no sé qué narices significa, ya he completado varias hileras, quizás mañana me acordaré de qué se trataba, hoy no estoy precisamente lúcido. Busco evasión, me empapo la cara con agua fresca y hojeo los boletines de la institución, describen al milímetro nuestros progresos en la construcción del muro, y el buen ambiente aquí, en la comunidad; intento concentrarme en los pasatiempos, crucigramas, sopas de letras, sudokus, me proporcionan el alivio del olvido. Necesito sexo, me siento una presa a punto de ser ejecutada, pero he de esperar al sábado, como todos. Intento masturbarme, no lo consigo.

Anoche perdí la consciencia de repente, y la noche transcurrió como un fogonazo, un fundido en negro, igual que en las películas de Huston, Bogart fumando y bebiendo bourbon mejor que nadie. Sí, el cine, eso sí lo recuerdo, era un cinéfilo empedernido y pedante. Todo esto, los uniformes, la asepsia, la rutina, esta cadena de montaje sin alma me recuerda a alguna película, ¿pero a cuál?, Dios mío, ¿a cuál? —nuestro personaje se pierde en sollozos—. Nunca creí en ti, pero ahora me da igual, necesito creer en alguien o algo, hablar, sonreír, emborracharme, sentir que estoy vivo, que respiro, que pienso, que puedo ser una criatura alegre y feliz, sentirme entre los otros, formar parte de algo, oír un chiste obsceno, tener un sueño mojado…

«ZZZZZZ…». Otra vez ese pitido inmundo que me está volviendo loco, ¡no puedo más!, ¡no puedo más!, ¡no soy un animal, no soy un animal!, no puedo vivir así, esto no es vida, ¡no puedo más! Tres guardias vestidos de negro, como tres cucarachas, equipados con sus dispositivos de disuasión se abalanzan contra él, tras varios forcejeos aplican sus porras eléctricas, los alaridos traspasan los muros del aguerrido campo de trabajo…

 

JUEZ DE VIGILANCIA PENITENCIARIA / PROCESO 1244-WINSTON SMITH-REVISIÓN DE CONDENA.

Berkeley, 28 de diciembre de la era Trump, 2084.

«El objeto de la presente diligencia es revisar la condena de trabajos forzados por tiempo indefinido en el Campo de trabajo 037 impuesta a D. Winston Smith, actualmente identificado como John Doe, profesor de historia de la Universidad de Berkeley, que incurrió en actividades subversivas contra el Estado, mala praxis e incitación al librepensamiento.»

El reo, con los ojos amoratados y la mirada perdida hace como que asiente al parlamento.

«Siguiendo con el formulario habitual: ¿Renuncia usted a la propagación de teorías subversivas contrarias a la epifánica y verdadera interpretación de la historia del manual de la era Trump?»

Winston o John Doe cabecea levemente, parece un asentimiento.

«¿Asume como propia la doctrina, así como el sagrado decálogo de posverdades contenido en el manual de la era Trump?»

Un hilo de saliva brilla en la oscuridad, otro cabeceo convence al Alto Tribunal de su sumisión.

«En consecuencia: ¿Cree usted en la verdadera América, blanca, libre, armada, cristiana, portadora de la divina misión de salvar al mundo de su destrucción?»

«¡Sí, sí, sí!», el profesor de historia solloza, doblegado, desorientado, la cabeza le da vueltas, su cara, la de un enfermo lobotomizado.

El juez supremo carraspea y mira con afecto al reo: «Fallamos que debemos absolver y absolvemos al ciudadano libre Winston Smith, quede en libertad…»

 

Se abre la verja, una luz cegadora —¡esa luz, otra vez!— daña los ojos de Winston, nadie le espera, dos lágrimas saladas le proporcionan sin embargo una dulce sensación de libertad.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

¡QUÉ GLORIA!

sobreelpueblo reproarte

“Sobre el pueblo”, Marc Chagall  (Repro-Arte)

 

                                                        Para Marlene, Siempre

 

  ¡Qué gloria!, cuando todo está dicho,

cuando no hay que decir nada,

y no hay más guerra que la de las Galaxias,

cuando volamos alto, como pájaros aislados,

y nos hablamos con los ojos, sin palabras.

¡Qué gloria!, tus silencios cómodos,

me gusta que seas baja y taciturna,

como una diosa griega,

¡qué gloria tengo cuando estoy contigo!,

cuando los viernes noche cenamos chino,

cuando me quedo alelado mirando tu ombligo.

Me gusta que te alegres y entristezcas

como un limón helado,

amar sin comprenderte y aprenderte,

 pasar las noches tristes del invierno

arropado con la manta de tu cuerpo.

                                 Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

 

CICATRICES

 

“EL CORAZÓN” (FRIDA KAHLO, imagen de lulla.com)

 

En lo oscuro de tu corazón, fresa profunda,

es donde te alumbra

la luz de mi linterna,

y escarbando en lo hondo, yo descubro,

que la herida que sufriste aún está tierna,

¡tiene un brillo afilado que deslumbra!

Me dices que aún te duele,

que no te valen vendas,

que ha cogido color con el dolor,

que tu corazón sigue en reposo,

y por más que rebota el condenado

no puede olvidarse de la pena.

Pero yo velaré porque se cure,

porque se seque esa herida luminosa,

y de sus restos nazca pudorosa

la cicatriz que un día quiso ser rosa.

                                    Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

GINGER & FRED

GIF: Pin de Inna Ivanova

 

Lo primero que hizo cuando se lo diagnosticaron fue comprar flores. Volvió a pintar las paredes de todas las habitaciones de su casa, eligió el verde pistacho, era su color favorito. Luego se echó un novio argentino, Armando, un hombre apuesto, viudo como ella, y como ella, de vuelta de todo desde hacía tiempo.

Mi madre era una mujer decidida, independiente, nunca se arrugó ante nada, y ahora tampoco lo haría. No le gustaba la palabra cáncer, e igual que Salvatore hablaba de “la rusca” en aquel libro de Sampedro, ella lo llamaba simplemente “Eso”.

Armando y Rosa, mi madre, se adoraban, sus miradas cómplices, las caricias, los besos, las risas, eran el lenguaje de quien vive en un mundo de dos y no necesita a nadie más. Cierto es que a veces parecían un par de adolescentes, un día mi madre se presentó con la marca de un chupetón en el cuello, y no crean que lo disimuló, más bien lo lució orgullosa, al verlo, mis hermanas y yo explotamos de la risa. Cuando dejamos de reír empezó a hablarnos sin tapujos del sexo con el argentino, y cuanto más escandalizadas estábamos, más subía el tono de sus  comentarios procaces, hasta conseguir ruborizarnos del todo. Algo parecido hubiera sido impensable cuando papá vivía, en cierto modo, mamá se había liberado de toda la represión de un matrimonio católico, apostólico y romano, siempre le gustó disfrutar de la vida, y ahora lo estaba haciendo, no tenía por qué autoflagelarse por ser feliz y por parecerlo. He de confesar que llegué a sentir envidia, no sé si sana, pensando en mi frío matrimonio.

“Eso” se llevó su precioso pelo negro, pero ninguno de los dos dramatizó al respecto, todo lo contrario. Sin previo aviso después de la ducha y el secador, se arrancó sin querer un mechón de pelo, al que siguió otro y otro más. Una vez acumulados en su regazo, exclamó entusiasmada: «¡Qué suerte tengo!, necesito un jersey, ahora tengo reservas de lana, alta calidad.» Su humor negro era proverbial, enganchaba a todo el que la conocía. Por la tarde, Armando buscó en internet un catálogo de pelucas, escogieron joviales entre risas.

Con peluca negro profundo, cara de media luna por el efecto de los medicamentos, disimulada hábilmente por el brillo del maquillaje, y unas cejas pintadas con sutileza, jugaba al bingo el día de su sesenta cumpleaños. Parecía Norma Desmond en Sunset Boulevard, con sus dos ojos verdes y rotundos abiertos de par en par. Invitó a champán a una pareja muy simpática, incluso se permitió un par de cigarrillos, ya en casa, hicieron el amor, me lo contó al día siguiente y me pareció muy tierno.

No todo fue una fiesta, Armando estuvo allí las noches de hospital, las de insomnio y vómitos, cuando la enfermedad atacó con más virulencia. Su brazo fue el que la sujetó en pleno Callao, el día que perdió el conocimiento y se desplomó. Con el paso del tiempo, ya casi no recordaba las largas estancias en Puerta de Hierro, donde llegó a leerse la saga Millennium al lado de la cama, o las noches en las que tenía que cambiarle la cuña, y avisar a la enfermera para sustituir el goteo, hasta que aprendió a hacerlo él solo.

Hoy tienen su primera clase de baile, Armando la convenció después de una cena romántica, y como buen porteño la engatusó con su plática elocuente e irresistible. Por supuesto estoy aquí, con ellos, no me podía perder a Ginger y Fred, agarrados, dan vueltas en la pista como un trompo, así se alejan de la tempestad, del violento juego de las olas, como dos náufragos enamorados en mitad de una noche fría.

Jorge Fernández-Bermejo Rodríguez

Si miran la sexta, ahí están Ginger y Fred, encantados de ser seleccionados en el concurso “historias de superación” convocado por ZENDA. Decir que la historia fue parida una noche de insomnio en un hotel de La Latina y rematada en el  bonito “Café central” de la Plaza del Ángel, Madrid, y al lado estaba mi Ginger morena, claro…

https://www.zendalibros.com/seleccion-del-concurso-historias-superacion/